Corona de Sal y Luna Capítulo 22
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Capítulo 22

“No importa cuán astutos seamos, siempre seremos devotos a la voz del corazón”.

—¿Qué sucedió? —balbuceó Theodor, incorporándose con un gesto de dolor. La cabeza le latía como si el propio caos retumbara dentro de su cráneo.

—¡Theodor!

El grito de Elena le atravesó el alma como un eco desgarrado. Pero fue su abrazo, cálido y urgente, lo que lo estremeció hasta hacerlo gemir. Su cuerpo, todavía vulnerable, protestaba al regresar al mundo de los vivos.

—Chicos, acompáñenme. Dejemos que Theodor descanse. ¿Elena, puedes hacerte cargo? —ordenó Celeste, firme.

Obedecieron sin replicar, como un rebaño silente que abandonaba el santuario. Al pasar junto a él, todos le dedicaron miradas cargadas de temor y cariño.

—¿Qué sucedió exactamente, Deniel?

Layla no soportaba la incertidumbre. Theodor había sido uno de los primeros en tenderle la mano cuando llegó a Eldryan. Lo admiraba con devoción. Verlo postrado, vencido, le resultaba tan desconcertante como doloroso.

—¿Esto tiene que ver con los espectros? —preguntó Emmond en voz baja, como si temiera invocar su presencia.

—No lo creo —respondió Deniel, deteniéndose a mitad del corredor.

Celeste caminaba unos pasos por delante, con la mirada al frente y el juicio encendido. Sopesaba cada palabra antes de soltarla; compartir la historia de un maestro no era algo que debía tomarse a la ligera.

—Theodor no creció en Sthevyand. Sus padres eligieron vivir entre humanos, lejos del bullicio mágico.

Le enseñaron hechicería desde pequeño… pero una noche, al regresar a casa, fueron asesinados.

Con el tiempo, el corazón de Theodor se cubrió de sombras.

El odio se volvió su lengua materna… y eso atrajo la mirada de Morgana, una maga de sangre exiliada por conspirar contra la corona de Tartharos.

Hizo una pausa. El silencio era espeso como bruma, y los ojos de los alumnos reflejaban incredulidad.

—Morgana le mostró el lado oscuro de la magia, arrastrándolo a su mundo de tinieblas, perturbando su mente hasta convertirlo en un asesino. Theodor persiguió a los responsables de la muerte de sus padres… y los mató sin piedad. No dejó rastro alguno que pudiera evocar la atrocidad de aquella noche.

Celeste respiró profundo, conteniendo su propia angustia. Incluso ahora, revivir esa historia le dolía.

—Cuando el consejo supo lo que Morgana había hecho, me enviaron a capturarla.

Allí encontré a Theodor. Era solo un niño: manipulado por las aberraciones de aquel monstruo.

Lo traje conmigo. Lo defendí ante el consejo y lo tomé bajo mi tutela.

Desde entonces, ha estado en Eldryan. He compartido con él cada fragmento de mi saber, cada sendero para alejarlo de su propio abismo.

—Aún no entiendo por qué terminó en ese estado —interrumpió Asher, incapaz de contener la ansiedad.

—La varita de Morgana es poderosa, y está maldita.

Nadie ha logrado destruirla. El consejo me ordenó esconderla, así que la traje aquí, al castillo, y la oculté en mi cámara.

Pero Theodor la vio. Y sus recuerdos lo atacaron.

Fue presa de su propio pasado. Lo único que murmuraba en su inconsciencia era el nombre de esa bruja.

—Si es tan peligrosa… ¿por qué está aquí? —preguntó Deniel.

La duda se le clavó en el pecho como un aguijón. No entendía cómo algo tan oscuro podía yacer entre los muros que los protegían.

—Es cierto que la varita de Morgana es peligrosa, pero estará más segura bajo mi custodia que en cualquier otro lugar. He sembrado rumores sobre posibles ubicaciones para despistar a quienes llevan años buscándola. Ahora confiaré en que guardarán el secreto… y me ayudarán a protegerla.

—Daremos nuestro mejor esfuerzo, magíster Celeste —afirmó Emmond en nombre de todos.

