Capítulo 16 #2
El sudor le resbalaba por la frente, pegando el mechón azul a su piel. Las manos le temblaban. El corazón le golpeaba el pecho como si quisiera escapar. Necesitaba calmarse. Y sabía cómo.
La música siempre fue su santuario. Su único refugio.
Abrió la boca… y cantó, fusionando su voz no solo con el silencio de aquella habitación.
—¿Está cantando? —murmuró Emmond, perplejo.
—Está nervioso —susurró Layla, sin quitarle los ojos de encima.
El agua dejó de burbujear al entrar en contacto con la tinta del átramus, devorando el morado que había dejado la kuvala. El líquido se tornó rojizo, y al fusionarse con la syrelia, se transformó en un plateado etéreo, como el resplandor de la luna.
—¡Chicos, apúrense! ¡Royce empeora! —gritó Layla con urgencia.
Deniel tomó la poción como si cargara el alma de alguien que amaba, y corrió hacia él.
—Necesito que usen magia de sanación. Yo regularé la temperatura —indicó, sin dudar.
Según sus recuerdos, el brebaje debía ingerirse mientras aún brillara con ese color plateado. Si esperaban más de una hora, se volvería amargo, inútil.
Tanto el hada como el hechicero se concentraron, vertiendo su poder en los hechizos curativos. Las convulsiones comenzaron a calmarse, dándole a Deniel el margen para hacer que Royce bebiera el antídoto.
Las sacudidas cesaron, pero el aspecto de Royce seguía igual de marchito.
—¿Y ahora qué? —preguntó Layla, con la voz quebrada por el miedo.
—Debemos esperar —respondió Emmond, aunque ni él mismo sabía cuánto.
Los labios del tritón se entreabrieron con dificultad, a punto de dejar escapar palabras que sabían a derrota. Su cuerpo temblaba, envuelto en el gélido abrazo del fracaso.
—Al menos… dejó de convulsionar —dijo Emmond, intentando ofrecerle un respiro.
—Por favor… —susurró Deniel, como si con ese ruego buscara retener la vida un poco más.
—¡Miren! Las manchas están desapareciendo —exclamó Emmond.
Deniel y Layla se miraron. Solo un segundo bastó. Corrieron el uno hacia el otro, se abrazaron con fuerza, saltaron, y cayeron de rodillas junto a Royce, cuyas respiraciones, antes rotas, comenzaban a volverse serenas.
Las sonrisas brotaron, primero tímidas, luego grandes, liberadas, reales. La tensión que oprimía sus cuerpos se deshizo en un suspiro. Y por primera ves en toda la noche, se permitieron sentir alegría.
No todos celebraban dentro del castillo. En lo más profundo de las mazmorras, atada como un animal, despertaba la lyrkkan del letargo al que había sido sometida. Su visión, aún nublada, fue aclarando poco a poco, revelando rostros que no esperaba ver.
—¿Quién te envió? —preguntó Celeste. Su rostro, de mármol, ocultaba la furia de una tormenta contenida.
—¿Por qué debería decírtelo, vieja decrépita? —escupió la impostora con voz rota, pero desafiante.
—Ten mucho cuidado con lo que dices, Gina. Le debes respeto a Celeste —advirtió Theodor, con la varita alzada, brillando con poder latente.
—La verdadera Gina está en su habitación —intervino Celeste, extendiendo una mano para contener a su compañero. Apenas recibió el aviso, envió a una flix para asegurarse de que la muchacha se encontrara sana y salva fuera de las mazmorras.
—No es difícil deducir que eres una lyrkkan. Si fueras otra clase de mimetista, ya habrías mostrado tu forma real.
—Era de esperarse de la gran Celeste Gryffin —ironizó la prisionera—. Si sabes tanto de mí, también sabrás que un lyrkkan prefiere morir antes que traicionar a los suyos. Y que la magia mental no sirve con nosotros. Qué lástima que ya no existan las sirenas…
Lo dijo con veneno. Sabía que no obtendrían nada de ella. Su plan era claro: ganar tiempo. Lo suficiente para escapar.
—Lo sé —respondió Celeste con una sonrisa que helaba la sangre—. Pero existen otros métodos para hacerte hablar.
El rostro de la lyrkkan se endureció. Toda arrogancia abandonó sus facciones. Ella entendía muy bien lo que aquella mujer era capaz de hacer.
—Invadiste esta isla. Serás juzgada bajo las leyes de Eldryan —dictó Celeste sin un atisbo de duda—. Theodor, ve a Áragos. Solicita una audiencia con el Sumo Sacerdote en mi nombre y dile que necesito los servicios de la Espada de Atila.
No era una petición. Era una sentencia. Aquella criatura se había infiltrado en su escuela, había atentado contra sus estudiantes. Y no descansaría hasta verla podrirse entre los muros de Valle Helado.
—Me encantará conocer más sobre los tuyos. El mundo debe saber cómo erradicar la plaga de los lyrkkans… de una vez por todas.
Los ojos de la prisionera se inundaron de rabia, temor y desesperación. Pero quien recibió la mayor parte de su odio fue Asher. Lo buscó con la mirada. Lo maldijo. Enumeró, con voz entrecortada, todas las formas en que despedazaría su cuerpo.
Pero Asher no se inmutó. Su rostro era una máscara de piedra. Se acercó a los barrotes, y le sostuvo la mirada con la misma frialdad con la que se observa a un cadáver.
—Estaré esperándote —le dijo con voz baja, como si dictara un juramento—; vas a pagar por hacerte pasar por Gina. Por herir a mis amigos. Enviaré tu cabeza en una lanza al páramo donde se escondan los cobardes de tu clan.
—Amenázame todo lo que quieras, Asher Argent —replicó ella, esbozando una sonrisa deformada—. Yo sobreviviré… pero la culpa de no haber podido salvar a tu amigo será una espina envenenada que te desgarrará cada noche, hasta el final de tu corta vida.
La lyrkkan sabía que había perdido. Pero no suplicaría. No lloraría. No la entrenaron para rendirse. Ella y la muerte eran viejas compañeras. Y mientras su corazón siguiera latiendo, aprovecharía cada segundo para maldecir, envenenar y destruir… porque eso era lo que sabía hacer.