Capítulo 13
“La desesperación y el amor revelan siempre nuestro lado más vulnerable, convirtiéndonos en seres irracionales ante un mundo escéptico”.
—No podemos dejar que muera.
La voz de Deniel apenas era un susurro quebrado, ahogado por el peso del horror.
Estaba devastado. Resultaba insoportable pensar que no podía hacer nada por Royce, más que contemplar cómo la vida se le escurría entre los dedos.
Desesperado y vencido por la impotencia, intensificó el hechizo de sanación, aferrándose a una esperanza que ya se desvanecía.
Celeste se acercó en silencio y le sostuvo la mano desde atrás.
—Haré todo lo que esté a mi alcance.
—No puedo dejar que muera —repitió el tritón, con la voz hecha pedazos. Sus palabras dolían tanto como el aspecto de Royce, pálido, febril, ausente.
—Encontraremos un antídoto. Lo prometo. Por ahora, dejaré a Royce en tus manos.
Y sin más, Celeste desapareció, envuelta en un fulgor súbito, transportándose a quién sabe dónde. Tal vez incluso al mismo Páramo, dispuesta a desafiar sus peligros con tal de hallar la cura.
—La fiebre aumenta —advirtió Judith con tono grave.
—Yo me encargaré. En Northerland usamos hechizos de hielo para tratar la fiebre —dijo Emmond, acercándose con firmeza.
Mientras desplegaba su magia, hurgaba entre los rincones de su memoria—.
Esta planta no figura en libros actuales.
Los lyrkkans se encargaron de borrar gran parte del conocimiento de su clan.
Pero en la Biblioteca Central, en la sección de Antigüedades, aún quedan volúmenes milenarios de Botánica. No pudieron haberlos destruido todos.
—¿Y cómo buscaremos una planta de la cual no sabemos ni el nombre? —protestó Asher, con frustración creciente.
—Conozco a alguien que puede ayudarnos —dijo Layla con seguridad—. Vamos a la biblioteca.
La luz del día ya se había rendido ante la noche, más oscura de lo habitual, sin luna alguna reinando en el cielo.
Bajo las sombras y la tenue luminiscencia de los cristales, los estantes de la biblioteca semejaban muros de un laberinto sin fin.
Layla alzó la mano e invocó esferas de luz flotante para iluminar el paso.
El tiempo era escaso. El veneno avanzaba, letal y silencioso.
Por suerte, la profesora Neryssa les había proporcionado la clave de acceso, y eso les ahorró horas valiosas antes de hallar un hechizo que les permitiera infiltrarse en la sección de Antigüedades.
—Ustedes revisen los libros. Yo debo hablar con alguien.
Layla les señaló el camino con esferas de luz flotante que iluminaron la sección de Botánica y Pociones. Luego se alejó en dirección contraria, hacia una imponente esfera de cristal que reposaba en el centro del salón.
Deniel y Asher reunieron veinticuatro libros. Se miraron abrumados. El tiempo era su enemigo, y la posibilidad de hallar una planta desconocida entre miles de páginas parecía una burla más del destino. Antes de alcanzar la mitad de su primera lectura, un sonido emergió entre las sombras.
Asher desenfundó una de sus dagas y miró a Deniel con seriedad. El tritón alzó la varita, preparado. Quizás el asesino había regresado, y con algo de suerte traería consigo el antídoto o al menos, podrían arrancarle a golpes el nombre de la planta.
Como felinos, se deslizaron entre las sombras. Deniel tensó el brazo. Asher desenvainó otra daga al ver un par de ojos azules brillar en la oscuridad. El tritón estaba a punto de lanzar su hechizo cuando algo pequeño se abalanzó sobre él.
—¡Azura! —exclamó al reconocerla.
Asher resopló, aliviado, guardando las armas con un gesto de fastidio.
—Tendrás que ponerle un cascabel a tu bola de pelos.
—¡Chicos! —apareció Layla de pronto, con el rostro encendido de emoción. Tomó un libro al azar y lo hojeó con rapidez—. La flor es roja y negra, en forma de campana. Se llama Phallius campellie .
—¿Cómo supiste su nombre? —preguntó Asher, entre sorprendido y escéptico.
—No hay secretos de plantas para un hada.
—No importa cómo lo descubriste. Busquémosla —ordenó Deniel, ya de regreso entre los libros.
Durante más de una hora y media revisaron textos sin descanso, hasta que Layla dio con la planta en un volumen cubierto de polvo y casi devorado por el tiempo.
—¡Aquí está!
Deniel y Asher se apresuraron a su lado para examinar el dibujo.
—Es hermosa. Lástima que sea tan letal —susurró Layla.
—¿Qué dice del veneno? —preguntó Deniel, iluminando la página con su varita.