Tras la conversación con la anciana, el grupo se dirigió a sus dormitorios.

Pasaron por el Gran Salón, sin saber que la aventura aún los aguardaba.

Aquel lugar se había transformado en un volcán: sus inquilinos lanzaban maldiciones y amenazas como lava encendida, defendiendo sus reinos con más orgullo que sensatez.

Deniel no pudo contenerse. Para evitar que estallara otro enfrentamiento entre gigantes y dragones, intervino.

—No te metas en esto, hechicero. Mi problema es con estas bestias.

Los ojos de Lucius ardían de furia. Estaban completamente ensombrecidos, perturbados por una rabia contenida que amenazaba con estallar.

—Acabaremos con el ejército de tu padre. Fuerte Gigante sigue en pie —dijo Roger con una sonrisa amarga, echándole en cara al príncipe de Daavos la última derrota de su ejército, que costó una baja considerable de hombres… y la muerte de ocho dragones.

—Una batalla. Solo una hemos perdido desde que comenzó la guerra. Aún nos queda tiempo para exterminarlos a todos. Pronto se unirán a las sirenas —gruñó Lucius, apretando los puños. No toleraba que nadie le recordara un error… mucho menos una derrota.

Deniel se contuvo. Cada vez que alguien mencionaba el trágico pasado de su pueblo, el fuego le hervía bajo la piel.

—¿Qué hacen? —Ezkel apareció en el momento justo—. Deberían estar estudiando, no organizando una guerra dentro de Eldryan. Ambos son tan estúpidos como sus reyes. ¡Largo de aquí!

No tuvo que repetirlo. Todos corrieron hacia sus dormitorios, dejando solo al profesor en medio del salón, con el semblante marcado por el hastío de quien ha aprendido a soportar el caos con una paciencia cada vez más escasa.

En lo que el cuarteto inseparable huía del alcance de Ezkel, Royce era torturado. Al llegar al vestíbulo de su dormitorio, buscando un refugio de paz, se encontró con Silla apostada frente a su puerta como una sombra persistente del pasado.

—Debemos hablar.

—La última vez fuiste muy clara. Soy un simple sirviente para ti —recitó Royce con tono ácido, devolviéndole sus propias palabras como una daga.

Silla no pensaba rendirse tan fácilmente. Con la arrogancia de quien está acostumbrada a ser escuchada, entró sin pedir permiso.

—¿Ahora me acosas?

Royce se refugió en el sarcasmo, incapaz de hallar una respuesta lo bastante cruel para echarla.

Se sentía acorralado, incómodo… como si el aire mismo le pesara.

Ya no quedaba rastro alguno del deseo que una vez sintió por ella.

Ahora solo era el eco de una ambición mal dirigida, una figura que representaba todo lo que alguna vez quiso…

para construir un futuro que ya no deseaba.

—Comencemos de nuevo —dijo Silla. Su voz fue directa. Sus intenciones, aún más.

—¿Vienes a recordarme que soy un fantasma que aparece cuando la princesita está caliente?

Royce la rechazó con un gesto brusco. Se sentía usado. Él había planeado compartir su éxito con ella, construirle un lugar a su lado… y, en cambio, solo había recibido desprecio.

—¡Entiéndeme! Soy una princesa heredera. Mis padres, mi pueblo… todos esperan que me case con un príncipe. No con un...

—¡Dilo! ¡Vamos, Silla! ¿Qué es lo que soy?

Royce no entendía lo que sentía. No era rabia. Era alivio. Como si al fin pudiera soltar un peso que le apretaba el pecho desde hacía demasiado.

—Dame otra oportunidad. Te necesito —susurró Silla, quebrada. Y, desesperada, se lanzó a él en un último intento de recuperar algo que ya no existía.

—¿Interrumpo algo? —dijo Deniel, congelado en la puerta.

La voz del tritón lo sacudió. Al oírlo, Royce sintió un nudo de miedo y culpa apretarle la garganta. ¿Por qué lo alteraba tanto esa mirada?, se preguntó. ¿Por qué temía lo que Deniel pudiera pensar? Sin pensarlo, apartó a Silla como si fuera una plaga que no deseaba tocar.

