Capítulo 7 #2
—Cuidado con lo que dices, bruja —Asher alzó su espada en una clara advertencia.
—¿Conseguiste nueva novia? —dijo una voz seductora, como un veneno disfrazado de miel.
Aquellas palabras atravesaron a Asher como cuchillas, trayéndole recuerdos que no quería desenterrar.
—Esta es más caliente que Claire. Estoy deseando saber qué esconde bajo esa falda.
—Jace… —masculló Asher con desprecio. Su rostro ya no ocultaba el odio. Lo dejaba fluir como una tormenta.
—No queremos problemas —Emmond intentó contener la tensión.
—No seas aguafiestas. —Sonrrió William Corwel retorciendo la satisfacción en su rostro—. Disfruta del momento… ¿o es que tienes miedo y correrás a contárselo a Celeste?
Estaba harto de escucharlos alabar al niñito prodigio. Esa tarde, les demostraría quién era el mejor hechicero de Eldryan.
—No tenemos que llegar a una batalla. Calmémonos todos...
Royce alzó la voz con la templanza de quien quiere detener una tormenta con las manos desnudas. No buscaba enfrentamientos; sabía que, en medio de aquella tensión, cualquier chispa podría volverse incendio. Y Silla estaba allí. No permitiría que alguien la lastimara.
—Cierra la boca, gusano. ¿Quién te dio permiso para hablar? —escupió Lucius como si su sola existencia fuera una ofensa.
—Será mejor que te largues, fenómeno. Tu sitio está fregando los pisos del castillo —del castillo -Silla no tuvo el valor de mirarlo directo a los ojos. Pero su tono fue ácido.
No era solo desprecio. Era miedo.
Royce lo sintió. Conocía cada inflexión en su voz, cada matiz. Y esa no era la Silla arrogante de siempre. Era una Silla en guardia. Una Silla al borde del colapso. Sabía que su presencia la exponía. Que si Lucius ataba los hilos todo acabaría y, sin embargo, su corazón lo traicionó.
—Silla… —susurró como quien nombra un secreto.
Ella giró el rostro, con los ojos entrecerrados. Su mirada era puro veneno. El sentimentalismo con el que pronunció su nombre era una daga. Demasiado evidente.
Demasiado arriesgado.
No podía permitirlo o quedaría expuesta.
—No digas mi nombre, monstruo —espetó.
Y sin darle margen a la duda, actuó.
— ¡Elevlate!
El hechizo lo golpeó de frente. Royce fue lanzado por el aire y cayó con fuerza, rodando por el suelo como un muñeco roto.
—¡Royce! —gritó Deniel.
El corazón le explotó en el pecho al ver a su amigo herido. Se giró hacia la bruja, los dedos crispados, conteniendo el fuego que suplicaba por liberarse.
—¡Acaben con ellos! —vociferó Lucius saboreando la violencia.
Layla no lo dudó, invocó su magia con precisión. Una descarga de energía luminosa nació entre sus manos y la lanzó con furia contenida. El impacto hizo caer a Silla entre ramas, hojas y polvo. El hada la contempló desde lo alto con fría dignidad.
—Eso es por Royce.
Asher y Jace cruzaron espadas con un estruendo metálico que desgarró el silencio del bosque, como el tañido de una campana de guerra.
Del choque brotaron chispas que danzaron en el aire como luciérnagas furiosas, iluminando brevemente la maleza.
Ambos guerreros se lanzaron a la ofensiva, midiendo fuerzas con cada movimiento, acechando cualquier grieta en la guardia del otro.
Una sola ventaja, por ínfima que fuera, podía sellar el destino de uno de los dos.
Jace se impulsó hacia atrás y cayó con agilidad felina sobre una roca.
Asher, veloz como un relámpago, giró sobre sí mismo y lanzó una daga a la cabeza de su oponente.
El filo rozó su blanco: no logró esquivarlo del todo.
Un corte limpio se dibujó en su mejilla.
El joven caballero se limpió la sangre con el dorso de la mano, la observó y sonrió con arrogancia.
Luego, alzó su arma y activó la gema encajada en su empuñadura.
Una ráfaga de energía emergió de ella como un rugido contenido, desgarrando el aire con furia.
Asher rodó en el momento preciso. El golpe impactó en un árbol, partiéndolo de cuajo con un estrépito que sacudió el bosque.
Al incorporarse, lo vio venir: Jace descendía desde lo alto como una sombra letal, espada en alto. Asher alzó la suya para interceptarlo, y el choque entre ambas liberó tal vibración que estremeció hasta la tierra.
— ¡Defectio! —bramó William con la rabia clavada entre los dientes.
La ráfaga mágica surcó el aire como una centella, pero Emmond la deshizo con un elegante giro de varita, sin borrar la sonrisa descarada que le curvaba los labios.
—¿Qué pasa? ¿Se te agotó la arrogancia? —replicó con mordacidad— ¡Windstrike!
Una corriente de aire comprimido estalló en un solo golpe hacia William, que abrió una zanja en la tierra a su paso.
El encantador de basiliscos unió ambas manos sobre la varita, sujetándola como una lanza.
La punta brilló en verde justo a tiempo, dividiendo el viento en dos ráfagas dóciles que se disiparon entre los arbustos.
