Corona de Sal y Luna Capítulo 20
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Capítulo 20

“Exigimos verdades ajenas mientras ocultamos las propias. Así de fácil es la hipocresía”.

Un golpe firme resonó en la habitación del tritón. Royce se volvió hacia la puerta, aún de pie junto a la ventana, e invitó al visitante a pasar. Había escuchado ese sonido tantas veces… que ya sabía quién era.

Elyot Valiant, su maestro y excomandante del ejército de Daavos, cruzó el umbral con grandes zancadas. El colosal guerrero vestía su uniforme impecable, ceñido al cuerpo forjado por las incontables batallas que había librado en sus cincuenta y dos años de vida.

Avanzó con serenidad hasta detenerse frente al lado del cuarto que pertenecía al tritón.

Enarcó una ceja al ver tanta información condensada sobre un simple pedazo de tela.

Luego se acercó a Royce, recorriéndolo de pies a cabeza con la mirada…

olfateando, quizás sin proponérselo, lo que las palabras no se atrevían a decir.

—¿Cómo te sientes?

—Bien —respondió Royce, desviando la mirada hacia el lugar de los hechos—. Gracias a Deniel estoy vivo.

—Celeste me lo contó. Tienes suerte de tener un... —Elyot se recostó al ventanal, buscando la palabra adecuada, la menos delatora— un amigo tan talentoso con las pociones.

Pero Elyot no necesitaba de su olfato para saber que algo ocurría.

El aroma que Royce desprendía era apenas el primer indicio.

Su pupilo no era descuidado, y mucho menos se permitía mostrar vulnerabilidad con tanta facilidad.

Llevaba semanas mencionando a su amigo en los entrenamientos, buscándolo en cada rincón, congelándose ante su sola presencia.

Y ahora… por alguna razón que su mente se resistía a aceptar, su olor provenía de la cama de Deniel.

Ya había visto al joven atravesar emociones similares, pero nunca de forma tan evidente.

Lo observó unos segundos, tentado a decir lo que intuía, a confrontarlo con la verdad que ya latía en el aire. Pero habría sido un desastre. Royce no estaba listo. Y lo último que deseaba era entorpecer su entrenamiento.

Desvió entonces la conversación, no sin recordarle por qué estaba en Eldryan.

—¿Cómo van las cosas con Silla?

—Silla... —Royce se burló con una sonrisa amarga—. No quiere verme. Me dejó claro que jamás me tomaría en serio. Me usó cuanto quiso.

—¿Acaso no hiciste tú lo mismo?

La pregunta lo incomodó. Tal vez por oírse como un traidor o por darse cuenta de lo bajo que había caído por cumplir su propósito.

—¿Desde cuándo estás de su parte? —protestó Royce.

—No estoy de su lado. Si lo estuviera, ya le habría contado todo a su padre —Elyot se apartó de la pared con frialdad medida—. Recuerda tus metas. Recupera a la chica y deshazte de todas esas distracciones innecesarias.

Royce sintió el pecho contraerse. Algo se quebró por dentro, y no fue solo la imagen de Deniel sonriéndole entre las sábanas.

—Si necesitas ayuda con algo… házmelo saber —se despidió el excomandante.

—¿Qué significa el olor a sal y luna? —preguntó Royce, sin ocultar la inquietud que le calaba los huesos.

—¿A sal y luna? —repitió Elyot, frunciendo el ceño con una mueca de desconcierto.

—Sí. Últimamente lo percibo todo el tiempo.

—Tienes el océano justo al lado. Tal vez tu olfato está más sensible por el veneno.

Las palabras de Elyot sonaron descabelladas. El olfato de un jinete jamás fallaba. Y Royce no era la excepción. Era su mejor pupilo, incluso más que su propio hijo. Pero lo que insinuaba… lo que el muchacho comenzaba a intuir… era impensable.

—No es por el veneno. Es una esencia. El sello de alguien —afirmó Royce, sin apartar la mirada. Sabía que Elyot ocultaba algo, y esa verdad estaba a punto de salir.

El comandante también lo sabía. Aunque se negara a admitirlo, Royce acabaría descubriéndolo. Era una locura, sí. Pero, si callaba ahora, su pupilo terminaría convertido en el lunático del castillo.

—Hace mucho tiempo, antes de que los reinos existieran, los jinetes de dragones eran grandes cazadores.

Aprendieron a distinguir a los maggiums por su aroma.

El olor a sal y luna… proviene de las sirenas.

Y las sirenas… ya no existen —su tono era bajo, casi clandestino—.

No quiero que vayas por los pasillos repitiendo estupideces que pongan en riesgo todos estos años de entrenamiento.

Concéntrate en tu futuro. Y deja de pensar en… sirenas.

Lo que se reflejaba en su rostro no era rabia. Era preocupación.

—Sirenas… —susurró Royce.

—Espero verte mañana en el entrenamiento.

Cuando Elyot cruzó el umbral y la puerta se cerró, Royce corrió hacia las pertenencias de Deniel. La sospecha ardía. Ahora necesitaba certezas. Y sabía exactamente dónde buscarlas.

Revisó los cajones, las gavetas. Nada. Miró bajo el colchón y solo encontró polvo. ¿Cómo era posible que no tuviera ningún recuerdo de su familia? Ni una nota. Ni un fragmento de pasado.

