Corona de Sal y Luna Capítulo 18
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Capítulo 18

“ No existe bálsamo más poderoso que el abrazo de una madre. Amor que no exige, no juzga, solo sana y devuelve la vida”.

Deniel y Royce dormían plácidamente. Cualquiera que los viera en ese instante notaría la naturalidad con la que sus cuerpos se entrelazaban, como si la comodidad entre ambos hubiera sido tejida con tiempo y ternura.

El tritón, menudo y cálido, yacía bajo Royce, envuelto en sus fuertes brazos, atrapado por un agarre firme, como si, incluso dormido se negara a dejarlo ir.

Las luces de la aurora comenzaron a devorar las sombras de la habitación, trepando por las sábanas hasta rozar el rostro de Deniel.

El calor del sol lo obligó a abrir los ojos, aún atrapado entre el sueño y la conciencia.

Suspiró con fastidio. Despertar era una ofensa hasta que sus pupilas enfocaron la escena.

Royce estaba sobre él. Cómodo. Muy cómodo. El corazón le dio un vuelco. Los recuerdos de la noche anterior, el gesto, la invitación, la forma en que se abrazaron sin hablar, se encendieron en su mente, tiñéndole las mejillas con ese rubor que ya se estaba volviendo costumbre.

Con sumo cuidado, intentó deslizarse fuera del abrazo.

Movimientos pequeños, casi imperceptibles.

Pero fue inútil. Royce, como si sintiera que algo valioso se le escapaba, lo apretó con más fuerza, acomodando su cuerpo contra el de Deniel con una autenticidad perturbadora.

Como si hubiesen dormido así toda la vida.

Deniel ahogó un grito. No quería despertarlo. No así. Se resignó al abrazo… hasta que sintió algo duro, ajeno y definitivamente fuera de lugar presionarle el trasero sin disimulo alguno.

Sus ojos descendieron al área en conflicto. Un nuevo rubor incendió su rostro, esta vez acompañado de un chillido que no logró contener.

Royce abrió los ojos de golpe. Se encontró con la cara escandalizada del tritón, y solo entonces notó que lo sujetaba por la cintura, mientras su erección matutina, sin el menor pudor, empujaba con vigorosidad contra sus suaves glúteos.

Otro grito. A dúo.

Royce cruzó la cama de un salto, cayendo al suelo de espaldas con un golpe seco. Quedó en una posición que alineaba su vista justo con la montaña creciente bajo su pijama de algodón.

—¡Voy a ducharme!

Deniel salió disparado de la cama, dando traspiés hasta el baño.

Royce se quedó tendido en el suelo, derrotado por la vergüenza. Su mente no podía pensar en otra cosa que en el rostro de Deniel. Ese rostro que ya no podría borrar ni con mil duchas de agua fría.

El baño no fue lo suficientemente amplio para contener el oleaje de pensamientos que sacudían a Deniel.

Ansiaba lanzarse al agua, perderse entre corrientes que silenciaran su mente, pero no se atrevía a cruzar el umbral. No todavía. Mirar a Royce a los ojos sería como mirar de frente al recuerdo… y al deseo.

Inquieto, llenó la bañera y se sumergió, dejando que su cola se desplegara fuera del borde como un eco de sí mismo. Cerró los ojos e intentó que la calma lo encontrara primero. Pero los recuerdos lo atraparon con manos cálidas y temblorosas. El despertar, el cuerpo sobre el suyo, el roce…

Sentía vergüenza, sí. Pero en algún rincón de su alma, donde aún no se había atrevido a mirar, también había placer. Y eso era lo que más lo turbaba.

La lujuria le ardía en la piel. Su mente descendió aún más, cediendo a la imagen de aquella silueta que se alzaba bajo la tela del pijama.

El deseo se volvió fantasía, y la fantasía una escena escandalosa que su mente construyó con precisión y pecado.

La disfrutó hasta que la conciencia, implacable, lo azotó con un reproche mudo.

Royce, aún sentado en la cama, se debatía entre preguntas y sensaciones que no sabía nombrar.

Había algo latiendo dentro de él… algo que creyó muerto. Lo asustaba. Pero también lo hacía sentir vivo. Deseaba otro amanecer como aquel. O quizá uno más osado.

Los ojos de Deniel tenían un brillo que lo atraía con la fuerza de una marea. Cada vez que pensaba en él, la vergüenza retrocedía como espuma arrastrada por el mar. Solo quedaba el pulso acelerado, la necesidad creciente. El hambre de entregarse al fuego que comenzaba a incendiar su interior.

Se dejó caer de espaldas, cubriéndose los ojos con ambas manos. Buscaba enfriar el ardor que lo consumía, hallar un remanso en el silencio. Pero fue entonces cuando lo percibió.

El olor. Aquel aroma inconfundible a sal y luna que parecía susurrar desde cada poro de Deniel. Solo que ahora era más intenso. Más vivo.

Se incorporó, hechizado. Siguió el rastro invisible hasta la puerta del baño. Lo había sentido antes, sí, muchas veces. Pero jamás con esa potencia. Recordó el día que Deniel se cayó de la cama. Ese aroma también estaba allí, flotando como un presagio.

Acarició el pomo de la puerta. Por un instante, deseó abrirla y descubrir qué magia hacía tan denso ese perfume.

Pero sus ojos se desviaron, y con ellos, su mente pintó una visión peligrosa: Deniel desnudo, perlado por gotas de agua, con esa expresión ingenua que despertaba en él un deseo más carnal.

