Capítulo 5 #3
— ¡Carcerem Spinarum!
El eco mágico se deslizó por las entrañas del castillo como un latido. A lo lejos, en los límites de la fortaleza, brotaron altos arbustos espinosos, emergiendo de la tierra como una muralla viviente. Un bosque de espinas sellando cada posible vía de escape.
—Con esto ganaremos algo de tiempo —dijo Celeste, sin apartar la vista del horizonte—. Reuniré a los caballeros mágicos. Pero, antes…, borremos las huellas.
Theodor alzó su varita. Un hechizo devolvió al ventanal su forma original con precisión impecable. Luego, con un gesto, hizo que la escultura congelada del tukgglah se desvaneciera lentamente, como si nunca hubiera existido.
—Nos dividiremos —ordenó Celeste—. Cada uno revisará una sección del castillo. Y ustedes —añadió, mirando a Deniel y a Royce— vuelvan a su habitación. No deben decir ni una palabra. ¿Entendido?
—¿No deben decir qué, magíster ?
Una voz grave irrumpió con la precisión de un cuchillo. Ezkel acababa de entrar al corredor, con el príncipe Lucius a su lado. No alcanzaron a ver el desastre, ni los restos de la criatura, pero las palabras de Celeste ya se habían derramado en el aire.
—No es nada, profesor —respondió ella con una calma cortante—. Encárguese de escoltar al príncipe Lucius. Yo me haré cargo del señor Soyer y del señor Worrel.
La mirada que le dedicó a Theodor fue tan clara como un conjuro silencioso. Él entendió al instante. Asintió en silencio y partió.
La cacería había comenzado. Celeste se despidió sin afecto, su voz tan afilada como su decisión. Y, aunque nada más se dijo, una nueva arruga se dibujó en el ceño de Ezkel, que ardía por descubrir lo que tanto se esforzaban en ocultar.
Royce y Deniel la imitaron. Inclinando la cabeza, pasaron junto al hechicero como dos sombras bajo vigilancia. Caminaban detrás de Celeste, en absoluto silencio, como si el más mínimo gesto pudiera delatarlos.
Intentaban no parecer culpables. Pero fue demasiado tarde. Ambos ya habitaban, sin saberlo, en las inquisitivas pupilas del hechicero.
Los quejidos del intruso se arrastraban por las mazmorras como un lamento condenado, dejando tras de sí un rastro rojo: la sangre que se escurría entre sus dedos desde la herida abierta.
Con un suspiro tembloroso, se dejó caer contra la pared helada, se deslizó hasta el suelo mientras jadeaba, con la mirada fija en la daga que aún le atravesaba el hombro.
Inspiró profundo… y de un tirón la arrancó de su carne, ahogando el grito entre el crujir de sus dientes.
Libre al fin de la presencia metálica, apoyó la cabeza en la roca húmeda y exhaló un suspiro largo, aliviado por la tibia sensación del dolor menguante.
Contempló la daga teñida de rojo. Y, al evocar el rostro de Royce, la furia le nubló la vista.
Apretó el mango con rabia y la arrojó con todas sus fuerzas a las profundidades de la oscuridad.
El eco del golpe se perdió entre los muros, pero el castigo llegó de inmediato: una punzada le atravesó el cuerpo, y le robó el aliento.
“Ese malnacido me ha herido hasta el hueso”.
Necesitaba deshacerse de las harapientas prendas y regresar antes de que alguien notara su ausencia. Sospechaba que Royce no se había tragado su farsa de hechicero.
Lo supo con solo mirarlo a los ojos.
Rebuscó desesperado en la bolsa que colgaba del uniforme de caballero. Al encontrar el frasco azul, retiró el corcho y lo inclinó hacia la herida, pero sus dedos, débiles por la pérdida de sangre, lo traicionaron. El frasco voló de sus manos y giró en el aire como una burla.
Una sombra lo atrapó al vuelo. Del rincón más oscuro del calabozo emergió una figura retorcida, silenciosa.
Una mujer de cabellos cenicientos y aura corrupta se materializó frente a él, aferrando el frasco con dedos largos y deformes.
Su sonrisa torcida no le pertenecía. Ni esa mirada vacía que brillaba con algo más antiguo. Más hambriento.
—¿Quién rayos eres? —exigió el caballero, desenvainando su espada y soportando la punzada que le atravesaba el hombro, un dolor tan feroz que le nublaba los sentidos.
—No te delataré…, no si respondes a mis preguntas. —La sonrisa de la anciana era espeluznante, decorada por una hilera de dientes desgastados y repulsivos.
Antes de que el caballero pudiera dar un paso, fue lanzado contra la pared, incrustándose en ella como un retrato maldito. El impacto le arrancó un alarido que no logró contener. La herida latía con cada pulsación, como si los músculos y los huesos rotos se retorcieran desde dentro.
—Por tu bien, responde a mis preguntas o estas frías mazmorras serán lo último que verás antes de morir, Ronnald Lagance.
—De acuerdo… —balbuceó él, con los ojos desorbitados. ¿Cómo era posible que aquella maldita bruja conociera su verdadero nombre?
La hechicera terminó el encantamiento y lo dejó caer con brusquedad. Poco le importaba si se rompía otro hueso.
—¿A quién te enviaron a matar? Y no me digas que a ese sirviente de mala muerte.
Ronnald intentó incorporarse, presionando la herida con la mano para contener la hemorragia.
Pero la anciana no se lo puso fácil. Aun así, alzó la vista, clavando los ojos en los suyos —negros como el abismo—, intentando descifrar su rostro, buscando cualquier indicio que le revelara quién —o qué— era ella.
Necesitaba algo. Cualquier cosa que pudiera usar en su contra.
Sabía demasiado. Y, si hablaba, la misión estaría condenada.
—No me interesa ese sirviente. Busco a un enemigo de mi reino que se oculta en este castillo. Cuando lo mate, me iré de este infierno.
—Así que estás aquí por alguien de Ashanty…, interesante. —La espeluznante anciana relajó los hombros con una calma aún más inquietante—. Seguirás con tus planes, pero te advierto: Celeste Gryffin es únicamente mía.
Mientras Ronnald intentaba recomponer su respiración, ella comenzó a caminar de un lado a otro, con las manos entrelazadas y la mente envenenada de estrategias.
Observaba el dolor en su rostro, midiendo el valor de aquel inesperado encuentro.
Sabía que cualquier cosa que afectara a Eldryan repercutiría en Celeste…
, incluso, la muerte de uno de sus estudiantes.
Sería exquisito torturarla antes de acabar con su miserable existencia.
—Ahora que sé tú secreto, serás mi esclavo.
—Estás… —intentó gritar Ronnald.
—Ah, ah, ah… —La bruja alzó la varita y, con un leve gesto, apretó mágicamente su garganta, reduciendo su voz a un leve estridor.
En un acto de benevolencia torcida, hizo levitar el frasco hasta él y dejó caer el líquido sobre la herida. La carne se cerró sin dejar cicatriz. Luego chasqueó los dedos y el uniforme blanco volvió a su estado impecable, sin una sola mancha que lo delatara.
—Este será nuestro pequeño secreto —murmuró, justo antes de desvanecerse en una cortina de humo.
Ronnald acarició su cuello, sintiendo cómo la presión desaparecía con el regreso del aire a sus pulmones. La herida había sanado, sí, pero su orgullo fue desgarrado.
Ahora pertenecía a alguien más.