Corona de Sal y Luna Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

—Kahel fue un rey sin precedentes. Jamás estarás a su altura —Rogan se mantuvo firme. Sabía lo que vendría después.

Sabía lo que vendría después. Pero si el precio de su vida era la salvación de su familia, lo pagaría sin dudarlo. Bahel lo miró con una chispa oscura danzando en los ojos.

—Mi hermano fue un gran rey, bondadoso con todos. Por eso está muerto. ¡Llévenle el capitán a Draxo!

Los guardias arrastraron al gigante hasta los pies del dragón. Sir Heglar temblaba. La silueta de la criatura se clavaba en sus pupilas, devorándole el alma.

Draxo se saboreó, dejando un charco de baba humeante sobre el suelo. Sus ojos, rojos y endemoniados, se fijaron en el prisionero. Soltó un siseo gutural y avanzó, lento, disfrutando el miedo con cada paso.

Heglar quería gritar. Su mente le suplicaba que huyera, pero las cadenas lo ataban y sus músculos, hechizados por el espanto, se negaban a responder.

Ni siquiera pudo defenderse cuando aquella sarta de colmillos se hundió en su carne. Un único grito desgarró el aire… antes de que el dragón lo partiera en dos de un solo mordisco.

Lady Tarah soltó un alarido. Se aferró a su hijo, horrorizada, suplicando clemencia. Fue entonces cuando Bahel descubrió el verdadero miedo en los ojos de Rogan. Y, en ese temor, encontró el castigo perfecto.

—¡Traedme al chico!

—¡No! ¡Mi hijo no! —Tarah se lanzó al suelo, forcejeando contra las cadenas mientras veía al muchacho ser arrastrado como un cordero al matadero.

—¡Madre! ¡Padre! —gritó el joven lord entre sollozos. Su voz se quebraba con cada palabra.

No apartaba la mirada de ellos, atrapado en el reflejo del horror que lo aguardaba.

—¿Por qué tantos gritos? Draxo no devorará a su bastardo —la expresión de Bahel fue fría, oscura; retorcida—. Eso sería demasiado rápido.

El fuego brotó desde lo más profundo de su ser.

Sus ojos se encendieron como llamas, las venas se marcaron como relámpagos bajo la piel, y su cuerpo se deformó en una grotesca amalgama de escamas y membranas.

Sus puños ardieron y entonces, lo hizo. Lanzó las llamas contra Tarrel.

Primero el rostro. Luego el cuerpo. Lo quemó vivo.

Rogan gritó hasta desgarrarse la garganta. Tarah se desplomó, implorándole que se detuviera. Pero aquel demonio solo reía con locura mientras observaba al muchacho retorcerse entre las llamas, intentando inútilmente huir de la agonía.

—¡Maldito seas, demonio! ¡Maldito seas! —gruñó Rogan con las últimas fuerzas que le quedaban.

Bahel lo contempló con deleite. Ya no era un alto lord . Ni un gigante. Ni siquiera un guerrero. No era nada.

—Guárdame un lugar. ¡Draxo, aniquílalos!

El dragón rugió al cielo, batió las alas y se abalanzó sobre los dos gigantes. Ellos no se movieron. Cerraron los ojos y aguardaron el abrazo de la muerte. La ciudad había caído. Tarrel estaba muerto. Ya no quedaba nada, salvo su primer hijo, oculto en Eldryan, protegido de aquel monstruo.

Los lores de Puntadiamante derramaron sus últimas lágrimas con la esperanza de que los dioses fueran misericordiosos y le permitieran a su heredero sobrevivir para vengar la muerte de su pueblo.

La desesperación y la muerte se dieron cita en el castillo. La familia Filabandrel era masacrada. Los altos lores habían caído. Ahora le llegaba el turno a la siguiente línea sucesoria: Nayara Filabandrel. Y su hija.

Bahel se acercó a la señora con su horrenda figura. Su apariencia era más monstruosa que la de su propio dragón. Nayara se arrastró, clamando piedad por su vida y la de su hija. Haría lo que fuera necesario para mantenerla a salvo. Gritó. Suplicó. Incluso, intentó besar los pies del rey Dragón.

—¡Mi rey, perdone nuestras vidas! ¡Tome la ciudad, haga con ella lo que desee…, pero perdónenos!

Bahel, con un gesto de desprecio, le pateó el rostro.

—Júrame lealtad.

Ella limpió sus lágrimas. Y, sin dudar, se rindió por completo.

—Perdonaré sus miserables vidas. Pero, si me fallas, vendré a aplastar tu cabeza con mis propias manos. Arrancaré los ojos de tu hija… y se la daré a Draxo como banquete.

—¡No! ¡Eso no! Seré leal, mi señor. Lo juro por los dioses —gimió Nayara, arrastrándose hacia él.

Pero los guardias cruzaron sus lanzas y espadas, bloqueándole el paso.

—Una cosa más, lady Nayara. Si tu sobrino osa entrar en mi ciudad…, te ordeno que lo mates. Desde hoy está desterrado. Si lo ayudas…, el destino de tu hija será peor que el de este bastardo.

Draxo aplastó la cabeza calcinada de Tarrel. El cráneo estalló… y sus fragmentos volaron hacia la niña.

Nayara se lanzó a tiempo, interponiéndose entre su hija y los huesos fragmentados. Sus lágrimas amenazaron con brotar al ver los agujeros negros donde alguna vez brillaron los ojos del joven Tarrel.

Entonces su mirada cambió. Volviéndose fría y sombría.

Absorta en el miedo y atrapada en la pesadilla que se desplegaba a su alrededor se convenció.

Si la vida de su hija dependía de la muerte del resto de los Filabandrel…

, estaba dispuesta a extinguir su linaje con sus propias manos.

Incluso, si eso significaba asesinar a su sobrino.