Capítulo 5 #4
Se volvió hacia la pared oscura y la golpeó con furia, como si pudiera culparla de su desdicha.
Había fallado su misión. No mató a su presa.
Y alguien mucho más poderoso sabía quién era.
Alguien a quien no podría vencer a menos que jugara sucio.
No podía permitirse fallar. Sería la burla de su familia.
Tenía que sacar a esa bruja del camino o todo su trabajo sería en vano.
—Levanta las manos. No intentes ningún movimiento o te mataré aquí mismo —amenazó Theodor con firmeza.
Ronnald se quedó inmóvil. Lentamente alzó los brazos y giró con cautela, fingiendo obediencia, mientras su mente evaluaba rutas de escape.
—¿Qué sucede, profesor?
—Alguien infiltró un tukgglah en el castillo. Atacaron a dos de nuestros estudiantes. Una bestia así no pasa desapercibida… a no ser que el intruso conozca cada mugriento pasadizo de Eldryan.
»Y no solo eso: el supuesto mago de sangre que lo acompañaba resultó ser un caballero mágico.
Theodor aún no estaba del todo seguro de si Ronnald Mlambo, uno de los cuatro capitanes, era el responsable.
Desde su posición, la tenue luz de las mazmorras apenas le permitía distinguir los detalles de su silueta.
Necesitaba comprobar si estaba herido. Con un gesto rápido, lanzó una esfera de luz solar.
El resplandor iluminó cada rincón, delineando con precisión la esbelta figura de Ronnald.
—¿Tu hombro está bien? —murmuró, con decepción.
—Supongo que en el enfrentamiento hirieron al intruso.
Eso explicaría el rastro de sangre que recorre medio castillo.
Estaba haciendo mi ronda cuando lo encontré.
Lo seguí hasta aquí, donde usted me encontró.
Es mi deber proteger el castillo. Si alguien ha entrado —o si es uno de mis hombres— lo encontraré y lo decapitaré frente a toda la escuela.
El afilado intelecto de Ronnald entró en juego. Una mentira aquí, una dosis de drama allá bastaban para confundir al honrado Theodor.
Había entrenado durante años en el Castillo Negro, forjado como un maestro de la manipulación. Al igual que el resto de su familia: expertos en el arte de usurpar un trono que jamás les perteneció.
—Los caballeros mágicos somos solo uno de tantos grupos que conocen los pasadizos secretos del castillo. Pero le aseguro que este, en particular, no está entre ellos.
—¿Y cómo sabes que aquí hay un pasaje secreto? —preguntó Theodor alzando una ceja.
—El rastro termina justo aquí, en las mazmorras. Asumo que este fue su punto de entrada. Es oscuro, solitario y lo bastante amplio para ocultar un tukgglah. Solo hay que encontrar la clave.
Ronnald se desplazó hacia el lado opuesto, inspeccionando la pared con dedos atentos, como si realmente ignorara dónde buscar. Theodor, sin argumentos con los que refutarlo, lo imitó. Se movió en la dirección contraria, palpando la piedra.
Durante minutos recorrieron la superficie en silencio, y rozaban la roca con la esperanza de descubrir algo oculto. Hasta que Theodor exhaló con frustración.
—Esto es imposible. Mejor derribo la pared y acabamos con esto.
—¡Claro! —exclamó Ronnald con sarcasmo—. Abramos una entrada directa al castillo y avisémosle al intruso que descubrimos su ruta. Excelente plan. Siga buscando. Si encontramos la entrada, podemos custodiarla y atraparlo cuando regrese.
Theodor masculló algo y continuó. Deslizó las manos más allá del oscuro parapeto, hasta que una de las piedras crujió con un chasquido seco bajo sus dedos.
Se volvió y encontró a Ronnald observándolo con una expresión clara: “Te lo dije”. El astuto caballero saboreaba su triunfo. Sabía exactamente dónde estaba la entrada, pero había cambiado de lugar a propósito. Quería que fuera Theodor quien la encontrara.
Así, no quedaría la menor sospecha sobre él.
—Bingo, profesor. Acaba de encontrar la entrada.
Theodor hundió con fuerza la roca. Una grieta se abrió de inmediato, partiendo la pared en dos y reveló un oscuro túnel del que emergía una brisa maloliente. El hedor a moho y humedad le resultó repulsivo; el aire era tan espeso y rancio que apenas podía respirar.
Sacudió su varita y esferas de luz brotaron, flotando por el pasaje y disiparon la oscuridad. Las necesitaban para no tropezar con las piedras que sobresalían del resbaladizo suelo.
Caminaron en silencio durante diez largos minutos. Ronnald, cuidando cada paso, temía cometer un error que despertara sospechas. Theodor, en cambio, guardaba silencio por orgullo. Le incomodaba tener que darle la razón al capitán.
El túnel desembocaba en las afueras del castillo, justo donde comenzaba el bosque al este de la isla. Una entrada perfecta para un asesino.
—¿Cuántos túneles iguales a este conoce, capitán Mlambo? —preguntó Theodor sin mirarlo, con la vista clavada en el horizonte, inspeccionando los lejanos contornos del castillo.
—Con este, son cinco. Hay uno por cada dirección cardinal principal. Pero quién sabe…, podrían existir cientos. Eldryan es inmenso. Estoy seguro de que quienes lo construyeron añadieron suficientes túneles para escapar en caso de una invasión.
—Entonces debemos encontrarlos antes de que alguien más lo haga, capitán.
—¿Está sucediendo algo que yo no sepa, profesor?
Theodor demoró en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó más grave que nunca.
—Sthevyand se viene abajo. Eldryan ya no es tan seguro como pensábamos. Recemos porque Celeste Gryffin pueda salvarnos de la desgracia que está por venir.