Capítulo 4
“La lucha física debilita el cuerpo, la guerra contra nuestros demonios, desgasta el alma”.
Deniel sentía los pies entumecidos tras subir tantos escalones.
Solo pensaba en llegar a su habitación y dejarse caer en la cama, preguntándose si realmente valía la pena asistir a la fiesta de bienvenida.
En el último piso lo aguardaba una pequeña sala con varios asientos y una lámpara de cristales de luz, lo bastante grande como para iluminar todo el espacio con un resplandor cálido y constante.
Inspeccionó el lugar con cautela hasta dar con la entrada a su dormitorio.
Se acercó y suspiró frente a la puerta, intentando calmar los nervios.
Era la primera vez que compartiría cuarto con un desconocido.
Giró el pomo y se adentró en la habitación…
Quedó inmóvil ante una escena tan subida de tono que lo dejó sin aliento.
Sus mejillas se encendieron y la boca se le abrió de golpe, dejando caer la mochila al suelo.
Sus ojos se clavaron en la joven que suplicaba placer, mientras, quien debía ser su compañero de cuarto, intensificaba el vaivén de sus caderas tras ella.
El rostro de la muchacha era un poema erótico.
En cambio, el del joven era imposible de distinguir, oculto tras una máscara metálica de aspecto aterrador…
a pesar de la sensualidad evidente en su esculpido cuerpo.
La chica abrió los ojos, viéndolo allí, rígido como un obelisco en el umbral, y sus gemidos se transformaron en gritos mientras se revolvía entre las sábanas buscando cubrirse.
—Lo siento —acertó a decir Deniel antes de huir hacia la pequeña sala, convencido de que su primer día no podía ser más vergonzoso.
Los gritos se apagaron pronto. Solo se oían tropezones y cabezazos mientras los amantes apresurados buscaban su ropa en medio del caos.
—Decías que no vendría —susurró ella.
—No pensé que llegaría tan tarde. Lo siento —se disculpó él.
—¡¿Lo sientes?! ¡Voy a arrancarte la cabeza por esto, Royce Worrel! —gritó la muchacha, saliendo de la habitación con un portazo y ocultó su rostro al pasar junto a Deniel.
Poco después salió Royce, rascándose la nuca, visiblemente avergonzado por el espectáculo. Al ver a Deniel, todavía sonrojado, se le acercó con una sonrisa incómoda.
—Lo siento. No era mi intención que presenciaras… eso.
—No te preocupes. Fue… un incidente.
—Soy Royce Worrel —dijo, extendiendo una mano que brillaba bajo las luces.
El tritón le lanzó una mirada escéptica. La mano era grande… y sensual. Pero había algo en ese brillo sobre la piel desnuda que no le resultaba agradable al tacto.
—Deniel Soyer. Vengo del otro lado de la barrera.
Royce, al notar su expresión, retiró la mano y la metió en el bolsillo. Aún apenado, soltó una risa tonta y lo invitó a pasar a la habitación, en tanto recogía sus prendas íntimas de la que sería la cama de Deniel.
—¿Cómo es el otro lado de la barrera?
—¿A ninguno de ustedes los dejan cruzarla? —Deniel entrecerró los ojos—. Es demasiada coincidencia. Cada vez que lo menciono, o se asustan... o se les despierta una curiosidad insaciable por el mundo exterior.
—Son pocos los maggiums que se atreven a salir de Sthevyand. Prefieren quedarse aquí, donde pueden ser ellos mismos. Además, hasta alcanzar la mayoría de edad, los guardianes no permiten el uso de portales.
—Puedo mostrarte fotos en mi celular.
—Esos artefactos no son útiles aquí —Royce señaló el dispositivo con un leve gesto de cabeza.
—¿Conoces los celulares? —Deniel lo guardó de nuevo en el bolsillo de su pantalón, algo sorprendido.
—Claro. No eres el único maggium que ha llegado desde el otro lado —Royce alzó una ceja con ese aire travieso que parecía venirle natural.
—Buena jugada —sonrió Deniel.
—Para qué eres tan delicado —Royce elevó a los hombres en una inocente burla—. Mejor nos apuramos y nos duchamos. Ya casi es hora de la bienvenida, y yo tengo que trabajar.
—Ve tú primero. Debes seguir… algo excitado —bromeó Deniel con una sonrisa ladeada.
—Mmm… buen sentido del humor. Nos llevaremos bien.
—Terminarás amándome —añadió el tritón, formando un corazón con las manos frente al pecho.
Luego de una ducha refrescante, perfumados y listos, se dirigieron al Gran Salón deseando que la tortura acabara pronto.
Ninguno de los dos tenía ánimos para una celebración.
Al unirse a los invitados, los libis se aferraron a ellos con entusiasmo, convirtiendo su llegada en un incómodo espectáculo.
—Layla hizo un gran trabajo —afirmó Royce, sin apartar la vista de la cascada de flores suspendida en el techo.
—¿Conoces a Layla?
—¿Quién no conoce a la segunda princesa de Greenland?
El comentario hizo que Deniel abriera los ojos, incrédulo.
