Corona de Sal y Luna Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Los deseos de gritarle lo que sentía le desgarraban el alma.

Desde la distancia, contemplaba la silueta del hada, ensimismado, fantaseando con la vida que compartiría a su lado si tuviera el valor de dar un paso.

Pero el miedo seguía anclado al recuerdo.

Desde aquel rechazo años atrás, había dejado de intentar ser amado y se convirtió en el depredador: devoraba sin compasión a quienes se ofrecían voluntariamente, usándolas como escudos… para no volver a ser herido.

Alejado del grupo, Deniel buscaba con la mirada la esbelta figura de Royce entre la multitud.

Su camarero favorito se encontraba en el extremo opuesto del salón, atrapado entre el gentío que exigía a gritos una segunda —y hasta una tercera— copa.

Deniel sonrió al imaginar la desesperación en su rostro, oculta tras la pesada máscara.

Bajó la vista hacia el cristal vacío en su mano y sopesó el esfuerzo que implicaría abrirse paso entre aquella marea de cuerpos.

Dudó unos segundos, hasta que se rindió con resignación: dejó la copa sobre uno de los bancos junto a él y optó por un paseo tranquilo a través de los corredores exteriores que conectaban los balcones.

Desde allí, la vista era imponente. Las gárgolas comenzaban a despertar con la salida de la luna, que se imponía sobre la oscuridad del cielo y bañaba los cristales del invernadero con su brillo plateado, transformándolo en un diamante colosal.

La melodía nocturna del mar que bordeaba el castillo acompañaba el silencio, envolviendo a Deniel y arrastrándolo a su propio mundo...

sin que notara la amenaza que se cernía justo frente a él.

—Lo siento — dijo tras estrellarse contra otro estudiante.

—Mira por dónde vas, chico nuevo.

—Ya dije lo siento —replicó Deniel, reconociendo el rostro del joven de cabello castaño y lengua afilada.

Por un instante se reprochó no haberlo lanzado del balcón con el impacto.

—¿Él es el hechicero del que me hablaste, Silla? —Lucius no se molestó en ocultar el desprecio y la burla en su expresión.

—¡Vaya! No solo tienes flojas las piernas... —Deniel la fulminó con la mirada, recordando su incómodo encuentro.

—No eres más que una sabandija patética que comparte habitación con un sirviente para poder estar aquí. Ten mucho cuidado con cómo le hablas a una princesa heredera. —Los puños de Lucius se envolvieron en llamas al instante, pero fue su mirada, ardiente y desafiante, la que se enfrentó a Deniel.

—Tengo entendido que en Eldryan no valen los títulos.

—Voy a enseñarte el respeto —gruñó Lucius, transformando su furia en fuego.

Con un movimiento veloz, Deniel esquivó las llamas y respondió con su varita alzándose con firmeza.

Los espectadores quedaron petrificados. Las carcajadas que antes celebraban al jinete se apagaron de golpe, reemplazadas por miradas incrédulas al verlo tendido en el suelo.

En Eldryan, nadie osaba desafiar a Lucius Deehagon, no por él, sino por el temor a su padre, el rey Bahel.

Pero ahora, todas las miradas se posaban con lástima sobre Deniel.

No por haberlo enfrentado, sino por lo que le esperaba si el ReyDragón se enteraba de semejante humillación a su heredero.

Lucius se irguió de un salto y, con brutalidad, aventó contra Deniel una oleada de llamas rabiosas que lo envolvieron por completo, forzándolo a danzar entre lenguas de fuego que buscaban devorarlo.

En uno de los giros del tritón, las llamas cambiaron de color. Una esfera azul se formó de pronto y estalló contra el pecho del jinete. Su rostro reflejó más sorpresa que dolor: el fuego ardía sobre su piel de forma extraña... lo estaba quemando de verdad.

Solo los magos verdaderamente poderosos podían dañar a un jinete en su propio elemento, y, más aún, después de haberse vinculado con un dragón. Aquello no podía estar pasando. No por culpa de un don nadie.

Una sonrisa se dibujó en el rostro de Deniel, clara, firme, desafiante.

Lucius había ofendido a las sirenas, se había burlado de su gente...

y no pensaba perdonárselo. Era el momento de hacerlo pagar.

Lástima que no pudiera enfrentarlo como tritón; le mostraría entonces el poder de la luna y del océano.

Sintió la magia recorrerle el cuerpo, concentrándose en el cristal oculto dentro de la varita. El núcleo siseó, se sintió vivo en su mano, mientras elegía el hechizo perfecto para arrancarle al príncipe la estupidez… de una vez por todas.

Lucius sabía que debía cuidarse, no solo de Deniel, sino de las miradas que ahora lo juzgaban. Su reputación pendía de un hilo.

—¿Crees que el fuego me afectará viniendo de alguien tan débil? Soy un jinete. El futuro rey de Daavos —dijo, intentando ponerse en pie… justo cuando algo le impactó el rostro de lleno—. ¿Qué…?

Se frotó, desorientado, la mejilla izquierda.

—Siento pena por el reino al poner su suerte en un cretino como tú —espetó Deniel.

Frente a él, erguido e imponente, sostenía la varita en alto, de cuya punta colgaba un látigo brillante hecho de ponche. Bajo la luz de la luna, el líquido centelleaba como magia líquida, y los espectadores, atónitos, miraron sus copas vacías.

