Capítulo 8
“Las cadenas que el hombre impone a una bestia no la doman… la corrompen. Porque, al final, no es la fuerza lo que contamina, sino el alma que ordena”.
Las llamas devoraban el bosque bajo el comando de Lucius, quien lanzaba ataque tras ataque contra Deniel, dejándole apenas el aliento justo para alzar sus defensas.
El fuego rugía con furia descomunal, haciendo crepitar los árboles en un presagio funesto del sonido que harían los huesos del tritón cuando el calor los quebrara.
Esa furia que alimentaba las llamas no era más que el reflejo de un alma herida, encendida por las socarronas sonrisas que lo recibieron esa mañana, talladas con cinismo en los rostros hipócritas de los jinetes de la Casa del Dragón.
“Todos murmuran a mis espaldas desde que ese malnacido se atrevió a humillarme. Son unos desagradecidos de mierda. Después de todo lo que mi padre ha sacrificado por mantenerlos en Eldryan, después de todo lo que yo mismo hago por protegerlos en esta maldita escuela. Quiero matarlos, uno a uno”.
Pero sabía que su padre aún los necesitaba como peones en el tablero de guerra.
Ya llegaría el día en que pudiera regocijarse leyendo sus nombres en la lista de los caídos.
Por ahora, debía ocuparse de limpiar su nombre.
Acabar con Deniel era su única opción. No podía darse el lujo de caer derrotado; no podía verse débil, ni accesible.
Si permitía que eso sucediera, sembraría rebelión.
Y él no estaba hecho para inspirar compasión. Estaba hecho para gobernar con miedo.
—Terminemos lo que empezamos anoche.
— ¡Magna Sphaera! —rugió Deniel.
Lucius esquivó el ensalmo y se ocultó tras una roca.
Su burla vibró en los oídos del tritón como una campana maldita, recordándole que seguía atrapado bajo el yugo de la varita Inarik.
Seguía en desventaja frente a cualquier maggium, forzado a fingir, obligado a contenerse, a renunciar a casi todo lo que era.
Las llamas lo cercaban. Un círculo ardiente se cerraba sobre él con cada respiración, abrasándole los pulmones con una brisa cargada de fuego.
El calor reptaba por el suelo como un animal hambriento, trepando hasta su capa, chamuscando el uniforme, anunciándole que sería el siguiente. Tenía que moverse. Tenía que resistir.
Alzó la varita y conjuró un escudo, desesperado por ganar tiempo. Su respiración entrecortada se volvió un gruñido de furia. Pateó una roca frente a él, una señal clara de que su paciencia se había consumido como la leña en un horno.
Entonces lo vio. El rostro arrogante y complacido de Lucius, encendiendo la chispa final. Y por la grieta que se abrió en su alma… se filtró un destello oscuro. El lado prohibido de las sirenas.
—¿Quieres jugar con fuego? Entonces… arderás en el infierno.
Sin vacilar, Deniel se rindió ante el tentador poder que anegaba su cuerpo. No había vuelta atrás: lo vencería en su propio terreno, con sus propias armas.
La noche anterior, durante el primer combate, algo dentro de él se había activado. Al manipular las llamas del jinete, sintió que podía avivarlas y volverlas en su contra. Ahora lo comprobaría.
Evocó el hechizo de William Corwel. No pensó. Solo obedeció a su instinto.
— ¡Flamma Serpens!
Un reptil ígneo emergió desde el suelo, avanzando con fiereza hasta enroscarse en torno a Lucius. Su lengua flameante danzaba inquieta mientras lo rodeaba con un abrazo azul incandescente.
Lucius sonrió, arrogante. Aplaudió con fuerza y bastó para que la criatura estallara en mil fragmentos luminosos, como si se tratara de fuegos artificiales.
—No lograrás derrotarme con fuego.
—No… pero haré que supliques por tu miserable vida.
— ¡Flamma Typhon!
Las chispas que cubrían al jinete se alzaron, agitadas por el conjuro. Giraron en espiral, veloces y feroces, hasta formar un torbellino azul que devoró su piel. Lucius gritó desesperado mientras el bosque entero contuvo el aliento.
Las flamas se alimentaban del impulso mágico de Deniel, creciendo sin límite, trepando por las copas más altas, saturando el aire de furia volcánica.
—¡Deniel! —gritó Royce.
—¡Lo estás matando! —advirtió Layla aterrada.
—¡Basta! —gruñeron Emmond y Asher al unísono.
—Debería rostizarlo por… —pero no terminó. Si lo hacía, su secreto se revelaría. Por más que ansiara escupirle todo el odio que lo consumía por dentro, no podía. No en ese momento. Y tampoco quería convertirse en un asesino.
Cerró el puño, quebrando el flujo mágico. El fuego se disipó, liberando el cuerpo maltratado de Lucius.
—¿Crees que está muerto? —Layla dio un paso al frente, pero Asher la sostuvo del brazo.
Ella lo miró, inquieta, y luego desvió la vista hacia el cuerpo humeante.
—No morirá. Su vínculo con la dragona lo protege de los ataques de fuego —aclaró Royce.
