Capítulo 12 #2
—Neryssa —ordenó Celeste, sin apartar la vista de Royce—. Informa a los cuatro capitanes. Quiero que se unan de inmediato a la búsqueda.
—Señor Soyer —dijo Judith—, necesito que repitas tu hechizo de curación. Voy a retirar la flecha. —Su mirada se desvió hacia Royce—. Será doloroso, incluso, bajo el efecto del conjuro.
Con extremo cuidado preparó una bandeja metálica con vendajes, algodones, un par de pociones y un pequeño rollo de cuero que colocó suavemente entre los dientes del herido.
—¿Listo?
Royce asintió apenas. No tenía fuerzas para hablar, y su aspecto se deterioraba con alarmante rapidez. El sudor empapaba su cuerpo, y su piel comenzaba a perder el color, como si el dolor le robara hasta el último aliento.
— ¡Retirar ente! —proclamó Judith.
La flecha emergió de la carne con un sonido húmedo y cruel. Royce se arqueó de dolor, mordiendo el cuero con desesperación, como si aquel objeto pudiese contener el grito que intentaba desgarrarle el alma.
Su cabello estaba enmarañado, empapado de sudor, y su pecho subía y bajaba con dificultad. Aunque la herida comenzaba a ceder, la sangre brotaba con renovada fuerza, como si se negara a ser olvidada.
—Tranquilo, muchacho, no morirás hoy —murmuró la sanadora, limpiando la herida con manos firmes.
Mezcló dos frascos en una pequeña vasija, creando una pasta verdosa de aroma acre, que aplicó con delicadeza sobre la carne desgarrada.
Al ver la agonía del muchacho le tendió una botellita ámbar.
Él la reconoció al instante, era la poción Morphius.
La misma que tantas veces había calmado su cuerpo tras los temerarios entrenamientos de Elyot.
Sin dudar, bebió el elíxir. Pero antes de alcanzar la última gota, el sueño lo venció, sumiéndolo en una tregua reparadora que lo desconectó del dolor.
—Dejemos que las pociones hagan su trabajo —dijo Judith con una sonrisa cálida que logró atenuar la tensión en el aire. Su mirada agradeció en silencio a los muchachos, reconociendo el esfuerzo de haberlo traído a tiempo.
—¿Crees que estará bien? —Deniel se acercó a Celeste, con la voz apenas audible. No buscaba una respuesta… buscaba esperanza.
—Judith es la mejor sanadora que conozco. Nunca he visto a nadie tan entregada a su labor. Confía en ella —respondió Celeste, con esa serenidad que parecía un hechizo en sí misma.
Layla, Emmond y Asher se acercaron sin decir palabra alguna. Se ubicaron alrededor de Royce y así permanecieron… en silencio, con la mirada fija en su amigo, como si con ella pudieran arrancarlo de las fauces del dolor.
—¿Saben algo de Royce que yo no sepa? —preguntó Celeste, escudriñando los alrededores. Aparte de Judith, que se hallaba a suficiente distancia para no oír, no había nadie más cerca.
—¿A qué se refiere, magíster ? —dijo Layla con cautela.
—Es la segunda vez que atacan a Royce. ¿Qué está sucediendo?
La hechicera dejó que su mirada se posara sobre cada uno de ellos, con una expectación cortante.
—Fue un error —respondió Asher, sin apartar los ojos de su amigo. La culpa lo carcomía.
—Esto no puede ser casualidad, Asher. Explícate —ordenó Celeste, más firme.
—La emboscada no era para Royce… era para mí —afirmó el caballero, sacando un papel arrugado del bolsillo.
El silencio se volvió denso.
No tenía sentido. Asher no era un objetivo lógico: no tenía riquezas y era admirado por todos, excepto por Jace. Pero incluso él no parecía capaz de algo así. Celeste unía mentalmente los hilos sueltos, como quien intenta descifrar un enigma antes de que se consuma la última chispa de luz.
—La encontré al día siguiente del ataque. Me citaban a la misma hora y en el mismo lugar donde lo hirieron —explicó, alzando el papel.
—¿Quién la envió? —preguntó Celeste sin mirar la nota. En su mente, ya había un objetivo: encontrar al culpable y ponerle fin a la cacería.
—Layla —dijo Asher.
—¿¡Yo!? —exclamó ella, confundida y visiblemente avergonzada bajo las miradas que se volvieron en su contra.
—Es tu letra —aseguró Emmond, tras revisar la nota con atención.
—Yo no he sido. Lo juro.
—Lo sé —Asher la miró con serenidad—. No estabas molesta esa mañana cuando hablamos y el tono de la carta no se parece a ti.
Layla bajó la mirada ruborizada.
—La nota estaba en mi bolsa de entrenamiento. Solo hay dos formas de colocarla allí: durante las prácticas, donde solo entran caballeros mágicos o infiltrándose en Camelot, algo casi imposible.
—A menos que se utilice magia —intervino Deniel.
—O seas un caballero —murmuró Emmond, más para sí que para los demás.
—El culpable falló la primera vez, y ahora cobró venganza con la sangre de Royce —sentenció Celeste, hilando las piezas aún sueltas de un rompecabezas que comenzaba a inquietarla. No tenía al culpable, pero alguien más conocía la verdad… y eso la perturbaba.
Mientras todos intentaban descifrar las pistas ocultas, Royce, aún bajo los efectos del somnífero, convulsionó. Los espasmos sacudieron su cuerpo, arrancándole gorjeos extraños, surgidos de la inconsciencia y del tormento que lo consumía.
Deniel fue el primero en correr hacia él. Su varita ya estaba en alto antes de que el temor se tradujera en grito.
—¡Llamen a Judith! ¡Rápido!
Emmond corrió hacia el fondo de la enfermería.
Celeste se unió al tritón conjurando a su lado, conteniendo apenas las contracciones violentas y los alaridos que desgarraban a Royce.
Layla, desesperada, se abrió paso y liberó su magia junto a ellos, añadiendo un tercer hechizo a la lucha contra la muerte.
—¿Qué sucede, Judith? —preguntó Celeste al ver la oscuridad apoderarse de la cicatriz.
—Esto no debería pasar —murmuró la sanadora, visiblemente perturbada.
—¡¿Qué le ocurre?! —exclamó Deniel, sintiendo que el tiempo se le escapaba entre los dedos.
—La flecha estaba envenenada —dijo Judith al fin, con una seguridad tan gélida que heló el aire.
—¿Qué tipo de veneno? —Emmond se adelantó, su mente giraba con rapidez en busca de respuestas.
—Beso de la Muerte —susurró Asher, con los labios casi inmóviles.
—No… —gimió Layla, como si la palabra sola bastara para destruir la esperanza.
—¡Díganme qué significa eso! —rugió Deniel, ahogado en impotencia.
—El Beso de la Muerte es un veneno creado por los lyrkkans, un clan oculto de asesinos —explicó Judith—. Viven entre las montañas del Páramo y los bosques de Silas y Dahos. Son los únicos que conocen su fórmula… y su antídoto.
—Entonces, vayamos por él —dijo Deniel, casi sin pensar. En su mente, aún era posible salvarlo. Aún había una salida.
—No lo comercializan —intervino Asher, bajando la mirada—. Si lo hicieran, podrían replicarlo y perderían su única ventaja.
No supo cómo seguir hablando. Mucho menos cómo mirar a Deniel, que se quebraba por dentro mientras sostenía la mano de Royce.
El silencio se hizo más espeso que la muerte.
—Royce está condenado —susurró Judith.