Corona de Sal y Luna Capítulo 16
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Capítulo 16

“Si buscara la verdad en alguien, contemplaría sus ojos. Ellos rara vez saben mentir”.

Incluso sin el plateado resplandor de la luna, el fondo marino lucía increíble: lleno de vida y libertad.

Deniel sonreía mientras hacía acrobacias bajo el agua, disfrutando ese instante en que podía ser él mismo, sin la carga de fingir otra vida.

No dejaba de contemplar su hermosa cola blanca; había pasado tanto tiempo en tierra que casi creía haberla olvidado.

En su camino, varios peces se detuvieron a observarlo, confundidos por su inusual aspecto.

Incluso un despreocupado delfín jugueteó con él en una carrera hacia las profundidades.

Al llegar al último rincón del arrecife, Deniel miró en todas direcciones, intentando encontrar el escondite del átramus, pero solo logró sentirse incómodo y observado.

Sin esperar a que alguien lo sorprendiera, se acercó a los susurrantes corales e invocó una esfera de hielo para atrapar a los fisgones.

—¿Quiénes son ustedes?

—Somos pisceguns —respondió una de las criaturas con mala gana, intensificando la luz de la antena que sobresalía de su cabeza con aletas.

—Me llamo Deniel. ¿Por qué me siguen?

Deniel los observó con atención, repasando cada detalle. Sus rostros simulaban facciones humanas, pero a la vez no. Tenían zonas escamosas y otras lisas, uniendo un flacucho torso a una larga cola de pez.

—Mi esposo y yo solo teníamos curiosidad. Hace tiempo que no veíamos una sirena en el océano. Soy Ellas, y este gruñón es Oggan.

—Mejor invítalo a nuestra cueva para que nos mate —protestó Oggan, irónico.

—No voy a matar a nadie —aclaró Deniel.

—Sí, claro. Nos tienes en esta esfera para admirar nuestra belleza —refunfuñó el malhumorado piscegun y cruzó los brazos.

—¡Oggan! —lo reprendió Ellas.

Intentando ganarse su confianza, Deniel deshizo el encantamiento que los aprisionaba.

—No le hagas caso, es un poco dramático a veces —dijo Ellas, acercándose a él—. ¿Dónde se esconden las sirenas?

—No hay nadie más. Soy el último.

—¡Oh, cielo! Imagino cómo te sientes —susurró la piscegun, palmeándole el hombro con suavidad.

—¿Dónde vives? —insistió la criatura.

—Estudio en Eldryan.

—Viniste al lugar equivocado, niño. A estas alturas, todo Sthevyand sabe de tu existencia —advirtió Oggan, acercándose con cautela.

—No. Nadie lo sabe —replicó Deniel, procurando no sonar descortés, aunque debía proteger a Celeste y Layla—. Me hago pasar por hechicero.

—Mientras menos lo sepan, mejor o acabarás como tantas criaturas del mar: convertidas en mercancía —gruñó el piscegun con desdén.

—¿Mercancía? —La palabra dejó un sabor amargo en la garganta de Deniel. Sus sentidos se tensaron al instante.

—Desde que las sirenas desaparecieron, muchos terrestres han invadido los océanos.

Buscan criaturas, objetos, cualquier cosa que puedan explotar para su beneficio.

Han aprovechado la ausencia de la protección del mar para masacrarnos —dijo Ellas, y su voz se quebró al recordar a tantos amigos que ya no estaban.

El dolor se le enredó en las entrañas como algas oscuras.

—Ayúdanos. Salva los océanos. Convierte el Mar Selayo en un lugar seguro —pidió Oggan, dejando escapar su orgullo por un instante.

El miedo a perder a Ellas crecía con cada día que pasaba. Había miedo en sus ojos, pero también esperanza.

Y Deniel no pudo resistirse.

Aun sabiendo el peso que ya cargaba en su espalda, entendía que las criaturas del mar lo necesitaban. Era su deber como tritón preservar el legado de su pueblo. Asegurar, al menos, una pequeña parte del océano para quienes aún resistían.

—Haré todo lo que esté en mi poder para protegerlos.

—Gracias, Deniel —susurró Ellas y rio con ternura.

Oggan no dijo nada. Solo lo miró, como si intentara descifrar su alma.

—Necesito encontrar un átramus —pidió Deniel, como gesto de retribución.

—Buena suerte con eso. Casi no quedan en esta zona, entre los que se han llevado y los que fueron devorados por la octopus.

La última palabra despertó la atención del tritón.

—¿Qué es un octopus?

—Un monstruo —masculló Oggan—. Una criatura maligna que nunca deberías enfrentar. Debes tener más cuidado cuando entres al mar.

—¿Cómo podré cuidarme de algo que nunca he visto?

—Es un maggium, como las sirenas. Pero, en vez de aletas, tiene tentáculos. Son seres oscuros por naturaleza. Se creían extintos desde hace siglos, pero parece que aún quedan escondidos en las profundidades —explicó Ellas, con una seriedad que congelaba el agua.

—Si quieres encontrar un átramus, tendrás que cantar —lo secundó Oggan, intentando desviar la atención del tritón.

—Entonces… es mitad humano —susurró Deniel.

—¡Te dije que olvides a esa criatura! No hay rastro de humanidad en ella. Son más repulsivos y despiadados que los magos de sangre. Si logras escapar, ese día marcará una nueva vida para ti —farfulló Oggan, molesto—. Ahora canta, y sabrás si queda algún átramus.

