Corona de Sal y Luna Capítulo 14
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Capítulo 14

“La traición más cruel es la que imita una sonrisa conocida”.

Golpe tras golpe, Asher se defendía, evitando herirla.

Le costaba asumirlo, pero aquella figura que intentaba matarlo con determinación no podía ser Gina, su amiga de la infancia.

Aun así, sus ojos y su voz le pertenecían.

Prefería creer que estaba atrapado en una pesadilla antes que aceptar la ponzoñosa idea de haber vivido una mentira disfrazada de amistad.

—No lucharé contra ti —aseguró, dando un salto hacia atrás para tomar distancia.

—Entonces me facilitarás el trabajo.

Gina se lanzó hacia él como una sombra letal, veloz y certera, buscando un golpe final que apenas doliera.

Asher, atento, esquivó el ataque con un giro que la hizo trastabillar. Rodó por el suelo, pero se impulsó con las manos y se incorporó de un salto. Desde el aire, lanzó otra daga con la intención de sorprenderlo. Falló otra vez.

—¿Por qué haces esto? —preguntó él, sin entender en qué momento la había perdido.

—Mi señor te quiere muerto —respondió Gina, desenvainando otra espada.

Al despegar del suelo, la joven removió tierra y hojas secas. Parecía volar. Asher, decidido al fin, liberó un corte de energía con su espada. Esta vez, dispuesto a matarla.

Ella no pudo esquivar el golpe y lo bloqueó con sus armas. El impacto estremeció el terreno, levantó una nube de polvo que los envolvió.

Gina agitó sus espadas, disipando la polvareda de golpe. Dejó ver entonces su verdadero arsenal: dos afilados abanicos de acero, tan elegantes como letales.

—Ya comienzas a defenderte.

—¿Quién eres?

En cuanto vio las armas, Asher comprendió la verdad. Gina jamás habría podido blandir esos abanicos. Su brazo izquierdo, dañado desde la infancia por una herida mal curada, no soportaría su peso. Aquella no era ella.

—Ahora que sabes la verdad, es hora de ponerse serios. Dame tu mejor golpe, Silver Fox .

El apodo le atravesó el pecho como un dardo.

La imagen de su padre acudió de inmediato, trayendo consigo los días felices de la infancia, y la sonrisa de su madre al verlos jugar con espadas de madera.

Pocos conocían ese nombre. Y si aquella impostora lo sabía, entonces el “señor” al que respondía solo podía ser uno: el rey de Ashanty. El asesino de sus padres.

—Intentaste matarme… pero te desquitaste con mi amigo —espetó Asher, con la rabia apenas contenida. Todo apuntaba a que aquella farsante llevaba tiempo cazándolo.

—Tenía que vengarme del entrometido —replicó ella con tono burlón—. Además, me encanta hacerme pasar por otros y jugar con mi presa. No imaginas cuánto disfruto ver sus rostros de idiotas creyendo cada palabra, justo antes de que les atraviese el corazón.

—Eres una lyrkkan —sentenció Asher, con la certeza atravesándole el pecho—. ¿Cómo supiste que veníamos por la resina del sekke?

—¿De verdad creíste que fue Neryssa quien les dio la clave de la biblioteca? Esa vieja sigue dormida y atada en su armario. Todo estaba planeado: separarte del grupo, destruir otro de los libros que pone en peligro nuestro veneno. Y gracias a tu amiguita hada, fue aún más fácil.

»Ahora, muéstrame las colas de zorro. Veremos si estás a la altura de tu padre —añadió la asesina, sin molestarse en ocultar su identidad.

—Te arrancaré la cabeza y la enviaré como regalo al Castillo Negro —masculló Asher. Y se lanzó al ataque.

La lyrkkan reía como una lunática, esquivando cada corte con la gracia de quien baila sobre la línea de la muerte. En uno de sus contraataques, casi logró desarmarlo, pero se limitó a trazar cortes en su pecho.

Si no fuera por las cadenas ocultas bajo su uniforme, habría muerto al instante. Asher retrocedió, bajó la vista, y observó la tela desgarrada revelando el brillo plateado que protegía su piel. Analizó cada corte. Cada ángulo. Un solo error y sería el último.

