Corona de Sal y Luna Capítulo 25 #3
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Capítulo 25 #3

Royce no se contuvo esta vez. No quería palabras. Solo ansiaba su piel, su cuerpo, su deseo. Los labios descendieron desde la boca del tritón hasta su cuello, dejando un sendero de besos tan suaves como peligrosos.

Deniel cerró los ojos. Se abandonó al vértigo de cada roce. Las manos de Royce lo exploraban con la reverencia de quien profana un templo. Deslizándolas por su espalda, lo sujetó por la cintura y en un solo movimiento, lo alzó sobre sus caderas antes de aventurarse a la cama.

—No imaginas cuánto deseé este momento —susurró Royce, admirado por la mirada extasiada de Deniel.

—Sí que lo sé —rio él—. Descubrí las manchitas en mis sábanas.

Royce no se inmutó. Era un depredador. No sentía vergüenza.

No con el objeto de su deseo jadeando bajo su cuerpo.

Tal vez más tarde, en el silencio de la noche, permitiera que el bochorno lo alcanzara.

Pero, ahora… ahora solo quería destruir su reputación de buen amigo y convertirse en su perdición.

Dejó caer la máscara. No necesitaba fingir. Prefería verse reflejado en el océano turbio de los ojos del tritón… mientras se hundía en él sin retorno.

—No pienso desperdiciarlo en tus sábanas —susurró con una sonrisa torcida. —Tengo otros lugares en mente.

Sus dedos dibujaron un trazo lento desde la clavícula de Deniel hasta su barbilla, y lo sostuvo con firmeza para besarlo.

Fue entonces cuando la delicadeza se quebró.

Lo tomó por las muñecas y las alzó sobre su cabeza, prendiéndolo como si fuera suyo.

Sus labios, sus manos, su deseo, todo en él se volvió posesivo, voraz.

Deniel se arqueó, atrapado entre los besos que ardían en su cuello y el fuego que crecía en su interior. No sabía si temblaba por el roce o por lo que sentía presionar su cuerpo. Pero lo deseaba todo. Y lo deseaba con urgencia.

Azura huyó por la ventana cuando las prendas, entre gemidos y caricias, fueron desterradas.

Deniel, rendido bajo los deseos de Royce, intentaba besarlo mientras él le arrancaba gemidos como si fueran notas musicales. Era su melodía favorita. El canto que lo despojaba de toda razón.

Guiado por un instinto depredador, Royce abrió las piernas del tritón y humedeció su sexo con reverencia. Anhelaba llevarlo a la locura, hacerlo olvidar su nombre, convertirlo en un solo gemido interminable.

Deniel sintió la presión cálida contra sus glúteos, y su rostro se transfiguró en una máscara irreconocible por la excitación.

Su mirada, encendida, se aferró a los ojos de su amante. No hacía falta hablar: todo lo que sentía, cada estremecimiento provocado por aquella unión, estaba escrito en ella.

Arqueó la cadera, ofreciéndole una mejor posición al intruso que se vanagloriaba de sus virtudes.

Todo su cuerpo era un abanico de perversiones delicadas, de deseos susurrados entre jadeos. Sonrió, rendido, deseando que aquella noche no tuviera fin. La picardía en los ojos de Royce lo hacía olvidar todo: su secreto, la octopus, los ataques, el castillo.

Solo quedaban ellos, el deseo, y cada embestida que le arrancaba la conciencia a pedazos.

Hipnotizado por la lujuria, se liberó de las manos que lo contenían, tomó una de ellas y la guió a su cuello mientras se mordía el labio inferior con provocación.

Royce no pudo contenerse. Su mente estalló, y sus caderas se movieron con un frenesí imparable. Quería poseerlo por completo.

Sus dedos se enredaron en los cabellos dorados de Deniel, atrayéndolo hacia un beso salvaje. Sus labios lo devoraron. Lo marcaron.

Bajó por su cuello, llegó hasta su pecho y lo acarició con la lengua, dibujando en su cuerpo un arco perfecto de puro deseo.

“Basta de ternura”, pensó el jinete, y lo miró de frente. Era hora de regresar al cielo. Con un ágil cambio de postura, lo hizo girar sobre su abdomen, dejando expuesta su espalda desnuda y la geometría precisa de sus glúteos.

Lo tomó por las caderas y se acomodó tras él, en busca de ese punto exacto que convertía al tritón en algo deliciosamente indecente.

Deniel ahogó los gemidos contra la almohada, enterró los puños en las sábanas y dejó su cuerpo sumiso al dominio glorioso de Royce.

Elevó las caderas, anhelando sentirlo aún más profundo, en tanto observaba, entre jadeos, cómo el jinete tensaba sus músculos, abandonándose a la lujuria.

El sudor de los amantes armonizaba con el salvaje vaivén de sus cuerpos, mezclándose con jadeos descompuestos que arrastraban a Royce más allá de la cordura.

Su mano libre descendió sin piedad sobre el sexo de Deniel, presionando, tirando, llevándolo al borde de la implosión.

El cuerpo del tritón tembló, reducido a un cúmulo de sensaciones que desbordaban su pecho.

La fricción se tornó más dulce, más cruel, más necesaria.

La energía que estalló entre ellos se canalizó en un único clamor: un grito de placer, una sinfonía descontrolada que los dejó exhaustos, uno sobre el otro, sin aliento.

Ambos se contemplaron despacio. No hubo palabras. No fueron necesarias. Sus miradas se cruzaron como promesas rotas.

Y mientras sus cuerpos aún vibraban, comprendieron que tal vez estaban escribiendo el inicio de algo verdadero o, simplemente, habían sido ese error inolvidable que se atesora para siempre.