Deniel, captando la advertencia en la voz del piscegun, decidió reservar sus dudas para después. Por ahora, debía centrarse en salvar a Royce. Se ubicó en medio del arrecife y dejó brotar su canto.

La melodía surgió con dulzura, fundiéndose con el agua y propagándose en ondas suaves hacia cada rincón.

Incontables criaturas acudieron al llamado, arremolinándose a su alrededor con miradas desdeñosas.

Aún no alcanzaba la mitad del cántico, cuando un par de ojos dorados, ocultos entre las algas, lo observaron con fascinación.

Lo comprendió al instante. Se acercó con cautela al escondite.

El átramus era diminuto, casi cabía en la palma de sus manos.

Sus seis tentáculos le rozaban la piel con cosquillas sutiles, y hasta la caracola que cubría su cabeza tenía una belleza extraña, delicada.

Deniel lo acercó a su pecho, entonando los últimos compases mientras se deleitaba con los tiernos gorjeos de la criatura.

Al terminar, ambos quedaron contemplándose el uno al otro: el átramus, hechizado por la voz del tritón, y Deniel, embelesado por la ternura de aquellos ojos dorados.

—Necesito un poco de tu tinta, pequeñín —susurró, acariciando la concha con suavidad.

La criatura nadó a su alrededor, devolviéndole las caricias con sus diminutos tentáculos, hasta quedar suspendida frente a sus ojos azules. Se miraron en silencio durante un largo instante, como si el átramus tratara de descifrar su alma. Luego, convencido por lo que vio, liberó su tinta.

—¿A qué esperas, niño? ¡Tómala! —gritó Oggan.

Deniel miró a su alrededor en busca de un recipiente, pero con tanto alboroto en el castillo había olvidado llevar un frasco. Tendría que improvisar.

Alzó las manos y moldeó un poco de agua.

Alteró su forma hasta crear un recipiente de superficie tan lisa como una perla.

Sin romper el flujo mágico, dirigió la corriente, separó con cuidado la tinta del entorno hasta contenerla por completo en su interior.

Cuando lo selló, un destello cruzó sus ojos y una sonrisa brotó en sus labios.

Se sentía tan feliz, que por un instante creyó ver el rostro de Royce reflejado en el frasco.

—¿Por qué le sonríe al frasco? —preguntó Oggan, enarcando una ceja.

—Esa sonrisa es de alguien enamorado. Quizás él aún no lo sabe, pero el átramus transforma lo que ve en el alma de quien lo procura en la tinta que entrega. Y, según lo que vea, la tinta funcionará o no —explicó Ellas con voz suave.

—¿Los átramus no tienen tinta? —Oggan frunció el ceño—. Se supone que son una especie de calamar.

—No por sí solos. Esa es su magia —respondió la piscegun, acercándose al tritón.

—Volveré, lo prometo. Debo regresar al castillo. Alguien me necesita.

Deniel les regaló una última sonrisa antes de alejarse. No solo llevaba la tinta que Royce necesitaba, ahora también cargaba una promesa sobre sus hombros, y a una nueva criatura que buscar.

Azura revoloteó alrededor de Royce; su cuerpo pequeño vibraba con la certeza de que Deniel se aproximaba. Emmond, inquieto, le preguntó qué ocurría, y la flix respondió mostrándoles una visión: el tritón avanzaba con prisa hacia ellos.

—¡Tengo la tinta! —exclamó Deniel al irrumpir en la sala.

—Busquemos a Celeste. Ella sabrá qué hacer —propuso Emmond.

—No hay tiempo. Yo mismo la prepararé —respondió Deniel con firmeza, sin apartar la mirada de Royce.

El hechicero conocía bien el talento del tritón en pociones. Sin embargo, aquello no era una clase, sino una situación límite. Aun así, Deniel no titubeó.

—Puedo hacerlo —aseguró—. Necesito unos frutos de kuvala, polvo de pitasio, miel de beegruck y agua de Silen.

Layla y Emmond lo siguieron hasta los estantes, revolviendo frascos con manos temblorosas, como si cada uno fuera una pieza crítica de ajedrez en un juego contra el tiempo.

Poco a poco reunieron los ingredientes, mientras el cuerpo de Royce se cubría de manchas violáceas y los círculos bajo sus ojos se volvían más oscuros, más hundidos, más agónicos.

La tensión crecía entre ellos. Emmond miraba a Layla, luego a Deniel, como suplicándole en silencio que interviniera, que lo convenciera de buscar ayuda. Pero ella no dijo una sola palabra; confiaba en él. Si alguien podía crear una poción con ingredientes marinos, era Deniel.

—Retrocedan un poco. Voy a mezclar los ingredientes —ordenó el tritón, tomando la miel de beegruck y vertiéndola con precisión en el agua de Silen.

Esperó. Cinco minutos. Observó en silencio hasta que el líquido adoptó un rojo vivo y palpitante.

Luego añadió el polvo de pitasio, tiñendo el brebaje de un azul celeste brillante.

Layla y Emmond, tentados por la curiosidad, se acercaron sin pedir permiso.

La kuvala resbaló de sus manos temblorosas y se sumergió en las aguas burbujeantes.

Era su primera vez preparando aquella poción.

Pero no dudaba de los ingredientes. Desde que conoció el mundo mágico, se había entregado con devoción al estudio de conjuros y pócimas curativas para ayudar a su familia.