Corona de Sal y Luna Capítulo 19
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Capítulo 19

“Háblame de amor y de atardeceres. Pero no olvides las noches, el vino… y mi piel desnuda fundida con la tuya”.

La biblioteca principal de Eldryan siempre le había parecido un lugar maravilloso a Deniel; el olor de los libros le resultaba invaluable.

Frente a él reposaba una montaña de volúmenes sobre criaturas marinas.

Sin embargo, seguía sin poder concentrarse en la lectura.

Parecía un tonto mirando la misma página, deslizando la vista sobre cada palabra sin entenderla, pensando en Royce.

Por momentos lograba regresar al mundo real, apartando los lujuriosos pensamientos que poblaban su mente, y se preguntaba: “¿Qué estoy haciendo?’’

—¡Deniel! —gritó Layla rompiendo la ardiente fantasía.

—No tienes que gritar —le espetó él.

—¿Qué lees?

Él dudó por un segundo si debía contarle, pero recordó que ella conocía su secreto. Además, necesitaría ayuda para leer todos esos libros.

—Ayer me encontré con dos pisceguns en el arrecife. Me dijeron que hay un octopus rondando la isla, que es una criatura peligrosa y debería mantenerme alejado del agua.

—Si eso evita que te topes con ese monstruo, deberías hacerlo. Ya tenemos suficientes problemas —sugirió el hada, con el ceño fruncido.

—Al parecer es como yo. Mitad humano y mitad… pulpo.

Deniel giró el libro hacia ella, dejando ver la ilustración de la criatura.

—Es espantosa. Pero mientras se mantenga en el agua, estaremos a salvo en tierra.

—Se reproducen de forma natural o cuando una sirena renuncia a su cola y recibe la maldición de la luna. Pueden salir a tierra, como yo.

—Entonces… ¿este octopus habrá sido una sirena? —concluyó Layla, frunciendo el ceño.

—No lo sé. Necesito regresar al océano.

—¡Espera! —exclamó el hada, alarmada—. Es una criatura maldita. ¿De verdad crees que se sentará contigo en el arrecife a tomar té de algas y te dirá si hay más sirenas antes de matarte?

—¿Se te ocurre otra idea? —replicó Deniel, enarcando una ceja.

—No… pero es peligroso. Las cosas en el castillo no están bien. Al menos sabemos que la culpable del ataque a Royce está muerta. Escuché a los guardias decir que la lyrkkan intentó escapar… y la mataron —susurró Layla, evitando que otros oyeran lo que no estaba autorizada a saber.

Deniel se inclinó hacia adelante, con los codos apoyados sobre la mesa. Layla lo observó con inquietud, preocupada por la frialdad en su rostro.

—Hace unos días encontré una nota en mi habitación. Alguien conoce mi secreto… y dejó un balde de agua junto a la cama. Me obligaron a mostrar la cola delante de Royce. Por suerte, no logró verla. Tal vez fue una advertencia… o un mensaje enviado por esa criatura.

»Necesito respuestas, Layla… o perderé la razón.

—Tenemos que decírselo a Celeste.

Layla ya no sabía en quién confiar. El castillo se había transformado en un campo de batalla. Luchaban contra enemigos invisibles, cada rostro que veía en los pasillos le parecía un disfraz. Uno que podría ocultar traición, veneno… o muerte.

—Si se lo digo, me prohibirá acercarme al mar.

El hada suspiró y se encogió de hombros, a regañadientes.

—Al menos dime cómo está Royce.

Deniel la imitó, acomodándose con suavidad. El rubor le trepó por las mejillas al recordar la mañana y todo lo que había sucedido.

—Bien… él… está bien.

—¿Por qué hablas así? —inquirió Layla, entre divertida y confundida—. ¡Te estás sonrojando!

—¡No grites!

—Te gusta —susurró ella con una sonrisa tan luminosa como traviesa.

—No lo sé. Él ha sido bueno conmigo, y estamos obligados a convivir. Quizás estoy confundiendo gratitud con otra cosa…

Pero, mientras lo decía, sabía que no era cierto. Y Layla leyó la verdad en su voz.

—No parece un simple capricho ni una confusión. Estabas desesperado cuando lo atacaron. Hiciste hasta lo imposible por salvarlo. Me contaste tu secreto, Deniel y lo hiciste por él.

Él curvó los labios en una sonrisa ladina y se inclinó hacia ella.