—¿Layla es una princesa? —el tritón, sorprendido, recordó su conversación con el hada y sintió vergüenza por haberla tratado como a una estudiante cualquiera.
—Es hora de que me ponga a trabajar. Cualquier cosa que necesites, no dudes en buscarme. Nos veremos luego.
—Lo tendré en mente.
Deniel lo observó alejarse. Caminaba con una elegancia tal que destacaba entre la multitud.
Su espalda recta y ancha se marcaba a través de la camisa blanca, revelando el relieve de unos músculos definidos con esmero.
Las mangas, recogidas hasta los codos, dejaban al descubierto sus gruesos antebrazos, surcados por venas que se extendían bajo la piel como raíces.
Cualquiera que lo viera se daría cuenta de que había algo en él que no encajaba del todo con su atuendo de sirviente.
Tal vez era su forma de moverse… o esa seguridad que no se enseña, se nace con ella.
Caminando entre la multitud, Deniel buscó un rincón cómodo y apartado, con buena vista al salón.
Quería observar el entorno en paz y mantenerse lejos de las copas rebosantes de ponche.
La música no sonaba demasiado fuerte, así que escuchó con claridad la voz de Emmond, quien se acercaba acompañado de un amigo.
Al llegar, le ofreció una de las copas que traía.
Deniel la aceptó, olfateó el contenido y se aseguró de que no contuviera alcohol ni rastros de alguna poción. Si algún día debía revelar su secreto, prefería hacerlo de la forma menos bochornosa posible.
Más allá de las sonrisas incómodas, el ambiente comenzaba a volverse monótono y Emmond decidió amenizarlo con una disertación de historia. Asher, visiblemente aburrido, jugueteaba con el collar en su cuello mientras apartaba la vista hacia la multitud, como si buscara algo… o a alguien.
—¿Desean otra copa los caballeros? —se acercó Royce con una bandeja plateada.
—Sí —respondió Deniel sin vacilar, arrebatándole otra copa de fino cristal. Necesitaba un estímulo para mantenerse despierto y disimular los bostezos.
Royce sonrió. Había escuchado toda la conversación y notó las desesperadas ganas de su compañero de silenciar a Emmond. Al marcharse, el espacio que ocupó su cuerpo quedó despejado por unos segundos, revelándole a Deniel una vista más clara hacia la entrada del salón.
—¡Layla! —exclamó él, alzando una mano para llamar la atención del hada.
Asher detuvo su intento de beber y lo fulminó con la mirada, analizando cada trazo de alegría que brotaba en el rostro del chico nuevo al verla.
Cuando ella llegó, los tres quedaron maravillados con su presencia.
Llevaba un vestido verde claro que armonizaba con la decoración del salón, adornado con vuelos de encaje que caían hasta medio muslo y una larga cola que descendía desde su cintura hasta casi rozar el suelo.
Los zapatos, altos y finos, realzaban su figura.
Su cabello, cuidadosamente peinado, estaba decorado con flores y un enjambre de libis que se le habían adherido al cruzar la barrera mágica del salón.
—Esta noche serás el centro de atención —dijo Deniel, pero al notar su propio impulso, retrocedió—. Disculpe, princesa…, quise decir que nos honra con su presencia.
—Una de las cosas que me gusta de Eldryan es que puedo librarme de los títulos y ser solo una chica normal —con una sonrisa y un ágil movimiento, Layla detuvo con suavidad la reverencia del tritón—.
Allí está Celeste. Vamos a saludarla —añadió, mientras lo arrastraba hacia el balcón donde se encontraban la anciana y el profesor Theodor.
—¿Quién es ese chico? —el tono de Asher fue cortante, como si Deniel fuese un nuevo adversario en su camino.
—Es mi nuevo amigo… y, al parecer, también lo es de Layla —respondió Emmond sin apartar la vista de ellos, conociendo de sobra el origen de aquella pregunta.
Asher podía ser valiente y fiero en combate, pero cuando se trataba del amor, no era más que un cachorro temeroso.
—No me gusta que esté tan cerca de ella.
Emmond soltó una carcajada al escucharlo.
—¡¿Estás celoso?!
—Sí, lo estoy. ¿No tienes ojos? Ese enclenque está junto a la chica que me gusta —protestó, señalando al tritón con visible frustración.
—Se llama Deniel y no tienes por qué preocuparte. Escuché rumores de uno de los hechiceros de la Tierra de que tiene ciertos gustos... bastante definidos… por los hombres, para ser exactos.
—Sí que eres cotilla —Asher dejó escapar una risa seca, aliviado.
—¿Quieres que lo ayude con sus gustos? —Emmond alzó su varita en dirección al tritón.
—Inténtalo, y una varita rota será el menor de tus problemas.
Asher sabía que no existía hechizo capaz de alterar la esencia de alguien…, pero tratándose de Emmond, no estaba seguro de querer comprobarlo.
—Tan cobarde… Ella está ahí. Acaba de decírtelo —insistió el hechicero, dándole un leve empujón de ánimo.
—Lo haré. Algún día.