Capítulo 3
“Aquellos que guardan secretos son como ostras, incitan a romperlos en busca de perlas”.
Era la primera vez que Deniel cruzaba un portal.
Tras navegar por las espirales, su estómago no estaba bien.
La cabeza le daba vueltas y las arcadas amenazaban con arrebatarle el desayuno.
Cerró los ojos, inhaló profundo y exhaló con lentitud antes de volver a abrirlos, permitiendo que las luces de Sthevyand penetraran sus pupilas y dibujaran el majestuoso castillo sobre la colina.
El sol se alzaba entre las torres imperiales y atravesaba con sus rayos las banderas que ondeaban en la cima de cada una, resaltando el dorado emblema de Eldryan.
La muralla, imponente y severa, se extendía hasta alcanzar una altura majestuosa.
En lo alto, caballeros mágicos de impecable porte montaban guardia junto a las gárgolas de piedra, cuyas miradas, poco amigables, juzgaban a todo aquel que se acercaba.
En el recibimiento, frente a los estudiantes, se erguía una gigantesca puerta de bronce, tallada en la piedra misma, decorada con los emblemas de los guardianes. Uno en particular captó su atención.
—Es impresionante, ¿verdad?
Una presencia inesperada quebró el hilo de sus pensamientos, obligándolo a girarse, para encontrar a un joven de piel morena y sonrisa encantadora justo a su lado. Era Emmond.
Deniel volvió a mirar la puerta antes de responder:
—Sí. Lo es.
—Eldryan es uno de los castillos más antiguos del reino. Fue fundado por el mago Lenor Gryffin en honor a los guardianes.
La historia no solía apasionar a muchos, pero a Emmond lo había enamorado. Pasaba horas entre manuscritos antiguos, leyendo sobre los orígenes del mundo mágico.
—Leí algo sobre ellos… Uno de los guardianes era una sirena —murmuró Deniel, clavando los ojos en el emblema de la luna y el océano.
—¿Eres una sirena?
La pregunta del joven mago lo tomó por sorpresa, dejándolo sin reacción durante un segundo.
—No. Soy un hechicero —afirmó Deniel con firmeza, alzando la varita con orgullo—. Las sirenas están extintas.
—Que no se hayan visto en años no significa que desaparecieran. Quizá siguen ocultas… Tal vez en las islas selladas por la maldición.
La insistencia de Emmond lo incomodaba. Era como si sus preguntas escarbaran demasiado cerca de la verdad.
—¿Quién sabe? —respondió con evasiva, evitando mirarlo a los ojos.
—Dejemos de hablar de sirenas y tritones. Ninguno de los dos tiene cola. Mejor te enseño el castillo.
Con un leve suspiro, Deniel relajó la tensión en sus hombros.
Al menos por ahora, su secreto seguía a salvo.
Alzó la vista y se encontró con la sonrisa serena de Emmond.
A pesar de sus preguntas incómodas, parecía alguien amable.
Además, era popular: todo el que pasaba se detenía a saludarlo.
De inmediato, Deniel puso su mente a trabajar.
Acercarse a él podría jugar a su favor. Mientras se mantuviera lejos del agua, pasaría desapercibido como un hechicero más.
—Me parece… interesante.
El metal chirrió con solemnidad cuando la puerta de bronce se abrió lentamente, escoltada por el estruendo triunfal de las trompetas que anunciaban la entrada de los aprendices.
Los recién llegados se detuvieron, atónitos.
La estructura del castillo, por sí sola, resultaba una obra de arte…
, pero era la magia la que robaba todas las miradas.
La entrada en la muralla estaba protegida por un antiguo encantamiento: solo quienes habían sido invitados por la escuela podían atravesarla.
Además, el hechizo era capaz de reducir el tamaño de los gigantes hasta casi hacerlos pasar por humanos comunes, aunque la fuerza salvaje permanecía latente bajo su apariencia dócil.
Más allá del umbral se alzaba el legendario laberinto de Eldryan, tejido con rosales encantados por la magia de las hadas. Sus pasillos, vivos y caprichosos, cambiaban de dirección sin previo aviso, burlándose de todo aquel que se atreviera a cruzarlos.
Bajo las indicaciones de Emmond, los estudiantes se organizaron en grupos y atravesaron el laberinto por turnos, con la esperanza de no perder a nadie ese año.
Pero aquella ilusión se desvaneció cuando el último grupo llegó a la salida y notaron que James Herman no estaba con ellos.
Quedó aislado en los pasillos movedizos del laberinto mientras intentaba atar sus zapatos.
Emmond, que estaba a cargo, regresó a buscarlo.
Lo encontró veinte minutos después, hecho un guiñapo, entre los muros de espinas y rosas.
Al salir del laberinto, el gentío se adentró en el vestíbulo del castillo y se detuvo al pie de la gran escalera de mármol. En lo alto, el profesor Theodor Ewell los esperaba, observándolos en silencio desde la cima.
—Bienvenidos a Eldryan. Este año les aconsejo a los nuevos aprendices que estudien lo suficiente para honrar la oportunidad que se les ha brindado. Muchos darían lo que fuese por estar en su lugar.
