Corona de Sal y Luna Capítulo 15
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Capítulo 15

“Sabes que un amigo vale la pena cuando tiene el valor de enfrentarte mirándote a los ojos. Escucha tu dolor y se queda para soportarlo”.

—¡Detente, Deniel Soyer! —gritó Layla al ser ignorada.

Él se detuvo, sin siquiera mirar atrás; como si el tiempo se hubiera petrificado a su alrededor. Sabía lo que ella pensaba. Podía sentirlo, pero, incluso bajo aquella presión, no podía decírselo. No quería traicionar a Celeste.

—¡Mírame! —ordenó el hada, con la voz firme y el corazón agitado.

Deniel se giró con lentitud. En su rostro no había vestigio de miedo, solo el reflejo de una furia contenida. No hacia ella… sino contra sí mismo, por tener que mentirles a todos.

—¿Qué ocurrió en el estanque? Nadie en este mundo puede hacer lo que hiciste… a menos que seas un…

—No lo digas. No ahora. No puedo explicarte nada todavía, pero lo haré. Te lo prometo. Solo… no lo digas —susurró. Y fue en su mirada, más que en sus palabras, donde habló la compasión.

—¿Cuándo? —insistió Layla, dolida por la evasiva.

—Primero veremos a...

La frase se evaporó. La mirada de Deniel se perdió en un punto lejano, como si viera más allá de la realidad.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo, acompañado de imágenes rápidas y confusas que se apoderaron de su mente.

Lo que Azura estaba viendo llegaba hasta él en fragmentos aterradores: el Ala de los Sanadores, Juthid siendo arrojada contra las paredes, la risa de un hechicero desconocido quebrando el aire como un presagio oscuro.

—¡Deniel! —Layla lo zarandeó— ¿Qué sucede?

—Royce está en peligro —dijo en un susurro, como si apenas pudiera creer lo que acababa de ver.

No esperó reacción. Echó a correr sin mirar atrás, impulsado por una certeza que no dejaba espacio para la duda. Layla lo siguió, olvidando por un instante el secreto que acababa de intuir. Ya habría tiempo para enfrentarlo si sobrevivían. Por ahora, solo importaba salvar a Royce.

Cuando llegaron al salón de curación, el caos los envolvió como una bofetada. Layla se quedó sin aire al ver a Juthid, inerte, ensangrentada sobre un escritorio.

—¿Vienen a salvar a su amigo o a esta bola de pelos?

El hechicero de ojos brillantes apuntaba con su varita a Azura, atrapada en una red de arbustos espinosos que la mantenían inmóvil.

—¡Aléjate de ellos! —rugió Deniel alzando la varita para desarmarlo.

Pero el intruso no era un enemigo común. Su cuerpo se deshizo en una ráfaga de humo. Cambió de forma y revoloteó sobre ellos, burlando el hechizo, acechando desde las sombras en busca del momento perfecto para atacar.

—¡Cuidado, Deniel! Es un theriomante —advirtió Layla, poniéndose a su lado, lista para el combate, mientras ambos se acercaban a la cama de Royce.

—¿Puedes liberar a Azura? —preguntó el tritón, sin apartar la vista de las sombras.

Layla alzó las manos y, al instante, las plantas obedecieron su voluntad, retirándose como serpientes dóciles. Azura, temblando, voló hacia Deniel y se acurrucó en su hombro.

—Cuiden a Royce. Yo me encargaré de Juthid. Y no bajen la guardia —ordenó Deniel con voz firme.

Avanzó con pasos sigilosos, apenas perceptibles sobre el suelo desordenado.

Sus ojos, afilados como los de un halcón, rastreaban el lugar, buscando alguna pista del intruso.

A medida que se acercaba, el débil lamento de la sanadora se colaba por los oídos como un susurro agónico.

El entorno parecía calmo, demasiado calmo, pero no se descuidó.

Llegó hasta Juthid y se inclinó con cautela.

Ninguna de sus heridas era letal; eran huellas de una crueldad que se deleitaba con el sufrimiento ajeno.

Extendió la varita, y una luz plateada y cálida envolvió el cuerpo de la curandera, cubriéndola como un manto de alivio hasta que sus quejidos cesaron.

—¡Deniel, detrás de ti! —gritó Layla.

Una criatura emergió de las sombras: un lobo de ojos rojos y pelaje oscuro como la noche más densa. Se lanzó sobre él con las fauces abiertas.

El tritón giró apenas y conjuró un escudo instintivo. Los colmillos impactaron contra la barrera mágica, como si intentaran atravesarla. El lobo retrocedió, frustrado, pero una raíz surgió del suelo como un látigo salvaje, golpeándolo con violencia y lo lanzó contra la pared.

La bestia cayó aturdida. Sacudió la cabeza, tambaleante, mientras una segunda raíz se elevaba, presta a terminar el trabajo.

Sin embargo, el theriomante no dudó. Cambió de forma con rapidez transformándose en un pequeño roedor que se escurrió entre los restos del caos y escapó antes de que el golpe lo alcanzara.

—¿Juthid está bien?

La pregunta de Layla cruzó el aire, tensa, en tanto sus ojos seguían peinando los rincones en busca del enemigo.

—Las heridas no son graves —respondió Deniel.

—Perfecto. Cambio de planes —replicó el hada, apretando los puños—. Encárgate de ella. Este perro pulgoso es mío.

