Capítulo 17 #3
Deniel buscó su calor. Se aferró a él, abrazándolo, acomodando la cabeza en el ángulo de su cuello. Sus cabellos dorados le hicieron cosquillas en la nariz, y el olor a sal y luna le llenó los pulmones, suave, embriagador.
Royce cerró los ojos, guardando ese instante en lo más profundo del alma. Deseando, en silencio… que todos sus días terminaran así.
Mientras los tórtolos jugueteaban con la duda y el deseo, Celeste se adentró en su cámara, donde el silencio era ley y los secretos encontraban refugio. Frente al antiguo espejo de agua aguardaba la presencia de una entidad que, desde las sombras, seguía de cerca los pasos del joven tritón.
—¿Cómo está Deniel? —inquirió una voz femenina, ajada por los años, pero firme.
—Está bien —respondió Celeste—. Enfrentando obstáculos, como era de esperarse. Posee un talento innato para la magia, como su madre pero su habilidad con las pociones, me atrevo a decir, ya supera la de su padre.
Sus palabras eran un halago, pero en su rostro se dibujaba una inquietud que no lograba disimular.
—¿Qué te perturba, vieja amiga?
La voz, al otro lado del espejo, la conocía demasiado bien. Fueron hermanas de alma en su juventud, inseparables durante los años de estudio en Eldryan. Ni el tiempo ni la distancia habían mermado el lazo que las unía.
—Hoy he descubierto algo en él. Algo que no imaginábamos —confesó la hechicera—. No es peligroso, todavía. Pero, si el mundo llega a saber que es un alquimista, muchos lo verán como una amenaza. Y vendrán tras él.
—Celeste, su existencia ya es un golpe para Sthevyand. No permitiré que su destino sea el mismo que el de sus padres… o el de su hermana. Derribaré cada dragón si es necesario.
La rabia contenida en aquellas palabras agitó la superficie del agua, haciéndola hervir como si el espejo sintiera la furia.
—Por ahora, seguiré preparándolo. Aún no domina su poder. Es impulsivo y su magia responde a sus emociones —dijo Celeste con el peso de la responsabilidad sobre sus hombros.
—Recuerda que se acerca su primera luna llena en el mundo mágico —advirtió la entidad.
—No lo he olvidado. Tengo planes para ese día. No dejaré que desaparezca de la isla.
Sabía muy bien el embrujo que ejercían la luna y el océano sobre los de su especie. Y Deniel era demasiado joven, demasiado noble y aún no entendía quién era realmente.
—Lo dejaremos en tus manos. Protégelo… por nosotros.
La voz se extinguió, y el espejo de agua volvió a la calma.
Celeste permaneció unos segundos en silencio, admirando su propio reflejo, como si intentara adivinar el futuro en el temblor de sus ojos.
Pensaba en Deniel y en todos los secretos que guardaba en su pecho.
Cada uno, una pieza en la salvación de Sthevyand. O su condena definitiva.
Entre jadeos y maldiciones, la lyrkkan se debatía contra las cadenas que le apresaban manos y pies. Cada intento era inútil. Celeste las había encantado para que se enroscaran como serpientes vivas, atenazándola con brutal precisión.
Ella lo sabía: no podía escapar. Y, lo peor… no podría guardar silencio. La espada se encargaría de hacerla hablar, y, cuando lo hiciera, su nombre quedaría marcado como el de una traidora.
La frustración le arrancaba gritos desgarradores, furiosos, contra el destino que la había arrastrado sin tregua hasta Eldryan.
—¡Tayna!
Una voz familiar quebró el silencio, seguida de unas manos toscas que, al rozarle las mejillas, se sintieron como la seda.
—¡Ronnald, libérame! ¡Van a buscar la espada, me obligarán a hablar! —suplicó con los ojos encendidos de angustia.
—Lo sé —respondió él, con una sombra oscura en la voz—. El perro de Celeste ya llegó a Áragos.
—¡Haz algo! ¡Sácame de aquí!
—Ya lo hice. Incluso mi padre participó en el plan.
Ronnald se apartó lentamente, dejando paso a los dos guardias que lo escoltaban.
Su rostro se volvió aún más sombrío al girarse de espaldas.
Un escalofrío helado trepó por la columna de Tayna, erizándole la piel. Aquellos hombres no venían a salvarla. Eran ejecutores. Las garras silenciosas del rey de Ashanty… y su condena.
—¡Maldito! ¡Malditos tú y tu padre! —gritó, desbordada de ira.
—De nada servirá que grites —dijo él con venenosa calma—. Estoy a cargo de tu vigilancia. Ningún guardia se atreverá a desobedecerme.
—¡Eres un traidor! ¡Vine a ayudarte y así me pagas!
—espetó Tayna, con la cólera, el dolor y la decepción ardiéndole en la mirada—.
¿De verdad crees que tu padre te dará un voto para el trono?
¡Eres un iluso! Markus es su reflejo, su orgullo.
Mientras tú pierdes el tiempo cazando a un mocoso, tu hermano ya está ganando aliados.
Sabía que no le quedaban muchos minutos, pero no se marcharía sin dejar una última herida.
Y Ronnald lo sintió. Cada palabra le desgarró el orgullo.
Por más que lo intentara, nunca sería suficiente.
No era como su hermano. Ni como su padre.
A ojos de la corte, ni siquiera era digno de la corona.
Sin apuro, como si cada gesto pesara una eternidad, tomó la espada de uno de sus hombres.
Se acercó a Tayna con la determinación del verdugo que ha dejado de sentir.
Frío. Metódico. El asesino que todos querían que fuese.
—Te contaré un secreto —susurró, con un destello cruel en los ojos—. Tu prometido, Markus… fue quien tuvo la idea de matarte.
Los ojos de la lyrkkan se abrieron con horror. El acero en su pecho dolía… pero no tanto como la verdad que acababa de perforarle el alma: su prometido, el único hombre que había amado, fue quien la condujo a la muerte.
Dos lágrimas brotaron, lentas, resbalando por sus mejillas. Lágrimas que fueron limpiadas por las mismas manos que la habían traicionado.
—No llores… —susurró Ronnald con una mueca torcida—. Después de todo, Markus no es solo el favorito de papá.
Se alejó despacio, paladeando el último aliento de Tayna, aún con la espada clavada en el pecho.
—Corten las cadenas —ordenó.
El repique metálico fue breve. Pero antes de que el cuerpo sin vida tocara el suelo, Ronnald ya había tomado uno de los extremos… y con él, estranguló a uno de los guardias.
El otro soldado se quedó petrificado. Aún boquiabierto, intentó tomar su espada… pero al mirar la vaina, recordó que el arma seguía atrapada en el cuerpo de la lyrkkan.
—La prisionera sedujo a tu compañero. Él la liberó… y ella lo mató —dijo Ronnald con escalofriante calma, mientras giraba la espada con soltura entre sus manos, como si el acero no pesara nada.
—Pero, señor… ella está muerta. Celeste me matará.
—Celeste no podrá —respondió Ronnald con una seguridad que helaba la sangre—. Porque ya estarás muerto.
Y, sin vacilar, le clavó la hoja en el cráneo, justo a través del ojo derecho.
Ronnald observó la escena con una quietud macabra. Había algo en ese poder absoluto, en decidir quién vive y quién muere, que le provocaba una euforia oscura. Lo excitaba.
Sonrió, satisfecho. Con Tayna muerta, se deshacía de un obstáculo más en su camino al trono de Ashanty.