Corona de Sal y Luna Capítulo 23
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Capítulo 23

“El dolor tras una mentira no nace del engaño, sino de la verdad que mancillamos por orgullo, conveniencia o insensatez”.

—¡No lo puedo creer! —exclamó Layla, con los ojos brillantes de emoción al enterarse de que Deniel había pasado la noche junto a Royce—. ¿Entonces Royce es…?

—No lo sé. Todo es muy confuso. Si yo estuviera en su lugar, haría lo mismo con tal de no seguir teniendo esos espantosos sueños.

La facilidad con la que Deniel entrelazaba fantasía y realidad resultaba asombrosa, aunque, a menudo, esa mezcla le trajera más problemas que alivio.

—Dile cómo te sientes —sugirió el hada, con el tono ligero de quien comenta una novela romántica.

—No quiero arruinar nuestra amistad —susurró él, bajando la mirada, como si el suelo pudiera absorber la tristeza que lo envolvía.

—Debes decírselo. Cuanto más tiempo pases a su lado, más difícil será para ti.

Y en eso, Layla tenía razón. Aunque el precio que Deniel temía pagar parecía excesivamente alto.

—Hablen más bajo o todo el castillo terminará enterándose de tu romance —irrumpió Asher, apareciendo de la nada, como si se hubiera materializado entre las flores del jardín de la Torre de las Hadas—.

Deberían ser más discretos o Royce podría dejar de hablarte —añadió, mientras se dejaba caer con soltura en el banco de mármol frente a ellos.

—Sí que sabes poner el dedo en la llaga —protestó Deniel.

—Lo siento, amigo, pero no deja de ser cierto. Royce no es un mal tipo, te escuchará si le dices lo que sientes. Podrían arreglar las cosas… y salvar la amistad. Lo que no sería justo es que lo descubriera por rumores o habladurías.

Asher podía ser un troglodita musculoso que perdía toda inteligencia frente a Layla, pero cuando asumía el rol de juez imparcial, solía ser certero… brutalmente certero.

—No sé cómo mirarlo a los ojos y decirle esto. Mucho menos cómo reaccionar si me rechaza.

—No estoy seguro de que acepte tus sentimientos —admitió Asher—, pero no sería tan extremista como para romper la amistad. Es mucho más maduro que eso.

—Además, le salvaste la vida —añadió Layla, con una sonrisa que parecía querer espantar las dudas.

—Me alegra que no te incomode lo que soy.

Deniel lo miró aliviado. Su última experiencia revelando su verdad le había costado demasiado. Tardó meses en recuperar la fuerza… y la fe.

—¿Por qué habría de importarme? Eres mi amigo, y con eso me basta —dijo Asher, devolviéndole la sonrisa con esa calma honesta que no necesitaba adornos.

—¡Chicos, apúrense o Ezkel nos echará del salón!

La voz de Emmond irrumpió desde el otro extremo del jardín, mientras se apresuraba hacia ellos con el reloj de bolsillo en mano. Quedaban menos de diez minutos para enfrentarse a la tortura académica del hechicero.

—Emmond, ¿conoces algún libro sobre criaturas del mar?

Deniel se volvió hacia él antes de levantarse. Si existía un libro así, Emmond lo sabría. Había leído cada texto de las bibliotecas del castillo, incluso, aquellos custodiados tras las sombras de la sección prohibida.

Layla enmudeció. La pregunta la tomó por sorpresa; se suponía que ese tema era confidencial.

Asher, en cambio, arqueó una ceja. Cuando Deniel hacía ese tipo de preguntas… era cuestión de tiempo para que los problemas tocaran la puerta.

—¿De qué se trata esta vez? —inquirió Emmond.

—Nada serio, solo quiero conocer más sobre criaturas marinas.

Deniel intentó sonar despreocupado, pero no era precisamente un experto en disimular. Su voz arrastraba una inquietud difícil de ocultar.

—En tu vida no hay coincidencias, Deniel. Así que dilo ya. Tarde o temprano lo sabremos y, quieras o no, estaremos contigo.