—¿Todos los jinetes son así? —preguntó Layla en voz baja.
—Al igual que el resto de los maggiums, unos son más fuertes que otros. Pero, en el caso de los jinetes, todo depende del dragón al que se vinculen.
Antes de que Deniel pudiera pronunciar una sola palabra, todas las miradas se dirigieron al cuerpo de Lucius.
La piel enrojecida comenzaba a desvanecerse, devorada por la blancura habitual, como si el fuego jamás la hubiera tocado.
Como si la batalla no hubiese existido. Solo quedaba el uniforme chamuscado, la única prueba de lo que allí había ocurrido.
Lucius alzó la cabeza lentamente, y sus ojos se clavaron en Deniel con un odio ciego.
No le importaban los demás. Solo el tritón.
El fuego dragón despertó en lo más profundo de sus entrañas, avivando la bestia que dormía en su alma.
Su transformación fue instantánea. Los ojos se tiñeron de un negro absoluto, y venas oscuras, gruesas y serpenteantes como gusanos, se expandieron bajo su piel escamosa, reviviendo el aspecto abominable de aquella noche.
Lucius se alzó, siniestro, como una sombra deformada por la luz del sol.
—Me aseguraré de no dejar ni tus huesos. ¡Garvax!
—¡Roger, larguémonos de aquí! —gritó uno de los gigantes.
Deniel no alcanzó a reaccionar cuando vio a los gigantes que rodeaban el lugar entrar en pánico.
Se llevaron a los heridos y huyeron en estampida, como bestias salvajes.
Sus voces temblorosas repetían un solo nombre, mientras elevaban al cielo sus miradas como si esperaran la caída del juicio final.
—¿Qué sucede?
—Lucius llamó a su dragona —la voz de Royce se tornnó sombría.
—¡Regresemos al castillo! —ordenó Asher sin titubeos.
Sabía lo que vendría. Había enfrentado dragones jóvenes antes, y siempre necesitó ayuda para vencerlos. Contra esas criaturas, la fuerza era inútil. Solo la inteligencia podía mantenerlos con vida.
Debían retirarse, ocultarse bajo los árboles, moverse en sigilo o morirían.
—¡Corran como corderos! ¡No llegarán lejos! —la risa desquiciada de Lucius se hizo eco en el bosque, persiguiendo a sus presas como un fantasma.
Siguiendo los senderos que Asher marcaba, lograron divisar a lo lejos el manto azul que abrazaba la isla, sin imaginar lo cerca que estaban del infierno.
La playa era abierta, vulnerable al fuego dragón. Pero el bosque… El bosque era un laberinto viviente, habitado por bestias que no toleraban intrusos, y por dragones que dormían en las cuevas, aguardando el llamado de sus jinetes.
Es cierto que un dragón vinculado no obedecería a otro jinete que no fuese el suyo, pero nadie tenía la menor intención de comprobar cuán leal era la jerarquía entre ellos, porque Garvax, la vieja dragona, era su líder. Y con solo su nombre, bastaba para desatar el caos.
Entonces ocurrió. El rugido descendió del cielo como un trueno.
Un aleteo monstruoso sacudió las copas de los árboles.
La sombra de la dragona se extendió sobre ellos, robando toda luz, devorando el sol entre sus alas.
El aire cambió: el oxígeno fue sustituido por azufre, la temperatura se disparó.
Y todos supieron que el fuego estaba cerca.
Royce, sintiendo el aliento ardiente en su nuca, se giró justo a tiempo para ver la cascada de llamas negras azotar el bosque.
—¡No se detengan!
—¡No llegaremos a tiempo! —exclamó Asher, haciendo cálculos en su mente.
En todos los escenarios, a menos que hicieran algo rápido, terminarían reducidos a cenizas.
—¡Deténganse cuando lo diga y no se separen! —ordenó Layla, con una firmeza que cortó el aire.
—¡Estás loca! —Emmond dudaba que existiera hechizo capaz de frenar a aquella criatura. Incluso él, con todo su poder, sabía que no podría resistir el vendaval de llamas que los perseguía.
—¡Solo confía en mí!
El fuego estaba casi encima. El calor les abrazaba la espalda, colándose por la ropa, por la piel, por el alma. Layla miró atrás, midiendo el tiempo con la precisión de una sentencia.
—¡Ahora! —gritó.
Se detuvieron en seco, apretujándose tras ella, como si pudieran fundirse unos con otros y desaparecer. Rezaron. A la tierra, al viento, a la magia. A lo que fuera capaz de convertir la locura de Layla en su salvación.
Ella sintió el peso de todos sobre sus hombros. El filo de la muerte rozándole el cuello. Y, aun así, cerró los ojos, desplegó su magia, y elevó las manos al cielo.
La tierra tembló. Una roca emergió como una montaña, alzándose tres metros sobre ellos justo cuando el aliento de Garvax los alcanzó.
El calor la golpeó como una ola brutal, sacudiendo su cuerpo, obligándola a sostener una muralla que comenzaba a agrietarse con cada segundo. Sabía que no sería suficiente.