Capítulo 12
“No existe peor verdugo que la impotencia. Esa que te ata de pies y manos, obligándote a contemplar tus miedos… mientras te desgarra el alma”.
Deniel terminó su entrenamiento con gran satisfacción. No sabía cuándo, ni para qué usaría el hechizo, pero estaba feliz de tenerlo en su arsenal. Rebosante de regocijo, corrió al encuentro con Layla, quien seguía molesta por el pequeño incidente de la mañana.
Rumbo al comedor, su paso por el castillo no pasó desapercibido.
Algunos gigantes se acercaron a saludarlo, entre ellos Roger Filabandrel y su equipo; sin embargo, los hechiceros de la Cueva del Basilisco, los isleños de Zonla y los jinetes de Daavos se apartaban de su camino, lanzándole indirectas y miradas letales.
Los rumores sobre la paliza que recibieron Lucius y sus secuaces eran la comidilla del castillo.
Aunque no todas las miradas eran hostiles. Algunas reflejaban agradecimiento y complicidad, sobre todo por parte de las hadas, elfos y enanos que habían sido avasallados por el despreciable príncipe. Incluso algunos lo sintieron como su propia venganza.
Emmond y Asher se cruzaron con ellos antes de lo previsto. Iban discutiendo algo que el caballero traía entre las manos, pero lo guardó de inmediato al notar que no estaban solos.
Ambos lidiaban con sus propios demonios. No querían iniciar otra pelea, aunque no sabían que el destino ya apuntaba hacia ellos, tensando la cuerda de una ballesta en dirección a Asher.
—¿Dónde está Royce? —preguntó Deniel.
—¿Royce? —repitió Emmond—. ¿Vendrá con nosotros?
—Sí. Tuvo la mañana libre y me dijo que almorzaría con nosotros —detalló el tritón.
Ronnald, oculto entre las torres, seguía vigilando mientras los chicos charlaban, pero desde su posición no podría acertar en el blanco. Emmond y la gárgola del ventanal cubrían a Asher.
—¡Maldito seas! —masculló Ronnald, molesto por su desdichada suerte—. Tal vez debería matarlos a ustedes uno a uno frente a Ashi. Así lo torturaría antes de acabar con su miserable vida. Comenzaré contigo, astuto Emmond o con tu molesto amigo rubio.
»Mejor contigo, Layla Hildegard. ¿Qué peor castigo que ver morir a la persona que amas?
—¡Ya estoy aquí! —jadeó Royce detrás de Deniel, tras correr medio castillo—. Celeste me pidió que hoy no los lleve a los establos. Prefiere que se encarguen de organizar la biblioteca.
—¡Sí! —gritó Layla aliviada por salvar su cabello del hedor a estiércol.
—No estés tan alegre. Debemos organizar y quitarle el polvo a cada libro… sin usar magia —aclaró Royce con resignación, como quien anuncia una condena.
—Qué grata sorpresa —susurró Ronnald desde las alturas—. Después de todo, acabaré contigo, fenómeno.
El capitán desvió la flecha, apuntándola con precisión cruel a las sienes de Royce. Pero antes de liberar su furia, su cuerpo se estremeció, como si hilos invisibles lo tiraran hacia atrás, y el disparo se desvió.
—Prefiero que una flecha me atraviese antes que decirle a Celeste que no cumpliste con tu castigo, Layla. Es solo un poco de polvo… y polillas.
Royce no imaginó que aquellas palabras, dichas entre bromas, se convertirían en presagio.
La flecha lo alcanzó, aunque no en el sitio previsto. El acero le atravesó el hombro, rasgando la carne con brutalidad hasta astillar el hueso, arrancándole un grito tan desgarrador como la herida.
Cayó al suelo como un muñeco roto, gimiendo entre espasmos.
Apretaba la flecha con manos temblorosas, mientras los chillidos de Layla cortaban el aire.
Deniel corrió hacia él, lo sostuvo por detrás con firmeza y angustia, intentando evaluar la herida.
Asher, sin pensarlo, rasgó su uniforme para detener la hemorragia, mientras Emmond alzaba un escudo, escaneando los ventanales con la mirada de un cazador al acecho.
—Tenemos que llevarlo con los sanadores —ordenó Deniel, conjurando un hechizo de curación apenas estable.
—Déjenmelo a mí. Ustedes despejen el camino.
Asher sujetó a Royce por el brazo y lo acomodó sobre sus hombros, sintiendo el peso del dolor ajeno. Layla abría camino entre los estudiantes que se agolpaban a mirar, mientras Deniel y Emmond protegían la retaguardia con sus conjuros.
Royce no era el único que sufría. En lo alto del castillo, Ronnald se retorcía en el suelo de una de las torres, prisionero de su propio cuerpo.
Por más que intentaba imponerse sobre sus extremidades, estas le desobedecían con crueldad.
Solo su mente permanecía despierta, obligándolo a presenciar cómo él mismo se destruía, sin poder evitarlo.
Sus manos se aferraron con violencia al cuello, presionando hasta convertir el acto de respirar en una tortura intermitente.
Cada tos era una puñalada que le robaba aliento.
La muerte le rozó la piel con dedos helados, inundando su mirada de un terror tan profundo que paralizó incluso el parpadeo, justo cuando la vio.
Suspendida del candelabro, una figura espectral oscilaba con el vaivén de una soga invisible.