—¿No vas a mostrar tu verdadera arma? Entonces tendré que motivarte —susurró la impostora, mientras se acercaba a Emmond con los abanicos en alto, extasiada por tener el control de una vida inocente—. A tu amigo le sobra la cabeza.

El miedo lo quebró por dentro. Asher liberó sin reservas las cadenas que lo ceñían, las mismas con las que había jurado vengar a sus padres.

Dos lazos de acero, con puntas de daga y zafiros incrustados, emergieron de sus mangas como serpientes sedientas de justicia.

La lyrkkan las bloqueó con agilidad y contraatacó de inmediato, lanzando uno de sus abanicos.

Asher se impulsó hacia atrás, apoyando las manos para dejar el camino libre, obligando al arma a perderse entre las sombras.

Apenas tocó el suelo, ya estaba listo para devolver el golpe.

Pero un susurro en la nuca le erizó la piel.

Se giró a tiempo para ver el abanico regresar, como si tuviera voluntad propia, directo a su cuello.

Se lanzó al suelo en el último segundo, justo cuando el silbido del arma le pasó por encima y aterrizó, fiel, en las manos de su dueña.

—Ágil como tu padre. Me divertiré esta noche apuñalándote como hicieron con él.

Gina saboreaba la imagen de Asher encadenado, gritando entre las sombras mientras lo torturaba en alguna cueva del bosque. Giró sus abanicos con un movimiento veloz y los proyectó con una grotesca energía que desgarró todo a su paso.

Asher se defendió con las cadenas, lanzando las afiladas puntas contra el ataque de la lyrkkan. Las armas se hundieron en las ondas de poder hasta alcanzar los zafiros que las coronaban. Las gemas brillaron con fiereza, absorbiendo la magia enemiga como si tuvieran hambre.

La asesina maldijo, preparando un segundo ataque, pero otras dos cadenas se deslizaron hasta ella y acariciaron su cuerpo con la frialdad del acero. Se enroscaron en sus piernas, ascendieron por sus brazos, y la alzaron en el aire, inmovilizándola.

—Olvidaste que mi arma es conocida como el Zorro de las Cinco Colas. No eres tan lista después de todo.

Asher sonrió. Juntó sus manos al frente, y entre ellas nació una luz plateada, brillante, pulsante. Tan intensa como los zafiros que giraban sobre su cabeza. Canalizó la energía absorbida y la transformó en una esfera resplandeciente.

—Dulces sueños, Gina —susurró—. ¡Fox Soul!

La esfera impactó en el pecho de la asesina, arrancándola de las cadenas y arrojándola de espaldas contra la orilla del lago.

Asher, confiado en la victoria, recogió sus armas. Se giró hacia Emmond, aún tendido entre la mugre y la maleza, y echó a andar con paso firme.

Entonces la escuchó.

—¡Asher!

Se detuvo en seco.

Un escalofrío le tensó la columna. Se giró lentamente, apretando el mango de su espada. Lo que vio lo paralizó.

Gina estaba de pie. Reía con la boca entreabierta y los labios manchados de sangre, el cabello enmarañado cubierto de ramas, hojas secas y tierra. Su rostro era una máscara grotesca de locura y resistencia.

—¿Creíste que con un patético espectáculo de luces me vencerías? —se burló—. Te mostraré lo que es el verdadero poder.

Lanzó los abanicos sobre su cabeza. Ambos estallaron en pedazos, fragmentándose en cincuenta dagas flotantes que giraron en el aire, reflejando las llamas del sekke en sus filos.

—La noche aún es joven. Bailemos otro rato. ¡Claws of Harpy!

El grito desgarró el silencio. Y entonces cayó el acero.

Una lluvia de cuchillas se precipitó sobre Asher.

Apenas tuvo tiempo de liberar las cadenas para defenderse.

Las dagas se movían con voluntad propia, alimentadas por la risa lunática de Gina.

Atacaban sin descanso, golpeando las colas de zorro una y otra vez, buscando una grieta. Una rendija. Un error.