—¡Acabaré contigo! —rugió Lucius, enloquecido por la vergüenza.

Exhalaba humo como una bestia irascible.

Sus ojos se tornaron negros, igual que las venas que emergían bajo su piel, reptando como raíces malditas.

Liberando su instinto más salvaje, se lanzó sobre Deniel.

Pero la grotesca figura del jinete no logró intimidarlo.

Deniel giró la varita con maestría, y el látigo descendió una y otra vez sobre la piel del príncipe.

Sin embargo, algo había cambiado. Su piel era más dura.

Más densa. Como si sobre ella creciera una coraza de escamas.

—¡Basta!

La voz de Ezkel retumbó como un relámpago. El profesor emergió de entre las sombras y, con un simple gesto, desvió el hechizo del tritón y disipó la furia descontrolada de Lucius.

—¿Estás bien? —preguntó Royce, acercándose a Deniel, tras presenciar el enfrentamiento.

—¿Te dejo dos minutos y ya estás en problemas? —añadió Emmond, preocupado.

—Me alegra que lo reconozca, señor Lizzengard.

Este incidente afectará el desempeño de la Casa de Merlín.

Pero, al tratarse de la primera falta del señor Soyer, solo perderán media estrella.

En cuanto a la Casa del Dragón… perderán una completa —La mirada de Ezkel fue tan cortante como su juicio—. Ahora entren, la magíster los espera.

—¿Qué ocurrió allá afuera? —Layla percibió la tensión que aún envolvía a Lucius como un manto oscuro.

—Ese cretino se burló de mí por compartir habitación con Royce —espetó Deniel con rabia—. Lo odio tanto que quisiera estrangularlo con mis propias manos.

—No te rebajes a su nivel. Solo busca provocarte. Por cierto…, buen movimiento con el látigo de ponche —Royce lanzando un guiño cómplice a través de la máscara antes de alejarse.

—Se cree dueño de todo porque su padre es el rey de Daavos —murmuró Asher, apretando los puños—. No veo la hora de cruzarme con él en una batalla fuera de Eldryan.

—Calma, Asher —Layla caminó a su lado intentando menguar los ánimos.

Ella también lo detestaba, pero debía morderse la lengua mientras las relaciones entre Greenland y Daavos pendían de un hilo.

La voz de Celeste se alzó con firmeza, nítida y poderosa, silenciando al instante el murmullo de los estudiantes. Como un hechizo invisible, su presencia reclamó la atención de todos.

—Bienvenidos a Eldryan. Espero que el empeño por convertirse en poderosos maggiums esté a la altura del fervor con que se lanzaron los hechizos esta noche —anunció, recorriendo el salón con la mirada.

Los ojos de la hechicera se posaron brevemente en Deniel, que se ruborizó hasta las orejas—. Estoy segura de que todos sabrán elegir el camino de la luz y honrar el nombre de esta escuela. Disfruten de la fiesta… y de la magnífica decoración creada por nuestra querida Layla Hildegard.

Un aplauso disperso intentó nacer, pero fue interrumpido por una voz áspera y bien conocida.

—Antes de continuar, creo que merecemos una explicación, magíster —Ezkel continuó con la autoridad de quien no teme tensar una cuerda.

—No es el momento. —Lo detuvo Theodor, colocándose delante de él con gesto firme. Sabía exactamente a qué se refería.

—No te preocupes, Theodor —Celeste mantuvo la calma—. Ezkel solo intenta ahorrarse los rumores.

Sabía que, tarde o temprano, la llegada de Deniel al castillo sería cuestionada. Era mejor enfrentarlo ahora, antes de que la atención malintencionada convirtiera al chico en un blanco.

—Ese estudiante —pronunció Ezkel, señalando a Deniel como si fuera una anomalía— es nuevo en Eldryan.

Proviene del otro lado de la barrera, sin haber pasado por ninguna escuela mágica, ni contar con la guía de un hechicero cualificado…

, salvo, según usted, por sus padres fallecidos.

Sin embargo, el emblema en su uniforme lo ubica en un nivel avanzado en el estudio de la magia.

—¿Qué propone usted, profesor? —preguntó Celeste con calma, aunque en el fondo ya conocía la respuesta.

—Un duelo. Si el nivel del señor Soyer es tan alto como afirma, no tendrá inconveniente en enfrentarse a alguien de su mismo rango.

—¿Y a quién sugiere como oponente? —retrucó ella con un leve destello desafiante en la mirada.

—William Corwel. Al centro del salón. Ahora —la sonrisa de Ezkel fue tan retorcida como venenosa.

El corazón de Deniel se encogió. Layla, junto a él, le apretó las manos con fuerza.

—No puede ser —murmuró ella.

—¿Cuál es el problema? —preguntó él confundido por su reacción.

—No el problema… los problemas —Asher tensó la mandíbula—. William Corwel es uno de los mejores hechiceros de Eldryan… y también el más despiadado.

—Magnífico. Dos lunáticos en una sola noche. Adoro esta escuela —murmuró Deniel con amargura. La preocupación ya se reflejaba claramente en su rostro.

—Señor Soyer —dijo Celeste—, al centro del salón.