Corona de Sal y Luna Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

El tukgglah lo observaba con deleite, relamiéndose, en tanto su baba viscosa empapaba el suelo emitiendo un sonido repulsivo. Se tomaba su tiempo, eligiendo con morbo el punto exacto donde golpearlo, mientras el hechicero —de habilidad inquietante con las armas— se acercaba con paso amenazante.

Royce evaluaba las posibilidades con desesperación contenida.

¿A quién debía enfrentar primero? Escapar era una fantasía…

salvo que se lanzara por la ventana, pero la caída no lo perdonaría.

La muerte lo esperaba a ambos lados. Con un grito nacido del instinto, se arrojó contra el mago, y lo enfrentó cuerpo a cuerpo.

Tenía una única ventaja. Pequeña, sí, pero era suya.

Su daga cortó el aire como una extensión de su voluntad, directa a la garganta de su enemigo.

Pero este retrocedió con precisión ensayada.

No lanzó ningún encantamiento. En su lugar, desenvainó una espada oculta bajo su túnica, y su acero trazó un tajo brutal hacia el flanco de Royce, decidido a cortarlo en dos.

La maniobra lo tomó por sorpresa. No alcanzó a esquivarla del todo. El filo le mordió las costillas, y el ardor de la herida le arrancó un grito. La sangre brotó cálida entre sus dedos, pero no tuvo tiempo de pensar en el dolor. Un rugido lo alertó.

Giró justo a tiempo para ver al tukgglah abalanzarse de nuevo. Su lengua, siseante y venenosa, se dirigía hacia él como un látigo. Royce se lanzó en la dirección opuesta, corriendo hacia la criatura. Cambió la daga a su mano derecha, dispuesto a clavársela entre los ojos. Pero la bestia no atacó.

Saltó ágilmente a la pared, luego al techo, y en cuestión de segundos pasó sobre su cabeza, regresando al lado de su amo como una sombra obediente.

Royce se detuvo, jadeando. Su mirada recorría el pasillo sin tregua, buscando un resquicio, una salida, algo…

pero no había nada. Ninguna escapatoria. Ningún milagro.

Lo estaban disfrutando. Eso era lo peor. Todavía no deseaban matarlo. Querían verlo desesperar, querían verlo caer lentamente.

—Todavía no. No podía morir.

Se lo repetía como una orden, como un rugido que hervía en su interior, mientras repasaba el solitario corredor, asegurándose de que estaban solos. Guardó su daga y adoptó una postura que no necesitaba recordar: estaba escrita en su cuerpo.

Fue entonces que el fuego respondió.

Lanzó un puñetazo al aire, y una llamarada estalló desde su brazo como una explosión de furia contenida. Giró sobre sí mismo, y una patada encendió el aire. Las brasas se expandieron como una tormenta de fuego, danzando con rabia, listas para devorar a sus enemigos.

Primero fue contra la bestia. Lanzó una llamarada directa a su cráneo, impidiéndole desplegar la lengua.

Cada vez que el fuego lamía su piel escamosa, el tukgglah aullaba con un chillido de criatura antigua y deformada, retorciéndose entre espasmos.

Royce aprovechó ese instante de debilidad, mientras el monstruo cerraba los ojos, para escapar de las llamas, giró sobre sí mismo y redirigió su ataque hacia el mago, dispuesto a obligarlo a mostrar sus verdaderas cartas… o a arder.

Pero algo no encajó. El hechicero no conjuró hechizo alguno. No alzó un escudo, no susurró ninguna palabra. En su lugar, alzó la espada.

Y con ella, absorbió el fuego.

—¿Qué diablos...? —murmuró Royce, desconcertado, viendo sus llamas desaparecer dentro del cristal que coronaba el arma.

Un grito del hechicero lo devolvió al presente.

El tukgglah aprovechó su distracción y arrojó su lengua como un látigo envenenado.

El impacto lo golpeó de lleno en la máscara metálica que aún protegía su rostro.

El veneno no logró atravesarla, pero Royce supo que no resistiría otro ataque igual.

El monstruo arremetió una vez más y el guerrero por casi nada logró esquivar la puntiaguda maza al final de su lengua.

Cayó al suelo, rodando entre restos ardientes.

Tomó la máscara con manos temblorosas, pero antes de poder ponérsela, una nueva ráfaga de fuego lo alcanzó.

El golpe lo lanzó hacia atrás, como si las llamas hubieran decidido expulsarlo del mundo.

El hechicero chasqueó su látigo. El sonido fue seco, brutal. El tukgglah rugió y se preparó para lanzarse sobre su presa.

— ¡Magicae Scutum!

Royce alzó la vista justo a tiempo para ver cómo un campo de energía chispeaba frente a él. Interponiéndose entre la escamosa lengua del tukgglah y su vida.

Reconoció la voz, y su pecho se comprimió. Sintió una oleada de alivio y, al mismo tiempo, pánico. No podía dejar que Deniel lo viera sin la máscara.

—¿En qué problema te metiste? —preguntó el tritón, evaluando la escena con el ceño fruncido.

El corredor parecía un santuario profanado: las cortinas ardiendo, los muebles reducidos a cenizas, las flores marchitas bajo las brasas, los jarrones hechos trizas y las antorchas derramando fuego como si los dioses hubieran dictado sentencia.

Royce se incorporó con rapidez, ajustándose la máscara con dedos firmes.