Las manos de Emmond se posaron firmes sobre sus hombros, como si quisiera transmitirle parte de su convicción. Deniel titubeó. Intentó una salida diplomática, pero en el fondo sabía que no podía mantenerlos al margen.

—Quiero saber sobre los octopus —confesó finalmente.

—¿Los qué? —soltó Asher desconcertado.

—Los enemigos naturales de las sirenas —explicó Emmond sin apartar la mirada.

El hechicero no dijo nada por un instante. Luego, giró lentamente hacia Layla.

—Por tu expresión, diría que ya lo sabías.

Y tú, mi querido amigo… lo único que puedo decirte es que esas criaturas ya no existen.

Uno de los antiguos reyes de Selenya, Kresseo Lightmoon, los erradicó por completo. Deniel parpadeó, incrédulo. En su mente, los maggium tipo sirena eran nobles, pacíficos. Había crecido creyendo que el mal se albergaba en Daavos y Tartharos, no en los reinos del océano.

Emmond percibió su decepción, pero no suavizó la verdad.

—No todos los reyes de Selenya fueron justos. Y no todos los de Daavos son monstruos. Cada reino tiene su historia… y su cicatriz.

»El libro que necesitas es el Selenyo . Allí encontrarás todo lo que buscas sobre los maggium del mar… y Selenya.

—Después de las clases te ayudaré a buscarlo —sugirió Layla, con suavidad.

Deniel asintió con una leve inclinación de cabeza y dibujó una sonrisa. A fin de cuentas, las sirenas estaban extintas… ¿qué daño podía causar aprender un poco más sobre su historia?

Mientras el grupo soportaba otro día repleto de burlas por parte de Ezkel, Elena y Theodor caminaban en silencio por los corredores del castillo. El hechicero parecía más sombrío de lo habitual, arrastrando el peso de la noche anterior.

—Debo de ser el profesor más patético del castillo —murmuró, sin mirarla—. Casi pierdo la espada, me desmayé frente a un estudiante y si no fuera por él, habría muerto por culpa de mi propio miedo. Se supone que debo protegerlos.

Elena lo observó con ternura. Le sonrió, sin decir nada, y lo envolvió en un abrazo.

—No hay vergüenza en aceptar ayuda de vez en cuando. Eres el mago más talentoso que conozco… por eso mi madre te quiere a su lado.

Se separó con delicadeza, dio unos pasos, y al volver a mirarlo, su expresión se tornó más inquisitiva.

—Aunque ese nuevo grupo de estudiantes resulta bastante misterioso.

—¿Nuevo grupo? —repitió él arqueando una ceja.

—Sí. Los que estaban ayer en la enfermería. No es la primera vez que los veo merodeando cerca de ella. Un hada sin alas, un mago prodigio, el caballero huérfano, un sirviente enmascarado y un hechicero del mundo exterior. Vaya combinación.

Clavó la mirada en él, buscando en sus palabras algún resquicio de verdad… pero solo halló una sonrisa burlona.

—Estás viendo fantasmas donde no los hay. Solo son un puñado de chicos perdidos… como lo fui yo. Dale una oportunidad a Celeste, Elena. Ya es hora de dejar atrás el pasado.

—No voy…

Las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta. Justo en ese momento, Deniel y Layla doblaron la esquina y se encontraron con ellos.

—¿Profesor, se encuentra bien? —preguntó Deniel, notando el leve temblor en su rostro.

—Sí. Gracias por ayudarme. Te estás volviendo un hechicero habilidoso —respondió Theodor sonriendo con sinceridad.

—Es un alivio.

—¿No tienen clases hoy? —intervino Elena con tono neutro.

—Ya terminamos. Solo buscamos un libro —respondió Layla, dejando escapar la excusa sin pensarlo.

Al instante, sus ojos se cruzaron con los de Deniel, y comprendió que había hablado de más.

—¿Qué libro? Tal vez pueda ayudarlos —ofreció Elena, con una sonrisa cortés, aunque en el fondo solo deseaba saber más.

Deniel suspiró. Mentirle no era lo ideal, pero decir la verdad era aún peor. Aunque fuera la hija de Celeste, no podía confiarle lo que sabían.

