Corona de Sal y Luna Capítulo 11
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Capítulo 11

“Una sonrisa siempre transmite alegría ya sea al ingenuo que la cree sincera o al astuto que la usa para disfrazar sus intenciones”.

Layla salió del aula hecha una fiera en cuanto terminó la clase, con Deniel siguiéndole los pasos.

—¿Layla, estás bien?

—¡Sí! —respondió ella, sin aminorar el paso.

—¿Por qué caminas tan rápido? —El tritón miró por encima del hombro, perdiendo de vista a Emmond y Asher entre el gentío—. ¿Estamos huyendo de alguien?

—¿Qué? No. Es solo que no soporto la cara de idiota de ese... —pensó en Asher, pero se detuvo a tiempo. Mencionarlo sería admitir que estaba ilusionada con alguien que no tenía cabida en su mundo—. No soporto al profesor Ezkel.

—Bienvenida al club —bromeó Deniel—. Baja la marcha o Emmond y Asher no van a encontrarnos.

Al escuchar aquel nombre, Layla se volvió como un latigazo, lista para reprenderlo. Pero se le congelaron las palabras en la garganta cuando los dos caballeros se acercaron.

—¿Estás bien? —preguntó Asher. Sabía con exactitud lo que la atormentaba, pero no se atrevió a decirlo en voz alta.

—Perfectamente —replicó ella y alzó la nariz con una dignidad heredada de siglos de realeza.

—Tenemos prácticas individuales. Nos vemos dentro de una hora en el comedor —propuso Emmond con su sonrisa habitual.

—Debo ver a Celeste. Me uniré más tarde —dijo Deniel, encogiéndose de hombros con resignación.

—Antes de que te vayas, necesito decirte algo, Layla.

Asher intentó tocarla, alcanzar, aunque fuera un instante de su piel, pero ella se apartó con desdén, perdiéndose entre la multitud.

—¡Vamos, hombre! Ya sabes cómo son las mujeres —murmuró Emmond, para suavizar el aire tenso al notar el desencanto en el rostro del joven.

Asher no respondió. Solo guardó algo en su bolsillo junto con toda la felicidad que había amasado aquella mañana.

Deniel se alejó, dejando atrás a sus amigos, que rumoraban entre ellos con aire de intriga. Asher había encontrado algo en su mochila de entrenamiento, algo que parecía importante… pero el tiempo no jugaba a su favor. Celeste lo esperaba, y Azura no dejaba de tirar de su capa con impaciencia.

Siguiéndola de cerca, se internó en un corredor sombrío del ala norte.

Era vasto, silente, casi cavernoso. No había ventanas.

Las paredes, tapizadas en terciopelo rojo y decoradas con flores de lis doradas, apenas relucían donde los haces de luz tocaban los marcos polvorientos de antiguos retratos.

Aquello parecía la antesala de un secreto bien guardado.

Azura se adelantó, posándose en el hombro de la anciana como si reclamara su trono habitual. A cambio, recibió semillas de glónidas como recompensa.

—¿Qué es este sitio? —preguntó Deniel, arrugando la nariz con una mezcla de asombro y desagrado.

—¿Te aseguraste de que nadie te siguiera? —replicó Celeste, sin volverse.

Pocos conocían la existencia de esa cámara secreta. Solo su hija, Elyot Valiant y ahora, él.

—Nadie.

—Sígueme. Quiero mostrarte algo antes de que comencemos el entrenamiento.

La anciana avanzó con decisión hasta detenerse ante un muro sin salida.

Alzó su cetro y trazó una línea de luz desde el techo hasta el suelo.

Al instante, una silueta luminosa recorrió la piedra, revelando el contorno de una puerta sellada como si la pared hubiese estado esperando toda la vida por aquel gesto.

Deniel quedó asombrado ante el truco. Observó a la anciana girar el pomo de la puerta y adentrarse en una habitación más pequeña, iluminada apenas por la tenue luz de una escalinata de cristales mágicos que se precipitaba hacia las entrañas de la tierra.

Él la siguió de cerca, descendiendo los peldaños relucientes hacia una oscuridad tan densa que parecía impenetrable.

Al dejarse engullir por las sombras, su piel se heló con la brisa del túnel, que le atiborró los pulmones con el hedor húmedo del moho.

Se adentró en un mundo de penumbra que le embriagaba la mente con horrores susurrantes, tan vívidos que, en más de una ocasión, estuvo a punto de girar sobre sus pasos y correr despavorido para alejarse de aquellas voces guturales que reptaban desde la negrura.

Celeste, consciente del caos que lo envolvía, lo tomó del brazo, aferrándolo a ella. Alzó su cetro y desgarró la bruma con una luz plateada que abrió los ojos del tritón y despejó su mente, silenciando las voces tormentosas.

Él reconocía ese resplandor. Lo sentía en cada rincón de su ser.

—Es luz de luna.

—Exacto. La clave para cruzar la Niebla de los Martirios —respondió la hechicera con una sonrisa.

La luz del cetro los envolvió en una esfera resplandeciente, marcando un límite entre ellos y las sombras, minimizando el efecto de las voces.

Pero, incluso bajo la cálida protección del poder de la anciana, aquella tiniebla parecía viva.

Como si en su interior habitara un enemigo dormido que aguarda paciente su momento para atacar.

Era evidente que esa oscuridad no era natural: era magia, poderosa y antigua.

