Capítulo 5
“La manipulación es una espada invisible que hiere y mata sin remordimiento. Empuñada por almas vacías que se nutren de la inocencia humana”.
—¡Silencio! —exclamó Celeste, y su voz cortó el aire como un látigo—.
Lucius, un rey debe ser fuerte para defender su reino, sí, pero también debe ser benevolente.
Son virtudes que aún no has aprendido a dominar.
Además, conviene recordarte que la heredera al trono de Daavos es la princesa Amarys.
Escoge bien tus palabras antes de soltar cualquier insensatez…
, podrías provocar un conflicto político en tu propio reino.
Su mirada severa, afilada como un cuchillo, se deslizó del jinete al joven tritón con la mayor dureza que podía permitirse. Debía mostrarse imparcial. Nadie podía sospechar del lazo que compartían.
—Y tú, Deniel…, evita los enfrentamientos innecesarios. No te traje a Eldryan para que pelees con cada estudiante que te provoque.
Acto seguido, Celeste se volvió hacia Ezkel, quien no apartaba de Deniel su mirada glacial.
—Profesor, lleve al príncipe Lucius a los salones. Hágalo repetir nuestro juramento… para que no olvide que está en una escuela, no en un campo de batalla.
—¿Y cuál será el castigo para el señor Soyer? —inquirió Ezkel con una sonrisa cruel. Sus ojos brillaban con malicia: ansiaba esa oportunidad para hacer sufrir al recién llegado… y obtener respuestas.
—Por el momento, ninguno. Ya fue suficiente con haber enfrentado un examen sorpresa en su primer día —Celeste lo fulminó con la mirada. No tenía paciencia para sus provocaciones.
—Como usted diga, magíster —murmuró Ezkel entre dientes, arrastrando a Lucius fuera de la oficina. No sin antes lanzar una última mirada sombría al pasar junto al tritón, conteniendo el deseo de hacerle pagar.
—Siento mucho lo de antes… —balbuceó Deniel, sin llegar a terminar la frase.
—Sé que no es fácil llegar a un sitio nuevo y comenzar de cero —Celeste se acercó a él—, pero necesito que te mantengas alejado de los problemas, al menos por ahora.
—Tendré más cuidado —Deniel bajó la cabeza con vergüenza mientras su resentimiento hacia Lucius ardía en silencio.
—Confío en que así será. Descansa. Mañana por la tarde ven a verme, practicaremos tu autocontrol.
Una leve sonrisa asomó en los labios de la anciana al levantar la vista. Theodor Ewell, su viejo amigo y protector, acababa de entrar en el gabinete.
—Espero que Lucius aprenda de una vez a comportarse. Es peor que los duendes del laberinto —comentó el hechicero tomando asiento junto al tritón.
—Ojalá la mano firme de Ezkel lo haga entrar en razón… o terminaremos viendo a la próxima amenaza de Sthevyand sobre un dragón —ironizó Celeste.
—Me retiro. Disculpe los problemas causados, magíster . No volverá a repetirse —Deniel se despidió con un leve movimiento de cabeza antes de dirigirse a la puerta.
El tritón miró fugazmente a Theodor y deseó que el suelo se abriera bajo sus pies y lo tragara por completo. En sus antiguas escuelas jamás fue reprendido, pero en Sthevyand mantener limpio su historial le parecía imposible.
—Me parece un buen estudiante. Lástima que, por su personalidad, será el blanco de todos los bravucones de la escuela —murmuró Theodor aún mirando la puerta que Deniel había cruzado.
—No me preocupan los bravucones —Celeste regresó a su asiento—. Después de lo ocurrido hoy, pensarán dos veces antes de provocarlo.
—Entonces, ¿qué te inquieta, Celeste?
La angustia en su rostro era apenas perceptible, pero Theodor la conocía demasiado bien. Casi tanto como a su hija. No había gesto, ni sombra en su mirada que pudiera ocultarle la verdad.
Los ojos de la hechicera volvieron a la ventana, donde la noche se extendía, silenciosa y densa.
Se aferró a su manto oscuro como quien se cubre para esconder el temblor del alma.
Llevaba años callando aquella verdad, enterrándola bajo la culpa de no haber sido lo bastante fuerte.
Y, ahora, las pesadillas volvían con el mismo rostro…
como si el pasado jamás se hubiera marchado.
Celeste se levantó en silencio. Caminó hasta la ventana y se perdió en la oscuridad del cielo, como si en la noche buscara respuestas que no podía hallar en sí misma.
No era la primera vez que se preguntaba si estaba tomando el camino correcto.
Había dirigido guerras, sellado pactos y salvado reinos enteros…
, pero esto era distinto. Esta vez, la culpa la alcanzaba incluso antes de fallar.
—Temo estar arrastrándolo a una batalla que ni yo misma me atrevo a comenzar —susurró, sin apartar la vista de la nada.
—¿A qué te refieres? —la tensión se filtró en la voz de Theodor. Había combatido a su lado en escenarios atroces, fue testigo de su temple en momentos donde todo parecía perdido, pero nunca la había oído temblar.
