Capítulo 18 #2
—Todo fue una injusticia. Los gigantes nunca derribaron a los dragones. Fue una trampa de Bahel para justificar la guerra.
Elena hizo una pausa antes de sentarse frente a su madre. Sus ojos, cargados de rabia contenida, se hundieron en los de Celeste.
—Había magos de sangre entre las tropas de Daavos —dijo en voz baja—. Los gigantes no actuaron por voluntad propia, fueron manipulados.
—Necesitaremos pruebas.
Celeste no alcanzó a terminar.
—¡Dirás lo mismo que el consejo! —exclamó Elena, incorporándose con brusquedad.
Celeste permaneció firme. Inmutable, como una estatua de piedra bajo la tormenta.
—Comprendo tu rabia. Y también tu culpa —respondió con voz serena—.
Yo sentí lo mismo cuando leí el nombre de Heglar entre los muertos.
Pero debes pensar con claridad. El consejo no puede actuar sin pruebas sólidas.
El reino está desequilibrado, y un solo paso en falso podría destruir Sthevyand.
No dudo de ti, Elena. Pero, si vamos a jugar con fuego, debemos hacerlo con astucia.
—Me negaron hablar —susurró Elena, aunque el enojo aún vibraba en su pecho—. No me dieron ni un minuto para explicar lo que vi.
»Bahel ya había intervenido, y sus mentiras venían envueltas en pruebas falsas. Me despojaron de toda credibilidad. Me expulsaron de la corte… como si fuera una amenaza.
Las manos le temblaban. Cerró los puños. Pero no era furia: era impotencia. Celeste se acercó sin juicio, sin dureza, y tomó una de sus manos.
—Llorar no cambiará nada —dijo, sin frialdad, pero con urgencia—. Si queremos justicia, tendremos que encontrar otra forma. Una que revele la verdad sin encender la guerra.
Elena alzó la vista. Se encontró con los ojos de su madre. Ya no eran los de una líder ni los de una hechicera temida, eran los de una mujer cansada, que aún sabía amar.
Por un instante, quiso abrazarla. Quiso dejarse caer en sus brazos como cuando era niña.
Pero el recuerdo de su hermano se alzó como un muro invisible.
Estaba allí, en cada rincón. Y, aunque tenía a su madre de frente, aunque por primera vez podía verla sin el peso del nombre que cargaba, algo dentro de ella aún no le permitía cruzar esa distancia.
—¿Cómo está Laianna? —preguntó Celeste.
Sabía que Elena rara vez acudía a ella por voluntad propia. Y temía que esa visita escondiera algo más.
Elena no respondió de inmediato. Cerró los ojos. Tragó saliva.
Y entonces lo recordó…
Laianna, de rodillas, con las manos temblorosas golpeando todo a su paso. Maldiciendo a Bahel. Maldiciendo al reino de Daavos por haberle arrebatado a su padre.
Aquel hombre que la había encontrado siendo apenas un llanto envuelto en una cesta junto al camino. El mismo que dedicó su vida entera a amarla.
—Mal. Muy mal —susurró Elena—. Nunca la había visto tan vulnerable y frágil. Tan… quebrada.
Celeste se apresuró a limpiar las lágrimas que descendían por el rostro de su hija. Sentía ese dolor como propio. Lo comprendía más que nunca.
—No importa cuán fuerte sea una persona… la pérdida de un ser querido es capaz de quebrarla, vaciarla hasta dejarla en ruinas.
Ella lo sabía bien. Llevaba años torturándose por la muerte de su hijo. Y ahora, al contemplar el rostro devastado de Elena, se veía a sí misma: conteniendo el llanto, fingiendo fortaleza, reuniendo restos de alma para sostener a otros… mientras por dentro solo quedaban cenizas.
Elena, al fin saciada con el afecto de su madre, se recostó en la silla.
Había sufrido demasiado en los últimos días como para seguir dejándose arrastrar.
No podía permitir que su mundo se siguiera desmoronando mientras ella se encogía en un rincón, abrazando un dolor que Heglar jamás le habría permitido ceder.
Pero otro pensamiento cruzó su mente. Más urgente.
Uno que no la amenazaba a ella… sino a su madre.
—Escuché a miembros del consejo hablar sobre la petición que Ezkel envío con un halcón.
—¿Petición? ¿De Ezkel?
El cuerpo de Celeste se tensó al instante. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda. El envío de un halcón era un acto oficial. Prácticamente imperial. Y, si venía de Ezkel Jassal… nada bueno podía significar.
—Solicitó la intervención del consejo —explicó Elena—. Una evaluación inmediata para destituirte de tu cargo.
»Te acusa de ser un peligro para Eldryan. Mencionó la emboscada del inicio del curso y todos los ataques recientes como prueba de tu incompetencia.
La mandíbula de Celeste se endureció. El corazón le palpitaba con violencia, pero su voz no tembló.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—Dos días. Los reyes de Greenland vendrán a inspeccionar el castillo.
—Al menos ese bastardo recibió un contragolpe —murmuró Celeste—. Greenland es nuestro aliado. Ahora debo concentrarme en callarle la boca de una vez por todas a Ezkel Jassal.
—Y yo quiero ver la cara de estúpido que pondrá cuando descubra quiénes son los emisarios del consejo —añadió Elena con una sonrisa amarga.
Anhelaba ese momento. Quería presenciarlo. Decirle, por fin, todas las verdades que había callado durante años. Todas las heridas que ese viejo arrogante le había dejado abiertas desde su niñez.
Celeste la fulminó con la mirada. No soportaba ese tono vengativo porque le recordaba demasiado a alguien que, por más que intentara borrar de su mente, seguía palpitando en su memoria como una sombra.
Pero no había tiempo para sermones. El reloj ya corría, implacable. Y si no actuaba con rapidez, su legado —y el de Eldryan— quedarían reducidos a ruinas.