»A los continuantes, no bajen la guardia: Sthevyand tiene grandes expectativas en ustedes. La ceremonia de bienvenida será pospuesta hasta la cena; nuestra magíster , Celeste Gryffin, se encuentra atendiendo asuntos con el Consejo Mágico. Hasta tanto, siéntanse libres de explorar el castillo.
Los gritos de los primerizos abarrotaron el salón. Bastó ese estallido para que Theodor intuyera lo problemático que sería contener a un enjambre de aprendices curiosos. Alzó la voz sin perder la compostura y agregó:
—Explorarán el castillo bajo la supervisión de los magistres de cada casa.
Las exclamaciones se transformaron en protestas y abucheos. No era tan divertido recorrer los pasillos siendo vigilados como niños pequeños. Ninguno planeaba perderse como James, después de todo.
—Este año hemos decidido hacer algunos cambios entre los magistres. Ser responsable de una casa es un mérito reservado a quienes representan un verdadero ejemplo…, no a quienes se vuelven un imán para la desobediencia y la soberbia.
Theodor posó sin reparos la mirada sobre William Corwel.
Su último año al frente de la Casa de los Basiliscos había dejado una estela de tragedias: siete muertos, víctimas de su perturbada mente, y la destrucción del salón de batalla durante su examen final.
Los ojos del profesor revelaban algo más que un simple reproche, pero no había nada que pudiera hacer.
Todos los incidentes ocurrieron bajo las reglas del instituto, y en otros casos, el joven se había escudado en la estupidez de sus compañeros.
Al notar un destello de desfachatez en su sonrisa, Theodor desvió la vista de inmediato, volviendo a concentrarse en la multitud.
—La Casa de Merlín continuará bajo el mando de Emmond Lizzengard.
El vitoreo fue inmediato. No solo los continuantes lo aclamaron; incluso algunos primerizos corearon su nombre.
Emmond era la estrella de Eldryan, el joven hechicero que muchos señalaban como el futuro discípulo del Consejo Mágico.
Su talento no solo residía en su capacidad para vencer a los campeones de otras escuelas, sino también en la prodigiosa lucidez de su mente.
Theodor no pudo evitar sonreírle antes de continuar. No había dudas: él era uno de sus favoritos.
—La Casa Lyrius se honra en recibir a Layla Hildegard como su nueva regente.
Las felicitaciones no se hicieron esperar. Layla era querida por todos… o por casi todos.
Lucius no pudo evitar burlarse de su pequeño problema.
Theodor lo fulminó con la mirada antes de que la princesa lo notara, obligándolo a guardar silencio.
Como profesor, su deber era guiarlos, ayudarlos a crecer, pero le resultaba imposible pasar por alto la falta de talento y la escasa inteligencia que caracterizaban al jinete.
Con pesar, leyó el siguiente nombre en la lista, sabiendo que estaba a punto de anunciar una locura. Una que no podía evitar. Su compañero, Ezkel Jassal, era el responsable de aquella barbarie.
—Lucius Deehagon será el magistre de la Casa del Dragón.
El desánimo en su voz era palpable, tan evidente como los aplausos fingidos del resto de los presentes que no eran devotos de Daavos.
Theodor continuó, intentando disipar el sabor amargo que le había dejado Lucius.
—Roger Filabandrel será el magistre de la Casa de Acero, mientras la Cueva del Basilisco, este año, estará bajo el mando de Vanessa Garret —hizo una pausa significativa al nombrarla—. Espero que tengas el temple para restaurar la dignidad de tu casa tras los horrores de tu antecesor.
La joven asintió con firmeza, encontrándose con la mirada de William, quien, desde la multitud, le lanzó un beso burlón.
—Por último, Camelot será gobernada por Asher Argent. Nuestro rey de caballeros por tres años consecutivos.
Asher no era un joven expresivo. Ignoraba por igual las miradas de admiración y las de sus enamoradas.
Para él, solo existía una persona capaz de desarmarlo con sus ojos, de destruirlo y recomponerlo con una sola sonrisa.
Ese poder lo tenía Layla…, quien también lo ignoraba desde su llegada a Eldryan.
—Y la Casa de los Renacuajos será gobernada por un sapo —se burló Lucius, saboteando el discurso de Theodor.
La ira se apoderó de Deniel. Deseaba romperle el cuello, borrarle la sonrisa a golpes y hacerle tragar cada palabra por burlarse de las sirenas.
Sus poderes le escocían bajo la piel, concentrándose en los puños, tentándolo a invocar un rayo y partirlo en dos. Pero Theodor se adelantó:
—No hable así, príncipe Lucius. La Casa del Dragón debería esforzarse en ganar algo más que regaños este año.
Aquellas palabras no fueron suficientes. Deniel quería verlo sangrar. Pero, por el momento, tendría que conformarse. No podía exponerse. Ya tendría tiempo para la venganza.
—¡Deniel, por aquí! —Emmond, alzó una mano entre la multitud.
Solo escucharlo le provocó escalofríos. “¿Cómo sabe mi nombre?”, pensó Deniel, examinándolo con cautela mientras se acercaba. Al encontrarse frente a él, Emmond le sonrió con naturalidad.