Ella lo supo. Vio el desprecio en sus ojos. Y sintió la vergüenza filtrarse en sus entrañas como veneno. No dijo una palabra. Solo se marchó, con la vista clavada al suelo, esquivando incluso la sombra de Deniel.

—No es lo que piensas —dijo Royce, con la necesidad absurda de justificarse.

—Es tu vida —dijo Deniel, sin mirarlo, con una frialdad que contrastaba con el temblor apenas contenido en sus manos.

—No quiero que pienses algo que no es real —insistió Royce, poniéndose frente a él.

—No tengo que pensar nada. Solo somos amigos. Nada más.

Pero, si sus palabras eran ciertas… ¿por qué sentía tanta frustración?, se preguntó Deniel.

—¿Por qué estás molesto?

—¡No estoy molesto! —protestó, y lanzó sus libros sobre la cama.

—Estás gritando —dijo Royce, acercándose.

—¡No! —la voz de Deniel se quebró, y supo que Royce tenía razón. Los celos lo habían invadido como un fuego lento. Y, sin quererlo, estaba revelando todo lo que intentaba ocultar—. Tuve un mal día —murmuró en voz baja.

Sin decir una palabra, se encerró en el baño y cerró la puerta como si al hacerlo pudiera contener también lo que sentía. Sabía que si se quedaba un minuto más frente a Royce acabaría desnudando su alma.

El tritón y el dragón no eran los únicos molestos y confundidos. Asher deambulaba por los pasillos del castillo, con la mirada perdida y el ceño fruncido, hasta encontrarse con Emmond a medio camino hacia la vieja biblioteca, junto al jardín trasero del ala este. Su refugio de paz.

—Tienes mala cara. ¿Discutiste con Layla? —preguntó el mago, sin detenerse del todo.

Asher, sin ánimos de negarlo, ni fuerzas para fingir, se limitó a ajustar sus guantes con frustración contenida.

—Sí. Es como si, al estar cerca de mí, se activara algo en su cerebro que la obliga a alejarse.

—¿Intentaste preguntarle por qué? —sugirió Emmond con tono neutro.

—Sí. Solo recibí insultos. Iré a entrenar para despejar la mente… o terminaré matando a alguien.

—Si vas a matar a alguien, que sea al capitán Ronnald Mlambo. Acaba de anunciar el examen de caballeros. Es en dos semanas —bromeó el hechicero, intentando aliviar la tensión.

—Perfecto. Patear algunos traseros me vendrá bien. Nos vemos luego.

Emmond asintió con un leve gesto y continuó su camino hacia las puertas de madera que daban al jardín. El silencio volvió a acompañar a Asher, pero esta vez, se sintió más denso que antes.

La habitación compartida en la torre de Merlín estaba sumida en un silencio espeso, casi reverente. Ambos fingían estar absortos en sus asuntos, pero sus pensamientos no dejaban de gritar por dentro, alimentando sentimientos que, sin permiso, comenzaban a echar raíces.

Deniel pretendía leer, pero no pasaba del primer párrafo.

Una y otra vez desviaba la mirada hacia Royce, repasando en silencio la forma de sus labios, hasta que se encontraba con sus ojos y regresaba al libro de inmediato, como quien ha cometido un pecado.

Se reprochaba haber cedido a sus caprichos, aunque, en el fondo, sabía que lo volvería a hacer.

Royce, en cambio, no se escondía. Jugaba con su sensualidad con descaro, provocando al tritón como si cada gesto fuera un reto. Deseaba hablarle, aclarar el malentendido, pero las palabras lo traicionaban. Había tantas… y todas ocultaban una verdad que aún no se atrevía a aceptar.

Deniel intentó ignorarlo, refugiándose en la historia del libro, donde al menos el amor parecía tener sentido.

Sin darse cuenta, comenzó a imaginar a Royce entre sus páginas, reemplazando a los protagonistas, soñando con un futuro que no sabía si merecía, y, justo cuando la fantasía lo envolvía…

la voz de la realidad la hizo estallar. Un grito. Luego otro.

