Capítulo 10
“Quién cree ser sabio, fracasa por orgullo. Quien busca conocimiento, triunfa por su insistencia”.
Azura, consciente del secreto que debía proteger, revoloteó con urgencia sobre Deniel, cubriéndolo con las sábanas mientras deslizaba el tedioso papel bajo la cama, junto al balde.
—¿Qué haces en el suelo?
Deniel se quedó sin aliento. Frente a él, el adonis semidesnudo se alzaba con apenas una toalla ceñida a la cintura.
Desde su ángulo, podía distinguir cada trazo esculpido bajo la tela húmeda.
La piel bronceada de Royce brillaba por las gotas que descendían como caricias líquidas, delineando su cuerpo en un vaivén tan provocador como inevitable.
La mirada del tritón se deslizó sin permiso hasta el punto exacto donde las líneas en uve se perdían bajo la tela, desatando tempestades en su imaginación.
—¿Deniel, estás bien? —insistió Royce, preocupado.
—Sí… bien… estoy.
El tritón no lograba coordinar pensamiento ni palabra; su mente se había fracturado bajo el peso de aquella visión.
—¿Por qué estás en el suelo? Te ayudaré.
Royce alargó la mano hacia su rostro, congelándolo de miedo. Si levantaba la sábana, lo descubriría sentado sobre su cola. Un comienzo maravilloso para un día destinado al desastre.
—¡Oh! No es necesario. Me caí de la cama. Me pasa a menudo. Solo necesito unos minutos para reconectar con el mundo y regresar a la normalidad.
Royce lo observó en silencio. Esta vez, su mirada no se centró en las palabras, sino en el nervioso parpadeo de sus ojos y el rubor encendido en sus mejillas.
Se percató de lo poco que llevaba puesto y de la incomodidad que su presencia generaba en su compañero.
Iba a retirarse cuando un aroma lo detuvo en seco.
—¿Hueles eso?
Alzó la cabeza, olfateando con atención. Dos, tres veces. Hasta que su nariz se dirigió a Deniel.
—No, ¿a qué huele? —preguntó el tritón, aun sabiendo la respuesta.
—A sal y luna. Nunca sentí algo tan tentador.
Dio un paso hacia él, y Deniel, aterrado, apresuró el secado del agua en su cola. Tenía que convertirla en piernas antes de alterar los recuerdos de Royce para salvar su verdad.
—El olor viene de ti —susurró Royce, avanzando otro paso.
El tritón evaporó el agua justo a tiempo, transformando las escamas y la aleta en piernas apenas segundos antes de que Royce le arrebatara las sábanas… y quedara como un tonto al notar que el olor había desaparecido.
Deniel, en cambio, respiró con calma.
—Ya es hora de alistarme —murmuró, incorporándose con tal rapidez que Azura rodó por la cama como un copo azulado.
—¡Llegaré tarde! —repitió en su apresurada carrera hacia el baño, alejándose de su amigo, soltando lentamente los puños a medida que los nervios se deslizaban bajo su piel.
Si Royce no veía la cola…entonces no había ninguna sirena. Su secreto seguiría a salvo. Al menos un día más.
Deniel no terminó su desayuno. Layla y Emmond lo arrastraron hacia el salón antes de que el profesor Ezkel pudiera castigarlo por impuntual. Asher ya estaba allí, firme en su asiento, esperando que el hada tomara el puesto a su lado.
Emmond alzó la mirada por encima de las cabezas inquietas de sus compañeros, localizando a su amigo entre el bullicio. Se abrió paso a empujones, apartando sin piedad a los tontos que bloqueaban el pasillo con sus juegos absurdos.
Deniel, todavía somnoliento, apenas tenía energía para soportar otra tediosa lección de Ezkel. Layla, en cambio, rebosaba alegría, disimulando la sonrisa que se le escapaba mientras se acercaba al caballero.
—¡Qué suerte! Un asiento libre.
La esperanza en el rostro de Asher se desmoronó en una mueca de decepción cuando Gina Dekker —maquillada como si acabara de escapar del circo— se adelantó y ocupó el lugar junto a él, robándole descaradamente el sitio a Layla. Con labios tan rojos como desafiantes, le lanzó una sonrisa triunfal.
Asher giró hacia Layla, implorando perdón con la mirada, pero solo obtuvo de ella una expresión gélida, cargada de reproche. A regañadientes, el hada tomó del brazo al tritón y lo arrastró hasta una fila más atrás, en la hilera central.
Emmond, ajeno al drama, se sentó en la fila contigua. Al volverse para buscar a Deniel, descubrió con sorpresa aquella traición forzada.
Los amigos se miraron, desconcertados. Todos… excepto Asher. Él no disimulaba su incomodidad mientras Gina, con torpes intentos, trataba de arrancarle conversación a base de sonrisas pintadas y comentarios innecesarios.
Las firmes pisadas de Ezkel retumbaron en el salón como campanadas de advertencia, silenciando de inmediato el murmullo de los estudiantes. Su presencia, fría e implacable, se esparció por la sala como una sombra.
—Circulan rumores —dijo, sin mirar a nadie en particular—. Dicen que están listos para comenzar las actividades prácticas de la magia.
Sus ojos, afilados como dagas, se pasearon por los rostros de los involucrados en el incidente del bosque.
—Antes de enfrentar una batalla, es prudente saber contra qué se lucha. Reconocer el tipo de maggium es vital para elegir el hechizo correcto… y no terminar llorando.