—Esta mañana fui emboscada por magos de sangre en el portal de Isla Fraser. Alguien… muy poderoso… logró poseer a Alwyn y lo volvió en mi contra.
—¿¡Alwyn!? Eso es imposible. Nadie posee a un espíritu, así como así —Theodor se rascó la barbilla, intentando descifrar el rostro de la amenaza—. ¿Sospechas de alguien?
Celeste se volvió lentamente. Ya no era la gran magíster ; era una mujer enfrentando un fantasma antiguo.
—Era su especialidad… manipular desde las sombras. Siempre lo fue.
—Está atrapado. Encerrado en piedra. No puede ser él —la voz de Theodor perdió firmeza. También lo recordaba…, demasiado bien—. Quizá, alguno de sus seguidores.
—Eso me temo —musitó Celeste, dejándose caer en su asiento.
Theodor se acercó, y con firmeza le colocó una mano en el hombro.
—No importa lo que pase, no importa quién sea, te ayudaré a enfrentarlo. Lo haremos juntos, como en el pasado.
Ella se volvió hacia él. Sus miradas se encontraron y fingió una sonrisa serena. Pero todo dentro de ella se desmoronaba. Su alma, hecha de ruinas, sostenía una verdad que golpeaba desde dentro, pidiendo ser liberada…, aun si eso la destruía.
Royce regresaba de sus labores cerca de la medianoche, deslizándose entre las sombras del castillo bajo la crepitante luz de las antorchas, acompañado solo por el sepulcral sosiego de Eldryan.
Aquel silencio, que a otros podía parecer inquietante, era su santuario.
El único instante del día en que no debía soportar los absurdos murmullos de los estudiantes intentando descifrar su rostro, ni las historias torcidas que lo acusaban de practicar brujería, de profanar cuerpos e, incluso, de sacrificar niños a la diosa sangre de Tartharos.
Aquella noche, había sido el último en abandonar la cocina.
Se ofreció a concluir las tareas para que las jóvenes doncellas pudieran retirarse tras el ajetreo de la ceremonia de bienvenida.
El cansancio lo atravesaba hasta los huesos, y pensaba en el extenso camino que lo separaba hasta su habitación: debía cruzar la torre de los basiliscos y luego la galería de Camelot, unidas por un corredor que parecía no tener fin.
Fue justo en medio de ese pasillo donde se detuvo.
La punzada de una mirada clavada en su espalda le erizó los vellos de la nuca.
Apretó el mango de la daga que siempre llevaba oculta y giró la cabeza con lentitud, siguiendo el sonido de unas pisadas furtivas y el fétido aroma a bestia que comenzaba a corromper el aire.
Al volverse, se encontró cara a cara con la lengua serpenteante de un tukgglah y con su domador.
El monstruo lo observaba con sus ojos reptilianos, entrecerrando la mirada mientras abría lentamente la boca, revelando una hilera de dientes afilados y una lengua cubierta de espinas en forma de maza.
La cresta verde de su lomo ondulaba como una ola viva, y sus garras se hundían con fuerza en el suelo, empujadas por un instinto primitivo, ansioso de matar.
El siseo gutural que escapaba de sus fauces se acompasaba con los movimientos sinuosos de su cola en una danza que solo anunciaba muerte.
El repicar metálico de la cadena fue lo último que escuchó.
Y con el chasquido del látigo la criatura se lanzó al ataque.
Royce se puso en guardia, alzando la daga frente a su rostro, listo para hundirla en la carne de la bestia en cuanto tuviera una oportunidad.
Pero su mayor preocupación no eran las garras, sino la masa de púas que coronaba su lengua. Si lo alcanzaba, sería hombre muerto.
Sin apartar la vista de aquella boca letal, trazó su plan. Cuando se acercara, se lanzaría a un costado y apuntaría al ojo. Con suerte, el dolor lo distraería lo suficiente para llegar al otro extremo del corredor y alertar a los guardias.
Esperó, tenso, vigilando cada movimiento.
Pero sus ojos se abrieron cuando, de un salto, el tukgglah clavó las garras en las cortinas y comenzó a correr por las paredes como un demonio liberado. Su plan de escape se hizo trizas.
Con las fauces abiertas, la lengua venenosa salió disparada como un rayo, deseosa de saborear su carne.
Reaccionando apenas, Royce se lanzó al suelo, rodó hacia uno de los jarrones en busca de refugio.
Inclinó la cabeza hasta el borde del jarrón, en busca de la criatura, pero ya no estaba allí.
Saltó de nuevo al suelo y se preparaba para un segundo ataque, atraído por el rostro medio descubierto del muchacho.
Una ráfaga de adrenalina recorrió el cuerpo de Royce. Divisó la maza espinada que se dirigía a él y retrocedió a su escondite, desconcertado por la agilidad de la criatura. La enorme lengua impactó contra el jarrón, haciéndolo añicos. Los fragmentos llovieron sobre él como metralla.
A duras penas abrió los ojos, cegado por la arena que le cubría el rostro, y se encontró de frente con un nuevo ataque que lo obligó a lanzarse al centro del pasillo. A milésimas de segundos de esquivar una daga que habría atravesado su pecho quedó desprotegido y rodeado por sus enemigos.