—Se extrae de su raíz —leyó el hada—. También dice que posee propiedades antimagia, pues solo puede cultivarse en suelos ricos en un cristal llamado… ¡No! ¡No, no! —exclamó de pronto— ¡La hoja está dañada! No se distingue el nombre del cristal.
—¿Dice algo más? —apresuró Asher.
—El líquido de sus raíces contiene fragmentos de ese cristal, lo que le da su efecto antimagia.
Anula los hechizos y permite que el veneno necrose la piel y los huesos.
Deniel se apartó, y caminó en círculos, como si la idea que necesitaba estuviera al borde de sus pensamientos.
Layla cerró el libro con cuidado y se acercó.
—¿Qué estás pensando?
—No sabemos el nombre del cristal, pero sí que anula la magia. Bien. Si destruimos los fragmentos que están en el cuerpo de Royce, podríamos usar los hechizos de sanación y las pociones —reflexionó el tritón, apoyando ambas manos sobre la mesa.
—En el lago hay un sekke. Su resina se usa para romper cristales malditos. Tal vez funcione con los de la Phallius campellie —dijo Asher, poniéndose de pie. Sabía que, con el sekke, aún había esperanza.
—Si tuviéramos flor de Syrelia… —murmuró Deniel, mirando a Layla como si en sus ojos pudiera hallar la salvación.
—Te mostraré algo —respondió ella, con un brillo decidido en la mirada—. Pero tendremos que dividirnos para buscar los ingredientes.
—Buscaré la resina del sekke —anunció Asher, sin dudar.
—No irás solo. Pídele a Emmond que te acompañe —replicó Layla con firmeza.
El asesino seguía suelto en el castillo, y Asher era su objetivo. No pensaba arriesgarlo.
—¿Y quién cuidará de Royce? —insistió el caballero, reacio a dejarlo indefenso.
—Azura lo hará. Ella me avisará si alguien se acerca. ¿Verdad que sí, preciosa? —dijo el tritón, acariciando a la flix con ternura—. Después, Layla y yo nos ocuparemos de él.
—Bien. Pongámonos en marcha —asintió Asher, con la resolución grabada en el rostro.
Emmond y Asher se deslizaban como sombras por los pasillos, esquivando a los guardias que aún patrullaban con nerviosismo tras los últimos acontecimientos. Sabían que nadie les permitiría acercarse al lago. Su única opción era la Sala de las Escobas. Necesitaban una para escapar.
La puerta, sellada con siete cerrojos, se abrió de golpe con un encantamiento que Emmond lanzó sin dudar. Un gesto más de su varita bastó para silenciar el chirrido oxidado de las bisagras, que habría alertado a medio castillo.
Era la primera vez que Asher entraba en aquel lugar.
Las paredes estaban cubiertas de escobas de todos los tamaños y formas, alineadas como soldados dormidos, esperando la orden para alzar vuelo.
Le fascinaba la idea de volar. “Qué maravilla habría sido que los caballeros mágicos pudieran surcar los cielos como los hechiceros”, pensó en ello mientras extendía una mano, tentado a tocar una.
—No toques las escobas… o se volverán locas —le advirtió Emmond, sin siquiera mirarlo—. Sube, debemos irnos.
Ambos se elevaron hasta lo alto de la sala y escaparon por los ventanales, rumbo al lago Breegan. El viento les golpeaba el rostro, y con cada ráfaga sentían la urgencia crecer. Debían llegar al sekke. Era su única oportunidad para salvar a Royce.
Mientras tanto, Deniel seguía a Layla por el sendero que conducía al invernadero donde se impartían las clases de Arborogía.
El hada alzó las manos con delicadeza, y al instante, las plantas del jardín reaccionaron: las crecéidas y el trepanus extendieron sus ramas como tentáculos, retirando uno a uno los seguros de la puerta.
—¡Sígueme! —ordenó con firmeza.
Layla, como guardiana del invernadero, conocía cada rincón de aquel lugar. Guiaba a Deniel con paso ágil entre el follaje hasta llegar a uno de los estanques; el único alimentado por agua salada.
Sobre la superficie, el cielo oscuro se reflejaba como un espejo roto: sin luna, con apenas unas estrellas dispersas.
Sin embargo, ni siquiera su luz lograba imponerse sobre las siluetas vegetales que flotaban en el agua.
Layla se detuvo al borde y alzó la mirada, inquieta.
Luego miró el estanque, y al ver su rostro reflejado en el líquido inmóvil, comprendió que el temor que sentía ya había comenzado a dibujarse en su semblante.
Deniel percibió la inquietud en el rostro del hada. Sabía bien lo que aquella expresión auguraba: problemas… o verdades difíciles de pronunciar.
