Corona de Sal y Luna Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—Recuerdo tu nombre porque Celeste lo mencionó cuando te enfrentaste al mago de sangre. Eso fue impresionante.

—Sí que tienes buena memoria. Yo ni siquiera recuerdo lo que desayuné —afirmó Deniel con media sonrisa.

—Mantente con el grupo. Es fácil perderse en estos corredores.

La preocupación en el rostro de Emmond dibujó una sonrisa suave en los labios del tritón… que, poco a poco, fue desvaneciéndose cuando el hechicero le dio la espalda. De algo podía estar seguro: su nuevo amigo era un enigma.

Durante la excursión, el tritón se detuvo a observar cada cuadro en las paredes.

Le fascinaban sus historias. Sin embargo, lo que verdaderamente capturó su atención fue el inmenso mural de los guardianes, pintado en el techo del Salón de los Fundadores.

La nitidez de las imágenes permitía distinguir a cada uno con claridad, en especial a Seleen Hartley, la sirena más poderosa que había existido. La heroína de la que tanto había leído.

Mientras imaginaba cómo habría sido su vida si hubiese tenido la oportunidad de conocerla, algo se movió en su bolsillo. Bajó la mirada… y allí estaba la flix . Los enormes ojos celestes de la criatura lo observaron con seriedad, recordándole que era hora de marcharse.

Retrasó el paso, dejando que sus compañeros siguieran embobados con la voz de Emmond, hasta que el gentío lo engulló por completo. Pronto quedó el último, oculto entre la multitud, alejándose sin ser visto por la puerta del fondo.

—Es hora, preciosa. Guíame hasta Celeste.

La criatura batió sus alas y dejó escapar lo que parecían risitas, revoloteando por el corredor en dirección opuesta a la entrada.

Conduciéndolo hacia su verdadero destino.

Deniel giró el pomo y abrió la puerta del gabinete de Celeste.

Apenas cruzó el umbral, sus ojos casi estallaron al descubrir que no estaba solo.

Un hechicero de pie, detrás del escritorio, agitó su capa y caminó hacia él.

—¿Quién eres tú?

—Soy Deniel Soyer. ¿Y usted?

Antes de que pudiera responder, la flix trepó por el hombro de Deniel hasta quedar completamente a la vista, restregándole a Ezkel, sin pudor, la autoridad de Celeste.

—Veo que eres uno de los afortunados invitados de la gran magíster Celeste Gryffin —dijo el extraño, con un tono áspero que se acompañó de una mueca de desagrado.—Mi nombre es Ezkel Jassal, profesor principal de Defensa Mágica en Eldryan.

El imponente profesor lo examinó de pies a cabeza como un cazador evalúa a su presa, en busca de cualquier indicio sobre su origen. No había emblemas en su ropa, ni el más mínimo rastro que lo identificara como miembro de alguna familia de magos reconocida. Solo la varita en su mano.

—Eres de primer año… y, por tus prendas, no perteneces a Sthevyand. ¿De dónde rayos saliste?

—Deniel Soyer es un hechicero del mundo humano. Lo encontré hace unas semanas. Sus difuntos padres le enseñaron todo lo que sabe de magia. Por alguna razón intentaron mantenerlo alejado del mundo al que pertenece.

La familiar voz hizo que ambos se volvieran hacia el balcón de la torre. Allí estaba Celeste, haciendo su entrada. Justo a tiempo para salvar el día.

—¿Cuál será el motivo que los llevó a tomar tal decisión? —Ezkel clavó su férrea mirada en los ojos azules del tritón.

—Nunca me hablaron de Sthevyand. Solo decían que el mundo mágico estaba repleto de malas personas.

Deniel comprendió al instante el plan de Celeste. Ezkel acortó la distancia con un aire que rozaba la amenaza.

—Deseo verte en mi clase. Veremos qué tanto te han enseñado tus padres.

—Estoy segura de que el señor Soyer es un gran hechicero. Y, luego de tomar sus clases, brillará en Eldryan.

A pesar de los años trabajando juntos, la escalofriante personalidad de Ezkel seguía resultándole desagradable a Celeste.

Siempre veía el lado oscuro de las cosas.

Sobre todo, en los estudiantes, a quienes guiaba con mano de hierro.

Quizá por eso los maggiums de Eldryan sobresalían del resto…

o, tal vez, él también fue alguna vez víctima del desprecio de un profesor.

Tales interrogantes no le interesaban a Celeste. Ya tenía suficientes problemas con los que lidiar.

Ezkel deseaba continuar el interrogatorio, pero era evidente que Celeste no se lo permitiría. Al menos, no mientras ella estuviera presente.

Entre ellos había algo más que una relación profesional. Un secreto. Se repetía Ezkel en su mente mientras dirigía una última mirada acusadora hacia Deniel antes de abandonar la habitación. El tritón se había convertido en su nuevo objetivo.

—Parece que ya tengo mi primer enemigo —bromeó Deniel, justo cuando la puerta se cerró tras Ezkel.

—El profesor Jassal puede ser severo con los estudiantes, pero es un magnífico hechicero —respondió Celeste, colocando sobre su escritorio una tetera y dos tazas de té.

—Solo espero que no me convierta en sapo —Deniel se acercó a Celeste—. Lo sorprendí revisando los pergaminos. ¿Será él quien te traicionó?

