Capítulo 25
“Las impresiones son apenas el reflejo de un mundo que suponemos no que conocemos”.
Layla vigilaba cada una de las entradas del Gran Salón, impaciente por ver aparecer a Deniel.
Al igual que Emmond y Asher, había recibido su mensaje a través de Azura, citándolos allí con urgencia.
Sin embargo, su sorpresa fue mayúscula cuando el tritón ingresó por la puerta este acompañado de Royce.
De inmediato, su mente, maliciosa y veloz, empezó a trazar teorías sobre lo que ambos habrían hecho a solas.
—Estábamos…
Deniel no alcanzó a terminar. Los nervios de Royce fueron más rápidos.
—Viendo a Celeste —se apresuró a decir.
Emmond y Asher intercambiaron una mirada silenciosa, mientras Layla sonreía con picardía, acomodándose con toda tranquilidad en uno de los asientos.
Deniel, al notar aquella expresión, imaginó el tipo de pensamientos que la invadían.
Y, antes de que lo abrumara con preguntas incómodas, decidió ir directo al punto.
—El Selenyo no está en la Biblioteca Central.
—Qué raro —musitó Emmond, llevándose las manos a la barbilla—. Es uno de los pocos libros de la sección de Antigüedades al que los estudiantes pueden acceder. Solo los profesores pueden sacarlo de la biblioteca.
El joven hechicero reflexionaba. ¿Quién podría haberse llevado el libro? No había sirenas en el profesorado y su contenido carecía de valor… a menos que se tuvieran aletas.
—Aún quedan las bibliotecas de las torres.
Descartando la de la Casa Syren, cerrada desde hace más de una década.
Tenemos seis por explorar. Dividámonos. Cada uno revisará una torre.
Deniel, encárgate de la Casa de Acero. Royce, como sirviente, podrás acceder a la Casa de los Dragones.
Layla y tú, Asher, busquen en sus torres.
Yo me ocuparé después de la Cueva de los Basiliscos.
El libro es plateado y azul, con el emblema de Selenya tallado en piedra lunar y aguamarina.
Emmond no necesitó insistir. Cada uno se dirigió a su destino con la esperanza de hallar el libro o, al menos, una pista sobre su paradero.
Royce caminaba agitado. Tendría que introducirse a la casa de su reino, donde se encontraba Lucius. A pesar del encantamiento de la máscara, que impedía ser reconocido por los miembros de la corte, no podía bajar la guardia. Un solo error bastaría para arruinarlo todo.
—¿Por qué dijeron que estuvieron con Celeste si ella estaba con nosotros? — preguntó Asher.
—No lo sé, supongo que pronto nos lo dirán —respondió Emmond, antes de tomar el corredor opuesto al del caballero.
Deniel se separó de Royce y tomó el sendero hacia la Casa de Acero.
Su mente seguía anclada al Selenyo , repasando en silencio las palabras de Emmond.
Si solo los profesores podían retirarlo de la biblioteca, y las sirenas eran consideradas extintas, entonces había una posibilidad.
Una sola: que el libro estuviera oculto en la cámara de Celeste.
Después de todo lo que Royce le había contado en el estanque, no tenía dudas de que la anciana hiciera cualquier cosa con tal de mantener sus planes en secreto.
Sin pensarlo dos veces, giró sobre sus pasos, guiado por una corazonada que deseaba no estuviera errada.
La puerta de la cámara se abrió sin resistencia.
Deniel se introdujo con decisión, avanzando entre los estantes repletos de libros y pergaminos.
Sus ojos se desplazaban con precisión, en busca del símbolo de la Luna sobre el océano.
Tan concentrado estaba en su búsqueda, que no percibió el leve movimiento de las sombras tras él.
La cámara ya no era un santuario sagrado. Había sido profanada. El antiguo silencio fue sustituido por una presencia más densa, más oscura. No estaba solo. Y aquello que habitaba el lugar compartía un único propósito: matarlo y robar.
Deniel seguía revisando sin descanso cuando un destello lo sacudió.
El reflejo de un aguijón, apenas visible en el cristal polvoriento de una esfera mágica, disparó todas sus alarmas.
Se lanzó al suelo sin pensar, justo antes de que la amenaza se clavara en el estante, partiéndolo en dos con un chasquido seco.
Una lluvia de manuscritos llovió sobre él.
El aguijón regresó veloz hacia su dueño, dejando un desastre de astillas y papel.
El tritón se incorporó con rapidez. Tomó distancia, alzando la vista entre los huecos de los estantes, intentando descifrar qué criatura lo acechaba. Entonces lo vio.
Un scorpus. Pequeño aún, pero lo bastante grande como para representarle un verdadero problema.
Tomó su varita… y, al observarla, recordó que solo Azura lo acompañaba.
Nadie lo vigilaba. Nadie que le impidiera liberar su esencia.
Sin esperar un segundo ataque, conjuró una esfera de energía y la arrojó directamente a la cabeza de la criatura.
El monstruo se cubrió los ojos con las tenazas, pero su exoesqueleto, todavía inmaduro, no resistió el impacto.
La concha estalló con una grieta profunda, arrancándole un silbido agudo y desgarrador.
