Capítulo 17 #2
Celeste no apartó la vista. Aquel espectáculo solo podía presenciarse una vez en la vida, y no todos eran capaces de apreciar, en su totalidad, la hermosura y peligrosidad de un alquimista.
Deniel permanecía absorto, hipnotizado por el remolino de luminiscencia y tinieblas que giraba sobre su cabeza. Aún no creía que semejante maravilla hubiese nacido de él.
—Eres afortunado. Posees un don que no se ha visto desde hace dos mil años.
Celeste colocó una mano sobre sus hombros. Se sentía orgullosa de él, aunque en su interior también germinaba un miedo silencioso. Sabía que tanto poder en una misma persona podía ser una maldición.
—¿Hace dos mil años existieron más alquimistas? —preguntó el tritón, sin apartar la vista del hechizo suspendido.
—Existió una —respondió Celeste—. Su nombre fue Johanne Claymond. Una bruja excepcional. Nació con el don de la alquimia en la sangre. Bastaba una sola gota para obrar milagros.
»Gracias a ella se descubrieron innumerables pociones curativas. Pero tanto poder terminó tentando a algunos de sus discípulos. Usaron su conocimiento para fines oscuros.
»Cuando Johanne lo descubrió, su cuerpo ya estaba deteriorado por el paso del tiempo, pero no dudó en castigarlos.
»La hechicera ofreció su vida al Árbol de Essen, entregándole su cuerpo y su poder a cambio de que su sangre renaciera en Cuevacristal. Allí, sus discípulos más fieles usarían los cristales para continuar su legado.
»Al principio lo hicieron. Utilizaron ese poder para el bien de Sthevyand. Pero, sin su guía, el poder de los cristales los sedujo.
»Y así nació la primera generación de magos de sangre.
—¿Tampoco debo contarle esto a nadie?
—Por el momento, no, Deniel.
—¿Hasta cuándo debo ocultar quién soy? La pregunta no era un reclamo. Era una herida que empezaba a sangrar.
Deniel se sentía desorientado. Envidiaba a sus amigos por poder mostrarse tal como eran, mientras él apenas sostenía el reflejo de alguien que ya no reconocía. Una máscara de normalidad sobre una verdad que lo consumía en silencio.
—Sé que estás cansado de esconderte —dijo Celeste, bajando la voz—. Y lo comprendo. Pero, créeme, es por tu bien. Solo un poco más hasta que estés listo para sostener el peso de tu destino.
Incluso ella podía sentir el dolor en cada palabra que pronunciaba. Había algo cruel en el silencio que se le imponía a Deniel. Y, aunque sabía que callar era necesario, no dejaba de sentirse culpable.
Ocultarle la verdad era negarle parte de sí mismo, pero también era preservar la única esperanza de que el reino de Selenya renaciera.
—¿Mi destino? —susurró él con la voz quebrada.
Cada vez le costaba más respirar bajo el peso de algo que no entendía, pero que lo envolvía como una profecía no dicha.
—En tus manos está la posibilidad de una nueva generación de sirenas y tritones. Si el resto del reino descubre que en unas décadas el océano volverá a latir con la sangre de los tuyos… vendrán por ti, y, cuando eso suceda, deberás estar listo para luchar.
Celeste sonrió. No para calmarlo, sino para despedirse.
—Ve con Royce. Estoy segura de que te necesita.
La sonrisa fue su forma de cerrar la conversación. No con respuestas sino con fe.
Deniel se retiró en silencio, ajeno a la mirada que lo seguía desde la penumbra. Celeste lo observaba con el corazón en vilo, no por lo que era, sino por lo que estaba destinado a ser.
La medianoche se acercaba. Todo Eldryan dormía, sumido en una calma engañosa, mientras Deniel intentaba concentrarse en su lectura tras el convulso día.
No era solo el estado de los océanos lo que lo inquietaba; el nombre de aquella criatura oscura que acechaba las playas revoloteaba en su mente una y otra vez, como un presagio imposible de ignorar.
Tenía deseos de ir a la biblioteca y buscar más información, pero eso significaría romper las reglas y meterse en más problemas.
Los capitanes del castillo habían duplicado la guardia tras los últimos sucesos, y aún debía esquivar a las pocas flix que le quedaban a Celeste. Alguien llevaba días dándoles caza.
Su mente era ya un torbellino de emociones, sospechas y dudas. Una tormenta peligrosa.
—¡Hey! ¿No duermes?
Royce se incorporó en su cama. Tampoco él lograba conciliar el sueño. Su voz fue apenas un susurro, pero Deniel ni siquiera lo miró.
—¡Deniel! —repitió con más fuerza, logrando captar su atención.
—¿Eh? ¿Necesitas algo?
—Te preguntaba por qué no duermes —dijo Royce, buscando cualquier excusa para conversar. No quería cerrar los ojos, ni volver a soñar.
—No tengo sueño. Estoy terminando mi lectura —respondió Deniel, alzando el libro para mostrarle la carátula, intentando parecer lo más normal posible.
—¿Son dos chicos?
Royce no tenía intención alguna de volver a buscar los brazos de Morfeo. Estaba dispuesto a aferrarse a cualquier distracción antes que enfrentar otra pesadilla.
