Corona de Sal y Luna Capítulo 21
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Capítulo 21

“La confianza es tan frágil como el cristal: basta el más mínimo motivo para hacerla añicos”.

Eldryan permanecía envuelto en una calma engañosa, esa clase de sosiego que no reconforta, sino que antecede a la tormenta.

Una paz tan densa y premonitoria, que Elena caminaba junto a Theodor sin dedicarle más que una mirada vacía de cuando en cuando, perdida en pensamientos turbios sobre los obsequios que dejaría esta nueva guerra.

Theodor, ajeno al torbellino en su interior, intentaba mantenerla al tanto de los últimos sucesos.

Habló de la emboscada en el Portal de Allwyn, del ataque a Royce, del acecho constante a Asher y del fallido escape de la lyrkkan que acabó con su muerte y la de dos guardias del castillo.

Relatos que habrían estremecido a cualquier forastero, pero no al de una mujer cuyo corazón ya latía al ritmo del campo de batalla.

—¡Elena! ¿En qué piensas?

Theodor se detuvo, desconcertado, al notar su ausencia… más allá del cuerpo. Ella se sobresaltó levemente y respondió con una sonrisa tímida, casi una disculpa esbozada.

—Estoy pensando en Laianna. Desde que le conté lo de su padre, no ha hecho otra cosa que reclutar guerreros. Quiere matar a Bahel con sus propias manos.

Theodor guardó silencio, tragándose la angustia. Le resultaba inútil intentar disfrazar la verdad: la guerra apenas comenzaba, y nadie, ni siquiera los más fuertes, saldrían ilesos.

Se sintió torpe, desarmado ante el dolor que no podía aliviar.

—Todo estará bien. Laianna es una guerrera extraordinaria. —Optó por la mentira más piadosa.

Elena agradeció aquella falsedad con una sonrisa melancólica. En el fondo, anhelaba con desesperación que otra persona enfrentara a Bahel.

—Debo regresar a la sala de tesoros. Nos vemos luego.

Theodor se alejó rumbo a su destino, mientras ella, buscando claridad entre el caos, pensó en volar. Nada la reconfortaba tanto como perderse entre las nubes junto a Trevor.

Deniel, exhausto tras horas de búsqueda infructuosa, regresó al castillo. Al acercarse a la puerta, se encontró con Layla y Azura.

—¿Cómo te fue?

Azura salió disparada hacia él, exigiendo un abrazo con su habitual energía, mientras Deniel se obligaba a dibujar una sonrisa.

—No están en el arrecife.

—¿Crees que el monstruo… ya sabes, se los comió?

Layla no disimuló su inquietud.

—No lo sé. Regresaré más tarde e intentaré ir más allá del arrecife.

Deniel alzó la mirada hacia el horizonte, allá donde el azul del océano era más oscuro. Sabía que, en esas aguas profundas, latía la verdad que tanto ansiaba… y también su mayor peligro.

—Por hoy fue suficiente. Además, Celeste te espera —advirtió Layla, sin ocultar el alivio que sentía al mantenerlo lejos del mar. Nunca estuvo tan agradecida por ser la recadera de la anciana.

—¿Ahora?

Deniel frunció el ceño, con una mezcla de fastidio y resignación.

—Sí. Dijo que te esperaba donde siempre.

—No tengo ánimos para otra clase de autocontrol…

Deniel ya se imaginaba lanzando hechizos o cantando. Celeste se había vuelto una fanática de sus poderes de alquimia, y no dejaba de usarlo como sujeto de ensayo para cada uno de sus experimentos.

Cruzó los pasillos del castillo con paso distraído, perdido en sus pensamientos.

Anhelaba volver al océano. Se preguntaba dónde estaría aquella criatura que, pese a su peligrosa naturaleza, parecía sostener las respuestas que llevaba años buscando.

Entonces, a escasos corredores de su destino, un destello rasgó sus pensamientos.

La luz mágica vibró en el aire como una advertencia ancestral.

Era un encantamiento… y uno muy poderoso.

