Corona de Sal y Luna Capítulo 17
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Capítulo 17

“Quien vive de expectativas está condenado a morir de desilusiones”.

La confabulación y el caos se extendieron hasta el otro lado del continente, filtrándose en los arrabales de Puerto Pietra. La Taberna del Loro Tuerto, refugio de criminales, mercenarios y magos sin escrúpulos, se llenó de sombras. Sombras que susurraban traición, poder y guerra.

En el centro del salón, una silla alta aguardaba como un trono clandestino. La mano derecha del rey Bahel se acercó a ella en silencio, y, al llegar, se arrodilló sin levantar la vista, esperando el permiso para hablar.

—Bienvenido, Rossco Abernethy.

—Traigo noticias —anunció Rossco con la frente aún inclinada.

—Ilumínanos con los planes del Rey Dragón —se burló Hades, recostado con indiferencia en su asiento.

—Bahel planea atacar Tetrass y enviar un escuadrón a conquistar Santuario Dorado. Pretende continuar hasta Puerto Lanza para cortar el suministro de los gigantes y…

—¡No! —rugió Hades, incorporándose de golpe—.

No debes permitir que Bahel se extienda hacia el sur ni toque Tetrass.

Aún los cristales no están listos para la cosecha, y, si los dragones se acercan, podrían reforzarse las protecciones en Cuevacristal.

Necesitamos que las principales fuerzas del rey Odrell sean aniquiladas antes.

Guía a Bahel hacia Fuerte Gigante. Será difícil para los dragones conquistar la ciudad, lo cual nos dará tiempo para asegurar nuestros intereses.

Cuando la fortaleza caiga, Odrell enviará tropas desde Cuevacristal, Pico de Acero y Tetrass para recuperarla.

El ejército llegará agotado por la travesía…

y Bahel podrá aniquilarlos. Para entonces, los cristales estarán listos, y, con ambos bandos debilitados, los tomaremos sin resistencia.

Hades era un estratega brillante. La manipulación y la astucia no resultaban solo armas en sus manos… consistían en su esencia. Por eso era temido. Por eso era peligroso.

—Aun así, nos queda conquistar las ciudades de la Triada de Yckazah —murmuró Vardem, el más antiguo de los consejeros, con la mirada fija en el mapa.

—Cierto. Pero la amenaza del norte quedará contenida. Daavos seguirá enviando refuerzos, y estos marcharán a Minas Doradas, Pico de Acero y Tetrass. Todo va según lo previsto —respondió el regente, avanzando hacia el mapa extendido sobre la mesa.

—Eso hará que el rey Odrell movilice sus tropas hacia Cuevacristal —añadió Iknor, el consejero de logística, acariciándose la barba con preocupación.

—¿Qué te hace pensar que Odrell no ha movido ya sus piezas? —Hades esbozó una sonrisa torcida—. Esta mañana, los ejércitos de Lanza de Dioses y Leggas partieron hacia el Castillo de Hierro en tanto Fortaleza de la Montaña avanza hacia Torre del Cielo.

Mientras hablaba, desplazaba las piezas sobre el tablero con precisión, mostrando cada movimiento como una sentencia.

—Entonces… tendremos poco tiempo antes de que los cristales estén listos — observó Nygel, el más joven del consejo, sin poder ocultar su nerviosismo.

—No necesariamente —intervino Rossco, que ya empezaba a entender—. El tiempo y las distancias no juegan a favor de los gigantes. Para cuando lleguen, estarán exhaustos, necesitarán reabastecerse… y nosotros ya habremos tomado las ciudades.

—Exacto. Se verán obligados a dividir su ejército.

Y ahí es donde entraremos nosotros. Haremos que Bahel envíe sus jinetes al Castillo de Hierro y deje la infantería en las minas, donde los dragones son ineficaces.

Fuerte Corona no tendrá más opción que proteger al rey…

mientras nosotros nos apoderamos de los cristales.

Hades golpeó con un dedo la figura de Cuevacristal sobre el mapa, marcando su destino como si dictara un jaque mate.

—Ve, Rossco. Despierta a tu rey y dile que el ejército del sur ha iniciado su avance. Muéstrale el plan. Estoy seguro de que no pondrá objeción alguna.

La sonrisa que se dibujó en los labios de Hades era espeluznante, forjada de pura maldad. Solo imaginar los cristales en sus manos lo acercaba un paso más a su obsesión final: dominar Sthevyand y convertirse en el único amo y señor del mundo mágico.

Mientras el destino se enzarzaba en las tierras de los gigantes, el infortunio comenzaba a disiparse en Eldryan.

Cuando Celeste y Asher llegaron al Ala de los Sanadores, Royce ya había despertado.

—Salvamos a Royce —afirmó Deniel.

—Fuiste tú quien preparó la poción y consiguió la tinta del átramus —recalcó Emmond, palmeándole el hombro con orgullo.

—¿Tú la preparaste? —preguntó Celeste, lanzándole una mirada antes de acercarse a la mesa con los ingredientes.

Los examinó uno por uno. Los olfateó, incluso, los probó.

Aunque sus negociaciones para conseguir un antídoto habían fracasado, ellos habían encontrado la solución, y eso la enorgullecía, pero no podía evitar el presentimiento de que aquel logro traería consecuencias.

Deniel había mencionado el átramus, una criatura que habita en los arrecifes. Ningún mago, por hábil que fuera, sería capaz de conseguir su tinta tan rápido. Tarde o temprano, la duda emergería entre los elogios. Y, si algo le ocurría a Royce… podrían culparlo.

