Corona de Sal y Luna Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

La sonrisa agradecida de la joven apenas brotó cuando otro rugido sacudió el cielo.

El dragón, alimentado por el odio, se abalanzó una vez más.

Batía sus alas con esfuerzo, arrastrando el peso del acero incrustado, pero ni el dolor ni la muerte eran suficientes para detenerlo.

Sir Heglar no vaciló. Levantó su martillo y descargó toda su fuerza sobre el lanzarrote encajado en el arcole.

El impacto partió el arma, pero liberó su punta con tal violencia que la ingente lanza de acero y diamante se disparó como un trueno.

Atravesó el cráneo del dragón. Su afilada punta emergió justo en medio de los ojos, cortando el rugido en seco. Y así, el cuerpo del monstruo se desplomó sobre el estanque del jardín, cayendo a los pies de quien una vez lo domó.

La hechicera descendió de los cielos y corrió hacia el gigante.

—Te advertí que te quedaras dentro del castillo. Esto no es una de tus aventuras. Es la guerra.

Sir Heglar estaba furioso y aterrado. El sorpresivo ataque a Puntadiamante cobraba numerosas vidas, y lo último que deseaba era entregarle a su vieja amiga el cadáver de su hija.

—Puedo ayudarte.

Un rugido desgarrador estremeció los cimientos del castillo. Los pocos guardias que aún conservaban la cabeza alzaron la vista al cielo, rezando por que aquella horrenda melodía no fuera lo que temían.

Sir Heglar dejó caer su martillo, haciendo temblar las rocas bajo sus pies. Con pasos decididos, se aproximó al borde de la muralla y alzó la vista hacia las nubes. Su rostro palideció. Un dragón negro de membranas rojas surcaba el cielo. Inconfundible.

El rey Dragón había llegado, y tras él, un vasto ejército que reclamaba su victoria antes de tocar el suelo. Chrystole tenía los minutos contados. Cuando la furia del rey Bahel descendiera sobre la tierra, solo quedarían cadáveres y cenizas.

—¡Vete! ¡Vuela lejos, Elena!

—¡No! No me iré.

Elena sabía que escapar juntos era imposible. Su grifo no soportaría el peso de ambos, y los establos habían sido arrasados; las criaturas capaces de cargar al gigante yacían calcinadas o devoradas.

La tristeza en los oscuros ojos de Elena se clavó en el alma del gigante. Sabía lo que le ocurriría si se quedaba. No permitiría que terminara en una hoguera o desmembrada.

Con un solo parpadeo, sir Heglar sepultó la pena en lo más hondo de su ser.

—Debo quedarme con mi pueblo. Si los abandono, ¿qué ejemplo daré a mis guerreros?

—Pero, Heglar… —protestó Elena, con los ojos anegados.

—Escapa. Avísale que Puntadiamante ha caído. Esta batalla es solo el inicio de una nueva guerra. Avísale para salvar estas tierras.

La cobijó con ternura entre sus brazos, despidiéndose en silencio. Sabía que sería la última vez.

Ella, entre sollozos, se aferró a su pecho, suplicando a los dioses un día más para su amigo.

Con ternura, Heglar la colocó sobre el lomo del grifo y le limpió las lágrimas con una sonrisa que Elena se esforzó por grabar para siempre. El grifo se acercó al gigante y lo acarició con el pico. Heglar le rascó, con pesar, la emplumada cabeza.

—Cuídala bien, Trevor.

El bajo silbido del grifo emanó tanto dolor como su canto.

—Pase lo que pase, no mires atrás. Yo estaré bien. ¡Arriba!

La criatura alzó el vuelo con amargura. Desde el cielo, Elena escuchó los gritos de los gigantes consumidos por el fuego.

Su estómago se encogió. Giró hacia el castillo, y su corazón se oprimió al ver la bandera de Puntadiamante arder, devorada por el estandarte de Bahel.

Las lágrimas le inundaron los ojos, arrancadas por el viento, y pensó que, tal vez, alguno de aquellos gritos había sido el de Heglar. Sus instintos le imploraban volver. Ayudarlo. Vengarlo. Pero sabía que solo hallaría su propia ruina. Y el sacrificio del gigante no podía ser en vano.

Puntadiamante yacía devastada. Bahel cruzó las puertas de la muralla de Chrystole como si paseara por un jardín. Su mirada, fría como el acero, no se dignó a honrar a los guerreros caídos que murieron por él.

Avanzó erguido, cobijado por la sombra de su dragón, caminando entre sus patas como si la bestia fuera una prolongación de su odio y de su sed de sangre.

La criatura alzó el cuello, mostrando sin pudor las cicatrices en su piel: huellas de algún ser aún más salvaje que había intentado matarlo. ¿Quién sabe si aquella bestia pudo sobrevivir al enfrentamiento con aquel demonio?

Draxo abrió las fauces y rugió, acallando incluso el murmullo del viento que arrastraba las súplicas del pequeño grupo de gigantes encadenados como perros.

— Lord Rogan, Lady Tarah, qué maravillosa sorpresa. Bienvenidos a mi nuevo castillo —dijo Bahel con una sonrisa gélida.

Era un hombre cruel y cínico, cuya alma se alimentaba del dolor ajeno. Deleitarse con la angustia de sus víctimas era, para él, un exquisito entretenimiento.

—El rey Odrell se divertirá arrancándote las entrañas para alimentar a sus mascotas —escupió Rogan.

Como veterano de innumerables batallas, sabía que, tras una conquista, lo esencial era renovar a los señores del lugar. Bahel tenía dos opciones para someter a Puntadiamante: doblegarlo o borrarlo. Y, conociéndolo, la segunda era la más probable.

—Necio —resopló Bahel—. ¿Crees que tu rey vendrá a salvarte? Cuando descubra que Puntadiamante pertenece a Daavos, tú habrás dejado de existir. A menos, claro… que quieras jurarme lealtad.

Rio con desprecio. Sabía que Rogan no se arrodillaría, pero lo llevaría al límite… Disfrutaría viéndolo suplicar por el favor de la muerte.

—¡Mi lord , no acepte obedecer a este parásito! —exclamó sir Heglar—. Vivió a costa de su hermano hasta que lo asesinó.

Heglar sabía que no tenía lugar en la nueva corte de Puntadiamante. Pero no pensaba morir sin escupirle en la cara las verdades que corrían de boca en boca por las rutas de los mercaderes.

El rey se detuvo en seco. Apretó los puños. Se volvió hacia el gigante y lo abofeteó.

—¡No te atrevas a ensuciar su nombre! —la ira de Bahel se volvió salvaje—.

Mi hermano murió luchando contra los magos de sangre por vuestra culpa.

Si no le hubiesen pedido ayuda aquel día aún estaría vivo.

Los magos debieron haberlos exterminado a todos.

Así Sthevyand estaría libre de ratas como ustedes.