Algunas la encontraron. Varias lo alcanzaron en los brazos y las piernas, abriéndole heridas que enrojecieron su uniforme.

Asher era el mejor de los estudiantes de Ashanty. Ágil. Inteligente. De voluntad inquebrantable y fuerza casi sobrehumana. Pero esta vez luchaba contra cincuenta enemigos al mismo tiempo. Feroces. Letales. Como los asesinos que alguna vez masacraron su hogar.

El sudor le empapaba la frente, mezclado con la sangre que descendía lentamente por su piel. Las fuerzas comenzaban a abandonarlo. Gina no se detenía. No tenía intención de hacerlo.

Asher apretó los dientes. Con tantas heridas ya le costaba mantenerse en pie. Las dagas no cesaban, aumentaban en fuerza y poder con cada maldita carcajada de aquella demente.

“¿Así acabaría todo?”, pensó. Pero si debía caer, lo haría con honor, como lo hizo su padre. En ese instante, una chispa atravesó la oscuridad.

— ¡Defectio! —gritó Emmond desde el suelo, con la varita temblando entre sus dedos.

El encantamiento alcanzó a la lyrkkan. Un parpadeo bastó para que la asesina se desplomara sin emitir un sonido.

Las dagas, al perder su vínculo mágico, descendieron lentamente hasta agruparse en el aire y formar de nuevo los abanicos.

Luego cayeron al suelo. Sin energía. Sin voluntad. Solo metal inerte.

—¡Emmond! —exclamó Asher, aliviado de haber esquivado una muerte segura.

Corrió hacia él, sin pensar, como quien regresa a un ancla en medio de la tormenta.

—¿Quién demonios eres que todos quieren matarte?

—No lo sé. Ellos saben más de mí que yo mismo —respondió Asher, sin apartar la vista del cuerpo inmóvil de Gina.

—Debemos volver al castillo. No luces bien —dijo Emmond, evaluando las heridas que marcaban su uniforme como huellas de una verdad que aún no comprendían.

—Llevémosla con nosotros. A Celeste le encantará verla —sugirió Asher, con una sombra de amargura que rozaba la ironía.

—Pongámonos en marcha. Aquí no resolveremos nada. Y necesitamos otro plan si es que todavía hay forma de salvar a Royce.

Emmond alzó la mano hacia el cielo y la escoba respondió al instante, surcando el aire como un halcón leal.

Se acercaron a la lyrkkan, aún inconsciente. Sus pasos eran lentos, casi rituales. La mirada dudosa de Asher y el desprecio silencioso de Emmond se deslizaron por el rostro de la sicaria, buscando, quizás en vano, algún vestigio de humanidad en aquella figura vencida por el odio.

El hechicero alzó su varita. Un hechizo brotó de sus labios, envolviendo a Gina en una burbuja translúcida que comenzó a elevarse, arrastrando su cuerpo por los cielos en dirección a Eldryan.

El vuelo se tornó silencioso. El plan había fracasado, y Royce seguía al borde de la muerte.

Asher volaba herido, cubierto de sangre y polvo, con el frío nocturno helándole la piel y la esperanza.

Emmond no dijo palabra, pero sus ojos hablaban por él.

De vez en cuando, lanzaba una mirada hacia la burbuja, y en lo más hondo de su alma latía un deseo feroz: hacerla estallar y ver caer a la lyrkkan sobre las rocas.

Eso sería justo. Si Royce moría por su culpa… ¿por qué debía ella vivir?

Asher, en cambio, se mantenía en silencio. La preocupación en su rostro lo alejaba del presente. No había vuelto a ver a Gina desde la mañana, y una parte de él temía encontrarla muerta en algún rincón del castillo, pero su temor iba más allá. Eldryan ya no era un lugar seguro.

¿Cuántos más debían morir antes de que la verdad saliera a la luz? ¿Cuántos pagarían el precio antes de que Celeste encontrara las pruebas? Si el rey de Ashanty se había tomado el atrevimiento de enviar asesinos tras él… entonces su juego ya no era un secreto.

