Corona de Sal y Luna Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

El fuego de un dragón no se detendría con una piedra.

Pero Layla tenía otra idea en mente. Recurrió a su don ancestral, convirtió la roca en un diamante gigantesco, claro y brillante como las vidas que defendía.

La llama lo golpeó con fuerza. Y ella cayó de rodillas.

No por debilidad, sino por la entrega total de su magia.

Sus manos temblaban en tanto reparaba cada grieta que nacía en el cristal con la desesperación de quien no teme morir si eso significaba proteger a los suyos.

Asher se arrodilló tras ella, rodeó su cintura, y la sostuvo con firmeza. No la dejaría caer. No ahora.

La combustión cesó de golpe y la sombra viviente se desvaneció entre las nubes. Y en su lugar solamente quedó un silencio roto por el crujido de la madera quemándose. Royce se asomó fuera del cristal. El bosque ardía. A su alrededor, la tierra era un lecho de cenizas. Y el aire… apestaba a muerte.

—Debemos seguir —murmuró, con voz seca.

Al llegar a la playa no había señales de la criatura.

Asher alzó la vista, escudriñando el cielo antes de abandonar la protección de los árboles y echar a correr hacia la entrada del castillo.

La arena les golpeaba la ropa en una carrera contrarreloj impulsada por ideales que ahora parecían inútiles.

Ya no eran héroes… eran víctimas, y no quedaba esperanza alguna de que alguien acudiera en su rescate.

La pureza de la arena se manchó de sombras cuando una silueta descendió en picada desde lo alto. Las llamas de Garvax surcaron el aire y desgarraron al grupo, separando a Layla, Asher y Emmond de Royce y Deniel.

La bestia aterrizó con furia, levantando una nube de polvo bajo sus garras, y clavó sus ojos carmesíes en los jóvenes que aún se atrevían a sostenerle la mirada.

Olfateó el aire, dividiendo los aromas con precisión hasta enfocar a su presa.

En sus pupilas, la máscara de Royce brilló como un recuerdo.

Pero el joven no retrocedió. Se mantuvo frente a Deniel, dispuesto a interponerse.

Le debía la vida y no pensaba olvidarlo.

—¿Qué estás haciendo? No viene por ti. Márchate, la distraeré.

Deniel sentía el miedo erizándole la piel, pero también sabía que su amigo estaba en desventaja al no poder utilizar magia.

—No te dejaré solo —Royce abrió los brazos ante Garvax—. Espero que te atragantes con mis huesos.

—¡Mátalos, Garvax! —bramó Lucius—. ¡Hazlo! —insistió, al ver la duda en los ojos de su dragona.

El rugido de la criatura sacudió la playa. Su cola escamosa, coronada de púas, se lanzó como un yunque hacia los dos muchachos.

—¡Cuidado! —Royce empujó a Deniel a un lado.

El impacto fue un cataclismo. Incluso Emmond y Layla cayeron, derribados sobre Asher.

Royce y Deniel rodaron por la arena, intentando ganar distancia.

Al levantarse, el tritón empuñó su varita, mientras Royce pasaba la daga de una mano a otra, haciendo brillar el filo en las pupilas encendidas de la vieja dragona.

Garvax recogió la cola y desvió la atención del chico enmascarado.

Poco podía hacerle con un cuchillo. Con pasos firmes y devastadores, la criatura avanzó hacia Deniel, acorralándolo contra el mar.

El tritón retrocedía al ritmo que marcaban las garras de la bestia, tratando de elegir un hechizo, pero sin reparar en el suelo bajo sus pies.

No notó la arena húmeda, ni la ola espumosa que le trepó por los tobillos.

El contacto con el agua encendió una alarma en su mente: si no entraba al mar, su cola sería revelada… y en tierra, no tendría escapatoria.

El joven tritón corrió con energía hacia las saladas aguas, abriéndose paso entre las olas hasta que la profundidad le permitió sumergirse por completo.

Garvax intentó detenerlo lanzando su aliento ardiente, pero no logró alcanzarlo.

Cuando las llamas se extinguieron, Layla corrió hacia la orilla, explorando desesperadamente con la mirada la superficie del mar en busca de Deniel.

Segundos después, el tritón asomó la cabeza fuera del agua, y de inmediato atrajo la aguda mirada de la vieja dragona. Garvax se elevó con dos aleteos y, con un solo rugido, liberó una tormenta de llamas negras sobre el océano, justo donde Deniel se sumergía.

Royce cayó de rodillas, las manos apretadas contra la cabeza.

Sabía, por experiencia, que a esa distancia ni el mejor nadador sobreviviría al calor.

Bastaban segundos para que el agua se convirtiera en caldero.

Layla se aferró a Asher buscando consuelo, mientras Emmond quedaba inmóvil, petrificado ante la crueldad despiadada de la criatura.