—Técnicamente, tú me lo sacaste a la fuerza.

Layla alzó los hombros, fingiendo inocencia.

—Esto no puede suceder —murmuró él, con una voz tan baja que parecía herida—. Royce se merece a alguien mejor. Alguien sin tantos secretos.

Agachó la cabeza, y su mirada se perdió entre las vetas de la mesa. Nunca tuvo suerte en el amor. Y ahora… estaba viviendo el más doloroso de los clichés.

Layla tomó su mano con suavidad, obligándolo a alzar la vista.

—Eres la mejor persona que conozco. Cualquiera sería afortunado de tenerte. Dile lo que sientes. Tal vez no sea recíproco… pero te hará bien dejar de cargarlo solo.

Deniel guardó silencio. Su alma temblaba.

—Entonces, ¿por qué no hablas tú con Asher? —preguntó de pronto con una sinceridad inesperada.

Layla vaciló. Dudó si responderle, pero comprendió que debía hacerlo. Era lo justo.

—Mi historia con Asher es distinta. Yo estoy atada a los tabúes de mi pueblo.

—¿A qué te refieres? No es que seas la princesa heredera de Greenland y tengas un matrimonio arreglado —bromeó Deniel.

Pero la expresión herida de su amiga le borró la sonrisa de golpe.

—Sí… lo estoy —dijo ella, y acarició el brazalete de gemas verdes en forma de hojas que adornaba su muñeca derecha—. Mi hermana convenció a nuestros padres de que me casaran con el hijo del señor de los elfos.

—¿Y por qué no se casa ella, si será la reina? —protestó Deniel indignado.

Layla miró con afecto y tristeza la brillante pulsera; acarició las gemas con delicadeza, como si al tocarlas pudiera calmar el temblor de su alma.

—Elvain no es un mal chico. Somos amigos desde muy niños… y, aunque él cree que no lo sé, tengo la certeza de que esto, para él, es mucho más que un simple acuerdo. No quisiera decepcionarlo.

—Layla, ¿estás pensando en la felicidad de otros y no en la tuya? Si no eres feliz con él, terminarás envenenándolo con tu dolor. Tú amas a Asher. Lo supe desde la primera vez que los vi juntos.

Deniel la observó con ternura. Sentía pena por ella. Su historia era mucho más cruel que la suya, mucho más solitaria. Le recordaba a sí mismo en aquellos días en que intentaba complacer a todos, aunque eso significara vivir atrapado en una mentira que le carcomía el alma.

—¿Sabes cuán difícil es amar a alguien… y que esa persona sienta lo mismo?

Layla se perdió en las palabras del tritón. Sabía que tenía razón, pero ¿qué podía hacer? Aquel compromiso pesaba más que su propio deseo. Iba más allá de la palabra amor . Su reino la necesitaba, y no podía luchar contra eso.

—No tienes que responderme —añadió Deniel con suavidad—. Solo quiero que lo pienses. No quiero verte sufrir.

—No le cuentes a nadie —susurró Layla.

Deniel le sostuvo la mirada con tristeza. Había desesperación en los ojos del hada, una sombra que ella misma se negaba a aceptar, pero que él ya había visto muchas veces en sí mismo.

—¿Qué hacen?

La voz de Emmond rompió el silencio al surgir de entre los estantes, acompañado de su encantadora sonrisa.

—Estudiar —respondió Deniel casi por reflejo.

Sabía que era imposible que el hechicero hubiese escuchado algo, pero necesitaba marcharse. Necesitaba el mar. Y Emmond era un obstáculo. Uno bastante grande de evadir.

—¿Cómo está Royce? —insistió el hechicero.

—Bien. Se recupera rápido —Deniel vio en la pregunta su salida—. Hablando de Royce… es hora de sus medicamentos y una terapia de sanación.

—Perfecto. Te acompañamos —sugirió Asher acercándose.

—No podemos, tenemos clases. Y tú tienes tus lecciones de autocontrol con Celeste, Deniel.

Layla lo sorprendió. Su mentira fue tan convincente, tan natural, que él mismo estuvo a punto de creerla.

—¡Ah! Lo olvidé —añadió Deniel, siguiendo con su actuación barata.

—Recuerdo las clases de Layla… terminaba exhausta.

Asher sonrió al evocar aquellos días en los que fingía entrenar hasta tarde solo para acompañarla de regreso a su torre.

