Corona de Sal y Luna Capítulo 6
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Capítulo 6

“Incluso los buitres reconocen la desdicha y el dolor de la guerra: alzan al cielo su gutural silbido en honor a los caídos, pero, al bajar la cabeza, sonríen con alevosía ante el festín”.

—Déjame curarte.

Deniel siguió el delgado rastro de sangre que manchaba el tapete de la habitación. Con tanto ajetreo, Royce había olvidado la herida en sus costillas; estaba tan acostumbrado al dolor que prácticamente no la notaba.

—Es apenas un rasguño. Sanará pronto.

—No seas testarudo. Puedo curarla. Siéntate.

Sin darle opción, Deniel lo empujó hacia la cama, dejando la herida al descubierto.

—¡Hey! Invítame a cenar primero —bromeó Royce, sintiéndose un poco acosado ante la impetuosa actitud del tritón.

Deniel rodó los ojos y, sin responder, sacó su varita para posarla con cuidado sobre la piel herida.

—Ten cuidado no me vayas a convertir en sapo.

—Lo haré si no cierras la boca.

Con la varita en mano, Deniel se sentía fuera de lugar.

Echaría mano de su magia natural si pudiera, pero ante la presencia de Royce, cada gesto debía parecer convencional.

Tal vez, si no estuviera atento, lograría usarla sin que lo notara.

Solo debía esperar a que el cristal canalizara la energía suficiente para no quedar en ridículo.

Era el único hechizo que no había practicado con Celeste.

— ¡Sanatio Incantatem!

Una luz cálida emergió de la varita y se extendió por la piel de Royce.

La sensación que lo envolvió fue serena, casi sagrada, como si no solo sanara su cuerpo, sino algo más profundo.

El dolor desapareció bajo el resplandor, y la herida se cerró sin dejar rastro de su existencia.

Su piel, bronceada y tersa, volvió a lucir intacta, e hizo que la mirada del tritón se desviara inevitablemente hacia los músculos que se insinuaban bajo la tela desgarrada.

—Gracias —Royce buscó el tono azul en los ojos de su sanador.

Deniel se estremeció al sentir su aliento enredarse en sus cabellos.

—Es hora de descansar. Mañana nos espera un largo día.

Avergonzado, alzó la vista y quedó atrapado en los ojos ámbar que se ocultaban tras la máscara. Asintió, forzó una sonrisa y se incorporó rápidamente para refugiarse en el baño; el único lugar donde su respiración volvería a sentirse suya.

—Sí… descansa —murmuró Royce, sin apartar la mirada de la puerta mientras se palpaba las costillas, asegurándose de que la herida ya no estaba.

El sol abrazó a Sthevyand con una furia despiadada. Aquella mañana, las Tierras de Acero fueron desgarradas por gritos de desesperación y súplicas de clemencia, consumidas bajo el aliento incandescente de los dragones.

En Puntadiamante, las campanas repicaron con un retumbar mortal, arrancando a los ciudadanos de sus sueños para sumergirlos en una pesadilla. Así comenzó la batalla que los anales recordarían como La Caída del Diamante, marcando el inicio de la quinta gran guerra tras la creación de la barrera.

A las afueras del castillo Chrysolte, las humildes viviendas de la plebe se deshacían entre llamas o eran reducidas a polvo bajo el impacto de dragones abatidos por los lanzarrotes. Las colosales criaturas caían como meteoros, aplastando todo cuanto encontraban en su descenso.

Una de ellas, herida en pleno vuelo, se estrelló contra la muralla, abriendo una brecha que permitió el ingreso de la infantería de Daavos. La masacre en tierra se intensificó, dirigida por los magos de sangre al servicio del rey Dragón, ocultos bajo los colores rojo y negro de los jinetes.

Una joven hechicera corrió al patio tras el estruendo.

Desde allí, contempló el avance enemigo.

Se preparó para unirse al pelotón que marchaba al encuentro de la infantería, pero sus pasos se detuvieron al ver al colosal dragón posarse sobre la muralla.

Las garras de la bestia arrancaban piedras como si fuera corteza, y su aleteo levantó torbellinos de polvo que nublaban el campo de visión.

El monstruo se abalanzó sobre el grupo de gigantes, envolviéndolos en una llamarada que no dejó más que una montaña deforme de huesos y carne carbonizada.

La hechicera conjuró un encantamiento, arrojando su poder contra las costillas del dragón.

El impacto hizo rugir a la criatura y desvió su atención del resto de los guardias que se acercaban.

El jinete, al percibir la interrupción, supo de inmediato que no se enfrentaba a una simple aprendiz.

Solo un hechicero poderoso podía quebrar las defensas mágicas que envolvían a los dragones.

Entre carcajadas, le ordenó a su bestia que contraatacara.

La joven huyó hacia el interior de la torre, rehusándose a perecer como los soldados.

A salvo tras la roca, se despojó de la capucha.

