Corona de Sal y Luna Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

—Amigo, los problemas definitivamente te aman —soltó Asher, con una media sonrisa. Una broma no venía mal entre tanto caos.

—Una lástima que lo hayas incinerado. Su veneno vale una fortuna en el mercado negro.

—¡Emmond! —gruñó Layla, entre indignada y exasperada.

—¿Qué? —Se encogió de hombros el hechicero—. Él dijo que estaba bien.

—Lamento interrumpir esta encantadora reunión, magíster —intervino Ezkel, cruzando la puerta con su habitual altivez—. Llegó una carta del Consejo. Su emisario estará aquí mañana.

Dejó la nota sobre el escritorio con estudiado desdén. En sus ojos brillaba una satisfacción que nadie agradeció.

Todos lo miraron con recelo, en especial Elena. Aquel hombre era lo último que necesitaban en ese momento: frío, despiadado y carente de cualquier rastro de compasión.

Antes de retirarse, Ezkel dirigió una mirada al tritón. Fue una punzada de desprecio, y Deniel se la devolvió con igual intensidad. Pero algo más llamó su atención. La pieza que sujetaba la capa del profesor al cuello era un scorpus. Exactamente igual al que acababa de ver en la cámara.

—Iré a Áragos de inmediato. Llevaré la espada y alertaré al Consejo sobre la desaparición de la varita —anunció Celeste, girándose hacia Theodor—.

Necesito que contactes a los guardias encubiertos en la isla.

Que la busquen sin descanso. —Luego se volvió hacia su hija—.

Tú quedas a cargo del castillo. Gana tiempo.

Haz lo que debas cuando llegue el emisario.

No esperó respuesta. Las órdenes estaban dadas, y debían cumplirse.

Celeste tomó la espada y, envuelta en un destello de luz, desapareció.

—Deniel, ¿qué sucede?

Royce se había vuelto un experto en descifrar sus miradas, y aquella no presagiaba nada bueno.

—Ezkel —dijo con el ceño fruncido—. El emblema en su capa es un scorpus. Pertenece a los magos de Xerbus, el lugar donde nacen esas criaturas.

—¿Qué libro decías que buscabas en la cámara? —preguntó Elena, acercándose al oírlos—. Hace unos días me encontré con Ezkel en la Biblioteca Central. Tenía un libro en las manos, era el Selenyo .

Deniel y Layla cruzaron miradas. El terror en sus ojos era el mismo. Solo había dos posibilidades: Ezkel conocía la existencia del octopus o había descubierto su secreto.

—Eso lo explica todo —murmuró Emmond.

—Aunque no confío en él, dudo que haya sido tan idiota como para dejar un scorpus en la cámara y robar la varita —añadió Elena—. Además, no es lo bastante poderoso para burlar los encantamientos de mi madre.

—Solo hay una forma de comprobarlo —insistió Asher.

—Sea lo que sea que estén tramando me haré la ciega. Pero esperen a que los miembros del Consejo se marchen. No quiero tener problemas con mi madre —dijo Elena con una sonrisa torcida.

A decir verdad, la idea de arruinarle el día a Ezkel le provocaba un extraño regocijo. Le guardaba tanto odio, que apoyar aquella locura le resultaba necesario.

—¡Elena! —protestó Theodor, más por formalidad que por desacuerdo.

El grupo se dispersó en distintas direcciones, camino a sus torres.

Todos aguardaban por el plan de Deniel. Él no pensaba esperar.

La visita del Consejo absorbería la atención de los profesores, y esa sería la oportunidad perfecta para actuar sin ser visto.

La alcoba que compartía con Royce se llenó de un silencio denso, casi sepulcral.

Ambos permanecían en extremos opuestos de la habitación, intercambiando miradas indecisas.

Había tanto por decir, pero ninguno se atrevía a romper el muro.

Azura, al tanto de todo, empujó suavemente a Deniel hacia Royce. Aquella bolita de pelos azules parecía entenderlo mejor que nadie y, por lo visto, pensaba exactamente igual que Asher.

Deniel dio unos pasos por el empujón de Azura. Estaba a punto de girarse para protestar, pero bastó con alzar la mirada. La presencia de Royce lo atravesó como un relámpago. En un segundo quedó atrapado en su aura. En la intensidad de su mirada, en todo lo que Royce representaba.

—Lo que sucedió hace un momento… —balbuceó Royce, llevándose la mano a la nuca, visiblemente incómodo.

—Sé lo que vas a decir —lo interrumpió Deniel, con una mueca amarga—, que fue un error y que prefieres fingir que nunca pasó. No soy nuevo en esto.

El tritón sintió cómo el suelo bajo sus pies temblaba. Había vivido ese tipo de momentos antes, y lo último que deseaba era escuchar la sentencia completa. Sin esperar respuesta, intentó alejarse, huir, protegerse.

—No iba a decir eso —susurró Royce, cortándole el paso. Su aliento rozó sus labios, suave como una caricia.

—¿Entonces? —murmuró Deniel, con un destello de esperanza quebrándole la voz.

—Preciso de tiempo para pensar —confesó Royce—, pero hay algo que tengo claro: necesito estar cerca de ti.

Le tomó el rostro con ambas manos y lo acercó, como si el mundo se redujera a ese instante.

—Y ahora mismo, solo pienso en lanzarte sobre esa cama… y besarte hasta borrarte los labios.

—¿Qué te lo impide? —susurró Deniel, ya sin máscaras. Su mirada, teñida de un azul intenso, era la señal que el dragón había estado esperando.