Corona de Sal y Luna Capítulo 7
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Capítulo 7

“La venganza es tan antigua como la humanidad, tan abrasadora como el amor, y tan oscura como las sombras que anidan en el alma”.

—Vamos a la playa, Azura. Los chicos nos esperan.

Habían transcurrido dos horas desde el almuerzo y Deniel las había pasado con Celeste, entrenando su autocontrol como castigo por el incidente de la noche anterior.

Azura, la flix que lo seguía como una sombra desde su llegada al castillo, percibió su entusiasmo por tocar las saladas aguas y se adelantó, girando en el aire con pequeñas volteretas, mientras emitía dulces ruiditos que llenaban el pasillo de vida.

Absorto en la danza juguetona de su bola de pelos, Deniel no se percató de las montañas vivientes que se acercaban, pesadas, sigilosas, ominosas.

Una manada de gigantes surgió de la nada y se interpuso en su camino, cortándole el paso.

Azura, incapaz de frenar a tiempo, se estrelló contra el hombro de uno de ellos.

—¡Ustedes están cie… gos…!

La rabia le subió al pecho mientras la acunaba entre sus brazos, pero sus palabras se esfumaron al alzar la vista. Su rostro se congeló. Los hombros erguidos, los músculos tensos, y aquella mirada que no dejaba lugar a dudas: esos hombres ya no eran libres. Zahar había reclamado sus almas.

No era solo su expresión lo que helaba la sangre.

Las colosales armas que arrastraban, forjadas en acero puro y diamantes, centelleaban con una amenaza silenciosa en sus pupilas.

Un mal presentimiento le punzó el estómago.

El aire sabía a peligro. Y lo último que necesitaba era otro regaño de Celeste.

Sujetó a Azura con fuerza, se deslizó entre las sombras y se alejó en silencio hacia las afueras del castillo, sin volver la vista atrás.

En la gran roca de la costa, Royce luchaba por distraer a Emmond respecto a la criatura que lo había atacado.

Debía evitar que su curioso amigo revelara el secreto que tanto esfuerzo le había costado mantener oculto: que era un maggium, y que dominaba el fuego.

Bastaba una chispa de verdad para que todo su esfuerzo se desmoronara en un abrir y cerrar de ojos.

—Sé lo que vi. Era un tukgglah.

—Creo que fuiste atacado por otro tipo de bestia. Los tukgglah no escupen fuego; son venenosos. Incluso, los magos de sangre no pueden imbuir magia en sus abominaciones… ni siquiera con los cristales de sangre —explicó Emmond con firmeza.

—A menos que una de las dos criaturas tenga habilidades sobrenaturales —Asher caminó frente a Emmond, separándose de la roca con paso calmo.

—Ya todo pasó —sentada en la roca, Layla intentó devolver la calma al grupo—. Relájense un momento. Disfruten del clima.

Royce, al ver a Deniel acercarse por el sendero, lo buscó con la mirada como quien anhela con desesperación una tabla en medio del naufragio.

—La bestia de anoche, tú la viste. Escupía fuego ¿cierto?

—Supongo… —murmuró el tritón, sin pensar—. Todo estaba envuelto en llamas cuando llegué.

Seguía atrapado en la mirada de los gigantes.

—Es imposible —Emmond sacudía la cabeza buscando una explicación.

—Olviden a ese monstruo —interrumpió Deniel, casi sin tono—. Algo pasa con los gigantes. Se ven alterados.

—No es para menos —el tono de Asher fue más grave que de costumbre—. Esta mañana, Daavos declaró la guerra a las Tierras de Acero. El ataque comenzó en Puntadiamante. Los reportes dicen que hubo pocos sobrevivientes.

—¿Qué estás diciendo? —soltó Royce, pasmado.

Elyot no le había mencionado nada esa mañana durante el entrenamiento. Él debía saberlo. Aunque estuviera desterrado, sus lazos con Daavos no estaban rotos. Quizás esta vez… no lo sabía todo o, simplemente, no quiso contárselo.

Layla bajó de la roca. Su alegría se disolvió como espuma. El último conflicto entre los reinos no fue benévolo con Greenland, mucho menos con Selenya.

—¿Creen que volveremos a la guerra?

—Esperemos que no —Emmond quiso darles esperanzas, aunque su rostro decía lo contrario. Sabía que una agresión así no quedaría impune. La paz entre los reinos era solo una pintura agrietada. Bajo ella, seguía latiendo el rencor.

—No nos dejemos abatir por lo que aún no ha ocurrido —dijo Asher con la mirada perdida en el horizonte—. Confiemos en que el Consejo Mágico intervendrá.

Parecía tranquilo, pero su pecho ardía. Si la guerra tocaba los campos de Ashanty, todos los caballeros mágicos serían llamados y él también.

Layla sintió el cálido roce de su mano cuando pasó por su lado.

Una chispa le recorrió el cuerpo, despertando gritos que llevaba tiempo silenciando.

Pero aun con los sentimientos a flor de piel y el corazón acelerándose en su pecho, obedecer esas voces era un lujo que no podía permitirse, ni siquiera en sus pensamientos.

Reafirmando las palabras de Asher, los incitó a continuar por la playa, como si el mar pudiera calmar aquello que la guerra amenazaba con despertar.

Deniel cruzó miradas con Royce, reaccionando al brillo de ira que ardía en sus ojos ámbar.

—¿Sucede algo?