Sintió la erección alzarse con traición. Cerró los ojos. Se maldijo en silencio. No quería ser un monstruo. Y mucho menos, un pervertido. Se alejó. Despacio.

Ya encontraría otra forma de descubrir el secreto que ocultaba aquel aroma… Esa fragancia que lo arrastraba, sin piedad, hacia la locura.

Deniel terminó su largo baño. Se vistió en silencio, como si cada prenda fuera una armadura contra lo que estaba por enfrentar. Ante la puerta, se detuvo. Inhaló profundo. Exhaló. Una vez más.

Necesitaba valentía. No magia. No palabras. Solo el valor de mirarlo a los ojos. Giró el picaporte con lentitud y salió.

Royce estaba allí, recostado contra los ventanales, bañado por la luz tenue de la mañana. Sus brazos cruzados sobre el pecho desnudo, su mirada perdida en un punto indefinido. Ni ira, ni vergüenza. Solo incertidumbre.

—Disculpa lo de hace un momento —murmuró sin moverse.

—No te preocupes. A todos nos pasa —respondió Deniel, dibujando una sonrisa nerviosa mientras se llevaba la mano a la nuca—. Solo… me tomó por sorpresa.

Royce alzó la vista.

—Seguimos siendo amigos… ¿verdad?

Avanzó apenas un paso. Como si temiera que la respuesta pudiera cambiarlo todo.

—Amigos, por supuesto —afirmó Deniel. Pero algo en su voz tembló, como si la palabra le quedara apretada en el pecho.

Royce se detuvo. Debería haberse sentido aliviado. No era un monstruo, no era un pervertido. Deniel aún lo consideraba su amigo.

Y, sin embargo… no era suficiente.

—Debo irme a clases —dijo el tritón, evitando su mirada—. Azura se quedará por si necesitas algo.

—¡Deniel!

La voz de Royce lo alcanzó justo antes de que saliera. Quiso detenerlo. Abrazarlo. Decirle lo que sentía. Pero el nudo en la garganta se cerró como una trampa, y todas las palabras se marchitaron antes de nacer. Solo una logró escapar:

—Gracias.

Deniel se volvió. Le regaló una sonrisa apagada.

Una de esas que no llegan a los ojos, ni al alma.

Luego cerró la puerta. El golpe seco del portazo no fue ruido.

Fue sentencia. Y Royce, al oírlo, sintió cómo el eco le partía el pecho en dos.

Como si al otro lado de esa puerta hubiera quedado algo que ya no le pertenecía.

Mientras dos almas jóvenes descubrían el vértigo del amor, Celeste enfrentaba un mundo que se desmoronaba ante sus ojos. El prestigio de Eldryan pendía de un hilo, y el peligro se filtraba por cada rendija de sus muros como una niebla venenosa.

A duras penas lograba mantener la vigilancia con las pocas flix que le quedaban tras la cacería.

Y, aun así, sus pensamientos no descansaban.

Caminaba de un lado a otro en su torre, hilando cabos, revisando memorias, intentando descifrar las piezas aún sueltas de un rompecabezas que no encajaba del todo.

La muerte de la lyrkkan le sabía a trampa. A una mentira disfrazada de justicia. Por eso pidió al capitán Ronnald que manejara la investigación con suma discreción. Demasiado estaba en juego.

Rasha, que yacía sobre la alfombra, se irguió de pronto. Un batir de alas cortó el aire en la distancia, y la vieja criatura alzó la mirada al cielo con un chillido que no dejaba lugar a dudas: uno de sus hijos volvía a casa.

Celeste, que conocía a Rasha mejor que a nadie, se acercó al balcón sin necesidad de preguntar. El viento se agitó sobre la torre, justo antes de que Trevor descendiera en la terraza con la elegancia de siempre. El grifo blanco plegó las alas con solemnidad, y sobre su lomo venía Elena.

El rostro de la joven no traía la alegría de un reencuentro, sino la preocupación de quien ha visto demasiado.

Trevor no esperó. Corrió hacia su madre con un chillido infantil, feliz de volver a sentir su cercanía tras tantos meses.

Rasha lo recibió como solo una madre sabe hacerlo: con un roce cálido, un movimiento suave de las alas, y una melodía gutural que parecía acunar.

Elena no se movió. Permaneció junto a la baranda, callada, como si las palabras aún no estuvieran listas para salir. Deseaba acercarse, rodear a Celeste con los brazos y hundirse en su pecho como lo hacía de niña. Quería decir tantas cosas… pero el dolor no siempre encuentra la forma adecuada.

Celeste entendió. Dio un paso, luego otro, y finalmente la abrazó.

—Elena… hija mía —susurró, acariciándole el rostro con manos que temblaban más por emoción que por vejez.

Estaba feliz de tenerla de regreso. Aunque sus ojos, tan sabios como cansados, sabían que algo iba mal.

—Yo también me alegro de verte, mamá… pero entremos. Necesito hablar contigo.

—¿Qué sucede? —preguntó Celeste sin rodeos. Se dejó caer en el sillón, apoyando los hombros con firmeza, como quien se prepara para resistir una embestida.

Elena tragó saliva. La voz le temblaba.

—Estuve en Puntadiamante cuando atacaron. Vi la ciudad arder bajo el fuego de los dragones. Sentí la muerte de Heglar como una lanza en el alma, mientras escapaba.

Las lágrimas no se atrevían a caer, pero el temblor en su voz las traía consigo.