Layla estaba harta. Cansada de ver a sus amigos caer como moscas a manos de un cobarde que se negaba a dar la cara. Esta vez, su magia no sería una advertencia… sería castigo. Y lo ejecutaría sin piedad.

Como un águila descendiendo sobre su presa, el mago cayó desde el techo y le lanzó un hechizo que la hizo volar por encima de Royce. Su cuerpo aterrizó sobre la cama contigua, desparramado entre sábanas y gemidos.

—¡Layla! —gritó Deniel, conjurando un hechizo que explotó en dirección al theriomante.

—Dije que este imbécil es mío —masculló ella, incorporándose con rabia.

Entonces liberó las llamas que recorrían sus venas, lanzándolas en un vendaval abrasador que rugió contra su enemigo.

Pero el hechicero, veloz y experimentado, disipó el fuego en el aire con un simple gesto de su varita, antes de transformarse en una libélula para escapar.

—Ya he visto ese truco —escupió Layla, con los labios curvados en una media sonrisa—. Haré que mueras como insecto.

La furia que palpitaba en su pecho germinó bajo sus pies. Las raíces se abrieron como bocas sedientas, y de ellas brotaron decenas de plantas carnívoras. La enfermería se volvió una trampa viva. Las criaturas sentían la magia del insecto, cazándolo con precisión. El camuflaje ya no le serviría.

Forzado a revelarse, el mago cambió de forma. Adoptó la figura de un cuervo y batió sus alas negras con desesperación. Intentó alejarse, pero una ventisca lo golpeó de frente, lo arrastró sin compasión y lo estampó contra una de las columnas del salón.

—No tan rápido, pajarito —sonrió Layla, alzando el mentón.

El theriomante, furioso, recuperó su forma humana. Ya no era un juego. El hada se había convertido en una amenaza mayor de la que había previsto.

Las plantas volvieron a abalanzarse sobre él, pero el hechicero envolvió su cuerpo en llamas, reduciendo la vegetación a cenizas.

— ¡Morbus!

El conjuro se clavó en el cuerpo de Layla como un puñal invisible. Sus arterias se retorcieron, sus venas se crispaban bajo la piel, y sus entrañas fueron jaladas como hilos en manos de un titiritero.

—¿Qué sucede, mariposa? —bromeó el hechicero, embriagado por sus gritos. Deniel no se movió. Observaba. Contenía. Pero su mirada ardía. Layla sospechaba de su origen… y eso, en ese instante, le daba igual.

Con un gesto de la mano, alzó al theriomante en el aire. Le apretó la garganta a distancia y, al mismo tiempo, manipuló la temperatura en su interior. Escaldó su sangre. Congeló sus órganos. El dolor fue tan atroz que el hechizo sobre el hada se rompió de inmediato.

Layla lo miró, horrorizada. No fue la única. El theriomante también lo observaba, con los ojos desorbitados, paralizado por el terror. Aquel joven acababa de invocar un hechizo de alto rango sin siquiera utilizar su varita, que aún apuntaba a Juthid, sumida en su profundo sueño de sanación.

—¿Qué… eres? —murmuró el hechicero con un hilo de voz.

—¿Quién te envió? —preguntó Deniel, con una frialdad cortante.

—No… te lo diré… —balbuceó el cazador, convertido en presa.

—No necesito que lo digas. Puedo tomarlo.

Deniel enarcó una ceja. Sabía que le bastaba un pensamiento para dominar su voluntad. Pero, antes de que pronunciara el siguiente conjuro, el prisionero desapareció, arrebatado por un hechizo de espacio que desgarró el aire entre ambos.

Un portal se abrió junto a la playa, escupiendo al mago sobre la arena como si el propio castillo lo rechazara.

Su cuerpo rodó por la orilla hasta quedar encorvado, tembloroso.

Al alzar la vista, se encontró con los pies de Ezkel, jadeante, con la capa revuelta por el viento y el rostro aún pálido por haber ejecutado un hechizo de teletransportación que su cuerpo apenas podía sostener.

El theriomante se aferró a sus botas como si colgara de un abismo. Su piel estaba cenicienta, y el temblor que lo recorría no era de frío… sino de espanto.

—¿Quién es ese monstruo que esconden en el castillo?

Ezkel entrecerró los ojos. Aquel hombre, su viejo aliado, tenía la mirada inundada de un terror que no conocía límites.

—¿De qué monstruo hablas?

—Del chico rubio. El del mechón azul. ¡Es un monstruo! No hay forma de que sea un simple hechicero —espetó el theriomante y trepó por sus ropas como un desesperado a punto de ahogarse.

Ezkel sostuvo su mirada solo un instante. Luego lo golpeó con fuerza, devolviéndolo a la arena.

—No dirás nada a nadie. Ni siquiera a Hades. Me lo debes por salvarte —gruñó. Se agachó frente a él, con el tono frío como el acero—. Dime exactamente lo que viste.

—Invocó magia de alto rango sin usar la varita. Con una sola mano controló mi cuerpo. La sangre ardía en mis venas. Sentí que ardía por dentro. Mis órganos se helaban uno a uno. ¡Es un demonio disfrazado de humano!

—¿Dijo algo?

Ezkel no necesitaba la confirmación. Lo sabía desde que Celeste lo trajo al castillo.

Ese chico escondía algo, y, si quería destruirla, necesitaba descubrirlo.

—No dijo nada. Solo alzó la mano. Su magia… se sentía como el poder desenfrenado de la luna —la voz del theriomante se quebró, clavando los ojos en la negrura que cubría el mar—. Olía a sal. Igual que el océano.