Con manos temblorosas, tomó su varita y rebuscó entre sus hechizos de defensa.

—¡Deniel, corre! —gritó Theodor, apareciendo de la nada para tomarlo del brazo y arrastrarlo a la persecución.

— ¡Solaris Lumen! —Las criaturas estaban demasiado cerca.

Theodor conjuró de nuevo el hechizo. La luz que emergió de su varita estalló como un sol embravecido, haciendo que aquellas abominaciones aullaran y se retorcieran al contacto con su fulgor.

—¿Qué son esas cosas? —exclamó Deniel, aterrado. Ni en sus peores pesadillas había visto algo igual.

—Espectros —jadeó Theodor, sin detenerse—. Criaturas hechas de sombra… y muerte.

—¿Qué buscan?

—Supongo que alguien notó la ausencia de la espada en la catedral de Ciudad Sagrada.

Pero no hubo tiempo para respuestas. El astuto profesor seguía arrastrándolo, doblando corredores con precisión casi instintiva, lanzando encantamientos cada vez que podía, ganando segundos vitales. Eran demasiados. No podían enfrentarlos… no aún.

La carrera terminó abruptamente cuando entraron en un corredor sin salida.

—¡Demonios! —maldijo Theodor, al ver la pared frente a ellos.

—¿Cómo los detenemos?

Deniel respiraba agitado. Su vida, desde que había llegado a este mundo, se había transformado en una sucesión de peligros que parecían buscarlo a propósito. Como si el destino lo hubiera escogido o marcado.

—Con luz bastaría, pero estos son más fuertes. Alguien los controla —explicó Theodor y apretó la espada contra su pecho mientras escudriñaba el lugar.

De pronto, el aire se volvió denso. Apestaba a huesos, a carne podrida. A cementerio… a muerte.

Las sombras se deslizaban por las paredes como serpientes, al ritmo de un canturreo susurrado que helaba la sangre.

—¡Están aquí! —exclamó Theodor, alzando su varita y colocándose frente al tritón.

Los cuadros en las paredes se estremecieron con un temblor espectral, y de ellos, como almas atrapadas en un lamento eterno, emergieron los espectros.

Sus rostros descarnados, sin ojos, mostraban solo dos orificios oscuros como abismos sin fondo.

Sus labios, resecos y agrietados, se abrían entre susurros ininteligibles, dejando ver lenguas negras y corroídas que se alzaban hacia ellos…

como si saborearan cada partícula de vida que ardía en sus cuerpos.

Deniel estaba, literalmente, entre la espada y la pared.

Tenía en mente una ruta de escape, pero tomarla implicaba traicionar a la anciana.

Y la espada debía ser protegida. Desde su llegada a Eldryan, había percibido el vínculo entre Celeste y Theodor, tan silencioso como profundo.

Ella se lo contaría algún día… pensó, mientras empuñaba su varita con decisión.

— ¡Lunae Lumus!

La luz de luna brotó de su varita como una marea celestial. No solo hizo retroceder a los espectros, también devoró por completo el encantamiento de su profesor, envolviendo el corredor en un resplandor plateado y abrumador.

Theodor palideció. Sus ojos, cargados de asombro, se clavaron en Deniel. Ni siquiera en su juventud, con todo el entrenamiento recibido, había logrado invocar ese hechizo con semejante poder.

—¡Sígueme!

Deniel trazó una línea en la piedra con la varita y abrió el acceso a la cámara secreta de Celeste.

La incertidumbre crecía en Theodor con cada paso.

Eldryan era su hogar desde hacía años ¿cómo podía haber lugares ocultos que ni él conocía?

Avanzó bajo la luz azulada de los cristales, sintiendo el eco de su propia incredulidad resonar en los peldaños.

Deniel caminaba con seguridad, como quien ya ha recorrido aquel sendero muchas veces.

Sabía que Celeste se enojaría. Pero también sabía que lo entendería…

si alguna vez llegaba a contarle lo que había ocurrido.