A sus espaldas, resonaron carcajadas enfermizas: risas de un lunático miserable, regocijándose en el sufrimiento ajeno.

Lucius danzaba de alegría en la orilla. Bajo la superficie, Deniel sintió la corriente cambiar de golpe, envolviéndolo como un escudo líquido.

La temperatura descendía con violencia, en una brutal lucha de elementos.

Era como si el mismísimo Umak, dios de los mares, hubiese extendido su mano para protegerlo de una muerte abrasadora.

Asombrado, escudriñó su entorno, ignorando los peces que huían del agua hirviente y las corrientes que se arremolinaban de forma antinatural. Alguien lo estaba ayudando, pero ¿quién?, ¿y desde dónde? Aquella magia se sentía cerca. Demasiado cerca. Tan familiar… como si emanara de otra sirena.

Olvidando que, para sus amigos y para la molesta criatura que lo cazaba, no era más que un hechicero con pulmones humanos, se lanzó a explorar. Nadó en círculos entre algas y corales, buscando cualquier indicio de un pez con rostro humano.

Arriba, Garvax tomó un respiro. Necesitaba oxígeno para avivar su siguiente ráfaga. Enfurecida por no encontrar a su presa, desató su ira lanzando fuego en todas direcciones, como si pretendiera evaporar el mar con su furia.

—¿Qué sucede? —preguntó Theodor, horrorizado al ver a la criatura encolerizada.

—Es Lucius. Le ordenó a su dragón matar a Deniel —respondió Layla.

Al ver al profesor, el miedo se disipó, aunque solo un poco. Alguien debía ponerle fin a aquella locura.

—¡Lucius, detente ahora mismo! —exigió Theodor. Su voz estaba lejos de sus acostumbradas palabras amables. Aún más severa fue la mirada acusadora de Azura, posada con firmeza sobre sus hombros.

—¡Búscalo, Garvax! ¡Búscalo y mátalo! —vociferaba Lucius, embriagado por el espectáculo, sin preocuparse por la presencia del profesor.

No descansaría hasta ver muerto al chico nuevo. Después, su padre lo protegería, como siempre. Ni Theodor ni Celeste tendrían poder suficiente contra la palabra de un rey.

Temiendo lo peor, Theodor liberó su magia.

Invocó tentáculos de agua que se enroscaron con fuerza alrededor de la cabeza de la dragona, cerrándole la boca y arrastrándola hacia el mar.

Garvax se resistió, negándose a ceder. Pero él no era un hechicero cualquiera: había sido discípulo de Celeste, y entre todos los que habían entrenado bajo su guía, ninguno había demostrado un dominio tan sólido como el suyo.

Aunque su poder no se comparaba al de ella, era lo suficientemente formidable como para doblegar a una criatura legendaria como Garvax.

Con un simple ademán, Theodor hizo que los tentáculos vertieran agua por las fosas nasales de la bestia.

El líquido descendió hasta los pulmones.

La criatura sintió el frío aliento de la muerte colarse en su interior, sofocando su aliento con una lentitud cruel.

Desesperada, giró la mirada hacia su amo y encontró solo desprecio.

—¡Libérate, estúpido animal! ¡Vamos! —los gritos de Lucius se ahogaron en la impotencia. La mente de la dragona ya estaba dominada por el miedo.

—Detenla o lo haré yo —ordenó Theodor con tono áspero.

Lucius vaciló. Sentía la agonía de su bestia, pero no le importaba.

Siempre podía regresar a Daavos y vincularse con otro dragón si ella moría.

El domo estaba repleto, y tal vez su padre le permitiría domar a Xerex…

el demonio dorado que devoraba a todo jinete que se atreviera a acercarse.

Pero Garvax era más antigua incluso que Draxo.

Si la dejaba morir, Bahel no lo perdonaría tan fácilmente.

Apretando los puños, le ordenó regresar a su lado. La bestia retrocedió, alejándose del agua y del encantamiento de Theodor.

—¿Dónde está Deniel? —preguntó el profesor inspeccionando los rostros uno por uno.

—¡Estoy aquí! —gritó el tritón, saliendo de detrás de un montón de rocas.

—¡Deniel! —gritaron todos, corriendo hacia él.

—¿Cómo escapaste de las llamas? —preguntó Asher.

—Me sumergí bajo el agua y nadé —mintió.

—Garvax sostuvo su llama durante dos minutos —murmuró Royce, repasando el trayecto con la mirada.

—Utilicé magia —alegó Deniel, deseando que no vinieran más preguntas. Se estaba quedando sin argumentos.

—El dominio de tus hechizos es asombroso, Deniel. Celeste no se equivocó al decir que tenías mucho talento —destacó Theodor.

Deniel se ruborizó.

—Vayamos adentro y analicemos lo que acaba de ocurrir. Esta vez, ni tu padre podrá salvarte, Lucius. Lo que has hecho va mucho más allá de tus malcriadeces —concluyó Theodor.