Corona de Sal y Luna Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Mientras conversaban, casi susurrando para evitar que alguien pudiera escucharlos, Deniel y Celeste se acercaron a la muchedumbre, que, al ver a la anciana, despejaron el camino hacia la majestuosa roca.

Todos la reconocían, no solo como la magíster de Eldryan, sino como la hechicera más poderosa de la época.

La piedra era gris, cubierta por un manto de musgo. Medía unos cinco metros y tenía forma de pico hacia su extremo superior, rodeada por cinco rocas más pequeñas decoradas con sellos de protección contra los humanos.

Celeste se detuvo frente a la piedra. Alzó su varita y la transformó en un cetro dorado, adornado con un zafiro azul sostenido por la figura de un grifo.

Luego golpeó el suelo con el instrumento y un zumbido sutil, como si fuese la voz de la magia, llenó el aire, estremeciendo a cada uno de los presentes.

Un instante después, la roca brilló, abriendo un portal en su centro.

La luz del portal tomó forma hasta revelar una enorme figura. Cuando emergió por completo del vórtice, los estudiantes comenzaron a susurrar… y luego estallaron en asombro frente al imponente Alwyn, el guardián del portal al mundo mágico.

Era un espíritu guerrero, mitad hombre, mitad ciervo. En su cabeza se alzaban un par de cuernos dorados con puntas afiladas. Su rostro conservaba algunas facciones humanas, aunque sus orejas y ojos mantenían los rasgos de un ciervo.

El torso era impresionante: cada músculo parecía esculpido con precisión, resaltando su poder. Cruzando sus pectorales desnudos llevaba un cinturón de oro del que colgaban, a su espalda, un arco curvo y un elegante carcaj lleno de flechas.

Sus hombros y antebrazos estaban revestidos por una armadura brillante, trabajada con detalles que recordaban hojas y ramas doradas, como si la naturaleza misma lo protegiera.

Bajo una falda de seda blanca —con detalles metálicos en forma de flechas— sobresalían sus piernas de ciervo, cubiertas por un pelaje marrón que terminaba en cascos dorados.

Todos quedaron maravillados ante la imponente criatura, excepto Celeste, que ya lo había visto en sus constantes visitas al mundo humano.

Alwyn solía inclinarse con respeto ante cada viajero que cruzaba el portal, pero esta vez se rehusaba a hacerlo.

Su figura pétrea y el abismo negro de sus ojos encendieron una alarma en la mente de la anciana.

El portal, tras él, se tornó inestable. La energía que emanaba era densa, vibrante, peligrosa.

Incluso los estudiantes más inexpertos sintieron el choque mágico recorrerles la piel.

El brillante círculo creció con violencia…

y, de entre sus luces desgarradas, emergieron dos hechiceros montados en escobas, riendo a carcajadas y gritando maldiciones mientras ascendían al cielo.

Celeste no les prestó atención. Sus ojos seguían clavados en Alwyn. Sabía bien lo que significaba un espíritu alterado…, pero uno dominado por la rabia y la magia oscura podía desatar una catástrofe.

—¡Rasha!

El grifo desplegó sus alas y se elevó hacia la amenaza.

—¡Todos, retrocedan!

El grito de la anciana quebró el desconcierto.

Los padres tomaron a sus hijos y corrieron para alejarse, tropezando en su intento por salir del alcance de la criatura.

Deniel se mantuvo inmóvil. Jamás había visto un espíritu guerrero, salvo en las ilustraciones de los libros que su madre y Celeste le habían regalado.

En ellos se decía que solo los maggiums más poderosos podían enfrentarlos.

Y él… apenas recordaba un puñado de hechizos defensivos.

Apretó con fuerza la varita, sintiéndose ridículo. Pero no podía arriesgarse a usar su magia frente a todos. No si quería mantenerse oculto.

Desde las copas de los árboles, los magos se abalanzaron sobre Celeste, lanzando sus encantamientos más letales. Mientras ella siguiera con vida, los planes de su señor corrían el riesgo de ser frustrados una vez más. Ella debía morir.

Sus discípulos reaccionaron de inmediato, posicionándose a su alrededor y alzaron un escudo protector que absorbió el primer ataque.

Al fallar, ambos atacantes regresaron al refugio de los árboles, buscando una nueva oportunidad. Pero solo uno logró escapar.

Rasha emergió de entre el dosel, chillando con furia. Se abalanzó sobre uno de los magos y lo derribó de un zarpazo, desgarrándole la espalda sin vacilar. El hechicero perdió el control de la escoba, cayó al suelo y quedó desparramado sobre los arbustos.

Intentó incorporarse, tambaleante, pero Rasha lo alcanzó antes de que pudiera levantarse del suelo, atravesándole el pecho con sus garras.

Su pelaje se tiñó de rojo con la sangre de su presa.

Solo cuando su cólera se aplacó, alzó el vuelo en busca de la siguiente víctima que osara amenazar a su jinete.