Giró la cabeza de golpe. Royce se retorcía, atrapado en una pesadilla que parecía devorarlo. Sin pensarlo, se lanzó hacia él y lo sostuvo por el rostro, llamándolo con una mezcla de urgencia y miedo.

La calidez que Royce sintió en su pecho fue tan intensa que no pudo evitar aferrarse a él. Lo abrazó con fuerza, como si temiera que desapareciera.

—Gracias… —susurró, hundiéndose en su regazo, embriagado por su olor—. No quiero tener más pesadillas.

—Ven. Acuéstate —dijo Deniel, recostándose al espaldar de madera—. Mi madre solía acariciarme el cabello cuando tenía pesadillas. Se quedaba así hasta que volvía a dormir.

—¿Harías eso por mí? —preguntó Royce, con una vulnerabilidad que no necesitaba disfraz.

Entre susurros callados y miradas que hablaban más que cualquier palabra, la caricia del tritón se volvió más atrevida.

Aprovechando que Royce dormía, deslizó la mano sobre la máscara hasta alcanzar sus labios.

Primero rozó el superior, luego el inferior.

Tan suaves, tan tentadores… que su mente, rendida, le mostró cómo sería besarlos.

Su cuerpo reaccionó. El deseo se encendió con violencia serena. Se sonrojó, avergonzado, y retiró la mano con cuidado. Acomodó a Royce con ternura y comenzó a levantarse, sigiloso, pero no llegó lejos. El agarre de Royce lo detuvo.

—Duerme aquí esta noche.

Los ojos ámbar lo atravesaron. Deniel no deseaba dormir. Deseaba sentirlo. Y, aunque sabía que no debía, que era egoísta de su parte… no podía ni quería alejarse.

—Por favor —murmuró Royce, haciéndole espacio entre las sábanas.

El tritón se deslizó en el hueco que le ofrecía. Quedaron frente a frente. La distancia entre ellos era mínima. Y, sin embargo, el silencio que compartían lo decía todo. Sus miradas se encontraron y no se soltaron.

Deniel no tenía fuerzas para resistirse al impulso de besarlo, así que simplemente se giró con suavidad, dándole la espalda para no parecer descortés.

—Hasta mañana. Descansa —murmuró, como si al cerrar los ojos pudiera domar lo que sentía.

Pero Royce no estaba de acuerdo. No quería su espalda. Quería el azul de sus ojos. En un acto impulsivo, se acercó. Primero despacio. Luego un poco más. Su cuerpo quedó a apenas un suspiro del de Deniel.

El tritón se estremeció. Su piel temblaba como una hoja bajo el calor del pecho desnudo de Royce. La respiración de su compañero le rozaba el oído como una promesa, provocándole escalofríos. Su corazón golpeaba con tanta fuerza… que sentía cómo lo traicionaba desde dentro.

—¿Puedo abrazarte? —susurró Royce, con un tono suave, seductor, que pendía entre el deseo y el cuidado.

Deniel no respondió con palabras. Solo asintió. Aquella noche, las palabras no eran necesarias.

Antes de que pudiera arrepentirse, Royce lo rodeó con los brazos y lo atrajo contra sí, sellando el instante con una ternura abrasadora. Esa noche, Deniel era suyo. Completamente suyo.

La paz que solía nacer en la voz de Deniel no alcanzó las cuevas ocultas en los acantilados. Más allá de los muros de Eldryand, en las aguas sombrías de los estanques subterráneos, un nuevo obstáculo despertaba en silencio. Una prueba más de su destino.

—Casi es luna llena. La primera desde que Deniel llegó a Sthevyand y la más poderosa del ciclo. Será suficiente para despertar sus poderes. No permitas que nadie interfiera. Debes alejarlo del colegio.

La octopus emergió con lentitud, como si sintiera el llamado ancestral. Sus tentáculos danzaron al compás de sus carcajadas, lunáticas y deformes, que retumbaron en la caverna, haciendo eco en las sombras.

—Así será, alteza —respondió una figura encapuchada, ocultando el rostro bajo una capa con el emblema del clan Oken: las criaturas más sanguinarias que alguna vez reinaron bajo el mar.