Celeste desvió la mirada hacia los documentos que el tritón señalaba.

—No lo creo. Solo vino a traerme los pergaminos de los nuevos aprendices.

Pero la expresión acusadora de Deniel no se desvanecía. Celeste lo notó, y con un gesto suave, intentó tranquilizarlo.

—Escucho y veo todo lo que sucede aquí. Te aseguro que solo vino a entregar los pergaminos —dijo ella señalando el techo.

Deniel alzó la vista. En lo alto, los flix anidaban en cada rincón.

—Ahora, si estás listo, es momento de comenzar con tu entrenamiento. Debes conocer qué hechizos puedes usar según tu naturaleza.

La anciana le ofreció té. Hizo levitar una taza en su dirección.

Así dieron inicio las lecciones mágicas que él tanto había anhelado.

Mas ella sabía que aquellos encantamientos no serían suficientes.

No contra el infortunio que lo acechaba: despiadado y salvaje, calculador y frío…

Como un depredador silencioso. El mismo que se extendía entre las sombras de los Bosques de Noggard, bajo las narices del rey Dragón.

El mismo sujeto que segó la vida de Harrex y Gahel se adentró en el espeso bosque. Evitaba los senderos y se deslizaba bajo el follaje de los árboles, con los ojos puestos en el cielo, alerta ante las patrullas de dragones que devoraban a los intrusos… y a los traidores.

Al llegar al lago, el rugido de Draxo, la mascota del rey Bahel, paralizó su cuerpo.

Se ocultó tras los árboles mientras la bestia de escamas negras y membranas rojas alzaba el vuelo en dirección al castillo.

Pasó por encima de él lo bastante cerca como para dejarle ver las cicatrices que decoraban su cuello.

Aquella criatura era despiadada…, tan cruel e inescrupulosa como su amo.

Cuando la bestia no fue más que una mancha entre las nubes, salió de su escondite y corrió hacia la cueva frente a él. Antes de adentrarse en las fauces de la tierra, se detuvo un instante a repasar sus pasos, asegurándose de que nadie lo hubiera seguido al encuentro con su señor.

Engullido por las sombras, recorrió los túneles hasta encontrarse con otros hechiceros de rostros igual de sombríos. En especial, aquel que vivía como un oscuro recuerdo del pasado para muchos…, pero para otros, seguía siendo el emisario de la muerte.

—Mi señor, al amanecer se reunirá el consejo. Bahel le declarará la guerra a Greenland.

—Impídelo. Una guerra contra Greenland sería una locura… Las hadas tienen el favor de la mayoría de los reinos —afirmó el soberano de las sombras.

—¿Qué harán un montón de mariposas y gusanos contra un ejército de dragones?

—Los dragones… sí, imponentes y temibles, capaces de aterrorizar a los débiles, pero, ante un adversario verdaderamente poderoso, solo son eso: bestias.

La enigmática figura se levantó de la roca que usaba como trono, calculando cómo manipular la sed de sangre de Bahel y sacar el mayor provecho.

—En la última guerra, los magos de sangre apenas sobrevivimos… gracias a Celeste Gryffin y sus aliados de Selenya y Greenland. Ellos nos arrebataron los cristales de sangre, nuestra esencia. Y vuestro rey, Artorius Deutscher, no ha hecho nada por recuperarlos. Pero yo tengo la solución.

El escalofriante sujeto se abrió paso entre la multitud y se dirigió al hechicero de Daavos. Él era la pieza clave en su plan. Mientras siguiera ganándose el favor del rey, podía moldear el curso de la guerra a su antojo.

—Harás que Bahel ataque las Tierras de Acero. Debemos apoderarnos de sus minas y extraer hasta el último cristal de sangre. Esa es nuestra prioridad.

—Lo haré…, pero, ¿qué quieres que haga con Celeste Gryffin?

—Nada…, por el momento. Ya tengo planes para ella.

Hades sonrió con malicia. Había dejado un espía en Eldryan, encargado de seguir los pasos de la hechicera… y encontrar la próxima oportunidad de acabar con ella.

Ajena a los planes que se urdían en su contra, Celeste contemplaba cómo la oscuridad del crepúsculo devoraba la última luz del sol más allá de los ventanales. Dio un sorbo a su taza de té y se volvió hacia el tritón, que lanzaba su último encantamiento con la respiración agitada.

Ambos estaban exhaustos tras el agobiante día, pero aún no terminaba. En pocas horas comenzaría la fiesta de bienvenida… y debían asistir. Especialmente Deniel.

—Por hoy hemos terminado. Debes prepararte para la bienvenida.

—Al fin —suspiró Deniel dejándose caer en uno de los asientos frente al escritorio—. Me da vueltas la cabeza de memorizar tantos hechizos.

Celeste se acercó y, con ternura, acarició su cabellera, entrelazando los dedos entre el mechón azul y los dorados cabellos.

—Tus pertenencias están en la torre de hechiceros. Todas las habitaciones están ocupadas y no puedo hospedarte en la casa Syren. Tendrás que compartir habitación con uno de nuestros sirvientes. Es un joven educado y juicioso. Confío en que serán buenos amigos.

—No me preocupa compartir habitación con el conserje. Será más agradable que estar con mi hermana.