—He esperado este momento durante años —la satisfacción envenenada de William podía palparse en su voz—. Lástima que no sea frente al público. Habría sido un placer fregar el suelo con tu cara delante de esos viejos decrépitos que te llaman “prodigio”. ¡Magicis Sever!
El tajo de luz naranja cruzó el claro como una cuchilla incandescente. Emmond rodó a un lado sin perder la compostura.
— ¡Glacies Vincula!
William clavó la varita en la tierra, y una onda helada avanzó a toda velocidad. Del suelo brotaron estalagmitas que se cerraron alrededor de Emmond como las fauces de una bestia salvaje.
—Deberías usar más el cerebro, y menos la fuerza bruta —aun prisionero, Emmond no perdió la confianza.
—Cuando acabe contigo, serás una estatua de hielo. —Sonrió William, saboreando la idea.
Pero bastó un chasquido de dedos para que la prisión se hiciera trizas.
—¿Hielo? Soy de Northenland —espetó Emmond—. La tierra del invierno eterno.
— ¡Globus Ignis! —masculló William y arrojó una esfera ígnea.
— ¡Glacies Murus!
Emmond alzó un muro de hielo que absorbió el fuego como una esponja de escarcha. La barrera se curvó a su alrededor, atrapando a William entre su reflejo y el frío. El claro entero se tornó gélido. La brisa cambió. Y con ella, la temperatura descendió como una sentencia.
El aliento se volvió vapor. La piel, escarcha. Todo era blanco.
—¿Crees que un poco de escarcha va a detenerme? —gruñó William—. ¡Sagitta Ignis!
Formó un arco invisible con los brazos. Condensó la luz en una flecha de fuego que estalló contra la muralla helada, pulverizando su centro. Pero Emmond ya no estaba allí.
El silencio se volvió absoluto. Ni un solo trino. Ni un solo paso. Solo los copos de nieve cayendo, envolviendo todo en un velo sepulcral.
—¡¿Dónde diablos estás, Emmond?! —rugió William, girando en círculos.
—Estoy justo aquí.
La presión en la nuca del amo de los basiliscos fue la única advertencia. El tiempo se congeló. Moverse era morir. Pero William no iba a ceder. No de nuevo. No con él. Giró con violencia, forzando el movimiento de la cadera hasta hacerla crujir como una rama rota.
— ¡Defectio!
Y la luz blanca que refulgía en la varita de Emmond lo devoró. William cayó como un peso muerto, hundiéndose en el lodo, la piel cenicienta, los ojos extraviados.
Emmond exhaló. Había ganado. No importaban las consecuencias. Años esquivándolo, evitando el conflicto. Pero, por fin, por fin… le había pateado el trasero. Y eso… eso sí que valía cualquier castigo.
Mientras la batalla del hechicero terminaba en victoria, en otro punto del claro, Layla libraba su propio combate.
Enfrentaba a la odiosa Silla, deseando con cada fibra de su ser que alguno de sus hechizos alcanzara a borrarle de una vez por todas esa expresión altiva del rostro.
La misma sonrisa que tanto odiaba ver en su hermana.
Un destello rosado brotó de sus manos y voló directo hacia la bruja, impulsado por la rabia. Quería callarla, herirla, hacerla caer. Pero Silla lo desintegró con un movimiento desdeñoso.
—Hasta tus conjuros son débiles —escupió con crueldad—. ¡Triplex Impetus!
De su varita nacieron tres esferas cobrizas que se lanzaron hacia el hada como proyectiles vivientes.
Layla invocó una barrera en el último segundo. El impacto sacudió su cuerpo con violencia. Sus piernas flaquearon, la magia vibró en sus huesos. Aun así, resistió. La barrera seguía en pie… como ella.
—Te tengo —musitó Silla relamiéndose de placer.
No buscaba fuerza bruta. Buscaba una fisura. Y la encontró. Rodeó la defensa y apuntó directo a su flanco.
— ¡Comminuens Inpulsa!
El rayo verde la alcanzó como un latigazo de furia. En los ojos de Layla se reflejó el brillo letal del hechizo justo antes de que su barrera colapsara. El grito que escapó de sus labios no fue un lamento, fue un estallido desgarrador, crudo, grotescamente humano.
Y, para Silla, delicioso. Tan estimulante como los gemidos de Royce en sus noches más ardientes.
—¡Layla! —Asher perdió el control al escuchar aquel chillido. Por un instante, Jace dejó de existir.
—Estoy… bien —murmuró ella con dificultad, mientras se incorporaba con torpeza.
El dolor en las costillas le robaba el aliento y le quebraba la voz.
Con la furia encendida bajo la piel, cerró los puños y concentró más poder. No pensaba rendirse. No iba a permitir que Silla la dejara hecha trizas. Aquella bruja se parecía tanto a su hermana que casi podía oírla, riéndose con desprecio, mientras la humillaba ante toda la corte.
Un escalofrío punzante recorrió el cuerpo de Asher y despertó un instinto que le gritaba que se moviera. Algo en el aire olía a peligro. Reaccionó al destello metálico que buscaba su cuello y rodó entre hojas secas y tierra húmeda, ganando apenas unos metros.
—Te has debilitado en mi ausencia, viejo amigo —farfulló Jace.
—No soy tu amigo —espetó Asher, cargando con furia y obligándolo a retroceder.