—La última guerra no solo me arrebató a mi familia… también marcó mi rostro y me obligó a vivir con esta estúpida máscara.

—Lo siento mucho —Deniel le posó una mano en el hombro, compartiendo su tristeza. Conocía ese dolor. Sabía lo que era perder a un ser querido y cargar con el amargo recuerdo clavado en el alma.

—Todo está bien. Algún día lo estará —murmuró Royce desviando la vista hacia el mar. Evitó que Deniel viera las lágrimas que resbalaban bajo la fría máscara.

El pequeño grupo caminó en silencio por la orilla, como si guardaran luto por los caídos en Puntadiamante. Incluso, Azura, que solía revolotear alrededor de Deniel, permanecía quieta en su hombro.

Vagaron sin rumbo durante un rato, cabizbajos, acongojados por un futuro incierto, hasta que Emmond, incapaz de soportar por más tiempo aquel ambiente tan cargado, rompió el silencio:

—¿Y ahora qué hacemos?

—¿Qué deseas hacer, Layla? —preguntó Asher.

Todos voltearon a mirarla; ella sintió vergüenza por tanta atención.

—¿Por qué le preguntas a ella? ¿Acaso estás enamorado? —se burló el hechicero, aprovechando la oportunidad para aligerar el ambiente.

Asher lo fulminó con la mirada, incómodo ante la presencia del hada.

Pero ni siquiera eso lo salvaría de una buena paliza.

Layla observaba la escena entre risas, mientras ambos corrían uno tras otro como si fueran un par de niños.

Sus mejillas se aclararon a medida que se alejaban, aunque su corazón seguía latiendo con un ritmo irregular.

—Emmond sabe cómo divertirse —murmuró Royce con una media sonrisa.

—¿Quieres escuchar algo gracioso? —Deniel se inclinó hacia su oído—. Debería contarles nuestro primer encuentro. La cara que pusiste mientras te follabas a esa chica.

Royce tragó en seco al recordar la escena. Rodó los ojos discretamente hacia Layla, que no les quitaba la vista de encima. Los observaba con curiosidad.

—¿Qué están murmurando?

—Nada, es solo que Royce…

—¡Te arrancaré la lengua! —exclamó Royce, corriendo tras Deniel.

La felicidad regresó de golpe, arrancando risas a los muchachos y alejando, aunque fuera por un instante, los pensamientos oscuros. Layla contemplaba en silencio aquella escena con una sonrisa tenue en los labios. Corrían y se perseguían por la playa como mocosos.

Recordó cuando jugaba con su hermana en el salón del trono, bajo la mirada amorosa de sus padres, extrañaba esos tiempos, añoraba a su hermana. Deseaba que todo volviera a ser como antes. Pero la nostalgia se convirtió en temor. Y el temor se fue pudriendo en su pecho hasta volverse resentimiento.

De improviso, una columna de fuego se alzó entre los árboles. El grupo se detuvo en seco, mirándose con rostros lívidos; no había entrenamientos programados en el bosque, y mucho menos era común hallar una hoguera descomunal en medio de la espesura.

Algo andaba mal. Muy mal.

Asher, tan sigiloso como una sombra afilada, fue el primero en abandonar la blanca arena.

Se deslizó entre los arbustos con la mano sobre la empuñadura de su espada.

Los demás lo siguieron, guiados por los gritos que desgarraban la calma.

Al llegar al claro, se ocultaron tras rocas y matorrales, y allí, entre las llamas, lo vieron: Lucius y sus séquitos enfrentándose al mismo grupo de gigantes con los que Deniel se había cruzado en el castillo.

—Roger, eres patético. ¿De verdad crees que un puñado de monstruos como ustedes podrá vencer a mi padre?

La sonrisa del jinete era tan diabólica que apretó el pecho del gigante, quien, sangrante y chamuscado, rogaba no morir sin antes vengar a los suyos. Tal vez no ganaría la guerra, pero pensaba herir al Rey Dragón donde más le doliera.

La injusticia era un veneno que Deniel jamás toleró, y, menos aún, el abuso de poder.

Apretó los puños hasta clavarse las uñas en la carne.

La sangre le ardía en las venas como lava.

El odio hacia Lucius —y todo lo que había dicho de las sirenas— le escocía bajo la piel, abriendo de golpe las compuertas de su poder. No pudo contenerse.

—Azura, regresa al castillo —ordenó sin espacio para dudas.

—¡Suficiente!

—¡Rayos, Deniel! —maldijo Emmond.

—¡Vaya, hoy he sido bendecido! —Lucius desvaneció las llamas en sus puños y se giró con deleite hacia el tritón—. Tan lejos del castillo… y completamente solo. Acabaré con dos molestias de una sola vez.

—No matarás a nadie —tembló Layla.

No era una guerrera, ni un hada curtida en combate, pero no permitiría que abusaran de sus amigos.

—¿Qué tenemos aquí? —intervino una voz seca, burlona—. La mariposa sin alas de Greenland por fin muestra las garras.

Silla descendió con elegancia felina de la roca donde estaba sentada. Había llegado su momento. Su diversión.

Algo se encendió en Layla. Cada vez que le recordaban su carencia de alas, algo dentro de ella se quebraba… y luego ardía.

—No sabía que Lucius tuviera una zorra por mascota.

—Esta zorra sabrá arrancarte algo más que esa lengua sucia —espetó Silla, con la mirada afilada.