Capítulo 24
“El beso es la conexión más pura entre dos enamorados. La fusión perfecta del alma… y el cuerpo”.
Deniel permanecía inmóvil, atrapado en la sorpresa, convencido de que había sido un iluso al pensar que era el único que ocultaba secretos.
Las llamas doradas de Royce seguían ardiendo ante él, y no pudo evitar recordar la noche en que fueron atacados por el tukgglah.
Emmond no se había equivocado al dudar de sus palabras.
Royce corrió hacia él, desesperado por hallar una solución rápida antes de que a Elyot se le ocurriera matarlo. Lo alcanzó a duras penas y le tomó la mano con fuerza, impidiéndole huir.
—¡Espera!
Deniel lo miró sin saber qué decir. Él también guardaba secretos. Comprendía el miedo que lo consumía, pero… ¿por qué esa furia contenida en su voz? ¿Por qué aquella desconfianza le oprimía el pecho como si le perteneciera?
—Quería decírtelo, lo juro. Pero no quiero ponerte en peligro.
Royce sabía que, si aquel sanguinario señor descubría que seguía con vida, lo cazaría como a una bestia y destruiría a todo aquel que conociera su verdadera identidad.
—Desde que llegué, mi vida pacífica no ha sido más que un recuerdo vago. Creía que había confianza entre nosotros —dijo el tritón.
—Deniel, déjame…
—Estoy… sorprendido. Solo… dame tiempo para asimilarlo.
Quería alejarse. Aquella escena no era más que una excusa para no escucharlo. Si lo hacía, se sentiría peor cuando tuviera que mentirle. Y no estaba listo para eso.
—Todos tenemos secretos, Deniel. Todos queremos proteger a quienes amamos de los fantasmas de nuestro pasado.
Royce lo sujetó por los hombros y clavó la mirada en sus ojos. Sabía que todo lo que decía eran excusas para esconder su verdad, pero si él había quedado expuesto… no se detendría hasta desenmascarar al tritón.
—¿No hay ningún secreto que quieras guardar solo para ti?
Deniel tragó saliva. El momento que tanto había evitado terminó aplastándolo sin piedad.
—¿Yo… secretos? Claro que no.
Royce advirtió el rubor en sus mejillas…
y aquella manía absurda de rascarse la nariz cuando estaba nervioso.
Sabía que no diría nada, que lo negaría hasta el final.
Así que decidió exponerlo. Le tomó la muñeca y lo arrastró fuera del salón de entrenamiento, cruzando pasillos y salones, tomando atajos sin vacilar, rumbo al lugar más aterrador para Deniel en ese instante.
—¿Por qué me has traído a la Casa Syren? —preguntó el tritón con la voz teñida de temor. No lograba imaginar qué se proponía Royce llevándolo hasta allí.
—Este lugar está desierto. Nadie nos interrumpirá.
Royce no le dio tiempo a replicar. Abrió la puerta y desapareció dentro como un relámpago.
Deniel lo siguió, sin pensar en el riesgo que corría, hasta que sus pasos lo condujeron al borde del enorme estanque.
La entrada a la Casa de las Sirenas. Su mente seguía enredada en la confusión, pero su cuerpo ya percibía el peligro.
Cada músculo le gritaba que retrocediera…
y, aun así, se quedó. Solo rogaba no caer al agua.
—¿Qué otros secretos guardas, Royce?
—Te los diré si me revelas uno de los tuyos —insistió el jinete, con una calma cortante.
—No tengo nada que revelarte… —susurró Deniel. Su voz era frágil, temblorosa, quebrada por la firmeza de Royce.
—Está bien… comenzaré yo. —Royce se llevó las manos a la cabeza, interrumpiéndolo antes de que pudiera terminar su defensa.
—No sé a qué te ref…
Deniel enmudeció. El sonido del metal al golpear el suelo le heló el alma. Royce se había quitado la máscara, y frente a él, emergió un rostro hermoso, varonil, que hasta entonces había habitado en el anonimato.
—Ahora tú. Muéstrame eso que tanto escondes.
—No escondo nada —replicó Deniel retrocediendo.
Pero Royce, cansado de sus evasivas, lo empujó hacia el estanque.
El agua helada lo recibió de espaldas, devorándolo sin piedad.
Durante unos segundos, la figura de Royce se deformó entre las burbujas que subían con desesperación.
Luego, el agua se aquietó y una cola blanca emergió, majestuosa, revelando el secreto que tanto había intentado mantener en las sombras.
Royce se lanzó tras él para evitar que escapara. Lo sujetó con fuerza hasta que ambos quedaron con la mitad del cuerpo fuera del estanque. Su mirada, entre el asombro y la incredulidad, recorría cada centímetro de lo imposible: solo había visto sirenas en retratos. Y ninguna como él.
—¿Cómo lo supiste? —preguntó Deniel, entre jadeos.
El cabello rubio y azul se adhería a su frente, cayendo en cascada sobre sus ojos ahora más oscuros. A pesar del enojo y la confusión, su mirada seguía siendo provocadora. Royce lo notó, mientras, sin pensarlo, le apartaba el cabello con una caricia involuntaria.
Deniel también lo contemplaba. Escudriñó cada trazo de su rostro.
Esperaba encontrar alguna cicatriz horrenda, una marca que explicara el porqué del secreto.
Pero lo que vio fue un rostro demasiado atractivo.
La mandíbula firme le otorgaba un aire dominante; las cejas gruesas y los ojos ámbar lo envolvían en un magnetismo peligroso.
