Corona de Sal y Luna Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Elena no se sorprendió. Había pasado tantos años odiándolo, que, incluso, al otro lado del continente juraba oír sus carcajadas rompiendo la noche.

—Muy propio de ti. Siempre escondido en las sombras, husmeando conversaciones ajenas.

Como si aquellas sombras fueran un velo obediente, se deshicieron poco a poco cuando Ezkel emergió de entre los estantes polvorientos, avanzando con parsimonia hacia el centro del salón.

—¿Qué vienes a buscar esta vez? —preguntó con cinismo—. ¿Alguna de las reliquias de tu madre para salvar tu pellejo?

—No necesito la ayuda de mi madre para ser quien soy. Al menos yo… ya no vivo bajo su sombra.

Elena no era fácil de intimidar. Si algo había heredado de Celeste, era esa belleza peligrosa y una lengua tan filosa como sus convicciones. Siempre tenía una respuesta lista como un conjuro bien memorizado.

—No siempre la luz de la poderosa Celeste Gryffin protegerá Eldryan —murmuró Ezkel, con una sonrisa torcida mientras estrechaba contra su pecho el libro que sostenía—. Basta un solo fallo y las sombras devorarán su resplandor.

—No te hagas el tonto, Ezkel. Cuida bien tus palabras antes de hablar de la magíster …

Theodor se adelantó, pero Elena levantó una mano, cortando su intervención sin necesidad de mirarlo.

—Tanto ansías ver caer a mi madre que enviaste una nota al consejo. No sabía que eras capaz de hundirte tan bajo.

Ezkel parpadeó. Se suponía que nadie debía saberlo. El fugaz destello en su mirada delataba la sorpresa. Sin una mentira preparada, solo le quedaba el refugio de su arrogancia y su negra reputación.

—Ya es hora de que alguien más tome el mando del colegio.

—¿Y ese alguien es un miserable resentido como tú?

El tono de Elena se volvió de acero.

—Cuida tus palabras, Elena Gryffin —le advirtió Ezkel.

—Cuida las tuyas, Ezkel Jassal. Ya no soy tu estudiante —replicó ella, firme y desafiante.

—¡Cálmate, Elena! Y usted, profesor… ¿no tiene nada mejor que hacer?

Theodor se interpuso entre ambos. Jamás le había caído bien Ezkel. Llevaba años sugiriendo a Celeste su expulsión, pero el maldito era un mago brillante. Un enfrentamiento entre ellos y no quedaría piedra sobre piedra del castillo.

—Esperaré con ansias la llegada del consejo —dijo Ezkel antes de girarse. La observó durante unos segundos, como si quisiera memorizar su rostro y se marchó.

—Debiste dejarme matarlo —masculló ella aún tensa.

—Cuando seas la magíster , podrás deshacerte de él —bromeó Theodor.

—No vuelvas a repetirlo… o me encargaré de ti primero —le lanzó Elena, apuntándolo con el dedo como si dictara una maldición.

Theodor rio. Disfrutaba verla irritada cada vez que la comparaban con su madre.

—Descuida, ya me voy. Debo entregarle la espada a Celeste. El sumo sacerdote quiere que sea ella quien la lleve de regreso a Áragos.

Elena lo siguió con la mirada hasta que desapareció tras la puerta. Luego volvió su atención al mar, aunque esta vez sus ojos se alzaron hacia el cielo, donde Rasha y Trevor jugaban despreocupados entre las nubes.

Royce, abrumado, se colocó el uniforme y salió al vestíbulo. Tras su descubrimiento, el encierro se le hacía asfixiante. Necesitaba caminar… pensar. No podía decirle a Deniel que conocía la verdad; y mentirle le resultaba aún más insoportable.

Al cruzar el umbral de la pequeña sala, se detuvo en seco. Celeste estaba allí, sentada en un sillón, con Azura entre sus brazos.

—Veo que estás mejor.

Royce disimuló la sorpresa como pudo.

—Sí, ya estoy bien. Necesito hacer algo o terminaré perdiendo la cordura entre estas cuatro paredes.

—Si estás tan aburrido, ¿por qué no conversamos un poco?

Con un leve movimiento de varita, Celeste hizo aparecer dos tazas de té humeante y una bandeja de galletas en la mesita frente a ella. Luego, con un gesto sutil, lo invitó a sentarse.

—Cuéntame cómo ha sido tu convivencia con Deniel. ¿Has encontrado algo interesante?

Jaque mate. La anciana no daba rodeos.

—Usted lo sabe —dijo Royce, con una sonrisa incrédula—. Sabe que él es un…

—Sí. Lo sé. Por eso lo traje al castillo.

—Pero él no es… normal. Está mintiéndonos a todos.

—¿Acaso no es eso mismo lo que hago por ti?

Celeste enarcó una ceja, observándolo con complicidad mientras daba un sorbo a su té.

—Pero él… vive sin saber quién es en realidad.

—¿Qué es lo que verdaderamente te incomoda, Royce? ¿La mentira que tejí para protegerlo o que Deniel no haya sido sincero contigo?

—No lo sé. Supongo que ambas cosas.

Su tono se apagó. En el fondo, ni él mismo entendía por qué estaba molesto. Había vivido años ocultando su verdad… también había engañado a Deniel. Quizás era eso. Se veía reflejado en él: dos jóvenes arrastrando secretos que les exigían fingir.

Celeste sonrió y le tomó las manos con ternura.

—Al igual que tú, Deniel es un esclavo de su destino. Y también necesitará rodearse de quienes no lo traicionen.

—El futuro siempre exige que sacrifiquemos el presente —murmuró Royce, con la mirada fija en su taza de té.

—En dependencia del sacrificio será la recompensa —afirmó Celeste.

Royce la miró, captando el guiño que le ofrecía.

—¿Y si me equivoco en el sacrificio?

—Deja de pensar tanto y siente más —respondió ella, con una sonrisa suave—. Si actúas desde el corazón, jamás lamentarás lo que hagas.

Las dudas seguían aferradas a él, como espectros susurrantes. Se alzaban en su mente con la forma del vapor que brotaba de las tazas… tan densas y oscuras que hacían más pesada la carga de su alma con cada segundo.