—Sí. Se llama Bajo la luz de la luna . Es la historia de dos chicos que, por culpa de una apuesta, terminan enamorándose. ¡Oye!
Deniel protestó al sentir cómo el semidesnudo cuerpo de su compañero se colaba sin permiso en su cama.
—Parece interesante. Continúa —insistió Royce, acomodándose descaradamente entre las sábanas.
—Pero si a ti no te gusta leer… —Deniel lo observó con atención. Algo en Royce no era normal. Él no solía buscar afecto con tanta facilidad—. ¿Estás bien?
Royce vaciló. Lo miró unos segundos, intentando encontrar las palabras adecuadas sin parecer débil, ni infantil.
—No quiero dormir —confesó por fin—. Desde que perdí la conciencia por el veneno, no he dejado de tener pesadillas.
—Layla me advirtió que es uno de los efectos del veneno —respondió Deniel con suavidad, tomando sus manos por instinto. Quería ofrecerle consuelo, seguridad, algo que lo hiciera sentir menos solo.
Royce bajó la mirada hacia ese gesto inesperado.
La piel perlada del tritón parecía aún más etérea junto a la suya, curtida por el sol y los entrenamientos.
Sentía una atracción extraña. No sabía si nacía de la compasión…
o del deseo de saberse importante para alguien.
Después de tanto tiempo persiguiendo metas llenas de decepciones, su alma se había vuelto vulnerable.
Con lentitud, cubrió por completo las manos del tritón entre las suyas. Su mirada se deslizó por aquel sendero perlado hasta detenerse en el rostro enrojecido de ojos azules. El cruce de miradas fue profundo, cargado de una pasión silenciosa.
—¿Te preocupaste por mí?
—Sí. Me aterraba la idea de que pudieras morir.
Lo dijo sin pensar. No sabía cómo había salido de su boca algo tan embarazoso, pero era la verdad más honesta que llevaba dentro.
Royce lo contempló en silencio. Envidiaba esos mechones dorados y azul que enmarcaban el rostro del tritón.
Deseaba probar el sabor de sus labios, retener esa expresión inocente en su mente para siempre.
Sentía la necesidad de romper la distancia, de transformar aquel toque superficial en algo más íntimo.
Deniel no decía nada. No tenía aliento para formular palabra alguna. Era una locura, pero esos ojos ambarinos, ocultos tras la máscara de hierro, lo idiotizaban arrastrándolo sin remedio a la locura.
Royce inclinó el rostro, acercándose peligrosamente al de Deniel. Quien quedó inmóvil, preso de su deseo. Quería besarlo, pero sabía que no era justo. No debía aprovecharse de su vulnerabilidad.
—Deberías descansar…
Royce se apartó, decepcionado, aunque lo entendía. ¿Quién podría enamorarse de alguien que vive tras una máscara?
Pero Deniel, sintiéndose culpable, tomó su mano antes de que se marchara por completo.
—Duerme aquí esta noche. Te ayudaré a alejar las pesadillas.
Royce dudó. El rechazo lo había descolocado, y las emociones que lo asaltaban eran demasiadas para un solo corazón.
No entendía del todo lo que sentía, pero sabía que no quería estar solo.
Al menos no esa noche... anhelaba compañía…
¿Y quién mejor que aquel que lo había salvado?
El dueño de la melodía que lo arrancó de sus pesadillas y lo trajo de vuelta desde el abismo.
—¿Me cantarás?
—¿Me escuchaste? —preguntó Deniel, incrédulo. No creía posible que Royce hubiera percibido su canto en aquel estado. Tal vez Layla o Emmond se lo habían mencionado.
—Era la única voz que podía escuchar.
Un nudo cálido se le formó en el estómago.
Aquella escena parecía salida de una de las novelas románticas que solía leer a escondidas.
Tomó una almohada y la acomodó en el espaldar de la cama para que Royce se recostara.
Luego lo invitó a cerrar los ojos… desató su canto y le acarició el cabello azabache con un movimiento lento y arrullador.
Ahora era su turno de arder. Sintió ese mismo deseo que antes había intuido en los ojos de Royce.
Deseaba tocarlo, recorrer sin pudor cada rincón de su cuerpo, perderse descaradamente en él, sin temor, sin reproches.
Su mirada se deslizó por la mandíbula firme que sobresalía bajo la máscara, bajó por el cuello musculoso y varonil, deleitándose con cada línea.
Pero a medio camino entre el pecho amplio y los abdominales definidos, lo sorprendió la vergüenza.
Apartó la mirada e intentó disipar la jugosa culpa que lo invadía.
Entre su canto y el placer de acariciar aquel cabello oscuro como la noche, Deniel perdió la noción del tiempo.
Las preocupaciones se deshicieron como arena entre los dedos, hasta que el sueño lo venció.
Cayó dormido sobre Royce, que aún permanecía despierto, aferrándose al último hilo de cordura mientras luchaba contra el deseo que lo devoraba.
Abrió los ojos al notar que la melodía se desvanecía, y sus pupilas se posaron en el tritón dormido a su lado.
Lo contempló en silencio saboreándolo con los ojos, sin culpa. Luego lo rodeó con los brazos, atrayéndolo a su pecho con delicadeza.
Y entonces sucedió.