Parecía enviada por la mismísima muerte.
La piel pálida de la muchacha contrastaba con el mugriento pijama que colgaba de su delgado cuerpo.
Sus uñas y labios, teñidos de un azul cianótico, daban fe de un final violento.
El cabello, oscuro y enmarañado, cubría casi todo su rostro, dejando entrever apenas un par de ojos completamente blancos…
como si la muerte misma hubiese encontrado en ella un altar.
En su macabro balanceo, la figura descendió hasta flotar sobre el cuerpo del capitán, que convulsionaba con espasmos de desesperación.
—¡Idiota! —chilló la aparición, mientras la blancura de sus ojos mutaba en un abismo de sombra.
—Ayu… A… Ayúdame… —balbuceó Ronnald, viendo desfilar ante él el recuento de sus días, uno tras otro, como hojas arrancadas de un libro maldito.
La bruja sonrió. Sus dientes manchados se reflejaron en la mirada petrificada del hombre, justo antes de que su voz lo alcanzara como una sentencia.
—Te advertí que no interfirieras en mis planes. Adivina qué sucedería si te dejo matar a tu antojo…
Sus pies huesudos descendieron con lentitud hasta presionar los muslos del capitán.
El hechizo comenzó a disiparse, pero con él no llegó el alivio.
El dolor se intensificó con brutalidad, como si una losa de piedra lo aplastara, dejándole las piernas dormidas, inservibles…
como si le arrancaran de golpe toda voluntad de seguir luchando.
Ronnald, consumido por el miedo, luchaba por no caer en el abismo de aquellos ojos infernales. Reprimía las súplicas con un apretón de dientes, como si eso bastara para proteger su mente del embrujo que lo devoraba.
—Has sido un niño muy malo, Ronnald Lagance —murmuró Morgana, tomándolo del cabello con una calma escalofriante y obligándolo a mirarla de frente—.
Desde ahora no moverás un solo músculo sin mi permiso.
Esperarás mis órdenes o te enviaré de vuelta al Castillo Negro en pedazos.
Uno por mes. Así mantendré a tu familia… animada.
La bruja desapareció en un parpadeo, dejando al capitán tendido en el suelo, jadeando como un ahogado resucitado, buscando en vano el aliento que le había sido arrancado.
—Recuérdalo, Ronnald. Me perteneces.
La voz ya no brotaba de labios visibles.
Surgía del viento que danzaba en las rendijas de la piedra, de los muros agrietados, del polvo mismo.
Una sonrisa invisible se esparció por la sala, flotando como un presagio.
No tenía forma ni sonido, pero su presencia era tan real que le erizó la piel.
Fue entonces cuando comprendió el peso de su condena.
Y esa sonrisa, etérea y cruel, terminó de quebrar el último fragmento de su orgullo, empujándolo sin remedio al abismo de la desesperación.
Mientras Ronnald se ahogaba en su propio lamento en lo alto de la torre, el horror también cobraba forma en otra parte del castillo.
Deniel y Layla irrumpieron en el Ala de los Sanadores como una tormenta.
Tras ellos, Asher y Emmond entraron cargando a Royce, cuyas ropas empapadas de sangre dejaban un rastro inquietante sobre el suelo.
Al verlos, la señora Judith Donley palideció y corrió hacia el grupo.
—¿Qué sucedió? —exclamó, ayudándolos a depositar a Royce sobre una de las camas.
—Íbamos al comedor cuando alguien le disparó —explicó Deniel, sin retirar el hechizo de sanación.
—En qué lío te has metido, Royce Worrel.
Judith le indicó a Deniel que interrumpiera el conjuro y rasgó con decisión la tela sobre el hombro, arrancando un grito al joven cuando la flecha se movió apenas.
—Debemos avisarle a Celeste —sugirió Emmond, con el ceño fruncido.
—Ya estoy aquí.
La voz de Celeste emergió con firmeza desde la entrada. Avanzó con paso seguro, seguida por cuatro profesores. Entre ellos se encontraban Theodor y Ezkel.
—¿La herida es grave? —preguntó, sin rodeos.
—No —respondió Judith mientras deslizaba la varita sobre el hombro de Royce con gestos precisos—. La flecha fracturó la clavícula, pero no hay riesgo. Con algo de magia y pociones, estará como nuevo.
—Esto es un desastre —espetó Ezkel, lanzando una mirada cortante a Celeste—. No bastó con el ataque en el portal… ahora tenemos a un asesino dentro del castillo.
Celeste se tomó un instante para decidir cómo responder. Ya estaba harta de los constantes reproches de Ezkel.
—No sabemos si fue un asesino o un accidente, profesor. Pero, si está tan convencido de que alguien está cazando a nuestros estudiantes… tal vez debería iniciar la búsqueda. Después de todo, es parte de su deber como autoridad en Eldryan.
—Seguramente ya lo tenía en mente, magíster —intervino Theodor—. Me uniré a la búsqueda.
—Yo también —anunció el profesor Elyot Valiant, cuya voz grave llenó la sala como un trueno—. Conozco cada rincón del castillo. Convocaré a mis mejores jinetes y comenzaremos por la zona oeste.
Su presencia era imponente. Deniel, que jamás lo había visto de cerca, sintió el peso de su autoridad con solo escucharlo. Apenas reparó en la profesora que lo acompañaba.