El cabello mojado le caía sobre el puente de la nariz, dándole un aspecto salvaje.
—Siempre que tocas agua huyes y tu olor a sal y luna se intensifica. Además… encontré una foto en tu libro —murmuró Royce.
—¿Revisaste mis cosas?
—Fue un accidente —se excusó él, sin demasiada culpa. “Si él había mentido, ¿por qué no podía alterar un poco los hechos también?”, pensó.
—Ya lo sabes… Soy un tritón común y corriente. El último que queda en la Tierra.
Deniel abrió los brazos, mostrándose por completo.
—Serás el último tritón, pero no eres común y corriente —dijo Royce, sin apartar la vista de él.
La imagen de la fotografía volvió a su mente y, con ella, la figura de la mujer que posaba junto a Deniel.
—¿A qué te refieres?
—La mujer que te acompaña en la imagen. No sabes quién es, ¿verdad?
—Es mi madre adoptiva. Una bruja que supo lo que era desde que me encontró abandonado a orillas del mar.
—La única verdad en tus palabras es la adopción. Ella no es una bruja… es Alina Lightmoon, la reina de las sirenas. Y tú eres su nieto. El príncipe de Selenya: Deniel Lightmoon.
—¿De qué estás hablando? Mi madre era una bruja. Y está muerta —balbuceó Deniel, sin poder disimular el desconcierto. Todo lo que creía real comenzaba a desmoronarse ante sus ojos. ¿Cómo podía ser que su madre o su abuela le hubiese ocultado la mayor verdad de su vida?
—Nunca conocí a la reina en persona, pero recuerdo su rostro. Los príncipes debemos reconocer a nuestros iguales en cada corte. Y te aseguro que esa mujer es ella. Piénsalo, Deniel… ¿cómo explicas que supiera tanto sobre el mundo de las sirenas?
Deniel se volvió, furioso. La imagen de los hechizos, las pociones, cada consejo que había recibido de ella…
le golpeó la memoria con violencia. Quería gritar, romper algo, liberar el veneno que le ardía por dentro.
No podía soportarlo. Necesitaba un culpable.
Un rostro que condenar por aquella tormenta que nacía en su interior.
Y entonces, la vio. Celeste Gryffin. Ella lo había llevado a Eldryan. Conocía su verdad. Lo supo desde el principio.
—Iré a hablar con Celeste.
—¿Crees que te dirá algo? —preguntó Royce con una calma afilada—. Claro que lo sabe. Está al tanto de nuestras vidas. Pero no dirá una palabra… no hasta que el plan que esté ejecutando haya llegado a su fin.
Royce se convertía, con cada frase, en un enigma más profundo. Un cúmulo de secretos que Deniel ni siquiera imaginaba.
—¿Plan? ¿De qué estás hablando ahora?
—Aún no lo sé, pero debemos descubrir por qué Celeste y los viejos están de nuestro lado —su voz sonó firme, teñida de sospecha, pero firme.
—¿Los viejos?
—El Consejo Mágico —aclaró Royce—. Celeste es uno de sus miembros, aunque no forme parte del círculo representativo. Ella y el Consejo traman algo. Y estoy convencido de que pronto lo sabremos.
—¿Y tú cómo estás tan seguro?
—Cuando mi tío intentó asesinarme…
—¿Tu tío es…? —Deniel arqueó una ceja, visiblemente perdido entre árboles genealógicos que no conocía.
—Cierto. No creciste en Sthevyand —respondió Royce, con una sonrisa ladeada, casi irónica—. Mi verdadero nombre es Gahel Deehagon, príncipe heredero de Daavos.
Deniel quedó petrificado. Layla, supuestamente él, y ahora Royce… todos con sangre real corriéndoles por las venas. El mundo que conocía era una farsa.
—Ahora me dirás que Asher y Emmond también son príncipes —ironizó, como si la broma pudiera devolverle un poco de control.
—No, ellos no. Pero yo sí —su voz bajó de tono—.
Mi tío, el rey Bahel, intentó asesinarme antes de mi coronación.
Envió asesinos mientras viajaba a Isla Dragón.
Tres jinetes y un mago de sangre. Derribé a uno, pero el hechicero encantó a mi dragón…
y lo despedazó. Yo caí al mar. Lo último que vi fue una sombra entre las aguas. Estoy seguro de que era una sirena.
Guardó silencio un momento, y en sus ojos se asomó un resplandor antiguo. El reflejo de un recuerdo que aún dolía.
—Cuando desperté, estaba en la costa de Isla Dragón. Celeste y Rasha estaban a mi lado…
—Ellas me buscaron en Gold Coast —lo interrumpió Deniel, reconociendo, por primera vez, una similitud que los unía.
Royce continuó su relato:
—Primero, Celeste nos transportó hasta Casstle, en Áragos.
Estuvimos allí dos días. Luego volamos a Greenland y buscamos a Layla antes de regresar al colegio.
Elyot me esperaba en Eldryan, y comencé de inmediato mi entrenamiento especial, al igual que Layla y Asher.
Comprendo mi papel en este juego: Celeste y Elyot están de acuerdo en ayudarme a vengarme.
Pero… ¿cuál es el motivo de ustedes tres?
¿Qué propósito los une a Layla, a Asher… y a ti?
—Emmond se acercó a mí desde el portal en Isla Fraser. A Asher lo conocí por él, pero a Layla… fue Celeste quien me habló de ella. Igual que contigo —explicó Deniel.