Capítulo 9 #2
—¿Ni siquiera tienes el valor de nombrarlo? —Royce sintió cómo el estómago se le retorcía—. ¿Todo este tiempo no significó nada para ti? ¿Qué soy cuando me miras? ¿Una distracción? ¿Un error? ¿Un monstruo?
—Te has enamorado de mí —replicó ella, endureciendo cada línea de su rostro. Soy la princesa heredera de Zonla. Mi destino es gobernar. A tu lado... no sería nada.
Royce retrocedió un paso. Dolido, humillado.
—Pensé que eras distinta. No una de esas princesitas que se arrastran detrás de cualquier imbécil con corona.
Luego se acercó a su oído, como si sus palabras fueran puñales que debían clavarse de cerca.
—Cuando encuentres a ese bastardo... Me pregunto si alguna noche pasará sin que desees que sea yo quien te toque.
—¡Eres un cerdo, Royce Worrel!
Silla lo vio alejarse, desaparecer entre las sombras, pero su cuerpo no se movió.
Solo la respiración entrecortada la delataba.
Algo dentro de ella se quebró, y no supo por qué.
Gritó. Pateó la pared. Maldijo su nombre con toda la fuerza de sus pulmones.
Pero cuando el grito se apagó, solo una lágrima escapó.
La atrapó con uno de sus delicados dedos, contemplándola como si en aquel fulgor líquido estuviera atrapado todo lo que tanto se aferraba a negar. Entonces, en voz baja, como quien revela un secreto solo al silencio, susurró:
—Nunca entenderás lo que es estar atado a una corona.
Royce irrumpió en la habitación como una tormenta. El portazo retumbó con violencia, sacudiendo las paredes y provocando que Deniel se exaltara. Azura, aterrada, se escondió entre las almohadas como un reflejo instintivo.
Los ojos ambarinos de Royce ardían con una rabia feroz. Resplandecían con un brillo casi salvaje. Caminaba de un lado a otro con pasos largos y erráticos, pateando cualquier objeto que osara interponerse en su camino.
—¿Qué sucede? —preguntó Deniel, acercándose con cautela.
—Nada.
—Vamos, Royce… estoy aquí para ti —insistió el tritón con voz suave.
—¡Estoy bien!
El grito hizo que Azura desapareciera por completo bajo las almohadas.
Deniel quedó inmóvil, debatiéndose entre marcharse o insistir.
Royce, al ver la sombra del disgusto empañar los azules ojos del tritón, bajó la mirada.
Avergonzado, se llevó las manos a la cabeza y entrelazó los dedos tras la nuca como si intentara sofocar su furia.
—Lo siento, no debí hablarte así. Tú no tienes la culpa.
—No pasa nada. Sé que no estás en tu mejor momento —respondió Deniel con calma, sentándose en la cama. Solo lo miró, dándole el espacio para que hablara.
Royce exhaló lentamente, y entonces lo dijo:
—Silla y yo terminamos.
Agotado, se dejó caer sobre el colchón como si su cuerpo ya no pudiera sostener la carga.
—No la conozco mucho, pero tú y ella no tienen nada en común —respondió Deniel con franqueza. Él siempre había sentido cierta desconfianza hacia Silla, especialmente después del incidente en el bosque.
—Dime algo que no sepa —bromeó Royce con amargura—. Para ella solo soy una vergüenza.
—Ella no ve lo que nosotros vemos. No conoce lo que llevas dentro.
Tal vez no soy el mejor consejero en estos temas, pero hay algo que sí sé: la belleza se desvanece con los años, pero lo que llevamos en el alma…
eso es eterno. Si no es capaz de valorar eso, no vale la pena que desperdicies tu tiempo en ella.
Royce lo miró con intensidad, como si aquellas palabras encendieran algo olvidado en su interior.
—Me alegra que al menos tú veas lo que yo no puedo —susurró. Luego desvió la mirada hacia el espejo frente a ellos—. A veces me siento tan perdido. No sé quién soy. No sé si esto que siento es real o solo me aferro a cualquier migaja de afecto.
—No seas tan duro contigo —dijo Deniel, tomándolo por los hombros y girándolo hacia él—.
Has arrastrado tanto dolor, tanta oscuridad, que has olvidado mirar tu presente.
Las relaciones no siempre son bonitas, ni duraderas, pero irremediablemente dejan algo.
Tómalo y sigue adelante. No estás solo. Tienes amigos. Ahora me tienes a mí.
Royce no respondió. Solo lo miró. Se aferró al rostro de Deniel como si necesitara anclar su mundo a algo tangible, algo verdadero.
Lo estudió en silencio, capturando cada detalle: la luz en sus ojos, la suavidad de su gesto, la calidez de su voz.
Y, cuando sus ojos se posaron una vez más en los labios del tritón, un golpe interno lo sacudió.
Un torbellino de culpa, deseo y peligro lo obligó a girar el rostro, buscando refugio en el espejo, fingiendo una tos.
Deniel percibió el cambio. Giró el rostro en dirección contraria, buscando disipar la tensión, deseando que aquellos últimos segundos fuesen borrados de su memoria.
—Deberías… —murmuró.
—Creo… —respondió Royce al mismo tiempo.
Ambos rieron, la incomodidad transformándose en alivio.
—Deberías ducharte —sugirió Deniel, aún con una sonrisa tímida.
—Bonita forma de decirme que apesto —bromeó Royce, poniéndose de pie.
Caminó hacia el baño con la cabeza llena de voces, de rostros, de recuerdos. Pensaba en Silla. En lo que había perdido. En lo que aún no comprendía. Y pensaba, sobre todo, en Deniel.
Se detuvo en el umbral del baño, lo miró una vez más y sin esperar respuesta, solo dijo:
—Gracias.
Y desapareció tras la puerta.
La noche transcurrió en una quietud casi reverencial: ningún monstruo ni lunático merodeó para cazarlos, y el único sonido fue el ronroneo de Azura en su nido.
Cuando el cielo se tiñó de un rosa tenue, anunciando el amanecer, los primeros rayos de sol rozaron al tritón como dedos tibios.
Con la mirada aún velada de sueño, tanteó la habitación en busca de Royce.
El arrullo del agua en la ducha le reveló su paradero y, por un instante fugaz, una imagen lasciva se dibujó en su mente; la desterró al momento, encendido de pudor.
Decidió levantarse antes de que se le hiciera tarde.
La primera clase del día era Philomagia; según Emmond, aun bajo la férula del hosco Ezkel, era la llave de todo hechicero que aspirase a respeto.
Pero el rito matutino se quebró de golpe: un mordisco glacial le atravesó los pies.
Bajó la vista y descubrió, junto a la cama, un balde de agua.
El pánico se apoderó de él cuando oyó la voz de Royce filtrarse desde el baño, justo cuando sus piernas mutaban en su cola blanca.
Cualquier intento de equilibrio fue vano; se precipitó al suelo y quedó frente a una pequeña nota, empapada por las salpicaduras: “Conozco tu secreto”.
La frase se le clavó como un estilete. No bastaba con un lunático escupefuego y un maestro irascible: ahora alguien conocía su secreto.
El rugido de la ducha se apagó. Las alarmas detonaron en su mente.
Cada paso de Royce reverberaba como el andar de un gigante, y un nudo le obstruyó la garganta mientras buscaba, desesperado, una salida.
El pomo giró; una exhalación de vapor se escurrió por la rendija, anunciando el cuerpo semidesnudo de Royce.
—¿Qué sucede, Deniel?