—¿Tú también? —preguntó Deniel sorprendido.

—Una larga historia. Ahora vete, antes de que se te haga tarde —le dijo Layla, haciéndole una seña con dulzura.

Sin intención de seguir hurgando en la vida del hada, Deniel aprovechó la excusa y se marchó rumbo al océano en busca de respuestas.

Mientras el tritón buscaba a aquella criatura en las profundidades, Royce, en la habitación, intentaba silenciar el caos de su mente. Sentía que el mundo se le venía encima… y lo aplastaba.

Caminaba de un lado a otro, con la toalla ceñida a las caderas, la vista baja, persiguiendo sin rumbo el ir y venir de sus pies descalzos sobre la alfombra.

Luego alzaba la mirada al techo. Luego a la cama vacía.

Y volvía a empezar. Una y otra vez, atrapado en un ciclo sin salida, como un prisionero sin puerta.

Agotado, suspiró. Se dejó caer sobre su cama, contemplando por unos segundos el cielo raso, como si allí pudiera hallar una respuesta. Cerró los ojos. Escapó de la realidad. Y fue entonces cuando su mente, siempre alerta, aprovechó su vulnerabilidad para revivir la acalorada mañana.

Exaltado, se incorporó al notar la reacción de su cuerpo. No era miedo lo que sentía. Era deseo. Deseo sin filtros. Temía entregarse por completo y perder el control, volverse adicto al chico de cabello rubio y azul… y no poder detenerse.

Su mirada se posó en la cama vecina, esa cama traicionera que lo incitaba al pecado con la inocencia más perversa.

Las sábanas blancas ardían bajo la imagen de Deniel desnudo.

Y su cuerpo, débil ante la tentación, se rindió sin lucha.

Se dejó caer sobre el colchón como quien cae en una emboscada tejida por su propia mente.

Sin pudor, se acomodó entre las sábanas, presionándolas con la entrepierna mientras su erección se alzaba, insaciable.

Hundió el rostro en la almohada, buscando el aroma de su compañero.

Ese olor a sal y luna que despertaba su lado salvaje.

Su propia fragancia, mezclada con la de Deniel, lo envolvía y lo empujaba más profundo en el abismo del deseo.

Todo en él reaccionaba. Todo en él pedía posesión.

Apretó la almohada con fuerza, imaginando el rostro rendido del tritón bajo sus manos. Un gemido escapó de su garganta cuando volvió a frotarse contra el colchón. Y una sonrisa cargada de pecado se dibujó en sus labios, mientras inhalaba con devoción el perfume de Deniel.

El juicio se desvanecía. Solo quedaba el instinto. Ardía, jadeaba, sudaba. Se quitó la toalla con rabia, como si fuera un grillete. Tomó su sexo con una mano, y con la otra la almohada, recreando con precisión la imagen del tritón gimiendo su nombre, pidiéndole ser tomado.

Corrompido por la fantasía, acercó el cojín a su erección, apretando uno de sus extremos como si fuesen los cabellos dorados de Deniel.

Su otra mano recorría su miembro al compás de las súplicas ficticias.

Las venas se marcaban en sus brazos. El calor crecía y recorría su cuerpo como una llama indomable.

Los gemidos aumentaban. Las visiones también. Deniel en todas sus formas, todas sus voces, todos sus gestos.

Su piel, perlada de sudor, vibraba con cada espasmo. Hasta que el clímax lo invadió como un relámpago brutal. Apoyó la frente contra el espaldar de la cama, jadeante, mientras su cuerpo se rendía al frenesí. Los últimos rastros de su placer mancharon las sábanas con su blancura profanada.

Exhausto, pero satisfecho, cayó de espaldas. Respiraba con dificultad, como si acabara de sobrevivir a una tormenta. Quería verlo. Sentir su olor. Envolverlo en un abrazo eterno. Reflejarse en sus ojos azules… y quedarse allí para siempre.

Pero la pasión, tan dulce como peligrosa, le susurró una advertencia.

Pensó en decirle la verdad, pero el motivo por el cual estaba en Eldryan lo golpeó como un balde de agua helada.

No podía desviarse del camino. Mucho menos por alguien que no tenía lugar en su futuro.

Jamás lo aceptarían si alguien lo descubría.

Sus sueños.

Su venganza.

Todo su mundo quedaría hecho polvo.