—Uno de Arborogía. La profesora Neryssa nos dejó tarea sobre las propiedades de los woogels.

—Ah… los hongos apestosos. Revisen en la biblioteca central, al final de la sección de pociones. En el estante más alto, la vieja hada guarda su colección de libros favoritos. No le digan a nadie que yo se los dije.

Deniel y Layla intercambiaron una mirada incómoda. Mentir no les gustaba, pero era necesario. Nadie debía enterarse de la existencia de la octopus. Mucho menos Celeste, o algún otro profesor.

Sintiéndose en peligro, se despidieron con rapidez y se escurrieron entre el gentío que comenzaba a llenar los pasillos como una marea sigilosa.

En tanto Deniel y Layla se alejaban entre la muchedumbre, ocultando más de lo que revelaban, en otro rincón del castillo Royce luchaba por mantenerse en pie. La concentración se le escurría entre los dedos, y cada intento durante el entrenamiento terminaba en derrota.

—¡Demonios, Royce! ¿Qué sucede contigo?

Elyot estaba furioso. Su pupilo estrella no era más que una sombra errante de todo lo que había forjado con años de rigor.

—No sucede nada. Intentémoslo de nuevo —dijo Royce, arremetiendo una vez más. El golpe fue brutal, impulsivo. A cualquiera le habría costado la cabeza… menos a Elyot.

Con la destreza templada por décadas de batalla, el jinete se agachó, esquivó el ataque y contraatacó de inmediato.

Royce giró en el aire con agilidad felina, evitando por poco la embestida.

Al caer, alzó la mano libre y desató una llamarada.

Pero Elyot, con la frialdad de un dragón experimentado, dividió el fuego con una sola mano y retrocedió.

Sabía que la ira de su pupilo no era simple enojo: era una llama que podía consumirlo todo: Royce no era cualquier aprendiz. Era un verdadero maestro del fuego.

—Ahora vas en serio —gruñó Elyot—. Veamos si puedo sacarte esa idea de la cabeza.

—¿Qué idea? —preguntó Royce, en voz baja, mientras ambos giraban en círculos, midiendo cada respiración.

Y sin advertencia, Elyot se lanzó. Una explosión de llamas azules lo envolvió, seguida del filo de su espada, que brillaba con intensidad mortal. Royce reaccionó al instante: cubrió su hoja con fuego dorado y cortó las llamas al paso, pero no fue suficiente.

Como un relámpago que cae desde el cielo, Elyot apareció por encima de él, descendiendo con su espada de acero negro como si se tratara de una estrella maldita.

El choque fue devastador. Las espadas crujieron como si el propio volcán de su rabia se abriera entre ellas. Chispas volaban, salpicando el aire como brasas vivas, mientras sus miradas se enfrentaban sin tregua.

—Si sigues pensando en ese chico —escupió Elyot, mascullando entre dientes—, terminarás tu misión antes de comenzarla.

Royce se congeló. Se suponía que nadie lo sabía. El asombro lo desarmó. Y Elyot no perdonó el momento. Un golpe seco al pecho, una patada directa al costado… y Royce cayó al suelo, sin aire, sin equilibrio, sin respuesta.

—Tu olor estaba en sus sábanas —añadió Elyot, con voz grave—. Sabes lo despiadada que es la corte y la plebe ni hablar. No aceptarán tan fácilmente tu condición.

Las palabras no eran un castigo. Eran una advertencia. Elyot ya había visto antes ese brillo en los ojos de un hombre dispuesto a todo por amor… y también lo había visto apagarse.

No permitiría que su pupilo se sumara a esa lista de nombres que el tiempo se lleva sin piedad. Pero algo, muy dentro de Royce, se quebró. La sangre le ardió. El fuego se agitó en sus venas como bestias encadenadas. No quería decepcionar al reino, pero tampoco quería perder a Deniel.

No sabía con certeza lo que sentía. Solo que adoraba despertar a su lado, que esos ojos azules eran su ancla, y esa sonrisa blanca, su respiro, que necesitaba su voz para calmar la tormenta… y su tacto para no ahogarse en el silencio.

