Capítulo 9
“Todos podemos sentir amor… pero no todos tenemos el valor de amar”.
El Gran Salón se convirtió en una corte.
Lucius le rompió el récord a William, quien el año anterior fue llevado ante el jurado de profesores en la segunda semana de clases.
Celeste, con postura implacable, presidía el juicio de la pequeña guerra vespertina que, por fortuna, no dejó muertos; aunque sí causó varios heridos en ambos bandos.
“Aquel acto no podía pasarse por alto, aunque el hijo del despreciado rey estuviera involucrado. Eran señales claras de que ese bastardo sería un tirano como su padre. Afortunadamente, no heredó ni su intelecto ni su fuerza”, pensó Celeste mientras lo contemplaba con una mirada severa.
Intentando esconder todo el desprecio que sentía por él y su padre.
Los presentes guardaban silencio ante la anciana. Todos la observaban apretar el cetro en una clara advertencia contra los molestos gritos de Lucius.
—¡Él comenzó todo! ¡Fue quien atacó primero!
—¡Sí, lo hice! y lo haré cuantas veces tenga la oportunidad —la rabia de Roger cortó el aire como una daga.
—¡Lo escuchan! No es más que una bestia —acusó Lucius.
Celeste golpeó el suelo con el cetro. El estruendo liberó una onda de energía tan poderosa que incluso los profesores más experimentados sintieron retorcerse sus entrañas.
—¡Basta! Quiero una respuesta clara —la inquisidora mirada de la hechicera robó el habla a todos—. Roger, ¿qué sucedió exactamente? No es propio de ti comportarte de esta manera.
El gigante apretó los puños, conteniendo el odio que avasallaba su cuerpo.
—Esta mañana recibí la noticia de que mi familia…
—Roger se detuvo. Las palabras se le apelotonaban en la garganta, impidiéndole respirar.
Sus ojos, transformados en un refulgente mar, marcaban el suelo con gotas de cólera— fue asesinada.
Reducida a cenizas por los dragones. La nota decía que Bahel entregó el trono de Chrystole a mi tía con la orden de matarme si regreso.
Roger dirigió su oscura mirada a Lucius, anhelando aplastar el cráneo del infeliz a patadas.
—Este monstruo no perdió la oportunidad de burlarse. No permitiré que deshonre a mi familia. Solo me arrepiento de no haberlo matado.
—No digas algo de lo que puedas arrepentirte, Roger —lo reprendió la anciana.
—Lo mejor que puede sucederle a las Tierras de Acero es que mi padre las conquiste.
—¡Cierra la boca! —gritó Celeste—. No quería tomar esta medida, pero, dadas las circunstancias y el peligro que representas para la escuela, notificaré a tu padre. Tu dragona quedará confinada en las mazmorras del coliseo. Tienes prohibido visitarla hasta nuevo aviso.
—¡No puede hacer eso! ¡No puede darme órdenes! ¡Soy un príncipe! ¡El príncipe heredero de Daavos! —ladró Lucius, furioso. Desesperado por verse despojado de su poderío.
—Te advertí que no difamaras sobre el futuro de la princesa Amarys. La única reina de los dragones. No eres nadie para autoproclamarte un título que, a todas luces, te queda grande.
La rudeza en las palabras de Celeste obligó a Lucius a tragarse su propio veneno.
La ferocidad en su mirada taladró el cuerpo del jinete, calando su alma.
Atándolo con tortuosas cadenas al bochorno de un silencio que lo desnudaba frente a todos.
La anciana se giró hacia los presentes, y paseó la mirada sobre los profesores.
No le importaba la opinión de ninguno de ellos; no buscaba aprobación ni respaldo.
En ella recaía el poder de proteger la escuela, y haría todo lo posible por evitar que otro tirano manchara el honor de Eldryan.
—Por lo ocurrido esta tarde, todos quedan castigados. Señor Roger, cuando su pandilla se recupere, se unirán a Deniel, Layla, Emmond y Asher; tendrán un mes de castigo ayudando en los quehaceres del castillo. Royce Worrel se encargará de guiarlos. Doblará sus turnos para acompañarlos.
»Las quemaduras de la princesa Silla, por suerte, se recuperarán con pociones y hechizos de curación. Ella y sus camaradas, excepto el príncipe Lucius, se encargarán del cuidado de las mazmorras y los establos.
Celeste enfocó su mirada en los resentidos ojos de Jace.
—El año pasado tomé la decisión de transferirte de escuela. No hagas que me arrepienta y te despoje de tus títulos y armas para siempre. Sabes que puedo hacer eso y mucho más.
»En cuanto a ti, príncipe de Daavos, quedarás confinado a trabajar en nuestras cosechas. Y, fuera de tus horarios de clase y laborales, permanecerás encerrado en tu cuarto hasta nuevo aviso.
—¡No es justo! —protestó Lucius.
—Si fuera justa, hace tiempo no estarías en esta escuela.
Las frías palabras de la anciana petrificaron a todos.
Pocas personas se atrevían a enfrentar a alguien de la familia real de los dragones.
La ira del rey Bahel era bien conocida por todos, pero ella sabía que él no se atrevería a ir en su contra.
Mucho menos de llamar la atención de los reinos que la favorecían.
—Todos pueden retirarse. Todos… excepto tú, Deniel Soyer.