—¿Qué sucede, Layla?
—Hace un par de semanas encontré una mención antigua en un libro de Arborogía.
Hablaba de una planta acuática con gran poder curativo.
Le pedí a Celeste que, con sus contactos, consiguiera algunas semillas.
Desde entonces… las he estado cuidando —respondió el hada, señalando los pequeños retoños que flotaban sobre la superficie del estanque.
—¿Es esta la planta? —preguntó el tritón. La esperanza se desbordaba en cada una de sus palabras.
—Sí —admitió ella, con una sombra de pesar en la voz.
—Entonces podemos hacer un antídoto.
Pero Deniel no escuchó lo que no quería oír. En su mente, aquellas plantas no eran más que frascos de sanación listos para usarse.
—No es tan sencillo. Las syrelias son plantas sagradas de Selenya, el reino de las sirenas. Representan a sus dioses. Por eso solo crecen en agua salada y florecen bajo la luz de la luna.
—Si lo que necesitas es luz de luna, puedo ayudar. Cúbrenos, para no llamar la atención.
Layla no replicó. Con un gesto fluido, encantó la vegetación circundante. Las ramas y hojas respondieron al instante, entrelazándose hasta formar un domo cerrado, como si la naturaleza misma los protegiera.
Deniel alzó su varita.
— ¡Lunae Lumen! —pronunció.
Del aire emergió una esfera luminosa, una luna hechizada que ascendió hasta el centro del domo. Su resplandor plateado descendió sobre el estanque, mimando las syrelias como una caricia ancestral. Fue entonces cuando las plantas despertaron.
Las hojas comenzaron a brillar, salpicadas por diminutas gotas que atrapaban la luz como estrellas suspendidas. De las espigas, coronadas por botones perlados, florecieron blancas corolas etéreas, que exhalaron una fragancia tan sutil como inconfundible: olor a sal… y a luna.
La esencia penetró hasta los huesos del tritón, despertando cada célula como una ola de vida. Ambos quedaron maravillados ante el espectáculo. Pero solo Layla vio más allá del hechizo… más allá de la luz.
Y comprendió que no todos los conjuros son inocentes cuando se pronuncian con tanta naturalidad.
—Deniel… ¿tú?
—Nos llevaremos tres flores para el antídoto.
Sin perder tiempo, y olvidando por completo su pequeño conflicto con el agua, Deniel se acercó al estanque y arrancó las syrelias con cuidado de no mojarse.
Satisfecho con su hazaña, ignoró el rostro atónito de Layla y las consecuencias invisibles que ya se tejían en el aire.
Se volvió hacia ella con una sonrisa encendida, como si entre sus manos sostuviera el Santo Grial.
—Ahora podemos salvarlo.
Pero las probabilidades de ayudar a Royce eran mínimas y el destino ya comenzaba a escribir otro final. Para cuando Emmond y Asher sobrevolaron el Bosque de Robles, toda esperanza se había disipado… convertida en humo.
—¿El sekke es el árbol que está en la pequeña colina junto al lago? —preguntó Emmond, deseando, por una vez, estar equivocado.
—Sí. ¿Por qué hay tanto resplandor? —respondió Asher desde la parte trasera de la escoba, sin poder ver más allá de la silueta del hechicero.
—El sekke está en llamas —murmuró Emmond, y la desilusión le quebró la voz.
La madera crujía como si doliera. Las brasas abrían grietas que se hundían hasta el núcleo del árbol, envenenando cada hebra de vida.
Las hojas, convertidas en cenizas oscuras, eran arrancadas por el viento como lágrimas de agonía, arrastradas hasta los pies de los jóvenes que se aproximaban con desesperación.
—¡Haz algo! —exclamó Asher.
—¡ Hiems au …
El hechizo jamás se completó. Un impacto seco atravesó el muslo de Emmond y lo derribó con brutalidad.
El estruendo hizo que Asher se girara. Quedó paralizado al ver el dardo clavado en la tela del uniforme, hundido hasta la carne.
Y entonces, la presencia del enemigo se volvió tangible.
Dos dagas surgieron de las sombras, avanzando como ráfagas de acero.
Con reflejos certeros, Asher desvió el ataque y se colocó en guardia.
Sus ojos se clavaron en la silueta que emergía lentamente del límite entre la sombra y el resplandor ardiente del sekke.
—¿Tú?
—Hola, Ashi.
—¿Qué haces, Gina? —preguntó el caballero, con la incredulidad anudándole el pecho.
—¿No lo ves? —replicó ella, burlona—, intentó matarte.
La sonrisa en sus labios desapareció, dejando en su lugar una expresión fría, calculadora… vacía de culpa.
—Mi señor te quiere muerto… y muerto estarás.