No esperaba hallar una fotografía con una cola sobre la arena, eso sería ganarse la lotería, pero al menos necesitaba un indicio. Algo que le dijera que no estaba loco. Porque, de lo contrario, solo le quedaría una opción… lanzar agua y esperar.

Se dejó caer al suelo, con la espalda apoyada en la pared, y reclinó la cabeza hacia un lado, contemplando en silencio la lamparita junto a la cama.

Sus ojos recorrieron los delicados dibujos dorados, luego la cadenita que colgaba desde el interior del cristal hasta descansar, quieta, sobre la madera.

Allí, junto a ella, estaba el libro que Deniel había estado leyendo.

Royce lo tomó con cautela, casi con respeto.

Hojeó las páginas, guiado por la curiosidad y la punzada de algo que no alcanzaba a nombrar, hasta encontrar la línea marcada.

Al abrirlo por completo, una fotografía se deslizó entre las hojas y cayó sobre su regazo.

El corazón le dio un vuelco.

Las manos le temblaron al sostenerla. Por un momento, la culpa le arañó el pecho. Sentía que acababa de arrebatarle a Deniel algo íntimo, algo que él no estaba listo para compartir. Pero ya no podía detenerse. Necesitaba respuestas.

Alzó la imagen con cuidado. Los rostros frente a él despertaron un recuerdo difuso, como un eco lejano golpeando las paredes de su memoria. Una figura femenina se impuso entre la bruma: aquella mujer con la que había soñado durante años… pero cuyo rostro siempre permanecía fuera de foco.

Giró la foto.

Y allí, escrito con trazo firme y tinta gastada, leyó: “Feliz cumpleaños, mamá”.

La frase era sencilla. Pero su significado, demoledor.

No solo despejaba sus dudas. Revelaba una verdad capaz de sacudir los cimientos de Sthevyand y desmoronar el frágil equilibrio del reino: Deniel era un tritón. Pero no uno cualquiera.

—Supe que estabas de paso por Eldryan. ¿Por qué no me avisaste?

Theodor se acercó a los ventanales de la biblioteca principal, dejando que la luz del atardecer delineara su silueta mientras posaba la mirada en la figura frente a él.

—Sabes que me gustan las sorpresas —respondió Elena, girándose con una sonrisa apenas dibujada.

—Típico de ti —murmuró él, sonriendo al abrir los brazos para abrazarla.

Habían sido amigos durante años. Para ella, él era como un hermano mayor.

Lo amaba con la misma intensidad con la que alguna vez amó a Nicholas, su pequeño hermano, aquel que la había dejado demasiado pronto.

Aún cargaba la culpa sobre Celeste. Desde entonces, Theodor fue su refugio, hasta que decidió seguir el camino de su madre…

y la distancia entre ambos se llenó de silencios no dichos.

Luego vino Trevor y, con él, su deseo de desaparecer del mapa.

Pero una certeza resistía: el amor que se tenían no se había marchitado.

Había cambiado, sí, pero seguía ahí… enraizado como un árbol que nadie se atrevía a cortar.

—¿Celeste sabe que estás aquí? —preguntó Theodor, aunque conocía la respuesta.

Elena se alejó lentamente, dejando que el viento le acariciara el cabello. Su mirada se hundió en el horizonte.

—¿Qué no sabe mi madre sobre mí? Sus informantes me persiguen a todas partes.

—Ella no hace eso —protestó él, esbozando una sonrisa torpe, como si su mentira pudiera suavizar lo que ambos sabían que era cierto.

Elena le dirigió una mirada gastada. Una de esas que ya no esperan respuestas. Luego regresó a su mundo: al vaivén de las olas, al murmullo del mar. Allí donde sus pensamientos tejían planes que sabían a promesa y a despedida.

Planes para vengar a Heglar.

—¿Por qué viniste a Eldryan? —preguntó él con cuidado. Sabía que Elena jamás volvía al castillo sin un motivo de peso.

Ella suspiró y se volvió lentamente. Quedaron frente a frente. El aire entre ellos se volvió más denso.

—Estuve en la batalla de Puntadiamante. Fue… aterrador. Vi morir a muchos… incluso a… —la voz se le quebró. El nombre le dolía en la lengua—. Heglar está muerto.

El corazón se le estremeció con sus propias palabras. Como si, al pronunciarlas, las frías manos de la muerte le atravesaran el pecho y lo apretaran con furia.

—¿Heglar Henstridge? —El rostro de Theodor palideció.

No solo por el nombre. Heglar fue más que un aliado para Elena. Llenó el vacío que su padre dejó. La siguió en sus locuras. La protegió como a su propia sangre. Y, sobre todo… era el padre de Laianna. La única persona que aún podía doblegar a Elena sin usar la fuerza.

—Debe estar vivo en alguna parte —musitó—. Es un guerrero legendario. No caería tan fácilmente.

Pero Elena no respondió. Lo sabía. Lo sentía en los huesos. En ese espacio vacío que antes ardía cuando Heglar estaba cerca. Ya no quedaba esperanza. Solo la misión. Convencer a su madre de intervenir en el consejo. Era la única forma de vengarse del maldito Rey Dragón.

—No pienso quedarme mucho tiempo, si es lo que estás pensando. Solo vine a entregar un mensaje… y a llevarme una respuesta.

—No puedes negar que eres su hija… —dijo una voz gutural detrás de ellos—. Siempre consiguen lo que quieren.