—Es un intruso —dijo con voz áspera—. No dejes que la criatura abra la boca. Si su lengua te alcanza, estás muerto. Yo me ocuparé del mago.

Deniel asintió sin preguntar. No era momento de entender.

Era momento de luchar.

Royce sabía que no podía seguir usando fuego. Nadie en Eldryan conocía su secreto, salvo Celeste y Elyot. Y así debía permanecer. Nadie podía saber que era un maggium.

Era momento de acabar con todo aquello. Al menos ahora tenía un respaldo. Alguien capaz de enfrentar al tukgglah sin que él tuviera que arriesgarse a morir envenenado.

Reunió varios fragmentos de los jarrones rotos a su alrededor y los arrojó contra el hechicero. Este los esquivaba con una elegancia inquietante o los destruía con rápidos movimientos de su espada.

El tukgglah rugió e intentó lanzarse de nuevo, pero Deniel lo contuvo con un encantamiento justo antes de que pudiera desplegar su lengua.

El mago de sangre, al verlo mutar sus escamas en hielo sólido, comprendió que ya no tenía oportunidad alguna. Si seguía allí, sería derrotado… o desenmascarado. En su intento de escapar, no vio la daga de Royce hasta sentirla enterrarse en su hombro.

El grito que soltó fue desgarrador. Se recostó contra la pared, maldiciéndolo con la mirada. Tenía la certeza de que no lograría vencerlos, entonces recurrió a su último truco. Giró la espada y activó la segunda gema. Una luz cegadora brotó del cristal, creciendo, amenazando con devorarlo todo.

Deniel, al percibir la fuerza del hechizo, no dudó. Se lanzó sobre Royce, derribándolo al suelo justo antes de que la luz estallara. El encantamiento golpeó el corredor, pero solo uno de los altos ventanales fue destruido.

—¿Estás bien? —preguntó Deniel, todavía tendido sobre él.

Royce no respondió de inmediato. Estaba perdido en el absurdamente azul profundo de los ojos de Deniel a solo unos centímetros de los suyos.

Inmóvil, atrapado en aquella mirada, como un eco imposible de ignorar, una pregunta le atravesó el pecho: ¿Por qué arriesgarse así… por alguien a quien apenas conocía?

Por un instante, se sintió estúpido por haber dudado, por pensar siquiera que Deniel no lo ayudaría.

—Sí…, estoy bien —murmuró al fin.

—¿Qué sucedió aquí?

La voz de Celeste hizo que ambos giraran.

Ella y Theodor acababan de llegar, y sus rostros reflejaban asombro al ver el enorme iceberg que había sepultado al tukgglah.

Todo a su alrededor era caos: cortinas calcinadas, muebles destruidos, flores hechas cenizas, y el corredor cubierto de escombros y brasas.

—Lamento decir esto, señor Soyer, pero es usted un imán para los problemas —dijo Theodor, observando a los dos jóvenes aún en el suelo.

—No fue culpa de Deniel, magíster —Royce rodó al tritón con un leve empujón, liberándose de su peso, y se puso en pie con la rapidez de quien ha aprendido a no exponerse más de la cuenta.

—El tukgglah y su domador me atacaron. Si Deniel no hubiera llegado, estaría muerto.

—¿A ti? —preguntó Celeste, visiblemente desconcertada.

Royce solía pasar desapercibido. Siempre al margen. ¿Quién querría matarlo?

—¿Alcanzaron a ver el rostro del intruso? —insistió Theodor, frunciendo el ceño.

Demasiadas coincidencias. Primero, el ataque a Celeste en Isla Fraser. Y ahora esto. Alguien estaba intentando quebrar a la anciana… y su reputación.

—Su aspecto era similar al de los magos que nos atacaron en la isla, pero la capucha le protegía el rostro — Deniel se puso en pie con ayuda de Royce.

—¿Un mago de sangre? ¿Aquí, en el castillo? —la voz de Celeste se quebró levemente. Una punzada de escalofrío recorrió su espalda. Habían pasado décadas desde la última vez que un mago de sangre pisó Eldryan.

Y, aun así…, allí estaban.

—No lo creo —intervino Royce, llevándose una mano a la barbilla. Había desconfianza en su voz. Y también certeza.

—¿A qué se refiere, señor Worrel? —Theodor enarcó una ceja al observar la postura del muchacho.

—El domador del tukgglah vestía como los magos de sangre, sí, pero sus movimientos no eran los de un hechicero. Era diestro con la espada. Además, lanzó sus hechizos usando las gemas. Como un caballero mágico.

—¿Insinúas que un caballero mágico ha roto su juramento? —preguntó Celeste, en voz baja.

Era una acusación grave. Pero en su interior, algo le decía que Royce no se equivocaba. Los tiempos estaban cambiando, oscureciéndose. En este nuevo mundo, hasta la lealtad más pura podía teñirse de sangre.

—Estoy seguro. He entrenado con varios caballeros. Conozco sus movimientos —afirmó Royce.

Había tal firmeza en su voz que, por un instante, incluso Celeste vaciló. Su mirada se endureció, pero no replicó.

—No sé mucho sobre caballeros mágicos —añadió Deniel, desviando las miradas hacia él—, pero eso fue exactamente lo que vimos.

—Podemos comprobarlo —Royce mostró una chispa de esperanza en los ojos—. Le clavé una daga en el hombro.

—Debemos darnos prisa antes de que abandone el castillo —Theodor se asomó por el ventanal destruido para inspeccionar los jardines.