Capítulo 15 #2
Ezkel se quedó en silencio. Lentamente, se giró hacia las olas. La brisa marina le golpeaba el rostro como un susurro antiguo. Cerró los ojos por un segundo, dejando que el eco del agua llenara sus pensamientos.
Lo que se le cruzaba por la mente era absurdo.
—¡Lárgate! —ordenó, sin mirarlo—. Y si llegas a abrir la boca… haré que tu viaje al infierno no tenga fin.
Sin esperar respuesta, se volvió de espaldas y caminó hacia el castillo. Ahora más que nunca, estaba convencido: Deniel era la llave para destruir a Celeste.
Mientras Ezkel se adentraba en los pasillos del castillo, Emmond y Asher cruzaron el umbral del salón de curación. El desorden aún reinaba entre raíces desgarradas y plantas carnívoras que se resistían a deshacerse por completo. El aire olía a tierra y a sangre.
—¿Qué demonios pasó aquí? —preguntó Emmond, recorriendo con la mirada cada rincón en busca de respuestas.
—Intentaron asesinar a Royce —respondió Layla, sin rodeos, mientras controlaba su temblor interno.
—¿Otra vez?
Asher no podía creerlo. Después de todo lo que ocurrió en el lago, estaba seguro de que iban tras él. Pero, ahora… ni siquiera eso tenía sentido.
—¡Asher! —exclamó Layla al verlo cubierto de sangre. Corrió hacia él e invocó un hechizo de sanación que se deslizó por su pecho como una caricia brillante—. ¿Qué sucedió en el lago?
—Nos emboscó una lyrkkan. Es la misma que los atacó aquella noche —dijo, clavando la mirada en Deniel—. Se hizo pasar por la profesora Neryssa y nos dio la clave de la biblioteca. Nos escuchó. Supo que íbamos tras el sekke y lo quemó.
—¡Demonios! ¿Qué pasa en esta maldita escuela?
El grito de Deniel rasgó el aire justo antes de que pateara una silla. La frustración lo devoraba por dentro. Era una llama muda, insoportable, que ya no podía contener.
—Tenemos que encontrar otra planta en esta isla que lo salve —dijo Emmond, llevándose una mano al estómago, como si el miedo ya lo estuviera enfermando—. No podemos dejar que muera.
Una isla… una isla. La palabra se repetía en la mente de Deniel como una ola obstinada que borraba el resto del mundo. Alejó el dolor de sus compañeros, concentrándose en una sola cosa: una alternativa.
Layla conocía las plantas de la tierra… pero ninguno de ellos sabía lo que escondía el mar. Ni las hierbas que brotaban entre las conchas, ni las criaturas que nadaban entre los arrecifes.
Durante la batalla contra Garvax, había vislumbrado un fragmento de la barrera coralina que rodeaba la isla. Si había corales, los átramus no podían estar lejos.
—Tengo una idea. Cuiden a Royce —dijo Deniel, y desapareció por la puerta sin añadir palabra.
—Emmond, continúa sanando a Asher. Quédate con Azura y vigilen a Royce y a Juthid. Yo iré con Deniel —ordenó Layla, ya decidida.
El castillo había dejado de ser seguro. Y ahora ellos… eran un blanco marcado. No permitiría que nadie más terminara como Royce. Sin dudarlo, el hada echó a correr tras él.
Layla lo siguió hasta la playa, gritando su nombre como una loca. Tenía que detenerlo. Tenía que saber. Ese escozor bajo la piel no se calmaba cada vez que pensaba en lo que su amigo había hecho en una sola noche. Quería descubrir quién era realmente Deniel Soyer.
—Detente. ¿Quién eres en realidad?
—¿Por qué necesitas saberlo? ¿No basta con que soy tu amigo? ¿Qué ganarías con conocer mi secreto?
—No quiero ganar nada. Solo necesito saber quién es, de verdad, mi mejor amigo.
Layla bajó la voz al verlo. Lucía como un animal salvaje acorralado.
Deniel suspiró. Sus ojos recorrieron la playa, cerciorándose de que nadie más los observaba.
Layla ya había visto demasiado, y sería inútil tratar de convencerla…
mucho menos usar un encantamiento en ella.
Entonces recordó las palabras de Celeste. Y eligió confiar.
—Soy un tritón.
—¿Hablas en serio?
—¿Cómo crees que hice florecer las syrelias o conjuré sin varita? —replicó él con la resignación cargada de verdad.
—Es increíble, Deniel. Entonces las sirenas no han desaparecido. ¿Dónde están? ¿Se fueron a la Tierra? —Layla, emocionada, le tomó las manos.
—No hay más —dijo él con voz apagada—. Solo quedo yo.
La pena se le dibujó a Layla en los ojos.
—No lo creo. Si tú estás aquí, en alguna parte debe haber más.
Deniel no respondió. Solo se encogió de hombros con tristeza.
Layla no dudó: lo abrazó. Él se aferró a ese abrazo como quien se aferra a una memoria.
Necesitaba ese instante de calidez. De hogar.
Volver, aunque fuera por un segundo, a los días donde solo era un tritón.
No una espiral de secretos y miedos. Viviendo una vida que amenazaba con romperlo.
—Gracias, Layla.
—Te ayudaré a encontrarlos. Lo prometo —susurró ella.
El silencio cayó como un velo entre ambos. Allí, en la orilla, el mar fue testigo de un lazo invisible que se anudaba más fuerte entre sus almas. Cuando se separaron, se regalaron una sonrisa cómplice.
—No puedes contarle a nadie —advirtió él.
—Guardaré tu secreto hasta que regresen las sirenas.
Pero Deniel recordó a Royce. Atrapado aún en el velo de la muerte. No podía quedarse.
—Cuida mi varita.
—¿Cómo puedes usarla?
Layla lo miró, ajena aún a las sombras que oscurecían la mente del tritón.
—Te lo contaré luego. Solo cuídala. No dejes que ningún mago la toque —dijo antes de internarse en las olas.
Layla quedó en la orilla, contemplando el mar, abrazando el peso de cada palabra pronunciada. Luego, se dio la vuelta. Entre sus manos llevaba parte del secreto de su amigo, sin saber que no caminaba sola.
Estaba tan absorta en sus pensamientos que no oyó los susurros de los árboles.
Tampoco el crujir nervioso que intentaba advertirle del intruso. Ezkel los había seguido.
No escuchó palabra alguna. Pero no hizo falta. Lo que vio bastaba. Esa no era la verdad que Celeste había contado. Era una mentira cuidadosamente tejida para proteger a un extraño. No era un hechicero. Lo sabía. Y, aun si resultaba ser un tritón… debía comprobarlo.
Solo así lograría vencer a la anciana en su propio juego.