Al abandonar la negrura, dos antorchas con forma de grifo cobraron vida, escupiendo fuego encantado que iluminó lo que parecía la sala principal. Sin embargo, apenas podía distinguirse más allá del tono azul celeste de la niebla que cubría la cámara como un velo denso.

—Hay algo raro…

Deniel sintió su cuerpo reaccionar a distintos tipos de magia.

—La cámara está protegida por múltiples hechizos —explicó ella—. Impiden que cualquiera llegue hasta aquí. Incluso, si intentan transportarse dentro, quedarían atrapados en la barrera.

—¿Transportarse?

—Para tener cola, te asombras por un simple hechizo de espacio —dijo Celeste con sorna.

—¿Todos pueden hacerlo?

Deniel no dudó en preguntar. La idea de poder trasladarse a voluntad, además de vivir bajo el agua, le parecía fascinante.

—No todos —aclaró la hechicera—. La magia sería demasiado injusta para quienes no nacimos con alas ni con cola.

Solo los hechiceros podemos hacer uso de la teletransportación.

Es un hechizo sencillo en estructura, sí, pero su coste mágico es tan elevado que solo los más poderosos logran conjurarlo sin desvanecerse en el intento.

—Los hechiceros cuyas varitas han evolucionado en cetros —acotó el tritón, recordando las jerarquías arcanas.

—Exacto —asintió Celeste—. Aquellos que dominan un cetro no solo han moldeado su magia, sino que la han hecho crecer con ellos. Sin embargo, hay hechizos que hasta las brujas y las sirenas pueden ejecutar.

Sus dedos, tan firmes como suaves, tomaron el rostro de Deniel y lo guiaron hacia el muro de energía.

—Quiero mostrarte algo —susurró—. Pero, antes… debes deshacer el hechizo. Solo así podremos avanzar.

—¿Cómo? —preguntó él, entre desconcierto y ansiedad.

—Debes aprender a distinguir los distintos tipos de magia. Cada ser, cada objeto, posee una firma mágica única. Concéntrate en el muro.

Deniel obedeció, obligando a su mente a discernir los conjuros que danzaban entretejidos en la barrera. Le dolía la cabeza. Era como intentar armar un rompecabezas cuyos fragmentos flotaban, caóticos, sin forma ni lógica aparente. Muchos de esos hechizos eran ajenos a su comprensión.

El sudor descendía por su frente como una advertencia: el poder mágico que invocaba era real.

Cerró los ojos, silenciando el mundo. Si no se fundía con la esencia de aquella barrera, fracasaría.

Uno a uno, comenzó a rastrear los impulsos mágicos, separándolos en pequeños espacios dentro de su mente.

Las energías flotaban como luciérnagas atrapadas entre la niebla.

Vibraban, se resistían, pero él las enfocaba, una a una.

—Así… —indicó la anciana con una voz templada por el orgullo—. Enfócate en el muro. Encuentra el núcleo de su hechizo.

El rostro del tritón era un mapa de tensión.

El esfuerzo se dibujaba en sus sienes, en la rigidez de sus labios, en los latidos desbocados bajo la piel.

Profundizó. Penetró la red mágica hasta sentir la presión de cada conjuro en su cuerpo.

Primero, un hechizo de bloqueo, luego otro de ilusión.

Después, un encantamiento de invocación.

Y, al final, lo vio. El corazón latente del muro de niebla.

—Ya lo tengo —susurró.

—Repite: Teryssa —indicó Celeste, pronunciando la palabra con la solemnidad de un secreto sagrado.

— ¡Teryssa! —exclamó Deniel.

Como si su voz fuese una llave ancestral, las nubes azuladas se disolvieron en el aire, despejando el camino hacia una majestuosa puerta de bronce, resguardada por otras dos estatuas de grifos.

—¿Qué sucedió con los hechizos? —preguntó el tritón aún atónito.

—Están ligados al muro. Cuando este cae, los conjuros desaparecen. Pero una vez crucemos la puerta… la barrera regresará, y con ella, todos los encantamientos —aclaró la bruja con serena firmeza.

—¿Y este poder que emana desde el otro lado? —susurró él, sintiéndolo recorrerle la piel. Era abrumador. Manso y feroz al mismo tiempo. Como si algo puro… y divino aguardara tras la entrada.

Celeste sonrió. Con un simple gesto, invocó un chirrido metálico que resonó como un lamento antiguo entre las paredes. La puerta se abrió despacio, revelando los secretos dormidos al otro lado.

Deniel avanzó con cautela, midiendo sus pasos tras la anciana. Ella alzó una esfera de luz sobre sus cabezas y, con un movimiento elegante de su cetro, la fragmentó en pequeñas órbitas que giraron como lunas en miniatura, encendiendo los cristales del salón.

La cámara era inmensa, tan vasta como el salón de profesores.

Cofres encantados, joyas brillantes, estanterías repletas de grimorios, figuras talladas, piedras mágicas y frascos que contenían humo, luces titilantes…

e, incluso, partes de criaturas irreconocibles.

El aire olía a polvo arcano y maravilla contenida.

En uno de los extremos, junto a un pedestal donde se alzaba una varita oscura y retorcida, había un espacio abierto. No era mayor que el cuarto de baño de Deniel, pero lo dominaba una columna de luz tan pura, que parecía llamarlo.

—¿Qué es ese espacio?