Durante una ronda de vigilancia del majestuoso grifo, Deniel notó algo extraño: Rasha apenas podía batir las alas. Su vuelo era irregular, como si sufriera en silencio. Intentó rastrear el flujo de magia entre los árboles, pero un chillido desgarrador lo obligó a mirar al cielo: Rasha caía.

Deniel agitó su varita, justo antes de que la criatura se estrellara contra las rocas, y logró detener la caída a centímetros del suelo.

Agonizando, el grifo abrió el pico y liberó su fatal canto en un intento de acabar con su adversario. El ensordecedor sonido sacudió incluso a Celeste.

El mago de sangre cayó de entre las ramas, aturdido por la voz de Rasha. Había perdido algo más que su escoba en la caída.

Con el cuerpo adolorido, se arrastró hasta su varita. Tal vez no alcanzaría a matar a Celeste..., pero al menos le arrebataría su mascota.

— ¡Magna Sphaera! —Deniel invocó uno de los pocos encantamientos ofensivos usados por los hechiceros que pudo recordar.

El cristal en la varita absorbió la energía de su cuerpo transformándola en un destello de luz que impactó al mago, estrellándolo contra un pino cercano. Aprovechando la oportunidad, Deniel corrió hacia Rasha para asegurarse de que estuviera bien.

Durante el ataque, el hechicero fue despojado de su varita. En su desesperado intento por recuperarla, Rasha percibió el peligro y lanzó un chillido de advertencia. Y entonces, ocurrió. Deniel no pensó. Sintió.

Su instinto fue más rápido que la razón.

Alzó una mano —desnuda—, y el hechicero flotó en el aire, inmóvil, prisionero de su magia.

Un silencio breve se apoderó del claro. Luego, varios espectadores corrieron hacia él, vitoreándolo por su hazaña.

Algunos lo señalaban con asombro, otros intercambiaban miradas cómplices, y algunos… lo observaban con demasiada atención.

Deniel sintió que el aire se volvía denso a su alrededor. Demasiados ojos. Demasiadas preguntas sin pronunciarse.

Una punzada lo sacó del trance: Rasha lo picoteó con discreción en la mano que sujetaba la varita dejándole una advertencia silenciosa.

Y entonces lo recordó. Las palabras de Celeste. Su secreto.

Contuvo el aliento. Con rapidez, levantó la varita y apuntó directamente al hechicero, como si lo hubiese estado controlando desde el principio.

Sintió cómo las miradas se disipaban, cómo la duda reemplazaba al asombro. Nadie dijo nada…, pero Deniel lo sabía: estuvo a punto de revelar su secreto.

No muy lejos de allí, Celeste enfrentaba a Alwyn, quien no cedía ante sus hechizos.

Bramando de ira, el espíritu recurrió a la magia de la naturaleza. Señaló a la hechicera y, desde la tierra, brotaron raíces como lanzas sedientas de sangre.

Pero la anciana no se dejó abatir. Invocó el fuego y se envolvió en un gigantesco remolino llameante, incinerando la madera en el mismo instante en que recibía su cálido abrazo.

El encantamiento del espíritu cesó, pero ella estaba lejos de rendirse. Giró su cetro y el fuego se volvió un espiral alrededor de una esfera que estalló en un poderoso rayo contra el guardián del portal.

Alwyn decidió combatir fuego con fuego. Aunó su energía y creó una llama verde que enfrentó directamente a la magia de su oponente.

Las intensas ondas liberadas por aquel enfrentamiento sacudieron el bosque, estremeciendo a la muchedumbre y dejándolos perplejos ante semejante demostración de poder.

Celeste sentía la presión del espíritu sacudir cada músculo de su cuerpo desgastado, obligándola a retroceder en contra de su voluntad.

La diferencia entre ambos era clara: como maggium tipo hechicera, tenía límites.

Por más que rivalizara en fuerza, él sería el último en fatigarse. Debía terminarlo ya o la destruiría.

Rebuscando en su memoria, encontró uno de los pocos hechizos de Merlín que alguna vez fueron compartidos: un conjuro que exigía una gran cantidad de poder mágico, pero que podría detenerlo y, con suerte, proteger el prestigio del colegio.

Alzó su cetro, y guio las llamas hacia el cielo, liberándolas en un hermoso —pero letal— destello de luces.

— ¡In Tenebris Essed! —exclamó Celeste, golpeando el suelo con el cetro, dirigiendo el flujo de magia hacia Alwyn.

Tres pentagramas se materializaron a su alrededor.

— ¡Luxspei Liberabit Animam!

Sus plegarias se grabaron en los sellos mágicos. El cuerpo del guardián fue encerrado en una torre resplandeciente y una luz cegadora lo devoró.

Los estudiantes que la rodeaban se quedaron inmóviles, sin aliento. Sus ojos brillaban con una mezcla de asombro, miedo y admiración.

Muchos habían oído hablar de la grandeza de Celeste…, mas ninguno la había visto desatar su verdadero poder.