La última palabra cayó como una sentencia. Entonces se giró lentamente hacia Lucius, pero su voz, helada como el acero, se dirigió a otra persona.
—Princesa Silla Hopkins de Zonla, ¿puede decirme de dónde proviene el poder de las hadas y cómo podemos enfrentarlas?
Silla se tensó al escuchar su nombre. En la voz de Ezkel no había duda, solo juicio. Supo que negarse sería inútil. Se puso de pie, quieta como una estatua, y su mirada se clavó en Layla como una llama contenida a punto de estallar.
Sus ojos ardían en furia. La pregunta no era una casualidad, sino un castigo.
—Las hadas son maggiums bendecidos por la diosa Essen —pronunció con voz firme pero contenida—. Su poder nace de la naturaleza y del dominio elemental. Para enfrentarlas, hay que usar hechizos no elementales.
—¿Por qué? —Ezkel no parpadeó siquiera.
—Porque el flujo mágico de los benditos por los dioses es más fuerte que el del resto de los maggiums —dijo y bajó la mirada al comprender la magnitud de su error. Uno tan simple… y, sin embargo, imperdonable.
—Siéntate.
De nuevo, el eco afilado de los pasos de Ezkel se impuso en el salón, ahogando cualquier murmullo con su gélida presencia. La amenaza flotaba en el aire, densa y cortante, mientras el profesor avanzaba como un verdugo en busca de su próxima víctima.
—William Corwell —anunció sin emoción—, ¿qué debe tener en cuenta un maggium al enfrentarse a un hechicero especializado en un tipo específico de magia?
El chirrido de la silla de William desgarró el silencio como un alarido.
—Evitar la magia que lo favorezca… o atacarlo con hechizos que se le opongan —respondió, dirigiendo una mirada envenenada a Emmond.
—Jace Conant —dijo Ezkel, apenas girando el rostro—, tú eres un desastre.
Y siguió caminando, como si ni siquiera mereciera su desprecio.
—Lucius —prosiguió, esta vez con pausa—. ¿Por qué hay un vencedor cuando dos oponentes se enfrentan y usan el mismo tipo de magia?
El jinete apretó los puños. Se irguió en su asiento sin disimular su fastidio, pero sin atreverse a mirar al verdadero blanco de esa pregunta. Al culpable de su derrota.
—¡Responde! —bramó Ezkel, golpeando el escritorio con ambos puños.
Lucius alzó la mirada. La rabia le ardía en la garganta, en las manos, bajo la piel. Se obligó a contener el fuego que palpitaba en su interior.
—Porque uno es más fuerte que el otro —escupió.
Su aliento salió en forma de una brisa abrasadora que rozó el rostro del profesor.
Ezkel no retrocedió ni un paso. Lo sostuvo con la mirada, cruel, implacable, como si pudiera descifrarlo con solo mirarlo o destruirlo con una palabra.
Se inclinó hasta quedar muy cerca de él y susurró, como si dictara una sentencia:
—Entonces eres débil.
Lucius bufó y se puso en pie de un salto. El profesor se mantuvo erguido, sin inmutarse.
—Ten mucho cuidado —dijo, con una calma aterradora—. Aquí no eres príncipe. No eres rey. No eres nada.
El muchacho jadeaba. La furia lo consumía y, por un instante, parecía que el dragón en su interior iba a estallar. Sus ojos chisporrotearon. El fuego se agolpó en su garganta.
Pero la sombra de Ezkel… ese poder oscuro y sereno, le heló el alma. Lo quebró.
Y Lucius, reducido a un cachorro, se dejó caer en su asiento sin decir una sola palabra.
—Mucho mejor.
Ezkel se volvió hacia el pizarrón, dispuesto a retomar la lección tras haberles enseñado, a su modo, un poco de cordura y sensatez. Pero, antes de pisar el primer escalón del estrado, una voz detuvo su avance.
—¿Qué tipo de maggium es el más fuerte?
No necesitó voltear para saber quién había hablado.
—¿Para qué deseas saberlo, señor Soyer?
—Solo curiosidad —respondió el tritón, sin titubear.
—¿Qué clase de duda? —insistió Ezkel, sabiendo que algo tramaba.
—Doble bendición —murmuró Deniel, casi como una reflexión—. Las sirenas fueron bendecidas por Syreen, diosa de la Luna, y por Umak, dios de los Océanos. ¿Eso no las convierte en los maggium más poderosos?
—Tan poderosas que ya están extintas —se burló Lucius, dejando que el veneno de su voz empapara el aire.
—Entonces sugieres que los jinetes de dragón son los más poderosos —replicó el profesor con voz suave, aunque sus ojos ya ardían.
La helada presencia de Ezkel se acercó al príncipe de Daavos.
—Controlamos a las bestias más fieras del mundo mágico. ¿Qué más se necesita? —sentenció Lucius, con orgullo en cada sílaba—. Sin mencionar que Daavos eliminó a Selenya.
Las palabras resonaron como cuchillas. Deniel clavó las uñas en el borde de la mesa, aferrándose a la poca cordura que aún no había sido corrompida por la sangre de su linaje.
—Daavos exterminó a las sirenas, sí… pero con ayuda de otros reinos, y con artimañas que distan mucho de ser honradas. Esa parte no puedes olvidarla —intervino Ezkel, arrancando un bufido del joven dragón.
—¿Conoces la historia de Kretax, príncipe Lucius? —preguntó el hechicero, alzando la varita hacia el viejo mapa de Sthevyand que colgaba del techo.