Corona de Sal y Luna Capítulo 4 #3
9%

Capítulo 4 #3

El tono de la anciana fue serio, pero en su mirada albergaba una confianza inquebrantable.

Sabía que Isabell y ella habían hecho un buen trabajo entrenándolo desde pequeño.

Su crecimiento como maggium fue intenso, y a la vez lleno de mentiras.

Verlo devorar los libros y practicar hechizos hasta el cansancio con una ingenua sonrisa mientras creía aprender más de su mundo le partió el corazón más de una vez.

Quería decirle, alertarlo del peligro que pronto tocaría a su puerta, pero era innegociable.

Ese era su destino, para eso había nacido, y tendría que enfrentarlo tarde o temprano.

Ambos estudiantes se observaron con detenimiento, pero no de la misma forma.

Deniel buscaba en su contrincante algún rastro de humanidad, un indicio que lo hiciera retroceder…

, pero los ojos de William estaban vacíos de toda compasión.

Lo escudriñaba con precisión quirúrgica, como quien disecciona una presa.

Cada movimiento, cada respiración, cada titubeo era una oportunidad para destrozarlo, quebrarle los huesos y enviarlo de regreso a casa en una sola pieza… si es que corría con suerte.

En sus pupilas danzaba el reflejo de hechizos oscuros, ya seleccionados, programados para herir. Ezkel lo había advertido.

—¡A sus puestos! —ordenó Celeste.

Caminaron hacia extremos opuestos del salón, marcando el terreno como guerreros a punto de batirse. Deniel, en silencio, repasaba mentalmente cada conjuro practicado junto a Celeste, esforzándose por mantener la calma.

Al volverse, se encontró con la sonrisa cruel de William. A su espalda, Lucius y la amante de Royce lo animaban descaradamente, como espectadores deseando sangre. “Buen equipo el suyo”, pensó Deniel con ironía, al recordar que fueron sus reinos los que apoyaron a Daavos en la masacre de Selenya.

La sangre le ardió. Las sirenas parecían llamarlo desde el fondo del océano, incitándolo a desatar ese lado oscuro que solo conocen los nacidos del mar y de la luna.

—¡Comiencen! —anunció Celeste.

— ¡Osprey! —bramó William.

El hechizo hizo que muchos se cubrieran la boca, horrorizados. Un ataque letal, directo, capaz de matar si impactaba en el lugar adecuado.

— ¡Deffender! —como había previsto, Deniel conjuró una barrera mágica para bloquear la embestida. Su instinto le gritaba que aquel primer movimiento no sería suave.

Pero algo no iba bien. No se sentía cómodo con la varita; su magia parecía resistirse. La energía de tritón le escocía bajo la piel, contenida, amenazando con quebrar el canal mágico que empuñaba. Era la misma sensación que lo había dominado frente al mago de sangre. Asfixiante. Inestable.

Cuando el choque se disipó, Deniel estudió los restos de su defensa, midió la intensidad del impacto…, y atacó.

— ¡Potentes Ictum!

William deshizo el contraataque con un simple ademán y un leve toque de varita. Su sonrisa era la de alguien que disfrutaba aplastar insectos.

—¿Con esos hechizos tan básicos pretendes vencerme? ¡Tenebris Corrosio!

Un rayo oscuro impactó la barrera de Deniel, arrancándole el brillo. La magia se marchitó como una hoja seca. La oscuridad se expandió hasta envolverla por completo, descomponiendo el encantamiento, disolviéndolo como polvo entre las sombras.

Aprovechando la confusión en los ojos del tritón, William invocó un nuevo hechizo. Esta vez, dispuesto a acabar con él.

— ¡Globus Ignis!

—¡Cuidado!

La voz de Layla rompió el aire como un látigo, cargada de horror. Gritó con tanta fuerza que casi se desgarró la garganta, pero Deniel no alcanzó a voltearse. La nube oscura que una vez fue su barrera se abrió de golpe, devorada por un rugido llameante que se lanzó directo hacia él.

Movido por el instinto, se arrojó a un lado, justo cuando las brasas alcanzaban la capa de su uniforme, haciéndola arder en pleno vuelo. El tiempo pareció detenerse. Vio la tela chamuscada danzar en el aire y, más allá de ella, la sonrisa sádica de William.

Entonces lo recordó. Recordó las crónicas de la masacre de Selenya. Los ejércitos de Daavos, Ivanya y Zonla se habían ensañado con su pueblo hasta reducirlo a cenizas. Y allí estaba él, frente a la viva encarnación de esa barbarie. Frente a los culpables de su soledad.

Su poder respondió al llamado. Como una marea indomable, serpenteó por sus venas, invadió sus manos, le gritó que lo liberara, que hiciera justicia, que vengara a cada sirena, a cada tritón que jamás volvería a ver la superficie.

El dolor y la rabia se entrelazaron en su pecho y subieron como un fuego incontenible por su garganta hasta convertirse en palabra.

—¡Magna Sphaera!

Desde el suelo, Deniel desató el contraataque. El hechizo impactó con fuerza en su objetivo, arrojando a William por los aires y arrancando vítores de casi toda la escuela.

Los moradores de Ivanya, maggiums con dominio sobre las serpientes, no celebraron.

Como los hechiceros de Xerbus y Zonla, habían abandonado la Unión poco antes de la Guerra Mágica, y ahora, desde su rincón sombrío, observaban con desdén.