La sombra reveló entonces la verdad de su rostro: unos ojos negros como la muerte, cargados de rencor hacia Daavos.

Desesperada, subió por las escaleras hasta alcanzar la cima, recibiendo el aullido del viento al otro lado del ventanal.

Silbó. Y sin pensarlo dos veces se lanzó al vacío.

Los guardias que empuñaban los lanzarrotes se agolparon en los alrededores.

Desde allí vieron, atónitos, cómo aquella chiflada se alzaba en vuelo sobre el lomo de su majestuoso grifo blanco.

El león alado de cabeza de águila se alzó sobre la torre, buscando para su ama una mejor perspectiva del caos que devoraba la ciudad.

Desde las alturas, ella escudriñó cada rincón hasta dar con su objetivo: el imponente dragón carmelita que había intentado rostizarla.

La venganza le recorrió las venas como fuego líquido, incitándola a ir tras él y arrancarle, de una vez por todas, esa expresión altanera y enfermiza del rostro a su jinete.

El inescrupuloso guerrero, al notar su presencia, esbozó una sonrisa malévola. Ordenó a su bestia devorar al guerrero atrapado bajo sus garras antes de emprender el vuelo, aceptando el desafío. Iniciaban un juego mortal que solo uno viviría para contar.

— ¡Lucens! —bramó la joven.

La esfera luminosa impactó contra el cuerpo del dragón, arrancándole un chillido desgarrador que estremeció al domador. Sonrió, con el temple de quien no teme a las bestias.

El jinete no tardó en trazar su estrategia.

Necesitaba redirigir la persecución para atacarla desde un ángulo más favorable.

Ordenó al dragón volar hacia una de las torres, disminuyendo la velocidad.

El grifo se acercó confiado, y, entonces, con un viraje repentino, el dragón giró hacia la derecha, dejando una áspera pared de piedra frente a la hechicera.

El conjuro que ella preparaba se deshizo en su mente. Era girar o quebrarse los huesos. No había margen para dudar.

Tiró del grifo con fuerza, obligándolo a virar a la izquierda, bordeando la torre mientras maldecía entre dientes a su rival. Apenas logró recuperar el control cuando las fauces del dragón aparecieron de frente, en un ataque sorpresivo que le cortó el aliento.

Desesperada, volvió a tirar de su compañero. El grifo, ágil como el viento, se impulsó contra la piedra, logrando esquivar el embate. Atrás quedó la marca de sus garras grabada en la roca, como testimonio silencioso de su osada maniobra.

El jinete azotó las cadenas del dragón, desatando su furia en una carrera mortal tras el grifo.

Una y otra vez lo atacó con ráfagas de fuego, pero sin éxito.

La criatura emplumada, pequeña y veloz, era un blanco escurridizo; sus acrobacias en el aire no solo lo mantenían a salvo, sino que desestabilizaban a sus perseguidores, abriendo brechas para que su jinete pudiera contraatacar.

— ¡Potentes Ictum!

El impacto arrancó al jinete de su silla, lanzándolo al vacío. Su caída se precipitó sobre el jardín principal del castillo, donde sus gritos se apagaron en seco al ser atravesado por las lanzas de las estatuas. Sus pulmones colapsaron antes de poder gritar por última vez.

El dragón aulló al sentir cómo se quebraba el lazo que lo unía a su jinete.

El vínculo, forjado en sangre y fuego, se deshizo en un solo instante, dejándole un vacío insoportable en el pecho.

Fue un grito de alma desgarrada, espejo del tormento que consumía al hombre empalado entre las estatuas del jardín.

Y, como si la voluntad de su amo hubiera echado raíces en su alma, la criatura se lanzó a la caza con furia renovada.

Destruir a la hechicera era su único propósito.

Como si al arrancarle la vida, pudiera resucitar al jinete perdido.

Librarse de esa bestia sería un desafío colosal. Desatado por el dolor, el demonio alado arrasaba con todo: derribaba torres de un zarpazo, embestía a los dragones que osaban interponerse. No le importaba nada. Solo matarla.

El grifo, exhausto tras tantas maniobras, perdía velocidad.

Sus alas ya no respondían con la misma precisión, mientras la criatura carmelita crecía tras ellos como una tormenta viva.

La hechicera se giró, y lo que vio heló su sangre: una boca descomunal, repleta de colmillos, se acercaba con la muerte en sus fauces.

Alzó la varita en un acto reflejo, pero no tuvo tiempo.

Un lanzarrote surcó el cielo. Se clavó en el pecho del dragón con brutal precisión, arrancándole un rugido agónico.

La criatura se detuvo en el aire, desparramando fuego en todas direcciones mientras su cuerpo temblaba de dolor.

La hechicera frenó al grifo justo a tiempo, y sus ojos se desviaron hacia la muralla.

Allí estaba él. Imponente, como una estatua viva de acero y honor: sir Heglar Henstridge, capitán de la guardia de Chrystol. Su amigo.