La culpa lo roía en silencio. Sus ojos buscaron los de Azura, ansiando un gesto que lo reconfortara.

—¿Qué es este lugar? —preguntó Theodor al fin, incapaz de contener la duda que lo asfixiaba.

—Es la cámara secreta de Celeste —respondió Deniel, con una serenidad que no sentía del todo.

—¿De Celeste?

La decepción se le aferró al pecho como una garra.

Dudaba. Quería dudar. Pero la verdad lo rodeaba: los cristales, la cámara…

el secreto. Era inconcebible. La misma mujer que le había confiado la custodia de uno de los objetos más poderosos del mundo mágico…

había ocultado este lugar durante años. Y no se lo había mostrado a él, sino a un adolescente impulsivo que apenas sabía sostener su varita.

Rio, amargamente. Era absurdo. Dolorosamente absurdo.

—No puede ser… Esas cosas regresaron —murmuró Deniel, con la mirada fija en las criaturas que se filtraban por las paredes—. ¿Cómo nos libramos de ellos?

—Tenemos que encontrar a quien los controla, pero podría estar en cualquier rincón del castillo. Incluso fuera —replicó Theodor, alzando su varita.

—Entonces estamos atrapados. Solo hay una salida… y es por donde entramos —dijo Deniel, con la sombra del miedo cruzándole el rostro.

—¡Rápido! Hagamos un escudo mágico. Podremos detenerlos por un tiempo —sugirió Theodor ya en posición.

—Tengo una mejor idea.

Esta vez fue Deniel quien tomó la iniciativa.

Lo sujetó de la mano y lo arrastró consigo hacia la Niebla de los Martirios, envolviéndose en la luz de luna para cruzar aquel territorio inhóspito.

Theodor no comprendía del todo lo que ocurría, pero, en esa situación, confiaría ciegamente en cualquier locura que se le ocurriera al tritón mientras los mantuviera lejos de los espectros.

Cruzaron las sombras, y al otro lado, la barrera que protegía la entrada de la cámara los aguardaba.

—¡Entremos aquí!

Sin esperar a que las voces espectrales se acercaran un metro más, Deniel tocó el escudo mágico y, tras jugar con los hechizos, abrió una brecha lo bastante amplia para que los tres pudieran cruzar.

Al quedar bajo la protección de la barrera, los espectros no solo fueron repelidos, sino que se deshicieron en el aire al impactar contra la cortina de niebla azul.

—Entremos en la cámara —sugirió Theodor, dirigiéndose hacia la puerta.

Los cristales de luz robaron el fulgor a las antorchas y candelabros, encendiéndose con el primer paso del mago en la estancia.

Theodor quedó deslumbrado. Frente a él se desplegaba un mundo que creía perdido: libros extremadamente antiguos, ingredientes imposibles de hallar, criaturas que solo existían en leyendas.

Todo era fascinante. Una visión que hubiese deseado admirar con júbilo, si no fuera porque el dolor en su pecho pesaba más que cualquier maravilla.

Aquel dolor que nacía del silencio… de todo lo que Celeste le había ocultado.

Un estruendo metálico quebró el instante.

La espada cayó al suelo justo antes de que Theodor hincara las rodillas, desplomándose frente al tritón con la respiración entrecortada y el rostro lívido.

Deniel se arrodilló a su lado, desesperado, sin saber qué hacer ante su aspecto descompuesto.

Pero el hechicero ya no lo escuchaba. Toda su atención estaba fija en el pequeño obelisco frente a él, justo delante del espacio vacío donde apenas se colaba un rayo de luz.

Sus párpados comenzaron a cerrarse, y su mirada, antes nítida, se volvió turbia, desvaneciéndose como si el mundo se diluyera ante él.

La retorcida varita encerrada en cristal fue lo último que alcanzó a ver…

antes de caer completamente inconsciente.

—¡Profesor! ¡Profesor! —gritó Deniel, al borde del pánico, ante la agonía en su respiración. Se volvió hacia Azura, con el corazón en un puño—. ¡Avísale a Celeste!