Algunos miembros de la Cueva del Basilisco corrieron a asistir a William, mientras otros clavaban en Deniel miradas envenenadas.

Pero William no necesitaba ayuda. Lejos de estar vencido, algo en su interior vibraba con perverso entusiasmo.

Su cuerpo reaccionaba al dolor con hambre.

Como si cada golpe solo sirviera para excitar esa parte salvaje y sanguinaria que lo habitaba.

A empujones apartó a sus compañeros y se levantó con la mirada fija en Deniel.

Una carcajada desquiciada brotó de su garganta.

—Por fin, alguien con agallas. Lástima que acabaré contigo.

— ¡Flamma Serpens!

De su varita surgieron llamas que se retorcieron hasta adoptar la forma de un basilisco gigantesco. Fuego vivo, serpenteante, con colmillos abiertos y hambre en sus ojos incandescentes.

—¿Cómo saldrás de esta, Soyer?

—Combatiendo con su elemento opuesto.

—¡Tempestas!

Deniel alzó su varita. El aire cambió. Se volvió denso, hostil. El salón entero contuvo la respiración cuando los vientos comenzaron a arremolinarse, arrastrando la calma y dando paso a nubarrones tan oscuros como la furia que rugía dentro de él.

La magia de la luna y el océano se desbordó por su cuerpo. Su expresión cambió. Ya no era el muchacho que muchos habían subestimado. Por un instante, ni siquiera Celeste pudo reconocerlo. Toda su oscuridad, su dolor y su furia se convirtieron en tormenta. Y la tormenta estalló.

El basilisco chilló al primer contacto. Cada gota lo quemaba como si fuera ácido celestial.

Su fuego se apagó poco a poco, retorciéndose, hasta que la criatura cayó al suelo, agonizante, y se desvaneció bajo la lluvia.

William, completamente mojado, temblaba.

No de frío. De odio. Quería matarlo. Estaban en el momento ideal.

Nadie podía predecir el desenlace de un duelo.

Bastaba un hechizo para sellar el destino del otro. Y William no iba a desaprovecharlo.

Matarlo frente a Celeste sería su trofeo. Disfrutaría cada segundo viéndola impotente. La odiaba, y soñaba con arrancarle el alma a tiras, con sus propias manos.

—¡Lapis Golem!

El suelo y las paredes temblaron mientras el hechizo de William se dibujaba sobre el mármol, abriéndolo en enormes grietas. De ellas emergió un guerrero de piedra, esculpido por la magia, blandiendo un hacha titánica.

—¡Destrúyelo! —ordenó William señalando al tritón.

— ¡Fulgura!

El grito de Deniel rompió los cielos. Mezcla de rugido y llanto, su voz rasgó las nubes, invocando un relámpago que se ramificó sobre el golem. El impacto fue tan brutal que la criatura estalló en pedazos.

La explosión derribó a William y a los estudiantes más cercanos.

Sus ojos, nublados de polvo, se fijaron en la cabeza rota del golem.

Incluso Ezkel, con toda su arrogancia, tuvo que admitirlo: ningún estudiante en años había conjurado una tormenta semejante.

Ni siquiera los más talentosos. Deniel Soyer acababa de demostrar que podía rivalizar con el poder ancestral de las sirenas… e, incluso, con sus rayos.

Desde el otro lado del salón, Layla por fin soltó la mano de Asher. Él volteó al sentir que su pulso regresaba, y ambos se ruborizaron al notar el contacto. Se apartaron bruscamente, empujando a Emmond, que solo reía, orgulloso del tritón.

Royce quedó atónito. Nunca imaginó que su compañero de habitación sería tan poderoso. Tan hábil que, por un instante, se atrevió a compararlo con el hechicero favorito de Eldryan.

Todos celebraban…, excepto Celeste. Porque ella veía más allá del espectáculo.

Deniel, ajeno a la ovación, tenía los ojos clavados en William. Su mirada era una sentencia. En ella no quedaba duda de que había elegido su final. Lo señaló con la varita, y el cielo respondió estremeciéndose. Las nubes se retorcieron, cargadas de furia.

—Ahora te toca a ti.

— ¡Dobble Fulgura!

— ¡Absolute Cancel! —bramó Celeste alzando su varita.

Ella conocía ese poder. Y no provenía únicamente de su condición de tritón. Sabía que Deniel albergaba una magia peligrosa, antigua. Las criaturas del mar y de la luna… son bellas, sí. Fascinantes, pero también volubles. Tentadas por el caos.

Su hechizo disipó la tormenta, y, al ver que lo logró, supo que Deniel todavía no había despertado todo su potencial. Si lo hubiera hecho, su propia magia habría sido poco más que un destello en la oscuridad.

El agua que cubría el suelo se evaporó a pocos centímetros de los pies del tritón, que seguía inmóvil, ignorando el abismo que había estado a punto de cruzar.

—Es suficiente —ordenó Celeste, sin apartar la vista de Ezkel.

En la voz de la magíster había más que autoridad: había un mensaje claro. “No vuelvas a cuestionarme”.

Ezkel no respondió. Pero por dentro, hervía. Ese mocoso de cabello rubio y azul ocultaba algo más que talento. Ocultaba un poder que podría usarse… para destruir a la propia hechicera. Y él lo descubriría. A cualquier precio.