La oscuridad del ala prohibida del castillo se abrió para Ezkel. Sus pasos firmes marcaban el compás de pensamientos sombríos, cada uno afilado con el deseo de ver caer a Celeste y arrastrar con ella todo el prestigio que había construido ante Sthevyand.

Las puertas del Salón Negro se abrieron de golpe bajo un encantamiento, cediendo su interior al hechicero sin resistencia. Allí dentro, nada le importaba. Los objetos antiguos, los grimorios ocultos, los ecos atrapados en los muros… todo le resultaba insignificante frente al tamaño de su ambición.

Sin vacilar, se dirigió al ventanal sellado, el único del salón. Lo despojó de sus protecciones con un simple gesto y lo abrió como quien profana una tumba.

Recitó un versículo y el cristal se distorsionó. El espacio tembló. Y del portal emergió un cuervo de ojos rojos, que revoloteó a su alrededor como si reconociera el terreno. Graznó una y otra vez, luego descendió, dando pequeños saltos en dirección al hechicero.

Sus miradas se encontraron en la penumbra, y en ese instante, las plumas del ave, negras como el olvido, se disolvieron en humo oscuro.

Del humo emergió una figura humana. Llevaba la capucha raída hasta los ojos.

Bajo ella, brillaban dos pupilas rojas como brasas encendidas.

Su sonrisa, llena de dientes amarillos, era la definición misma del desprecio.

—Cuánto tiempo sin verte, Ezkel —musitó el recién llegado, extendiendo la mano.

—Retira tus sucias manos —ordenó Ezkel sin pestañear—. Tú y yo dejamos de ser amigos hace mucho tiempo.

—Oh, aún me guardas rencor. —Sonrió el intruso—. Mírate. En la antigua habitación de Hades. Incluso, te dejó usar el portal que creó a espaldas de Celeste. Deberías sentirte halagado de lamerle las botas.

—Es irónico que lo digas. Fuiste tú quien intentó matarme por este puesto.

—Y por eso estoy aquí —gruñó el hechicero, con la voz envenenada—. Atrapado en el escalón más bajo de su reino.

—Cada uno pagó su precio. Fue lo justo. Ahora deja tus delirios y haz lo que te digo… o haré que Hades te arranque hasta la última pluma —dijo Ezkel, con una frialdad que heló el aire a su alrededor.

—Como ordenes, maestro —balbuceó el hombre, apenas ocultando su odio.

—Busca en el Ala de los Sanadores a un joven enmascarado. Mátalo. Pero hazlo con crueldad. Rómpelo. Desgárralo. Baña las paredes con su sangre y cuelga sus entrañas por todo el castillo.

Ezkel no lo dijo en voz alta, pero el pensamiento era más real que cualquier hechizo: así destruiría a Celeste. Le arrebataría lo que más amaba, y la haría pedazos desde dentro.

—Así será —asintió el hechicero, antes de volver a su forma de cuervo y perderse entre las sombras.

En el Ala de los Sanadores, todo parecía tranquilo. Juthid proseguía con sus conjuros para aliviar la fiebre de Royce. Los cristales mágicos emitían tenues destellos. El aire olía a hierbas dulces y silencio. Solo un graznido perturbó la paz. Un cuervo, posado en la ventana, la observaba.

—¡Largo de aquí, pájaro de mal agüero! —gritó Juthid, agitando la mano para espantar la sombra que arrastraba con sus alas.

Pero el ave no se movió. Se quedó allí, firme, escudriñando el alma de la sanadora con sus ojos inyectados de rojo.

—¡¿No me escuchaste?!

Juthid se puso de pie. Avanzó hacia el ventanal, intentando disipar el escalofrío que le recorría la espalda. Pero el graznido no cesaba. El cuervo seguía mirando en dirección a Royce, como si llamara a la muerte.

—Oh, no… —susurró la anciana al ver cómo el rojo de los ojos se intensificaba—. ¿Quién eres? ¡Muéstrate!

El cuervo alzó el vuelo. En pleno aire, sus plumas explotaron en una nube densa y fétida. Del humo emergió el harapiento mago de Thartaros, envuelto en su propia oscuridad.

—Juguemos un rato… anciana.