Capítulo 11 #2
Celeste lo detuvo con sutileza, apoyando su cetro sobre el brazo del tritón.
—Si fuera tú… me mantendría alejado. Esta sala guarda objetos poderosos… y otros malditos. No te distraigas.
—Si es tan peligroso… ¿por qué me lo muestras?
—Porque el mundo mágico es tan hermoso como letal. Es una navaja, Deniel. Y debes aprender a caminar sobre su filo… sin cortarte.
Celeste sabía que el momento se acercaba. El secreto que había protegido durante tantos años pronto saldría a la luz. Ya fuera por el instinto del tritón… o porque el entresijo decidiera revelarse ante alguno de los otros que, como él, cargaban el mismo destino.
—Quiero mostrarte algo —añadió, con tono grave—. Pero no puedo hacerlo en el castillo. Atraeríamos demasiadas miradas.
—¿Otro hechizo para memorizar? —Deniel alzó una ceja, fingiendo resignación. Desde su llegada a Sthevyand no había hecho otra cosa que estudiar grimorios con hechizos más antiguos que la propia Celeste.
—Sí. Otro hechizo que necesitas aprender.
La anciana lo condujo hacia el centro de la cámara. Allí liberó la magia de su cetro. Una espiral de luz blanca emergió, danzando como un vórtice suspendido en el aire, flotando entre ambos como si aguardara al elegido.
—Quiero que lo minimices —indicó, sin alterar la calma en su voz.
—¿Minimizarlo?
Deniel abrió los ojos, desconcertado. La sola idea de moldear un hechizo así le parecía absurda. Era una locura pretender amasar tanta energía.
—Sí. Minimízalo —insistió Celeste—. Pero sin quebrar su esencia. Concéntrate como lo hiciste con el muro.
El tritón alzó una mano, enfocando todos sus sentidos en la luz. Escarbó con la mente, sumergiéndose en las capas invisibles del hechizo, rastreando el núcleo entre brillos fluctuantes.
Los minutos pasaron con lentitud cruel. El tiempo se volvió burla, y la magia… una criatura viva que se negaba a obedecerle. Intento tras intento, la luz se resistía como si tuviera alma. Lo rechazaba. Frustrado, resopló, vencido por cada derrota.
Celeste, que percibía el torbellino en su interior, golpeó el suelo con el cetro y deshizo el hechizo.
—No intentes dominarlo. No es tuyo. La magia no se controla, Deniel. Se guía. Es una energía que fluye, muta, evoluciona. No la encarceles.
Avanzó unos pasos, su voz ahora más suave, más cercana.
—Hagamos algo distinto. Crea una tormenta.
—¿Aquí? —preguntó él, nervioso al imaginar los frascos, grimorios y joyas reventando a su alrededor.
—Podrás manejarla. Lo sé —sonrió la hechicera con una certeza tranquila.
—Como desees.
Deniel alzó la mano. El aire respondió con un rugido. Nubes negras se arremolinaron sobre sus cabezas, liberando truenos y relámpagos.
—¡Ahora redúcela! —gritó Celeste por encima del estruendo.
El tritón cerró los ojos. Sintió la magia latiendo en sus venas, y con un gesto preciso, domó la tempestad. Poco a poco la tormenta se encogió hasta convertirse en una diminuta nube oscura que vibraba entre sus manos.
—Los maggiums nacidos fuera de los reinos benditos…
necesitan objetos para canalizar su poder —explicó Celeste, contemplando la nube como si fuese un tesoro—.
Ustedes, no. Ustedes crean. Guían. La tormenta nació de ti, fue concebida por tu voluntad.
Eso es lo que debes hacer con los demás hechizos. No intentes poseerlos. Dirige el flujo.
Se hizo un breve silencio.
—Intentémoslo una vez más —añadió.
Deniel cerró los dedos, desvaneciendo la pequeña nube. Luego, adoptó postura de combate. Firme. Decidido.
—Cuando quieras.
Celeste alzó su cetro. De la boca del grifo brotó un flujo centelleante de magia, que se expandió en espiral hasta alzarse como un vórtice de luz desbordante, flotando en el aire como una criatura nacida del poder antiguo.
Deniel vació su mente. Se aferró al silencio interior, dejando atrás toda ansiedad, todo pensamiento. Solo el hechizo existía. Y, aun así, el conjuro se le revelaba salvaje, indómito. Una bestia luminosa que lo retaba a ir más allá de sus propios límites.
Entonces lo comprendió: no debía oponerse.
Se dejó guiar por el impulso de su propia magia y le permitió brotar, libre, hasta invadirlo por completo.
La sintió ascender por su pecho, arder en su piel, estremecerle los huesos.
Le permitió fundirse con la de Celeste, y juntas recorrieron cada rincón del hechizo, enlazando fibras, cruzando corrientes, hasta tocar su núcleo más íntimo.
Su poder lo inundó todo. Sin forcejear. Sin competir.
Y el hechizo, ante tanta entrega, se rindió.
Con ambas manos al frente, Deniel comenzó a mover los dedos con la delicadeza de quien esculpe cristal.
Guiaba la magia como un artista a su creación, moldeándola sin romper su esencia.
Despacio, con firmeza reverente, transformó la magnitud del vórtice en una pequeña órbita luminosa, intensa, palpitante.
La ferocidad seguía allí. Pero ahora, lo obedecía.
La anciana lo observó en silencio. Sonrió, al ver aquella expresión de júbilo dibujarse en el rostro del tritón. Una sonrisa auténtica, nacida del esfuerzo vencido. Pero en lo profundo de sus ojos… algo temblaba. Porque Deniel aún no lo sabía.
Toda esa enseñanza, todo ese dominio, no era simple adiestramiento. Era una preparación silenciosa para la guerra. Para una batalla inevitable. Una que debía ganar si deseaba restaurar el honor perdido de su pueblo y reclamar un trono hecho de ruinas y sangre.
Un destino marcado por la desgracia se cernía sobre él. Se acercaba con garras afiladas, oculto entre sombras sedientas. Sombras que Celeste conocía muy bien porque ya las había enfrentado y sabía lo despiadadas que podían ser.