—Veamos si te gusta esto
Deniel alzó las manos hacia una estatua de Merlín.
La roca tallada se desprendió del suelo y cruzó el aire como un meteorito, golpeando con violencia el flanco izquierdo del scorpus.
Los ojos rojos de la bestia, inundados de rabia, se clavaron en el tritón.
Buscaban un punto débil. El lugar exacto donde clavar sus aguijones y pudrirle la carne desde dentro.
El embiste fue brutal. Esta vez, un doble ataque dirigido al pecho y la cabeza.
Azura alzó el vuelo, esquivando las puyas.
Deniel, con un giro ágil, se elevó por los aires y rodó tras un viejo baúl metálico.
Pero su corazón dio un vuelco cuando la punta de un aguijón perforó el metal y se detuvo frente a su rostro.
Un líquido verdoso y fétido brotó del extremo, llenándole los ojos de escozor.
Se puso en pie sin perder tiempo y se escabulló entre los estantes, buscando protección. Ignoraba que la criatura ya había iniciado su embestida. Las tenazas del scorpus golpearon los anaqueles con furia, derribándolos uno tras otro como un alud de madera.
Los libros le golpeaban la cabeza. El espacio se reducía con rapidez. No alcanzaría a llegar al otro extremo de la cámara.
Debía actuar ya. Se detuvo. Concentró su magia. Levantó las manos y detuvo los libros en pleno vuelo como si fueran aves suspendidas en el aire. Luego, con un gesto enérgico, los lanzó todos contra la criatura. Pero no fue suficiente.
El scorpus los hizo trizas sin esfuerzo, despedazándolos con sus aguijones y tenazas, y avanzó hacia él. Parecía que había sido programado únicamente para matarlo.
—Espero que te guste el fuego.
Deniel alzó las manos, y el aire cambió de inmediato.
Una oleada de calor azul se encendió a su alrededor, cerrando el paso con un círculo de llamas puras, alimentadas por su rabia.
La criatura, atrapada, siseó con angustia, golpeando el fuego con sus pinzas como si pudiera desgarrarlo.
Pero las llamas no eran normales. Ardían con su esencia.
La magia se intensificó. Las llamas, vivas y hambrientas, se arrojaron sobre el caparazón del monstruo, agrietándolo, devorándolo.
Los ojos rojos del scorpus se opacaron bajo el resplandor azul, mientras su cuerpo ardía enloquecido, convertido en una antorcha que caminaba sin rumbo, prendiendo fuego a los libros y a la madera a cada paso.
Deniel lo sabía. Aquello no pasaría desapercibido.
Celeste lo castigaría si seguía destruyendo su santuario.
Así que, antes de que el desastre se expandiera, recordó lo aprendido junto a Theodor el día que enfrentaron a Garvax.
Buscó altura con su otra mano y conjuró un hechizo sobre las patas de la criatura que las despojó de voluntad.
El scorpus se detuvo. Solo pudo chillar, inerte, en tanto el fuego lo consumía por completo.
En cuestión de minutos, no quedó más que un cadáver calcinado. Deniel cerró el flujo mágico, y las llamas se extinguieron como si nunca hubieran existido. Azura regresó a su hombro, con sus alas vibrando con inquietud observaba el humo maloliente que ascendía desde el cuerpo abrasado.
—No creo que sea una mascota de Celeste —murmuró Deniel—. Avísale que alguien ha descubierto cómo entrar.
El Selenyo ya no importaba.
Otro enigma se sumaba a la maraña de secretos que lo rodeaban.
Se apresuró a abandonar la cámara, sin reparar en el caos que dejaba tras de sí… y mucho menos en la silueta que se adhería a su sombra, deslizándose con él justo antes de cruzar la barrera.
Y no precisamente con las manos vacías.
—Quienquiera que haya sido no forzó la barrera. Revisé cada rincón, incluso los encantamientos. No hay rastro de otra magia. Solo la nuestra. —Celeste golpeó el escritorio con furia.
Todo se le escapaba de las manos. Tarde o temprano, el Consejo lo descubriría y no tenía cómo defenderse. Si no encontraba una solución pronto, Eldryan caería, y, con ella, todo lo que habían construido.
—Tenemos que hacer algo. La varita de Morgana ha desaparecido —dijo Theodor, alterado. Solo imaginar lo que una mente podrida como la de Morgana pudiera hacer con ese poder lo dejaba sin aliento.
—Morgana está muerta, no puede hacerte daño —respondió Elena con firmeza—. La varita es solo un fragmento de madera encantada. No tienes por qué temerle. Encontraremos al culpable, te lo prometo.
Se sentó junto a él. Verlo temblar en silencio, encogido en un rincón, le partía el alma.
—¡Deniel! ¿Estás bien?
Layla irrumpió en la oficina de Celeste, abriendo la puerta de golpe. Corrió hacia él sin medir consecuencias. Tras ella, llegaron los demás. Azura había dado el aviso.
—Sí, estoy bien.
—¿Estás herido? —Royce casi arrolló al hada. Tomó las manos de Deniel, buscándolo con la mirada, examinando su cuerpo como si temiera verlo deshacerse frente a él.
—Unos rasguños. Nada grave —murmuró el tritón, incómodo bajo tantas miradas.