—¿Dónde está Juthid?

—¡Estamos aquí! —gritó Layla desde el otro extremo de la sala—. Estoy cuidando a Juthid. Aún no se encuentra del todo bien.

—¿Cómo te sientes, Royce? —preguntó Celeste.

—Muy bien, magíster , aunque todavía me duele un poco el hombro —respondió él, intentando incorporarse.

—Despacio. Aunque la poción es poderosa, estuviste mucho tiempo expuesto al veneno. Tardarás unos días en recuperarte.

Celeste no comprendía cómo, con todo lo ocurrido, Royce seguía en pie.

—Quisiera regresar a mi habitación —dijo él, recorriendo con la mirada el desastre que lo rodeaba—. Aquí no me siento seguro.

—Emmond, sujétalo por aquel lado. Deniel, despeja el camino —ordenó Asher—. Layla irá con ustedes. Me quedaré con Juthid hasta que se recupere —informó la anciana—. Pero, antes, necesito hablar contigo, Deniel.

Celeste les dio la espalda y regresó a la mesa donde reposaban los ingredientes.

Cuando por fin estuvieron solos, invitó al tritón a acercarse.

—¿Hice algo mal? —preguntó él con la duda temblándole en la voz.

—No precisamente. Quiero que vuelvas a preparar la poción —ordenó la anciana, con un tono cargado de impaciencia.

—¿Por qué? —Deniel no entendía a dónde quería llegar la hechicera.

—Solo hazlo. Quiero verte —insistió sin rodeos.

El tritón se acercó a la mesa y comenzó a mezclar los ingredientes en el mismo orden que la vez anterior.

Celeste lo observaba con atención. Cuando la poción estuvo lista, la tomó y la vertió sobre una de las plantas que Layla había invocado para defenderse del mago de sangre.

El líquido tocó las hojas y, en el acto, la planta murió.

Deniel se quedó helado. Su cuerpo se tensó, los ojos se abrieron de golpe y, sin pensar, intentó correr tras Royce.

—Él está bien —dijo Celeste, calmando su reacción—. Si la poción no hubiese funcionado, habría muerto desde la primera gota que bebió.

El tritón retrocedió perplejo.

—¿Cómo es posible? Yo… yo… —balbuceó, enredado en su propia confusión.

—Eso es lo que quiero saber —replicó Celeste—. Vuelve a prepararla, pero esta vez hazlo exactamente igual. No omitas nada, ni siquiera los movimientos que hiciste con tu cuerpo.

Era una locura. Realmente lo era. Lo pensaba Celeste mientras lo observaba. No podía ser que tantas casualidades del destino convergieran en un mismo ser.

Deniel inspiró profundo, cerró los ojos un instante y, tras calmarse, comenzó de nuevo. Esta vez, su voz acompañó cada mezcla. Su canto flotaba suave en el aire como si tejiera la magia entre sus dedos. Cuando terminó, le entregó el frasco a Celeste con manos aún temblorosas.

Ella contempló el líquido plateado y lo vertió sobre otra planta. Esta vez no murió. Al contrario, resplandeció. Sus hojas se llenaron de vida, los colores se intensificaron, y un aroma dulce se elevó en el aire.

—¡No puede ser! —exclamó Celeste, acercándose con asombro—. Eres un alquimista.

—¿Un alquimista? —repitió Deniel, sin comprender del todo.

—Sí, Deniel. Un alquimista. Tu canto tiene la capacidad de mezclar la materia y armonizar la magia —explicó la anciana, aún observando la planta—.

Los ingredientes marinos no siempre combinan con los terrestres.

En este caso, la poción no debería haber funcionado.

Ninguno de los ingredientes que usaste armoniza con la syrelia ni con la tinta del átramus.

Te faltó un elemento para lograr la fusión.

—La lágrima del Allythor… —susurró Deniel descubriendo su error.

—Pudiste hacerlo gracias a tu canto —aseveró Celeste—. Y te lo demostraré.

Lo condujo al centro del salón.

—Invoca magia de luz de luna —le pidió, mientras agitaba su cetro. Al instante, una cortina de sombras se desplegó a su alrededor.

—Eso es magia oscura… —dijo Deniel paralizado. La negrura que lo envolvía era idéntica a La Niebla de los Martirios.

—Todos llevamos luz y oscuridad dentro, Deniel. El dilema está en mantenerlas en equilibrio. La magia no es buena ni mala por su color… sino por la intención que la guía —dijo Celeste, sonriendo con calma. Hablándole, no solo al tritón, sino al poder que apenas comenzaba a despertar en su interior.

Deniel cerró los ojos. Respiró hondo. Y, entonces, de sus manos brotaron pequeñas chispas que estallaron en una luminosa danza plateada. Una luz viva, cálida y alegre.

—Intenta unir ambas magias. Apóyate en tu canto.

Celeste alzó las manos, liberando la oscuridad sobre ellos como un manto viviente. El tritón imitó sus movimientos, impulsando su luz de luna hacia la sombra, pero antes de que ambos encantamientos pudieran tocarse, la voz de Deniel ocupó el vacío de la habitación.

Su canto se alzó, sereno y vibrante, y fue entonces cuando lo imposible ocurrió: su melodía entrelazó cada fibra de ambos hechizos, armonizando sus núcleos, transformándolos en un único sol de luz y sombras.