Capítulo 7 #3
Silla observó el cuerpo adolorido de Layla.
El uniforme estaba rasgado, dejando al descubierto un moretón oscuro donde el conjuro había rozado su piel.
La respiración entrecortada del hada la calmaba en cierto modo.
Estaba a un paso de la victoria, solo necesitaba un golpe más.
Un ensalmo lo bastante poderoso para derribarla de una vez por todas.
—No tendrás que preocuparte por tus alas. No dejaré lugar para que crezcan. ¡Gehennae Fulgor!
El destello rojo invocado por Silla se transformó en un mar de llamas que devoraba cuanto árbol encontraba a su paso, derritiendo las rocas mientras cercaba a Layla en un espacio cada vez más estrecho.
La hechicera estalló en carcajadas cuando el fuego envolvió a su rival.
Bastaron unos segundos de risa para saborear la victoria, convencida de que el hada quedaría fundida en la tierra.
Pero, entonces, su rostro se ensombreció al ver cómo el fuego se comprimía en una pequeña esfera, suspendida sobre la palma del hada.
—¿Magia elemental? ¿En serio? —Layla alzó una ceja con autoridad antes de golpear la esfera.
Silla se quedó inmóvil al verla desaparecer frente a sus ojos y materializarse a apenas un metro de distancia.
—Quiero ver cómo lo intentas.
Como si sus palabras fueran un gatillo, el encantamiento estalló.
Silla intentó conjurar una defensa, pero no logró completar el hechizo.
La energía desatada por las llamas la arrojó por los aires.
Con el cuerpo maltrecho y el uniforme reducido a jirones, logró aferrarse a un árbol.
Respiraba hondo, luchando por no perder el conocimiento a causa del dolor de las quemaduras.
—Acabaré contigo. Juro que lo haré. ¡Nebula!
El aire del bosque se tornó húmedo, salado, pegajoso.
Como si estuvieran atrapadas en medio del océano.
Una neblina grisácea avanzó hacia Layla, cubriéndola por completo hasta bloquearle la vista.
Apenas distinguía sus propias manos. Solo oía las burlas de Silla, flotando como ecos enfermizos dentro de la nube.
—¿Qué harás ahora, hadita? No puedes verme, pero yo a ti sí.
— ¡Potentia Impulsum! ¡Magna Sphaera! ¡Defectio!
Hechizo tras hechizo, grito tras grito. La desesperación de Silla se transformaba en una furia desatada que amenazaba con sepultar al hada bajo aquella espesa niebla.
Los ataques brotaban desde distintos puntos.
Layla no podía ver a su oponente, pero rastreaba el flujo mágico, esquivaba a duras penas cada conjuro.
Imitándola, lanzó esferas en todas direcciones, deseando golpear el cuerpo oculto tras aquella risa demente.
—¿Cansada, princesa? —otra vez, esa maldita carcajada.
Layla cerró los ojos y se fundió con el bosque. Escuchó el susurro de los árboles, dentro y fuera de la neblina. Aceptó cada palabra que el viento le murmuró al oído.
— ¡Dormiens Silva! —siseó con tono agudo.
Entonces, la ancestral magia de las hadas se desató.
Los árboles cobraron nueva vitalidad; sus ramas se agitaron con voluntad propia, arremolinando las hojas en voces susurrantes que danzaban entre el follaje.
La tierra se estremeció. Las raíces se deslizaron bajo la superficie con movimientos serpenteantes, como depredadores en busca de su presa.
En cuestión de segundos, el murmullo del bosque fue reemplazado por chillidos y maldiciones. Silla quedó atrapada entre raíces y lianas, inmovilizada. Incapaz de alimentar su hechizo, vio cómo la niebla era arrastrada de golpe por el viento.
Layla esbozó una sonrisa. Se acercó con paso firme a su rival, sosteniéndole la mirada.
—Es momento de ponerte el bozal, zorra.
El triunfo del hada disipó la tensión en el cuerpo de Asher.
Aunque su atención seguía centrada en Jace, no podía evitar vigilar cada movimiento de Layla, preparado para intervenir si era necesario.
Ver a la bruja silenciada por una raíz le arrancó una mueca de alivio.
Un poco de suciedad no importaba. Silla siempre había sido una chica de palabras vulgares.
Libre de preocupaciones, Asher ajustó su postura. Apretó la empuñadura de su espada, canalizando toda su fuerza, su ira y su confianza en el filo resplandeciente.
—¿Qué significa esa sonrisa?
Jace lo sintió antes de entenderlo. Algo había cambiado. La risa sin sentido, los músculos tensos bajo la ropa, el poder vibrando en la hoja. Asher ya no era un joven disperso. Era un depredador.
Se lanzó con una velocidad sobrehumana, desprendiendo la tierra bajo sus pisadas.
El golpe fue brutal, imposible de esquivar.
Jace apenas logró interponer su arma o habría terminado partido en dos.
El impacto le borró toda expresión del rostro, dejándolo pálido, con la garganta seca y un sabor metálico en la boca.
Desorientado, se impulsó hacia atrás para ganar distancia, lanzando tres dagas como contraataque.
Asher giró en el aire con un salto mortal, esquivándolas con agilidad felina. Las hojas siguieron su curso hasta clavarse en el tronco de un árbol. Sin darle respiro, activó el poder oculto en las gemas de su espada. Del filo brotó un corte de energía implacable.
Jace intentó bloquearlo, pero terminó incrustado contra una roca por la fuerza del impacto.
Cayó al suelo, aturdido. La descarga le recorrió el cuerpo, adormeciendo cada músculo, arrebatándole el control.
Cuando alzó la cabeza con movimientos erráticos, lo primero que vio fue una figura borrosa acercándose entre las sombras.
—Se acabó el juego —susurró Asher.
Y lo golpeó con el pomo de la espada dejándolo inconsciente sobre un lecho de hojas y ramas secas.