Capítulo 3 #3
—Antes de irte, necesito un favor —Celeste alzó una mano y una bolsita flotó hasta él suspendida por un leve chasquido mágico—. Entrégale estas semillas a Layla. Búscala en el Gran Salón.
—Claro. Nada como una misión secreta de entrega de semillas para completar mi día.
Deniel tomó el encargo y se dispuso a marcharse, pero no sin sentir antes el peso liviano de la flix posándose sobre su hombro. La miró… y luego buscó la mirada de Celeste.
—Ella se encargará de protegerte en el castillo —aclaró la hechicera con voz suave, justo antes de verlo desaparecer por las anchas puertas.
Deniel casi se pierde entre los interminables corredores del castillo. De no ser por la pequeña bola de pelos, jamás habría encontrado el camino al Gran Salón.
Al ingresar, se encontró con Layla, en el centro de la estancia, entregada a la magia. El espacio vacío se transformaba, ante sus ojos, en un bosque de ensueños.
Los ojos marrones del hada resplandecían de júbilo sobre su blanca tez, y sus labios carnosos, matizados en un delicado tono rosa, evocaban las flores que brotaban sin cesar por las paredes.
Los pétalos estallaban una y otra vez, embriagando el aire con su perfume.
Su cabello castaño, suelto y ondulado, le caía hasta la cintura, ondeando al compás de la brisa que se filtraba por los ventanales, envolviéndola en un aura etérea y angelical.
Deniel se acercó. Lo envolvía una extraña y profunda paz.
—Hola, ¿eres Layla Hildegard?
Ella se volvió sorprendida por la voz.
—Sí, soy yo —respondió con una sonrisa suave—. ¿Puedo saber quién eres?
—Deniel Soyer. Soy un hechicero.
—¿Eres nuevo? Nunca te había visto en Eldryan. La curiosidad era una de las virtudes que definían a Layla; siempre quería saberlo todo.
—Sí. Vengo del otro lado de la barrera.
Layla contuvo el aliento. Siempre había soñado con conocer el mundo más allá, pero sus padres jamás se lo permitieron.
—Dicen que es un lugar maravilloso… Siempre he querido conocerlo. ¿Me contarías cómo es?
—Créeme, Sthevyand es mucho mejor —respondió él, extendiéndole un pequeño sobre—. Celeste me pidió entregarte esto.
—¡Las semillas de glónidas! ¡Por fin! —Layla le arrebató el sobre con una sonrisa encantada—. Con esto termino.
—¿Aún falta? Deniel observó cada rincón con asombro. Todo lucía increíblemente mágico.
—Con las glónidas quedará perfecto… y eso que aún no ves la sorpresa.
Layla esparció las semillas en las ocho columnas internas del salón. Con un elegante ademán, las plantas germinaron de inmediato, transformándose en enredaderas que treparon hasta el techo, arremolinándose en el centro de la cúpula.
—Ahora…, a florecer.
Las palabras del hada se tornaron magia. Las columnas se cubrieron de racimos de flores blancas, amarillas, rosas y moradas. Las enredaderas descendieron como una cascada multicolor hasta casi rozar el suelo.
—Esto no es todo —Layla corrió hacia una esquina del salón.
De entre las hojas hizo levitar una esfera de energía que, al liberarse, desató un centenar de pequeñas luces danzantes.
—¿Qué son? —preguntó Deniel.
—Son libis —respondió ella, mientras las criaturas brillantes se posaban sobre su piel con delicadeza.
—Son como las luciérnagas de mi mundo.
—¿Luciérnagas? ¿Son seres mágicos?
—No…, pero tienen una bonita luz.
A Deniel siempre le habían fascinado esos pequeños puntos luminosos que iluminaban la penumbra de los bosques o danzaban sobre las quietas aguas. Pero había algo en la luz de los libis…, algo distinto. Como si se conectaran directamente con su alma.
—Pocos maggiums conocen el verdadero poder de los libis. Algunas viejas hadas dicen que su luz es reveladora —susurró Layla.
—Son hermosas —la pureza de aquellas criaturas centelleó en los ojos de Deniel cuando algunas se posaron sobre su cabello.
Ambos rieron, dejando que las cosquillas de las diminutas patas los envolvieran. Los libis no escaparon. Se quedaron allí, anidando entre ellos. La diversión se interrumpió al escuchar la voz del profesor Theodor.
—Layla, si han terminado, les recomiendo que se preparen. La fiesta está por comenzar.
—Sí, profesor, solo admirábamos nuestro trabajo —respondió ella recogiendo sus cosas.
Los dos cruzaron la barrera mágica que Layla había erigido para mantener a las criaturas resplandecientes dentro del salón.
—Un trabajo magnífico, debo admitirlo —dijo Theodor.
Su sonrisa destelló más que los libis.
Layla asintió con una leve inclinación antes de desaparecer por la gran puerta, satisfecha.
—Gracias por traerme las semillas —susurró antes de irse.
—Gracias por mostrarme una magia tan hermosa —respondió Deniel, dejando ver los hoyuelos que adornaban su sonrisa.
—Con gusto te enseñaré todo lo que sé. Búscame en la fiesta. Allí podremos seguir conversando.
—Será un placer. Aún no tengo amigos aquí.
—Tenías —con una sonrisa suave, Layla desapareció entre los corredores con una sonrisa suave, Layla desapareció entre los corredores.
Deniel la siguió con la mirada hasta perderla de vista.
Luego, emprendió su camino hacia la torre de los hechiceros.
Se sentía algo incómodo por las miradas que se posaban en él.
Era uno de los chicos nuevos en Eldryan, y sería la comidilla por un buen tiempo… hasta que se acostumbraran a verlo.
Pero, en el fondo, no le importaba. Nunca lo había hecho. Con un suspiro resignado, se colocó los auriculares y dejó que la voz de Dennisse, su cantante favorita, lo envolviera. Pulsó play en Fire on My Voice , y el mundo quedó en silencio.
Mientras caminaba, con la música al oído y las miradas siguiéndolo, disfrutó la sensación de ser el centro de atención.
Sin suponer que su brillo… sería amenazado mucho antes de lo que pudiera imaginar.