Capítulo 24 #2
Todo comenzaba a encajar. Eran demasiadas coincidencias como para pensar que Royce estaba equivocado.
—Es lo que trato de decirte. Nos están incluyendo en algo que no comprendemos del todo… y estoy seguro de que tiene que ver con Selenya.
Deniel guardó esas palabras en su mente como quien esconde una daga bajo la manga.
Si Royce tenía razón, Celeste conocía toda la verdad…
y Selenya no estaba tan olvidada como creía.
Persuadido por el jinete, el tritón se serenó.
Meditaba cada pieza del rompecabezas, cada verdad revelada.
Debía jugar su próximo movimiento con astucia o arruinaría todo.
Su vida se había convertido en una odisea de mentiras, engaños y revelaciones inesperadas. Si quería respuestas, debía aprender a tener paciencia.
—¿Por qué tu tío intentó matarte?
—Asesinó a mis padres para quedarse con el trono. Pero, antes… debía deshacerse de mí. Y ahora temo por mi hermana. Con cada año que se acerca su coronación, me aterra que también intente asesinarla.
—¿Y cómo piensas enfrentarlo? No tienes un ejército.
El tritón necesitaba comprender mejor a su compañero de cuarto. Sentía que apenas ahora lo estaba conociendo de verdad.
Royce suspiró antes de responder:
—La idea era seducir a Silla, llegar al trono de Zonla y usar su ejército.
—La utilizaste todo este tiempo —afirmó Deniel, sin poder ocultar su desconcierto.
No tenía idea de quién era realmente ese muchacho frente a él.
—Sí. No tengo otra forma de lograrlo. Necesito destruir a Bahel.
Deniel posó una mano sobre su hombro. Royce levantó la mirada. El gesto lo obligó a mirarlo directo a los ojos.
—No tengo un ejército. Solo soy yo.
Royce sonrió. Supo entonces que no debía arrastrarlo a una guerra donde las probabilidades de morir eran mayores que las de vencer. Pero, aun así, su corazón latía con fuerza. No estaba solo. Deniel seguiría a su lado.
La mirada de ambos abandonó la complicidad y se transformó en algo más.
Sus ojos se conectaron con una intensidad que traspasaba la piel.
El leve contacto entre sus cuerpos activó un lenguaje mudo, visceral.
Royce bajó la mirada y la deslizó por el rostro del tritón.
Su piel era blanca, luminosa, sensual. El cuello desnudo era una distracción peligrosa para su juicio, y la forma pícara de sus labios lo tentaba sin tregua.
Deniel tampoco apartaba la vista. Estaba hechizado por la belleza de Royce. Grababa cada trazo de aquel rostro que, hasta ahora, había vivido tras una máscara. Cada curva, cada sombra, cada línea le parecía una revelación.
Royce dio un paso. Se acercó siguiendo sus impulsos, deseaba probar sus labios, pero fue entonces cuando las severas palabras de Elyot resonaron en su mente… y lo detuvieron.
Deniel se sintió frustrado cuando Royce retrocedió. Pensó que quizás su mente estaba imaginando algo que nunca estuvo destinado a suceder. Bajó la mirada, ocultando su tristeza, en tanto reunía fuerzas para continuar interpretando el papel de mejores amigos.
—Debemos salir antes de que alguien nos vea —dijo el tritón.
Durante unos segundos, vaciló en cómo llamarlo. Ya no era solo Royce .
—¿Cómo debo llamarte a partir de ahora?
—Continúa con Royce Worrel. Aún debo permanecer en las sombras.
Royce salió del agua con la incómoda sensación de que algo había quedado incompleto.
Su cuerpo anhelaba avanzar, pero su razón aún no le concedía permiso.
Un chapoteo a sus espaldas lo hizo girar.
Deniel luchaba por salir del estanque, torpe fuera del agua.
Su cola, grácil en el mar, no era más que un peso inútil en tierra firme.
Sin pensarlo dos veces, Royce regresó al estanque y lo tomó entre sus brazos.
Deniel se sonrojó al verse elevado, suspendido por aquellos brazos fuertes que lo sacaban del agua con tanta facilidad.
—No me gusta perder tiempo —murmuró el jinete justificando el impulso.
Pero la verdad era otra: se sentía bien con el cuerpo de Deniel apoyado contra el suyo, con el ritmo de su respiración rozándole el pecho, con esos ojos azules mirándolo como si lo vieran por primera vez.
Deniel estaba en las nubes. Tenía los brazos rodeando su cuello, los labios tan cerca, el calor de aquel cuerpo vibrando contra el suyo. Era una energía tan intensa, tan vital, que ya sabía que la extrañaría con desesperación.
Una vez en el suelo, Royce se apartó fingiendo una tos repentina. Deniel comprendió el gesto, y desvió la mirada hacia su cola.
—Solo me tomará unos segundos —dijo y extendió una mano.
El aire a su alrededor cambió de inmediato. La temperatura se elevó, y el agua comenzó a evaporarse con lentitud. Un vapor cálido envolvió su cola, que desapareció al instante, reemplazada por unas piernas largas y delgadas.
Royce lo contempló, fascinado. Siempre consideró que los tritones y sirenas tenían demasiado poder… pero verlo con sus propios ojos era algo completamente distinto. Inquietante. Maravilloso.
Le ofreció una mano. Deniel la aceptó sin pensar, distraído por el destello ambarino en los ojos de Royce. Al incorporarse, quedaron frente a frente. Tan cerca, tan expuestos, tan peligrosamente tentados.
El deseo creció entre ellos como una ola. Los labios estaban a un suspiro de distancia.
Ni siquiera el aire lograba interponerse.
Deniel cerró los ojos, esperando. “Por fin”, pensó. Pero su cuerpo reaccionó. Una gota. Apenas una. Y fue suficiente. Su piel entró en contacto con la humedad que aún quedaba en Royce. La transformación fue inmediata. Su cola regresó, lo desequilibró, y ambos cayeron al suelo.
—¡Rayos! —murmuró Deniel, frustrado—. Aún estabas mojado.
Ambos rieron, envueltos en ese absurdo que solo ellos entendían. Pero la risa se desvaneció en el instante en que la mirada de Royce cambió. Sus ojos ambarinos adquirieron un brillo salvaje.
Sin previo aviso, tomó los mechones rubios de Deniel, los apartó de su rostro y lo contempló con intensidad. Sus dedos recorrieron cada línea, cada sombra. Luego le tomó el rostro entre las manos… y lo besó.
Silencio. Todo quedó en silencio. El tiempo, por un instante, dejó de correr. Solo los latidos de sus corazones marcaban el compás.
Royce, impaciente por más, profundizó el beso. Invadió la boca de Deniel en busca de su lengua. Quería explorarlo, conocerlo, desarmarlo. El ritmo, primero dulce, se tornó urgente. Salvaje.
Deniel se dejó llevar. Se hundió en esa locura compartida. Las lenguas se entrelazaron, las manos se buscaron con ansias. Los cuerpos se atraían con una fuerza casi instintiva, respondían al torbellino de emociones que los devoraba. Gemidos y suspiros tejían una música muda… perfecta.
Todas sus inseguridades quedaron atrás. Los miedos. Los límites. Los nombres. El pasado. Todo desapareció, deshecho por la pasión, el atrevimiento… y por la agradable insensatez de dos corazones que, finalmente, se habían encontrado.