Capítulo 10 #2
—Todos en este jodido mundo conocen la historia de Kretax.
—¿Quién fue su primer jinete? —preguntó Ezkel, con una sonrisa ladina. Una trampa. Eso era su pregunta.
—El rey Rygan Deehagon, el Unionista —respondió el joven jinete, dejando que cada palabra se tiñera de orgullo, como si su apellido bastara para silenciar al resto.
—Si buscas en los libros mediocres de las bibliotecas de Daavos, encontrarás esa mentira que ha sobrevivido por generaciones —replicó Ezkel, con un dejo de desprecio en la voz—. Pero si deseas conocer la verdad… entonces debes leer nuestras bibliotecas. Allí hallarás la historia de Cyon.
—¿Quién es Cyon? —preguntó Emmond. Sus ojos, abiertos como lunas, ya presagiaban que lo que venía no era solo historia, era fuego antiguo.
Ezkel sostuvo su mirada unos segundos. Luego, sin más, comenzó su relato.
—El huevo de Kretax perteneció a la dragona de la familia real de Rivera, mucho antes de que los Kogwalt tomaran el poder con un golpe a la corona.
En aquellos días oscuros, el Bosque Rojo fue gobernado por el rey Bharos, conocido por todos como el Sádico.
Bajo las copas de los árboles escarlatas ocultaba los cuerpos de sus cacerías humanas, celebradas durante días junto a miembros selectos de su corte y visitantes de ciudades vecinas.
»Conforme creció su poder, también lo hizo su depravación. Pronto, dejó de cazar humanos para perseguir maggiums, sobre todo, elfos.
»Sus cazadores asaltaron una aldea élfica en busca de nuevas presas.
Regresaron con una niña: apenas una criatura, temblorosa, sucia, con la mirada perdida de un animal atrapado.
El rey la proclamó trofeo de cacería, pero su esposa, aún aferrada a un resquicio de conciencia, la protegió, acogiéndola como una de sus doncellas.
»La niña creció en silencio. A los dieciséis, ya dominaba con soltura la espada y el arco. Llegó a convertirse en la sombra de la reina: la acompañante fiel, en lo que, bajo la calma, escondía el veneno del odio.
»Una noche tomó sus dagas, entró en los aposentos del monarca y lo degolló mientras dormía. Su esposa, al despertar por el sonido de su respiración agónica, la halló frente al lecho, erguida, con la mirada helada y la sangre goteándole de las manos.
»La joven elfa le perdonó la vida a su señora y la de sus hijos, a cambio de una promesa: que la ayudara a escapar.
La noble, sintiendo por primera vez la libertad correr por sus venas al librarse del monstruo que tenía por esposo, decidió ayudarla.
Le entregó un huevo de dragón y le dijo que lo vendiera, que huyera a las grandes ciudades de Greenland, que se forjara una nueva vida como aristócrata o como doncella de otra reina.
»Pero la elfa no vendió el huevo. Volvió a su aldea y lo custodió durante meses, hasta que, bajo la luna roja, Kretax emergió del cascarón. La bestia la reconoció como su madre desde el primer aliento, y la seguía a donde fuera.
»Crecieron juntos. Y mientras el dragón se hacía colosal, ella ascendía en el ejército. Su poder, su destreza, su vínculo con la criatura le abrieron un camino de gloria. Se convirtió en la capitana más joven del reino.
»Pero los reyes en las tierras de los dragones no lo vieron como un logro, sino como una blasfemia hacia sus coronas. Solo los jinetes podían domar dragones. Intentaron matarla para restaurar su “honor”. Pero uno por uno, ella los abatió con su espada, y con Kretax rugiendo a su lado.
»Fue entonces cuando el mundo la nombró de otro modo: Cyon , la Guerrera Dragón . Los reyes, humillados, solicitaron una audiencia. Fingieron buscar diálogo. Pero era una emboscada.
»Ella lo sabía, pero no dudó. Acudió decidida a ponerle punto final a aquella guerra. Kretax aniquiló a los mejores dragones del reino. La masacre dejó a los reyes dragón sin opciones: debían reconocer la grandeza de quien tanto despreciaban.
»Cuando Cyon murió, Kretax volvió al Bosque Rojo.
Allí anidó durante años, entre la niebla, entre los susurros.
Hasta que estalló la Rebelión de Rivera.
Y fue entonces cuando eligió a un nuevo jinete: sir Rygan Deehagon.
Aquel que más tarde sería coronado como el primer rey del naciente reino de Daavos.
Ezkel culminó la historia con una última mirada al rostro tenso de Lucius, como quien clava una verdad en el centro del orgullo. Le bastó ese gesto para demostrarle lo poco que conocía de su propio linaje y lo ingenuo que era al proclamarse príncipe heredero de un trono cuyo origen ignoraba.
—Entonces… ¿cualquiera puede domar un dragón? —intervino Asher, sin apartar la vista de los cortesanos de Daavos.
—No cualquiera —respondió Ezkel con voz serena, pero firme—. Solo aquellos con un espíritu salvaje y un corazón valeroso; tan feroces como un dragón. Eso dice la leyenda de la elfa. Después de todo… siguen siendo bestias.
El hechicero recorrió con la mirada a los estudiantes, como evaluando quiénes sobrevivirían a las verdades que acababan de oír. Luego, retomó su lugar frente al salón.
—Si ya no tienen más preguntas, abran los libros en el capítulo quince.
El aula obedeció sin palabras. Únicamente el murmullo de las páginas rompiendo el silencio le dio voz al momento.
Solo Deniel no se movió. Su mente seguía cautiva del relato, tratando de descifrar sus implicaciones.
La duda sobre si las sirenas eran los maggiums más poderosos aún rondaba en su cabeza, pero aquella elfa le había revelado nuevas puertas.
Igual que el recuerdo de Theodor enfrentando a Garvax en la playa.
En un mundo de magia, mitos y secretos que respiran bajo la superficie… el conocimiento valía oro o, simplemente podía salvarle la vida.