¿Por qué debía renunciar a eso? ¿Por qué entregarlo todo por un mundo que jamás le devolvería nada? ¿Acaso nadie veía cuánto lo necesitaba?

Agobiado por tanto, frustrado por todo, desbordado por sí mismo…

no encontró otra salida que liberar su alma en un grito.

Uno profundo. Doloroso. El rugido de un corazón que, por primera vez, se atrevía a sangrar en voz alta.

Elyot bajó la espada y suspiró. Había llegado el momento de decirle la verdad.

Una verdad que pesaba como plomo, incluso para él.

—Elías te amaba.

La frase se deslizó como una sentencia. Y heló a Royce.

Jamás imaginó que Elyot supiera lo que compartieron.

Él y Elías eran jóvenes, imprudentes, valientes a su manera.

Se encontraban a escondidas tras los entrenamientos, donde no existían reglas ni coronas, solo planes para un futuro que jamás llegó. La muerte fue más rápida. Más cruel.

Sus manos se abrieron y la espada cayó, como un símbolo de todo lo que ya no podía sostener.

—Me lo confesó todo —continuó Elyot, con voz áspera—. Sabía lo que arriesgaba al estar contigo. Le pregunté si tenía el coraje de enfrentarse al rey. Si estaba dispuesto a enemistarse con el reino por defender lo que sentía por ti. No me respondió. Solo me abrazó y se echó a llorar.

Hizo una pausa. No por falta de palabras, sino por respeto al silencio que el recuerdo exigía.

—Al día siguiente, Bahel me anunció que Elías había sido reclutado como parte de su guardia personal para la guerra. Y una semana después, el maldito me dio la noticia de su muerte. Dijo que murió con honor. En una emboscada.

Elyot desvió la mirada, como si el suelo aún guardara las cenizas de aquella pérdida.

—Elías huyó. No tuvo el valor. Prefirió morir antes que luchar por su felicidad. Y no quiero que eso te pase a ti, Royce. No quiero que sacrifiques lo que eres solo por complacer a otros. Mira lo que le costó a mi hijo…

Royce cayó de rodillas. Los hombros vencidos. El alma quebrada. El rostro vuelto hacia el suelo mientras los gritos le nacían de lo más hondo del pecho.

Lloraba, maldecía, y en medio del llanto, la imagen de Elías le sonreía con la misma ternura de siempre.

Ahora entendía por qué lo había dejado sin despedirse. Había muerto por los prejuicios de un reino podrido, hipócrita, miserable. Y él no había hecho nada para impedirlo.

Con la vista nublada, alzó la mirada hacia Elyot. Buscaba perdón. Por habérselo arrebatado. Por obligarlo a recordarlo cada mañana en los entrenamientos. Pero no encontró reproche. Solo un rostro humano, dolido… empático.

—Y ahora dime… ¿estás dispuesto a asumir las consecuencias hasta el final? ¿O vas a renunciar a tu felicidad y agachar la cabeza cada vez que te llamen “maldito puto”?

Las palabras eran cuchillos. Pero Elyot sabía que, a veces, las heridas correctas abrían las puertas que los silencios sellaban. Y entonces Royce despertó.

Sus ojos se encendieron con un dorado salvaje. Las venas se tensaron, inflamadas por la furia. Los colmillos se alargaron, afilados por la rabia contenida.

Las llamas brotaron con una fuerza brutal, obligando a Elyot a soltar la espada y adoptar su forma de dragón para equilibrar el combate.

Y así, entre fuego y zarpazos, comenzó la danza. Una coreografía salvaje donde cada movimiento era un grito, cada golpe una confesión.

Ambos sangraban por dentro, pero, entre las llamas, mantenían viva la sonrisa de Elías. En medio del caos, Elyot encontró una brecha para hablar.

—Tendrás que ser más fuerte si vas a enfrentarte a la corte. Ya es hora de que tomes una decisión.

Ladeó la cabeza. Sus ojos se desviaron, clavándose en un punto detrás de Royce.

Exactamente en la mirada asombrada de Deniel.

—¡Rayos! —murmuró Royce, sintiendo que todo se venía abajo.