Corona de Sal y Luna Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

Alwyn gritó al sentir el cálido tacto de la luz alcanzar su alma, y desalojó la oscuridad que lo envenenaba. Sus gritos se intensificaron a medida que el negro de sus ojos se desvanecía, reemplazado por su habitual color marrón.

Libre, por fin, de la ira y del odio, se rindió ante Celeste con una grata sonrisa…, antes de regresar al mundo espiritual.

Celeste era la mejor hechicera de su generación —y, sin duda, de muchas otras—, pero sus décadas de vida y el derroche de poder finalmente le pasaron factura. Apoyándose en su cetro, intentó recuperar el aliento, mientras algunos de sus estudiantes corrían a asistirla.

—¿Se encuentra bien, magíster ? —preguntó Emmond Lizzengard, el primero en llegar hasta ella.

—Estoy bien..., solo necesito recobrar el aliento —respondió con voz calmada.

Aunque pareciera imposible, ella era capaz de recordar el nombre de cada uno de sus aprendices. Con esfuerzo, recuperó la postura. Odiaba parecer una anciana frágil, sin embargo, al agradecerle a Emmond con unas palmaditas en el hombro, su temple volvió a irradiar fuerza.

Al volverse hacia Deniel y Rasha, notó la presencia del prisionero. Al menos ahora podría interrogarlo… y extraer el nombre del responsable de aquel ataque. Especialmente ahora que el prestigio de la escuela estaba en juego.

Eldryan había gozado, durante siglos, del reconocimiento de todo el reino. No solo por los maggiums de renombre que formaba, sino por ser la escuela más segura. No permitiría que se desmoronara bajo su guardia.

—Bien hecho —dijo Celeste. Su mirada bastó para agradecerle el buen trabajo al tritón—. Me ocuparé desde aquí.

Alzando su cetro, conjuró cadenas de fuego que emergieron de la tierra, se enroscaron en el cuerpo del mago y lo quemaron allá donde las llamas lo tocaban.

—¿Quién te envió? —exigió la anciana con voz inquisitiva.

El mago de sangre gritó. Sus ojos se tornaron oscuros y las venas del cuello y el rostro se marcaron con la misma negrura. La observó fijamente y soltó una carcajada escalofriante.

—Aún no es tiempo para reunirte con él, Celeste Gryffin. Cargarás la culpa de las muertes que se avecinan antes de que mi amo silencie tu voz…, para siempre.

—¿Quién es él? ¡Dilo! —el grito de la hechicera hizo que las cadenas se ajustaran con más fuerza.

—Espera… y lo conocerás. Si sobrevives.

Sus palabras se disolvieron en quejidos. Sus ojos se tiñeron de rojo, y de su boca brotó sangre. Un instante después, su cuello se quebró con un crujido seco.

Era evidente que el hechicero fue poseído, al igual que Alwyn, pero, fuera quien fuera el responsable, era alguien poderoso.

Celeste escudriñó los alrededores intentando hallar al encantador. Fue inútil. Estaba agotada y no podía extender su magia más allá de unos cuantos metros.

El hechicero que los había controlado estaba en la isla.

Lo sabía. La barrera mágica de Sthevyand habría roto cualquier hechizo si se hubiera lanzado desde el mundo mágico.

Además, se requería contacto visual. En su estado actual, no sería prudente enfrentar a un oponente tan hábil.

Debía mantener la calma y regresar cuanto antes a Eldryan.

Aquel que movía los hilos —aún con la huesuda varita sobresaliendo de la manga de su túnica— fue sensato al decidir retirarse. Aunque la anciana estaba agotada, conservaba suficiente poder para enfrentarlo… y, sin un respaldo, sus estudiantes serían una molestia.

—Regresen a la formación y diríjanse al portal. Los aprendices de años avanzados, encárguense de escoltar a los de primero. Emmond, estás a cargo de llevarlos a Eldryan.

Las órdenes de Celeste fueron precisas. Su voz firme restableció el orden mientras los estudiantes se apresuraban a atravesar el portal.

—Deniel —dijo, tomándolo por los hombros—. No estaré cuando crucen a Eldryan. Evita cualquier distracción… y no hables con nadie. Nos veremos pronto.

Luego de lo ocurrido, Deniel interiorizó el riesgo que representaba su estancia en Sthevyand si alguien descubría su verdadera naturaleza.

Las historias de su madre no estaban lejos del caos que lo aguardaba al otro lado del portal.

No debía confiar ni en su sombra. Solo en Celeste.

Una mujer de la que sabía muy poco… pero ella lo sabía todo de él.

Asintió con la cabeza y caminó hacia el portal, no sin antes dedicarle una última mirada cargada de preocupación y dudas.

Su rostro reflejaba la temerosa alegría de iniciar una nueva vida en el mundo al que pertenecía, pero también la creciente incertidumbre ante lo desconocido, que se abría paso en su interior y convertía su expresión en un abrumador cúmulo de tensión.

Celeste lo observó desaparecer entre las luces, manteniéndole una sonrisa vacía. Una máscara para liberar su miedo y ofrecerle apoyo en sus primeros pasos hacia Sthevyand: el mundo que lo reclamaba a gritos.

Él no imaginaba el peligro que lo asechaba, ni tenía idea de quién era realmente… ni de la invisible responsabilidad que se alzaba sobre su espalda, determinada a hacerlo triunfar o a quebrarlo por completo.

La anciana conocía el destino que le esperaba. Y, aunque le pareciera cruel empujarlo hacia una lucha inexorable, no tenía opción. Ese era su destino.