Deniel apenas se despidió de sus amigos con una fugaz mirada; sabía que un nuevo regaño venía en camino. Se acercó al primer escalón del estrado, encontrándose con Celeste y delineando la vergonzosa culpa en su rostro.
—Juro que no inicié esta pelea. Cuando llegué, Lucius los estaba masacrando.
—Lo sé. Theodor me lo contó todo. Salvaste tu secreto —el férreo rostro de la anciana dejó ver un leve esbozo de satisfacción.
—¿No estás molesta? —preguntó Deniel atónito.
—Sí, lo estoy. Aunque… un poco orgullosa también. A pesar de las dificultades, supiste utilizar sabiamente tus poderes. Estás mejorando.
La sonrisa que nació en los labios de Deniel expresó gratitud y confianza, pero antes de darse cuenta, la duda lo devoró.
—Cuando estuve en el agua sentí algo extraño. Como si el mar me estuviera protegiendo. ¿Puede ser eso posible?
—Vives en un mundo mágico, ¿de verdad crees que hay algo imposible?
—Celeste descendió del estrado y lo tomó por los hombros, guiándolo hasta una banca cercana—.
Las sirenas y los tritones son maggiums protegidos por las aguas.
Según los eruditos e historiadores de Sthevyand, han existido maggiums especiales que recibieron asombrosas bendiciones de los dioses. Extrañas y únicas.
—¿Eso quiere decir que soy especial como la guardiana Seleen?
—Ella fue la guardiana más poderosa de todos. Sin embargo, no era su poder lo que la hacía especial. Sin importar las circunstancias, supo mantener su corazón abierto a quienes la necesitaban. Nunca perdió su esencia. Eso fue lo que la hizo tan valiosa para el mundo mágico.
Celeste alzó la vista hacia el ventanal tras el estrado, posando sus pupilas en el vívido dibujo de la guardiana. Imaginaba lo que sentía Deniel al desear conocerla.
—¿Cómo te sentiste de vuelta al océano?
—La verdad, no tuve tiempo de disfrutarlo. Entre el ataque de Garvax y el temor a que me descubrieran… —hizo una pausa—. Deseo volver. Necesito regresar —suplicó.
—La Casa Syren te agradará. Dicen que sus aguas se comunican con el océano —lo animó Celeste.
—Pero… está prohibida.
A Deniel le resultaba confuso. La misma persona que abogaba por el cumplimiento de las reglas ahora lo alentaba a romperlas.
—No para un tritón.
El guiño que la anciana le dedicó fue suficiente para que él captara la indirecta. El camino estaba libre hacia su mundo; al menos no se sentiría tan fuera de lugar mientras estuviera sumergido en las aguas del vasto océano, libre de todas las preocupaciones y ataduras terrestres.
Con el fin del juicio, el orden regresaba a Eldryand. Sin embargo, mientras la paz se restablecía entre los muros de la escuela, en las Tierras de Acero la guerra alzaba su grito. Uno que no se pronunciaba con palabras, sino con sangre.
El rey Odrell había convocado a sus generales a un consejo de guerra tras la caída de Puntadiamante. Pero fue su reggin quien irrumpió en la sala del trono, gritando como un demente, para anunciar la noticia que haría tambalear aún más los cimientos del reino:
—Puerto Pietra ha caído.
La tragedia comprometía el comercio, las rutas de provisiones y toda esperanza de sostener la guerra.
—Alteza, sugiero aliarnos con alguno de los enemigos de Daavos. Recibimos informes de que el rey Bahel colabora con los magos de Tartharos. Es una batalla desigual —advirtió el consejero.
—No necesitamos la ayuda de ningún otro reino.
Tenemos armas capaces de derribar a sus dragones, y, si los magos están con ellos…
nuestros gigantes los aplastarán. ¡Preparaos para la guerra!
Ha llegado la hora de hacer que el martillo estremezca la tierra y que los lanzarrotes de acero y diamantes derriben los cielos.
Los himnos de guerra se elevaron por los muros del Castillo de Hierro, como ecos de furia ancestral. Las campanas retumbaron. Y los halcones emprendieron el vuelo, llevando a cada ciudad del reino un único mensaje: trasladar las tropas hacia el oeste. Rumbo a la batalla contra los dragones.
Mientras los gritos en las Tierras de Acero eran eco de la injusta guerra iniciada por Daavos, en uno de los pasillos más remotos de Eldryan, Royce y Silla libraban su propia batalla.
El recuerdo del encuentro en el bosque aún los abrasaba.
La tensión, la vergüenza, el miedo… todo flotaba entre ellos como una nube venenosa.
A Silla la atormentaba una sola idea: que Lucius descubriera lo que había entre ella y el sirviente.
Pero lo que realmente la paralizaba era imaginar la mirada de su padre.
Sabía lo que haría. Le arrebataría el título. Le arrebataría su futuro.
Royce, en cambio, se sentía como si el mundo se le desmoronara desde adentro. Sus planes, sus promesas, sus ambiciones... todo se le escurría como agua entre los dedos.
—¿Qué quieres decir con que hemos terminado?
—Lo que has escuchado. Es hora de ponerle fin a esto —dijo Silla, con la voz tan fría que ni el fuego del bosque podría haberla calentado.